Machos terroristas

Machismo

Más que el terrorismo de ETA (de 1958 a 2010), más que el terrorismo islamista en Europa (2004 a 2018), el terrorismo machista ha causado más muertes que los anteriores sólo en el periodo de 2003 a 2018, casi mil, cinco de ellas en las últimas 48 horas. Una cifra tan sólo superada por el terrorismo franquista. Una infame vergüenza normalizada por algunos medios de comunicación y por gran parte de la inmundicia política, amén de otros nocivos agentes sociales instalados en el machismo como ideología reivindicada.

El terrorismo machista no es nuevo, forma parte del acervo cultural transmitido desde la antigüedad por los libros sagrados y la práctica mundana del derecho de pernada. Cosificar a la mujer es cosa de hombres, y de no pocas mujeres que se cosifican a sí mismas siguiendo los dictados de las modas, la publicidad y los cuentos de hadas. Y las cosas, ya se sabe, son propiedad de sus dueños con derecho a disponer de ellas a su albedrío.

Esa cultura machista sigue vigente. Esa cultura machista sigue matando. Esa cultura machista tiene sus defensores. Esa cultura machista tiene sus educadores. Esa cultura machista tiene sus practicantes. Esa cultura machista no se concibe sin sus víctimas. Esa cultura machista tiene su público. Esa cultura machista vende. Esa cultura machista nos rodea. Esa cultura machista la tenemos en el cerebro. Esa cultura machista agrede y mata cotidianamente.

No hace mucho, las mujeres, y muchos hombres, nos echamos a la calle para visibilizar que el modelo cultural y asesino del machismo exige un cambio radical. Como siempre, la calle va por un lado y las instituciones por otro. La gente de bien, la gente como Dios manda, la gente conservadora, se alarma cuando le mueven la ideología y se lanzan a la trinchera esgrimiendo términos despectivos y descalificadores como feminazis radicales antisistema. Esa es la clave: el sistema.

Dañinas como ningunas son las instituciones que suelen utilizar negras faldas largas. Parte de la jerarquía Católica recuerda con insistencia la fábula que nos cuenta que la mujer procede de una costilla del hombre o propone a las mujeres que se casen y sean sumisas. Parte de la jerarquía judicial continúa instalada en los derivados del medieval derecho de pernada. Ambas instituciones son anacronismos altamente perjudiciales para la salud de las mujeres.

Y luego tenemos a la casta política que, sumisa a los intereses de las élites financieras y empresariales, no aborda como debiera el terrorismo machista. Es el sistema. Las mujeres deben, para ellos, cobrar menos salario por el mismo trabajo que los hombres y en peores condiciones. La casta política, siempre presta a salir en la foto, inunda nuestros días de minutos de silencio, solemnes declaraciones y embaucadores guiños. A la hora de la verdad las lágrimas impostadas que derraman sólo sirven para convertir sus oportunistas promesas en papel mojado.

Ahí tenemos a los Rivera y a los Casado exprimiendo el diccionario para no llamar al terrorismo machista violencia de género, tratando de invisivilizarlo. Ahí los tenemos defendiendo a capa y espada la escuela privada que segrega por sexo y educa en el machismo. Ahí los tenemos utilizando hasta el vómito a las víctimas de ETA como objeto de su propaganda. Ahí los tenemos, a Dios rogando y con el mazo machista dando. Y ahí los tenemos, a ellas y a ellos, entregándoles su voto y, con él, propiciando el inasumible goteo de víctimas femeninas.

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Pobreza infantil como dios manda

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La pobreza incomoda las conciencias de quienes la producen y ensalzan como la cola rebelde de un látigo que azota justamente al verdugo que lo maneja. Por eso, personajes como Ignacio González, Núñez Feijóo o Adrián Fernández, todos del Partido Popular, niegan, ocultan o justifican el hambre infantil en España. Los verdugos neoliberales siembran hambre en España, en su raíz, en su infancia, y yo, como Lorca, “No quiero que le tapen la cara con pañuelos / para que se acostumbre con la muerte que lleva”.

