Cambiar de régimen

bipartidismo

Ajado, mustio y decrépito, el régimen bipartidista presenta síntomas de agotamiento y rauda desconexión de una realidad social que no es la suya. No hay más que oír los relatos del PP y del PSOE encorvados sobre un efímero pasado reciente no tan glorioso como lo pintan. Ambos prometieron cambiar el sistema que los engulló en una sopa boba salpimentada con dinero y corrupción. La hediondez que la ciudadanía percibe no llega a sus ilustres napias.

Hay savia nueva, savia que desestima los añosos vasos y las sarmentosas ramas que languidecen en la asilvestrada flora política española. Nuevos brotes han arraigado fuera del jardín, en las calles, que entusiasman a la juventud y a buena parte de los coetáneos de la transición. El aburguesado ocaso otoñal de la clase política profesional contrasta con la feracidad de opciones bisoñas aclamadas en las encuestas y temidas por su súbita conexión ciudadana.

El caduco régimen está arrugado, marchito, y sus injertos adquieren rápidamente la viciada textura que tratan de maquillar, como un botox que realza la dura huella del tiempo y la subraya. Los jardineros mediáticos ven la novedad como una mala hierba y la fumigan con métodos que no hacen sino vitaminar su crecimiento. Muestra de la decadente obsolescencia de estos métodos son los zafios y chabacanos discursos de Eduardo Inda o Miguel Ángel Rodríguez.

Se ha perdido la honestidad informativa en los medios del régimen. La pluralidad se ha reducido al aderezo de la servil propaganda que ocupa el espacio en otro tiempo habitado por la información. En Moncloa están tan fuera de la realidad, del tiempo y del espacio, que subestiman la información fluyente en las nuevas tecnologías. Los medios de plasma y papel, sus medios, son papeles mojados de muy mermada credibilidad que hoy se ven y leen con ojos de sospecha y nostalgia de objetividad.

La patronal del régimen, la misma que se beneficiaba del anterior a éste, es tal vez la que más teme un cambio, la que más tiene que perder. Los empresarios han conseguido revertir la realidad laboral a su estado en el siglo XIX, pero reclaman servilismo y derecho de pernada acordes con la caspa que resbala de sus engominados cerebros. Es por eso que el Partido Popular, quien mejor les sirve y más recibe de ellos, trata de acelerar en Bruselas la firma del TTIP.

El PSOE, endémico partido del régimen en riesgo de extinción, es el síntoma de la lenta agonía de esta anacronía monárquica parlamentaria que padece el país. Todas las encuestas, excepto la fabricada a medida por Alfonso Guerra, le asignan el papel de bisagra en una puerta que debiera girar a la izquierda y siempre lo hace a la derecha. En sus filas, nadie sabe a qué especie pertenece el partido y en la calle se identifica con un estepicursor que rueda y se arrastra según sople el viento, un molesto estorbo.

Está furioso el régimen, cabreado como un senil cascarrabias, histérico, iracundo, airado, colérico, y esto es peligroso para él y para el pueblo. Los síntomas de demencia le llevan a criticar a quien es seria alternativa tanto si aparece en la tele como si no, a acusarle de querer quemar iglesias y de aplaudir al Papa, de la firma de un contrato basura y de querer barrer la basura de Génova y Ferraz. Quizá no soporte este régimen que las personas recuperen su dignidad, su capacidad de soñar y cumplan con el deber ético de barrer y cambiar.

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Miedo como programa de gobierno

miedo

En la teoría freudiana, el miedo real se produce cuando su dimensión se corresponde con la dimensión de la amenaza. En cambio, el miedo neurótico se da cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro. Para el conductismo, el miedo es algo aprendido. Cuando un gobierno utiliza el miedo como recurso de convicción, el siguiente paso, apenas sin darnos cuenta, golpeando al estado si se tercia, es el terror.

