Tromba política y mercados

Tromba

Alguien dijo que el tiempo mide la vida con precisión matemática y científica exactitud. Lo que nadie dijo es que la vida y los hechos que la jalonan alteran la percepción del tiempo de cada persona en cada momento. No hace falta, todo el mundo siente que así es porque, quien más quien menos, lo ha vivido alguna vez. Se podría afirmar que la infancia es un suspiro, la juventud un soplo, la vida adulta un jadeo y la vejez una disnea.

Las dimensiones temporales oscilan desde la lentitud hasta la celeridad coincidiendo parejamente con estados de infelicidad o ventura, como si de una divina maldición se tratara. Los derechos cívicos se instauraron en este país tras una lenta y dilatada época de conquistas iniciada en la transición hasta apenas entrado el siglo XXI. La dictadura eliminó las libertades en un estado de represión y mansedumbre de claros tintes fascistas y reactivar el reloj del progreso de España costó más de veinte años hasta alcanzar cierta decencia democrática.

Se cantó victoria, antes de tiempo, sin atender al coro franquista que comenzó a tararear, sin complejos, melodías de reconquista con la llegada de Aznar al poder. De nuevo, acalladas sus voces que pedían una vuelta al pasado, el PP pasó a la oposición, los colmillos retorcidos y el amenazador hocico bufando. Y llegó, como un rayo, como un trueno, como una centella, la global estafa financiera, que todo lo cambió, alterando los ritmos vitales de los individuos y la sociedad.

Con su cotidiana parsimonia, PP y PsoE, uno acechando, el otro errando, acataron los dictados de sus amos, los mercados, y pactaron la condena de sus inocentes representados. Las calles rugieron, las plazas gritaron, ni unos ni otros representaban a quienes en libertad clamaban, a quienes hacen sufrir y desprecian altaneros. Les pidieron que jugaran fuera de las plazas, en las urnas, y ahora, cuando lo han hecho, tratan de aniquilarlos estampándoles su propio y corrupto sello.

En tres años, apenas un suspiro en la historia, una tromba de leyes y decretos ha atrasado el reloj hispano hasta los años cincuenta del siglo pasado. Los derechos han retrocedido, los salarios se han diezmado, las libertades se han depreciado y la democracia, con la troica, se ha esfumado. Margallo lo ha dicho: las condiciones las ponen los bancos y no existe más reloj que el financiero. Rajoy, Montoro y de Guindos vacian los humildes bolsillos como locos buitres desatados.

Una tromba de dinero ha inundado, hasta ahogar las cotas de la decencia, los parqués, los mercados y sus cuentas de resultados, mientras economías desiertas rodean al pueblo estafado. Vuelve a la carga Margallo, para quien mentir no es delito ni pecado, y achaca los recortes en subsidios y pensiones al dinero que el gobierno y sus trileros a Grecia prestaron. España prestó al pueblo griego 6.659,48 millones y avaló otros 19.600 que sus compinches usureros prestaron a la casta helena. El ministro ultracatólico manipula y miente haciendo suyo el sucio negocio trucado, codicioso relojero, por Goldman Sachs.

Y los medios de comunicación, perdida la noción de la ética y del tiempo, se lanzan en tromba alabando la política económica del gobierno que los mantiene a flote y atacando, sin pudor ni recato, cualquier alternativa amenazante para el statu quo. La maquinaria mediática es un formidable aparato que pretende alterar el reloj del progreso manipulando, mintiendo y callando. Entre todos tratan de construir un pensamiento único que presenta el futuro como un regreso al pasado.

2015: otro infeliz año

banco

A estas alturas, la duda podría suponer un resquicio de luz en el oscuro siglo XXI, pero la certeza apaga cualquier chispa de esperanza: la democracia, cautiva y mortalmente herida, sufre un apagón casi definitivo. Van pasando los años, ayer el 2014, y el sur de Europa avanza hacia el pasado vestido de modernidad: esclavos con smartphone, trabajadores sin salario, colectivos sin identidad y personas desechables contemplan un viejo paisaje medieval en la era digital.

No hay recuperación a la vista de lo desandado económica y socialmente bajo la dictadura de las élites políticas y económicas, dueñas y señoras del latifundio global. A la estafa financiera le sucede en el calendario la estafa política –de añejo color absolutista– en la que, dicen, todo se hace para el pueblo pero sin el pueblo, todo por nuestro bien, como dios manda. La ciudadanía moderna sufre las tétricas estafas económica, política, laboral y social a manos de los mismos estafadores.