UNICEF denuncia que 2.306.000 niños españoles (27,5%) viven bajo el umbral de la pobreza, Cáritas eleva el dato al 29,9% y el PP lo niega, justifica o tapa. Ambas instituciones firmarían los versos de Blas de Otero “No. No dejan ver lo que escribo / porque escribo lo que veo. / … / …lo que veo con los ojos / de la juventud y el pueblo”. La ceguera voluntaria permite a la vicepresidenta Soraya afirmar sin rubor, desvergonzada, que “Se ve en las calles, hay más alegría que hace meses”, convirtiendo esa alegría en inhumano refugio donde se protege de su propia conciencia.

Por su parte, el Papa Francisco dice que “Los comunistas han robado a la Iglesia Católica la causa o la bandera de los pobres” sin atender a las palabras de uno de los suyos, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, que en el siglo XIV denunció a su iglesia como generadora de pobreza y cómplice de la riqueza. La Iglesia ha robado al cristianismo también otra bandera, la de la infancia, bajo consentidas sotanas pederastas silenciadas por el santo súbito y su heredero.

La bandera neoliberal, triunfante enseña capitalista, ondea solitaria en la globalizada economía salvaje fustigando a la humanidad desde la infancia a la vejez, desde el estado de natal inocencia a la derrota pre mortem. España llora por su infancia, por su pobreza sobrevenida de la miseria general ofrecida al dios dinero en el altar de la competitividad. Los españoles adoran al becerro de oro en grandes superficies donde se exhibe y oferta pobreza infantil y explotación globalizadas.

Tercermundista pobreza infantil es la que el gobierno impone en España con la bendición de quienes rechazan y hacen ascos a la bandera antipobreza. Fariseos prelados de bastarda fe, forrados diputados aforados, recatados banqueros rescatados, reaccionarios periodistas mercenarios, conscientes empresarios sin conciencia, armados funcionarios desalmados y vendida justicia desvendada, todos a una, son responsables de la pobreza patria, infantil para mayor escarnio.

Mientras la ciudadanía reblandece los duros mendrugos del sustento diario con el amargo silencio de las lágrimas, el poder, los poderes, mojan sopas en la desnutrición infantil con ávida satisfacción y orgullo. Cada céntimo fiscalmente evadido, cada euro constitucionalmente estafado para la banca, cada negro billete cobrado por los verdugos, son patadas y puñetazos encajados por famélicos estómagos infantiles ateridos e ignorados.

España se recupera y la economía crece gracias a las reformas” proclama el gobierno y se felicitan las dominantes minorías empresarial, financiera y política. Reformas como dios manda, ¡manda güevos!, que hacen trabajar mucho más para cobrar apenas nada. Reformas para pintar de negro el futuro de una infancia que, a los 21 días de venir al mundo, ya sabe lo que es ser desahuciada del artículo 47 de la Constitución. Esta España de reformatorio es una malformación que justifica el aborto y explica el negativo déficit demográfico, dos males menores comparados con el hambre y la esclavitud, neoliberales plagas.

 

El sexo de los ángeles y del clero

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Mientras los otomanos cercaban Bizancio allá por el siglo XV, los bizantinos debatían seriamente sobre el sexo de los ángeles, cuestión transcendental para la humanidad, y legaron a la posteridad el concepto de discusión o argumento bizantino, convirtiendo su gentilicio en sinónimo de inútil, estéril o infructuoso. La iglesia sigue perdida, desde el antiguo testamento, en cuestiones relativas al sexo y continúa en la senda de oscurantismo y condena por la que se autodescarta como referente social mínimamente aceptable.