El miedo ha entrado en nuestras vidas por la ventana de la economía. La estafa financiera ha hecho que los despertadores nos echen a diario de la cama con miedo al despido, al jornal, a las facturas, a la cesta de la compra y a cualquier sobresalto de la cartera. El presente da miedo; el futuro, terror. Se trata de un miedo que se corresponde con la amenaza real de esa competitividad empobrecedora que los gobernantes nos presentan como un logro de sus políticas, de esa nueva forma de esclavitud impuesta por el catecismo neoliberal de Génova y el aplauso de la Moncloa.

Desde que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tumbó la doctrina Parot, el miedo neurótico se ha sumado al real. La liberación de terroristas ha resucitado el desgastado fantasma de la derecha española para acopiar votos en las mismas fechas que muere uno de los últimos golpistas (apenas un lustro de cárcel cumplió Armada) de este país. El ectoplasma del terror es agitado desde un partido, o dos si contamos a UPyD, que ponen el grito en el cielo por la liberación de etarras mientras se niegan a que se haga justicia con el régimen de terror que dio el relevo a Juan Carlos I. La escoria etarra ha cesado su actividad, pero hay quien se resiste a enterrarla.

Como complemento neurótico, algunas tertulias y la prensa de siempre se han empeñado en sentar a la mesa de cada hogar español a un violador o a un psicópata, liberados también por el mismo tribunal europeo. La sensación que traslada la megafonía mediática a la ciudadanía es que se ha liberado de golpe a 600.000 violadores de millones de españolas. Las cadenas televisivas han emprendido su habitual carrera para ver cuál es la primera que, en rigurosa exclusiva, exhibe en el plató a alguno de estos criminales, a cambio de unos euros, para elevar audiencias a la vez que las tarifas a sus anunciantes y patrocinadores.

Las dictaduras siempre se han servido del miedo neurótico para hacer más llevadero el miedo real. El franquismo utilizó la imagen de siniestros individuos, como Jarabo o El Arropiero, para soslayar el miedo real que producían el hambre y la represión de la época. El semanario El Caso ejercía funciones neurotizantes como hoy La Razón o El gato al agua, utilizando la suelta de etarras y violadores para soslayar el miedo real ante el crimen financiero y empresarial o la represión de la ley de Seguridad Ciudadana que lleva a cabo el Partido Popular.

Europa observa atónita cómo se amedrenta a los españoles con miedo real y neurótico, con multas desorbitadas para quienes expresan el malestar que el gobierno genera, con encubrimiento de prácticas policiales propias de Billy el Niño y el inspector Muñecas o con indultos a mossos de escuadra. Miedo en la intimidad del hogar y terror en la calle reconquistada por los hijos de Fraga. Mordazas en la boca y concertinas en el pensamiento son los instrumentos del PP para callar voces discordantes y cortar las alas a ideas distintas a las suyas.

Este país es reacio como pocos a leer su historia y aprender de ella. Los poderes maniobran concienzudamente para que los miedos, el real y el neurótico, se instalen en la conducta individual de la ciudadanía como algo aprendido, algo interiorizado que se acepta con peligrosa naturalidad.

La ley del silencio

mordaza

El presidente del gobierno y su partido, lenguaraces opositores apenas hace dos años, ganaron las elecciones con un programa de gobierno henchido de silencio sobre sus intenciones reales. Ganaron e instauraron un nuevo sistema de comunicación basado en la mentira para justificar medidas en favor de empresarios y financieros, la manipulación para apuntalar medidas contra los votantes y el silencio para resolver dudas sobre la corrupción con que han obsequiado al pueblo. Suyas son las ruedas de prensa sin preguntas, donde se silencia la incomodidad, o la magistral comparecencia de una pantalla de plasma tras el atril presidencial.

Dictaron silencio para Baltasar Garzón condenando al olvido, por segunda vez, las cunetas y fosas donde yacen restos de españoles doblemente asesinados. La misma sentencia sirvió de sudario para intentar envolver la Gürtel que compite con el silencio roto de los EREs. Silencio en Valencia y Galicia. En Baleares y Madrid, silencio. Silencio sobre el rescate a la banca. Evasores en silencio. Silenciosos defraudadores. Obediencia silenciosa y ciega a Merkel. El gobierno y el PP, ante el sufrimiento, guardan silencio, sospechoso, siniestro y cómplice silencio. O mienten.