Abandonada la guillotina, desechado el cadalso, olvidado el motín popular, sólo queda el sospechoso recurso de la urna, la hoguera donde arden sueños y esperanzas al calor de la mentira y la manipulación. El 2015 y el 16 se presentan calientes, a punto de ebullición, porque tanta presión sobre el cuello social no hay quien la soporte. Los estafadores, Juncker el socio evasor de De Guindos, Lagarde la imputada sucesora del imputado Rato, Goldman Sachs la maquilladora de la deuda griega, entre otros, amenazan con el infierno si las urnas no son favorables a los suyos, a los de siempre, al PP y al PSOE en España.

Dura es, para el votante del nuevo año y del siguiente, la tesitura de tener que elegir entre el infierno conocido y un mañana por conocer, entre una hipotética amenaza y contrastados rompepiernas. En España, el coro de agoreros y sicarios del dinero que pululan por los foros del régimen bipartidista advierten, intimidan y amenazan tratando de proyectar al electorado su miedo. Miedo, más que real, ante la posibilidad de perder el mando, de renunciar a su estatus y rendir cuentas por las más que evidentes muestras que de su maestría estafadora han dado.

La mediocridad de Zapatero se instaló en Moncloa como prueba de que mérito y capacidad son accesorios prescindibles para gobernar este país. Rajoy lo ha superado de largo en demérito e incapacidad y todavía hay una mayoría dispuesta a votar a sus respectivos partidos para alegría de sus amos los mercados. Como en Grecia, en España, la democracia representa un peligro para las élites porque el pueblo exige a voces algo distinto a lo que nos ha llevado a este calvario, diferente a la dictadura capitalista que padecemos.

Las advertencias de Rajoy o del hermano de Juan Guerra sobre lo que ocurrirá, si el extremismo radical del PP o el socialismo de derechas del PsoE son vencidos en las urnas, son el canto del cisne. Los mercados, a buen seguro, no pagan a traidores y tratarán, mediante amenazas o sobornos, de controlar al futuro inquilino de la Moncloa como han hecho hasta hoy. En el peor de los casos, el poder financiero y empresarial, ha hecho caja con su crisis/estafa y no le importará esperar otros diez o quince años para repetir la jugada. Son profesionales.

Ya hemos visto que la realidad está cambiando y el negocio electoral se adapta a los nuevos tiempos. La campaña es continua, global, sin tregua, ni armisticios, ni jornadas de reflexión. Los medios de comunicación emplean sin sutilezas el lenguaje manipulador para hablar de izquierda radical, ceden el prime time a banqueros, empresarios y políticos del régimen para que las amenazas del FMI, el BCE o el CE sean tan cotidianas como la escasez de condumio a la hora de comer.

España debe recuperar, antes que nada, la dignidad, la autoestima y la democracia.

De la CEE al TTIP: de lo malo a lo peor

TTIP

Como el gato, nos calzamos las botas de siete leguas para recuperar el pulso del reloj atascado durante la dictadura. En dos pasos nos metieron en la Comunidad Económica Europea, rebautizada Unión Europea por falso pudor. Nos cambiaron la moneda, redondearon la vida al alza, llenaron la esperanza de confeti y aceptamos que todo eso era la modernidad. Paletos y catetas disfrutamos del nuevo traje dominical, sin renovar las mientes, al servicio del Marqués de Carabás.

Mordimos la estafa de la crisis, envuelta en la burbuja inmobiliaria, como Blancanieves la manzana envenenada, ofrecida por un liberal brujo de bigote, melena y llamativos abdominales. El veneno del consumo aletargó la capacidad analítica y nadie se preocupó de la letra pequeña que hipotecaba su vida y, ahora se comprueba, la de sus hijos y nietos. Nadie excepto los vendedores de burbujas y sus conseguidores políticos.

Como Hansel y Gretel, nos lanzamos a morder el pan de jengibre, el azúcar y el chocolate que parecían recubrir a España. Sus dueños nos dejaron hacer, viendo cómo engordábamos, hasta que otro brujo liberal, éste de rala barba y shesheante lengua, decidió que ya estábamos cebados para servirnos a la mesa de sus amos. Despojados de todo, convertidos en carne humana, somos el aperitivo del banquete que se están dando.