El papa Bergoglio hizo de cura bueno, cuestionando su capacidad para juzgar la homosexualidad, a la vuelta de su bolo brasileño, y hasta el ateísmo militante lo miró con buenos ojos. “La iglesia se abre, se actualiza, se acerca a los débiles, vuelve a ser cristiana”, se escuchaba en cualquier rincón de España a pesar de que las palabras y los actos de Rouco señalaban todo lo contrario. A cada punto de luz prendido por el papa Francisco, los directivos de la empresa vaticana responden apagando cientos de ellos. Cura bueno, curia mala.

El calendario avanza hacia el siglo XXII y la iglesia, en asuntos sexuales, aplica la marcha atrás. El flamante y flamígero Fernando Sebastián ha apagado, con su sotana purpurada, la luz encendida por el papa volviendo al bizantino argumento de la homosexualidad como deficiencia y su posible tratamiento. Líbreme su dios de cuestionar la docta aseveración de alguien que teoriza de forma tan virginal sobre el sexo y que de forma deficiente, aunque fácilmente tratable, ha renunciado a su práctica.

Sin entrar a valorar palomas inseminadoras, cilicios sadomasoquistas, éxtasis de clausura o abominables pedofilias, bien haría el Vaticano en promover un concilio monotemático y nada bizantino sobre el sexo de los curas y de las monjas. Tal vez, como hacen otras religiones, si conociesen el sexo y el amor humano, comprenderían mejor a las personas y éstas llegarían incluso a entenderles. Tal vez, la sociedad se ahorraría algunas aberraciones. Tal vez, como en otras religiones, convendría que conocieran y practicaran otros aspectos de la vida como, por ejemplo, el trabajo.

La cruz siempre ha buscado un lugar junto a la espada para vencer donde no consigue convencer. El hisopo y la porra son instrumentos del poder divino y del humano, complementarios entre sí, para controlar rebaños. En España, la más oscura de las doctrinas ha vuelto a contraer matrimonio con la más cerrada de las ideologías, la Biblia y el BOE otra vez bajo las sábanas. El neoliberalismo retoza en la Conferencia Episcopal y el Opus Dei en el gobierno.

Desde preescolar, la escuela pública enseñará la historia de Matusalén y la bondad de un plan privado de pensiones, el fratricidio de Caín y la comprensión hacia el golpe militar, el misterio de la Santísima Trinidad y la manipulación de la justicia o las siete plagas de Egipto y la conveniencia de un seguro médico también privado. Todo puntúa por igual para conseguir una beca y para acceder a la carrera soñada. No habrá trabajo, ni salud, ni educación, ni casi derechos; no habrá futuro, pero los españoles tendrán un lugar privilegiado en el reino de los cielos.

El creyente y creído gobierno de Rajoy debería comprender que el hartazgo de la calle no está inspirado por demonios ni conspirado por judeomasones. Una Iglesia Católica que hablara de teología desde el púlpito y de sexo desde la cama sería más creíble, sensible y humana. Ambos dos, gobierno e iglesia, comparten el poder como objetivo, el sexo como tabú y la riqueza como pecado. En España se han cerrado los armarios, pero siguen abiertas las braguetas bajo las sotanas.

No soy racista, peeeero…

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Cuando alguien quiere expresar una idea en un contexto que considera adverso, suele recurrir a la socorrida conjunción adversativa para rebatir de antemano cualquier reacción en contra y evitar incómodos debates. Es un poco como lo de ponerse el barro antes de que la avispa pique, una absurda precaución, sobre todo si no hay más barro a mano. Las ideas que pican suelen ser espinas del pensamiento, púas de la conciencia o aguijones ideológicos cuya única misión es facilitar la entrada de veneno en el prójimo.

El “pero” se suele utilizar para evidenciar las grietas por donde calan las ideas renegadas inmediatamente antes. Así, la fórmula completa suele ser “no soy _ _ _ _ _ _, peeeero…” donde se enfatiza lo que realmente se piensa prolongando acentuadamente la “e”. A partir de ahí, el discurso fluye como algo ajeno a quien lo pronuncia, con una presunta complicidad del auditorio que, en caso de fallar, deja la puerta abierta para una huida decorosa. Las convicciones expresadas mediante contradicciones reflejan una voluntad de picar, incordiar y, en última instancia, envenenar.