Los españoles, sin ser los únicos, nos hemos tragado las obras completas de los Grimm y de Perrault adaptadas a su conveniencia por nuestros dirigentes. Ahora se han apartado del cuento como embaucador relato y preparan una novela de terror cuyo guión escriben a escondidas, en amenazador secreto, con alevosa letra y gramática traidora. La Europa que hemos conocido hasta ahora se va a convertir en el País de Nunca Jamás.

Todas las estafas, sisas, ultrajes, vilipendios, vejaciones e infamias sufridas hasta hoy por la ciudadanía pertenecen al relato de un cuento de hadas. El Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP) entre EEUU y la UE se inscribe en una realidad de vampiros y hombres lobo que destruirá el castillo de naipes europeo para siempre. De firmarse, pasaremos de un mal sueño a una eterna y aterradora pesadilla interpretando el papel de muertos vivientes.

Básicamente, este acuerdo supone el fin de la soberanía de los estados, de los pueblos, de la democracia, a manos de una oligarquía empresarial y financiera globalizada. No serán los poderes legislativos, judiciales o ejecutivos quienes dicten las normas de convivencia, sino las multinacionales y la banca. Países como Francia y Alemania rechazan su actual formulación mientras la tripulación española del Capitán Garfio (PP, PSOE, CiU y UPyD) acepta de antemano este acuerdo, este golpe de estado.

El TTIP exige desregular cualquier ámbito: salarios, sanidad, alimentación, seguridad, educación, medio ambiente, etc., cediendo su regulación a, por ejemplo, Goldman Sachs, Philip Morris, Amazon, Monsanto, Shell o Dresser Industries. También incluye una cláusula de arbitraje internacional (ISDS) favorable a los intereses de las multinacionales, el descabello de la democracia en todos los estados europeos. Pero hay más y conviene conocerlo.

Tratados similares son el NAFTA o el ALCA, promovidos por EE.UU. y firmados por diferentes países que, como en el caso del TTIP, mordieron el anzuelo del crecimiento económico. La realidad es que dicho crecimiento se ha producido exclusivamente en las multinacionales promotoras y los fondos de inversión, quedando los respectivos pueblos firmantes más empobrecidos y desprotegidos. Sin duda, se trata de una excelente oportunidad para los integrantes del IBEX 35, pésima para la ciudadanía de la Europa sureña, una necrológica dorada.

Intereconomía y la teología financiera

TeologiaFinanciera

El día después de la bajada de persiana de Intereconomía no es jornada adecuada para lamentar, festejar o valorar la circunstancia. Apenas se puede decir que se haya notado la ausencia de esta cadena –se chismorrea que era más conocida por El Intermedio que por sus directos– en una parrilla saturada de aullidos y cizaña, dura competencia de pantalla con medios que remueven el légamo hasta la náusea, que suman sus propias deyecciones a las de quienes mandan.

El canal hubiera dado mucho de sí si los contenidos se hubieran ceñido a su compuesto nombre, analizando detalladamente la economía internacional. Falta está España, y necesitado el mundo, de alguien que explique la realidad paralela de los capitales y las carencias sociales, ahí sí hay audiencia y, con ella, publicidad y beneficio. Apostaron por la añeja realidad de la España, Una, Grande y Libre y perdieron, para eso se basta y sobra el gobierno.

Los medios no lo tienen fácil a la hora de analizar noticias económicas y dotarlas de una mínima lógica para ofrecerlas a sus audiencias sin que su prestigio se resienta. Hace falta un desvarío para comprender, por ejemplo, que la Eurocámara culpe ahora a la troica de la tragedia social derivada de las políticas respaldadas por los eurodiputados durante años. La Eurocámara ha descubierto lo que la ciudadanía afirma desde que se inició la crisis: vivimos una descomunal estafa financiera.

El FROB anuncia investigaciones sobre 90 operaciones sospechosas en la banca cuyas pérdidas han sido nacionalizadas, pura propaganda retórica y redundante donde, como en toda publicidad, es más relevante lo que se oculta que lo que se habla. Descubrir irregularidades en los bancos equivale a abrir los ojos a la imperante realidad financiera de lucro a cualquier precio. De engaños a clientes, accionistas y al propio estado viven, es su naturaleza.

Explicación se busca a la elección por el mismo FROB de Goldman Sachs para privatizar Bankia al precio simbólico de un euro, dejando expeditas a la zorra las puertas del gallinero. Y explicación tiene. La teología financiera atribuye al dios Sanchs la potestad de ser a un tiempo agencia de calificación, fondo de inversión, banco y consultora, cuatro entes, uno más que la Trinidad, para un solo dios, como Júpiter, insaciable cuando devora a sus hijos. Explicación hay, su racionalidad es otra cosa.

El gran casino mundial está abierto a experiencias novedosas que los jugadores propongan para su estudio y, en su caso, adopción universal si acrecientan la reputación ganadora de la banca. Todo el gabinete de Rajoy es un departamento de I+D+i a la busca de nuevas demencias que mostrar en el casino. La última, la más luminosa, la factura de la luz. El gobierno pretende educar a la ciudadanía en la liturgia bursátil y propone la factura como un índice de cotizaciones donde se especula con sus bolsillos en tiempo real, hora tras hora, minuto a minuto. Quedó obsoleta la subasta a corto plazo y ahora proponen la estafa inmediata.

Apagada Intereconomía, la audiencia ha quedado huérfana de un sacerdocio que imponía las verdades infalibles de la teología financiera internacional. Aún queda la capilla de 13 TV, el púlpito de La Razón, la ermita de ABC o la catedral de TVE para convertir el agua de la estafa en el vino de la recuperación, un milagro, como todos los milagros, sin cimiento racional, obrado por una fe obligada. Mientras se obra el milagro, el Partido Popular dice gobernar, en nombre de la mayoría de los españoles, con leyes que destilan una ideología tan radical y minoritaria como la audiencia de Intereconomía.

Morir de hambre o de asco.

deta-bichosLa FAO, Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, es una de esas instituciones que sirven básicamente para mostrar la incierta utilidad de su propia existencia propiciada por quienes la controlan. Sus informes, aparentes denuncias de lo obvio, cumplen la doble función de alertar sobre desastres humanos y servir de soporte para que las grandes corporaciones tengan a mano gratuitos estudios sobre los que establecer sus estrategias de negocio. La FAO ha dicho que comer insectos puede ser una solución al hambre en el mundo.

Entiende la FAO que es una solución para la parte humana del mundo condenada al hambre y a la miseria por la otra parte inhumana. El orondo y opulento primer mundo presenta ante tal dieta, según el informe, una barrera psicológica, el “factor asco”, y propone estrategias de comunicación y programas educativos para abordarlo. Tanto funcionario, tanto presupuesto, tanto tiempo, tanto talento y tanto atrevimiento, para elaborar y presentar semejante informe, dan asco y asco da pertenecer a esa versión del género humano.

En Europa se desechan anualmente 69 millones de toneladas de productos alimenticios. La Política Agraria Común (PAC) exigió a España arrancar cultivos y deshacerse de ganado para estabilizar precios. La dieta mediterránea está siendo relegada por la comida basura. Las etiquetas bailan sobre los envases y ya no se sabe si se come vaca, caballo, alce, liebre o gato. La banca, Goldman Sachs, ha creado y controla la burbuja alimentaria del mercado de futuros. Grandes corporaciones como Monsanto han patentado la alimentación transgénica. La industria farmacéutica hace caja con los remedios naturales. Todo ello presuntamente basado en informes de la FAO. Da asco.

El mapa de África, tan cercana y tan lejana, da fe del trato que el primer mundo le ha dispensado. Los trazos de sus fronteras, marcas de un experto cocinero que señalan sobre la tarta las porciones a repartir, son las cicatrices de una violación continua sufrida durante siglos. África ha sido despojada de sus riquezas minerales por empresas del primer mundo, le sobra armamento y odio vendidos por el primer mundo, es el basurero tecnológico y radioactivo del primer mundo, se muere de SIDA con la bendición del primer mundo, sus caladeros son explotados por piratas del primer mundo y su fauna es exterminada por caprichosos golfos adinerados del primer mundo. ¿Y qué recibe a cambio del primer mundo? Una dieta de insectos, un rally, un mundial de fútbol y una patada en sus pateras. Un asco.

Asia, cuarto y mitad de lo mismo. Asia es ahora el zulo donde producen, a precios de esclavitud y muerte, la mayoría de las empresas competitivas, deslocalizadas y globalizadas, del primer mundo. Las grandes bolsas de miseria asiáticas son el germen necesario para el fruto financiero de las bolsas del primer mundo. Las grandes empresas que esclavizan en Asia osan decir que crean riqueza en India, Pakistán o China, que generan dinero para muchas familias que de esta forma pueden comer medio plato de arroz al día. Y para diversificar la dieta, la FAO recomienda la ingesta de insectos. De verdad que da asco.