El español medio proclama que no es machista, derechista, izquierdista, egoísta, clasista, consumista o racista, peeeero… y pasa a expresar ideas aliñadas con machismo, derechismo, izquierdismo, egoísmo, clasismo, consumismo o racismo. El español medio no se considera públicamente racista a pesar de nuestro refranero, de nuestra actitud hacia la inmigración, de nuestro vocabulario y de nuestro comportamiento en la intimidad. Nos gusta sentirnos reconocidos como pueblo multicultural, amigable, solidario, fraternal, acogedor, abierto y accesible, peeeero…

Los españoles somos capaces de arriesgar la vida en una playa socorriendo a los supervivientes de una patera naufragada y, al día siguiente, vituperar en la intimidad de una peluquería o en una terapia de taberna la Ley de extranjería. O exigir el éxodo masivo de inmigrantes que saturan los consultorios, bajan el nivel educativo de las escuelas, no pagan impuestos y han venido a nuestro país a robar. O imponerles la renuncia a su cultura y sus tradiciones para integrarse en una cultura de nazarenos sangrantes o animales maltratados.

No soportamos las mezquitas en un país donde la Iglesia Católica explota en exclusiva el negocio de la fe. No aguantamos coloridas indumentarias, velos o túnicas talares en un país postrado a los pies de Zara, Mango o El Corte Inglés. No aceptamos otras lenguas en la calle que no sean el inglés, el alemán y, en su defecto, el castellano. Nos cuesta admitir un moreno de piel que no responda a los rayos UVA de la playa o del solarium. Somos multiculturales, peeeero…

Nadie con dos dedos de sentimientos ha permanecido impasible ante el desastre, magnificado por los medios de comunicación, de Lampedusa, peeeero… ocurrió en Italia. El estómago español es capaz de simultanear el corte de un carpaccio de ternera con imágenes de brazos, piernas y rostros sajados por las cuchillas, colocadas por el gobierno en la valla de Melilla, sin tener que recurrir a la sal de fruta inmediatamente. El melodioso nombre de “concertina” para referirse a las cuchillas tal vez responda a un deseo de esquisitez gastronómica para mitigar la crudeza y la crueldad de esta forma de atentado contra la humanidad.

En el entorno público, la parte racista de la españolidad se refiere al asunto con el consabido “no soy racista, peeeero…” para justificar un hecho de lesa humanidad, un acto de salvajismo material amparado por el salvajismo ideológico. En el entorno privado, esa parte de la españolidad se manifiesta sin “peros” y busca con peligroso anhelo un líder xenófobo que exprese por ella sus ideas, como ha sucedido en Grecia, Francia, Italia, Austria y más de media Europa, liderazgo racista en el que destacadas personalidades del Partido Popular y otros grupos minoritarios hacen sus pinitos cada vez que pueden.

No soy pesimista, peeeero…

“Días mundiales de…” (hoy, Alzheimer).

Las cosas cotidianas, las evidentes y universales, necesitan que se les asigne una fecha concreta en el almanaque para celebrarlas, pelearlas o sufrirlas, según los casos. Marcar una fecha concreta en el calendario parece que nos autoriza a olvidar la conmemoración durante el resto del año, lo que no deja de ser estremecedor para una sociedad que actúa según le marcan las agendas y las urgencias inmediatas. Lewis Carrol se percató de que recordar las cosas importantes un sólo día era un desatino y propuso que Alicia y el Sombrerero Loco celebrasen el No Cumpleaños en el País de las Maravillas.

Las hojas del calendario caen a razón de una diaria, arrastrando en su caída las causas memorables que se celebran en cada hoja desprendida. El día de la Paz permite 364 días de guerras -algunas de ellas “olvidadas”-, el día del medio ambiente permite 364 días de contaminación salvaje, el día de la mujer trabajadora permite durante 364 días su condición de doble trabajadora, el día de los derechos humanos permite su pisoteo durante 364 días, el día del libro permite 364 días de vana televisión alienante, el día contra el racismo permite 364 días de xenofobia… y así los 365 días del año. La memoria es demasiado corta comparada con el olvido.

La celebración de cada “Día de” permite a los colectivos homenajeados asomar activamente la cabeza a una efímera actualidad de 24 horas para conmemorar o reivindicar aquello que permanece guardado en el arcón del olvido colectivo durante el resto del año. Las autoridades suelen adoptar esos días una pose de compromiso y de implicación con la causa, retocada por el photoshop del oportunismo que no consigue eliminar las manchas de desinterés e incomodo que, salvo excepciones, suelen mostrar la mayor parte del tiempo. La población en general suele participar de estos eventos con el entusiasmo fugaz y ficticio de una boda previamente anunciada, pero algunas personas, muy pocas, entablan una relación duradera con los organizadores dando el mayor de los sentidos al evento.

El 21 de septiembre toca el Día del Alzheimer, desgraciado patrón del olvido, y en todo el mundo se celebran actos y se derrama tinta para recordar y explicar la existencia diaria de este azote social que golpea a quienes contraen el síndrome y a todo su entorno. Esta enfermedad es todo un síntoma y un referente para explicar algunos comportamientos sociales con los que no acaban de casar semánticamente adjetivos como “humano” o “solidario”. La pérdida de la memoria por parte de personas con Alzheimer jamás debería acompañarse del olvido con el que suelen ser tratadas en demasiados casos y por demasiada gente.

Aconsejan los expertos que el paciente de Alzheimer viva en su entorno el máximo tiempo posible. Sin embargo, muchas familias, desprovistas de información suficiente o de medios para hacerlo posible, organizan la vida de los afectados adecuándola a la de la propia familia, lo que provoca una desorientación en estas personas que, unida a la desorientación de la familia, puede convertirse en un cóctel explosivo para todos y conducir a las frías estancias del olvido que son el reparto temporal del marrón entre los miembros de la familia o las residencias. Cada cual olvida en función de su formación o, desgraciadamente, de su poder adquisitivo.

En cuanto a la responsabilidad social del estado, nutrido con los impuestos de todos, el olvido roza los límites del delito y se traduce en unos recortes en sanidad y en dependencia, gravemente perjudiciales para la salud y la convivencia, que repercuten en la calidad de vida de quienes tienen el Alzheimer como inquilino en sus vidas y en quienes tratan de luchar contra la enfermedad desde asociaciones que han visto también recortadas las subvenciones públicas o de las obras sociales de instituciones finacieras que premian multimillonariamente a quienes las han gestionado mal. Lo más inquietante de este gobierno no es que sea capaz de olvidar el pasado o el presente, sino su capacidad para olvidar incluso el futuro más inmediato.

En otro orden de olvidos se sitúa la incomprensible, irracional y medieval oposición de la Iglesia Católica a la investigación con células madre embrionarias. Carece de sentido, en el siglo XXI y en cualquier siglo, privar a la ciencia de su necesaria y obligatoria labor investigadora de cara al progreso de la humanidad y a la eliminación de cualquier tipo de sufrimiento. Su posicionamiento en éste y en otros temas no sólo es nocivo sino peligroso, dado el predicamento y la influencia que la Conferencia Episcopal tiene sobre este gobierno. Rectificar es de sabios, pero la Iglesia necesita 500 años de media para reconocer sus errores.

Convendría hacer un esfuerzo para que todos los días del año fuesen días del Alzheimer, de la paz, del medio ambiente, de la mujer, de los derechos humanos, del libro y de cuantas causas merecen la pena en este mundo inmundo que diariamente nos construyen y construimos.