Las multinacionales tomarán nota del informe y no tardarán en crear la industria del insecto precocinado listo para consumir. Pronto patentarán moscas y cucarachas transgénicas de sabor a canela, crearán fábricas para el liofilizado de escarabajos al limón y comercializarán máquinas de envasado de arañas glaseadas y mariposas con nata. ¿Le da asco? Pues váyase preparando porque las perspectivas económicas de más de seis millones de parados, de más de un millon de familias sin ingresos y de quienes están condenados a unas condiciones laborales similares a las asiáticas, aconsejan vencer la barrera psicológica del asco en España. Comer insectos o comerse unos a otros, un asco en cualquier caso.

Yankee, go home.

Nguyen Thi Hong Van, de 11 años y supuesta víctima del ‘agente naranja’, con su madre en su casa de Danang. / HOANG DINH NAM (AFP). El País.

Arrasar 2.000.000 de hectareas con 75 millones de litros de herbicida que contiene una dioxina de alta capcidad destructiva puede considerarse un crimen ecológico, suficiente para enviar a quien lo hizo al pasillo de la muerte con un mono naranja. Si el herbicida produce millones de enfermedades y muertes de seres humanos, podemos hablar de crimen contra la humanidad o de genocidio, suficiente para multiplicar la condena de sus causantes. Pero no: los Estados Unidos siempre han estado por encima de la justicia y gozan de una complicidad internacional labrada a base de dólares y miedo.

Los efectos del agente naranja en Vietnam son un ejemplo de la letal cultura bélica de EE.UU. y de su demostrada capacidad para evitar en sus propias carnes una justicia que ellos aplican sin piedad a cualquier país que se les antoje. El salvaje oeste sigue vigente y los cuatreros, reverendos asesinos o sheriffs sin conciencia continúan dominando el mundo desde la base del terror.

No es la única muestra dañina de su cultura, ni es mejor o peor que otras. Disponen de un amplio abanico para hacer daño y lo hacen, generalmente, con el beneplácito y la aceptación del resto del mundo, con la complicidad de sus propias víctimas. Para eso están Hollywood y el resto de su maquinaria propagandística.

Empresas como Mosanto, que dejaría como delincuentes menores a Jack el Destripador o al Doctor Jekill, campan a sus anchas extendiendo la hambruna por el mudo impunemente; McDonald´s y Coca cola, iconos mundiales de la comida basura, incluyen en sus menús dietas calóricas que contagian la obesidad como una plaga; Goldman Sachs, Morgan Stanley y Barclays juegan al monopoly con el hambre del mundo gracias a su invento del mercado de futuros. La cultura alimentaria de EE.UU. es, cuanto menos, dañina y aceptada globalmente como lo más natural del mundo.

De su cultura bélica, se ha comentado la que practican directamente, desde su nacimiento como nación, con unos ejércitos de dudosos héroes nacionales, pero no es menos mortífero el mercado de armas que controlan a nivel mundial desde que aniquilaron a la competencia soviética y se quedaron con el negocio casi en exclusiva. El mercado norteamericano de las armas se sustenta en una especie de religión fundamentalista que considera la tenencia de artilugios para matar todo un derecho irrenunciable, consagrado por su constitución, a pesar de las continuas matanzas entre sus propios ciudadanos, matanzas que luego muestran al mundo como espectáculo audiovisual en cines y televisiones.

Como complemento ideal de sus ejércitos, disponen de unos servicios de espionaje y una red diplomática que ha instigado guerras y golpes de estado en los cinco continentes con la sana intención de liberar al mundo de peligrosos “malos” y de regímenes nocivos para los intereses de sus empresas y de sus inversores. En estos casos han conseguido que sean otros quienes ponen los muertos y los asesinos. Todo por la libertad y la democracia. Todo por su causa.

Y como contaminantes ambientales no hay quien les frene. Más de la mitad de la mierda esparcida por el globo tiene olor genuinamente americano y desde hace décadas están convirtiendo el espacio en un vertedero de chatarra con fines militares y de control de la población.

El mundo no se merece este tipo de cultura. El mundo se merce una libertad que los EE.UU. no están dispuestos a conceder.

Yankee, go home.