De los “Días de” que patrocinan los grandes almacenes mejor olvidarse y concentrar los esfuerzos y los cariños en aquéllos que realmente merecen la pena.

Disparos a la educación pública.

Wert. Quédense con este apellido.

Jamás, en la siniestra galería del ministerio de educación, hubo un personaje comparable a Wert y dudo que sus hazañas puedan ser olvidadas por muchas generaciones. Como Atila, será recordado por lo que arrasó, más que por sus aportaciones. En pocos meses se ha hecho acreedor a un capítulo, para él solo, en la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Tal vez no le suene el libro ni le suene el autor. Para él, la educación y la cultura son productos que pueden perjudicar seriamente la salud de quienes los consumen.

Wert. Ojo al personaje.

Desde su llegada al ministerio, ha dejado claro que quien manda es él y que su destructiva actuación está en las antípodas de la de una persona beneficiada por algún tipo de estudios. ¿Recuerdan su estreno? Wert apretó el gatillo contra la Educación para la ciudadanía, como un sheriff justiciero, pensando en la recompensa antes que en la justicia. Utilizó pruebas para demostrar la maldad de la asignatura que sirvieron para probar la espiral de mentiras y manipulación en que él y su gobierno entraron el 21N. Los contenidos perversos que fundamentaron su acusación, y su estreno como ejecutor, resultaron no pertenecer a ningún manual de los que se utilizaban en las aulas. El reo, la Educación para la ciudadanía, cumplió la pena de muerte por él sentenciada sin juicio ni defensa. Actuó como un cazarecompensas.

La anécdota de Educación para la ciudadanía, asignatura muy discutible y debatible -como la de religión- en el entorno de la educación pública, es todo un síntoma de la capacidad destructiva de Wert. Visto su primer disparo certero, no nos extrañan los que han venido después, y menos si se tiene en cuenta la banda de forajidos que le cubren las espaldas y se suman a la “fiesta del gatillo fácil” en que han convertido los Consejos de Ministros últimamente, con los derechos civiles luciendo penachos de plumas y pinturas de guerra como indios salvajes a los que hay que exterminar.

La misión de Wert en el séptimo de caballería que amenaza con rescatarnos no es otra que la de sumir en la oscuridad al enemigo y dejarlo indefenso, inculto, a merced de los dioses y los milagros administrados por la iglesia católica. Y lo está consiguiendo, al abrigo del pánico y el terror que las balas de la pobreza y la indefensión producen en el pueblo, con la crisis como escusa y la esperanza de sobrevivir como argumento.

¿Qué más da si la gente estudia o no? ¿De qué sirve la educación si no produce pingües beneficios privados? ¿Para qué aprender si no hay trabajo? ¿Para qué ser libres si la soga alrededor del cuello no ahorca?

Wert y su gente son conscientes de que el oro de la mina está ahí y pertenece sólo y exclusivamente a sus patrones. Él es meramente uno de los pistoleros a tiempo parcial que cuidan de que nadie se aproveche de una sola pepita si no pertenece al clan popular o a la banda socialista, cuyos elegantes hijos pueden disfrutar cómodamente de los planes de estudio de cualquier universidad, extranjera y privada a ser posible, donde les enseñarán lo suficiente para mantener y aumentar el negocio de sus mayores.

Volvemos a los tiempos del estudio clandestino, volverán los libros prohibidos, han vuelto los adoctrinadores y se ha marchado, por el sumidero del consumo, el espíritu crítico y reivindicativo que desde el Renacimiento perfumó a los estudiantes universitarios.

Wert, con las cartucheras sobre sus muslos, el rifle en una mano, la biblia en la otra y la estrella clavada en su cartera es el amo del condado que nos reta a todos a diario.

Quien quiera conocer algo más de por dónde van los tiros, no tiene más que recurrir a lo que escriben desde el extranjero sobre Wert y sus gatillazos.