Cuando rompe el silencio, cuando el gobierno toma la palabra, es para exigir silencio a los profesionales de la sanidad, a los de la educación, a los pacientes, a los estudiantes, a los padres, a los artistas, a los intelectuales, a los trabajadores, a los parados, a los mayores, al pueblo entero. Y para exigir sacrificios a quienes no disponen más que de sus vidas para sacrificar, exigir austeridad al pobre, comprensión al incomprendido, paciencia al desesperado, confianza al traicionado, ánimo al desalentado y silencio a todo aquel que necesita gritar ante tanta injusticia silenciada.

Silencio en las calles, en los hogares, individual y colectivo, público y privado. Silencio para empobrecer, para estafar, para recortar, desemplear, reprimir, golpear, multar y encarcelar. El presente silencioso que impone el gobierno no tiene más perspectiva que un futuro sordo y mudo a corto plazo y ciego a medio plazo, un futuro sin sentidos, artificial, inhumano. Se trata de un silencio de escalofríos, apenas protestado, dolorosamente soportado, el macabro y caníbal silencio de los peperos.

Y si fúnebres son los silencios practicados y exigidos desde Moncloa y Génova, clamoroso es el silencio de la Conferencia Episcopal ante tanta pobreza sobrevenida y dañino el sumiso silencio de gran parte del rebaño ciudadano. El del PSOE es el silencio de la derrota, el silencio de quien habló mal o de más cuando tuvo ocasión, el silencio preciso de quien no tiene nada nuevo y creíble que decir, es el silencio de quien hace tiempo dejó de ejercer como voz del pueblo.

Ante tanto silencio se alzan voces anónimas, voces de la calle, voces no profesionales, que trata de silenciar el bipartidismo que no las representa mediante una represión criminalizadora que las acosa, fustiga, amenaza y condena. Desde el poder sólo se permite a estas voces el uso de la palabra para entonar el mea culpa y pedir disculpas. Para hablar sin freno ni cortapisas, el PP y el gobierno se han hecho con los servicios de mercenarias lenguas que regüeldan y roznan, para deleite de sus incondicionales, desde la TDT y una prensa limosnera no apta ya ni para envolver viandas.

Históricamente, una de las peores amenazas hacia la democracia ha sido precisamente la imposición de la ley del silencio. En ello están.

Discúlpenme piratas financieros, corsarios laborales y bucaneros de hemiciclo, discúlpenme, no puedo callar. Ni quiero.

14 N: el pueblo habló a un gobierno sordo.

La huelga general del 14 N ha sido ocultada tras una nueva hoja del calendario en la que vuelven a aparecer las anotaciones que componen la rutina de la vida, entre ellas la consulta de los medios de comunicación en los que cada cual busca la constatación gráfica de lo vivido. Como siempre, vuelven a aflorar los clásicos poshuelga como la guerra de cifras o la lectura interesada de los hechos por parte de quienes los ofrecen.

Durante la jornada del 15 N se debatirán animadamente las impresiones personales sobre la base de las verdades, medias verdades y mentiras que se ponen al alcance de las personas desde los medios de comunicación, desde el gobierno, desde la patronal, desde los sindicatos y desde esas amistades peligrosas que entienden de todo y saben más que nadie, incluida una servidora. La realidad se confrontará con las realidades personalizadas y de ahí surgirán ilusiones o desencantos momentáneos.

Se hablará de asistentes con cifras mareantes que tratarán de ajustar a visiones interesadas la realidad vivida por quienes formaron parte activa de esas cifras. Las delegaciones del gobierno mentirán equiparando la manifestación de Madrid a los asistentes al aquelarre del Madrid Arena, por ejemplo. Los sindicatos mentirán equiparando la misma manifestación a sus deseos. La realidad ha sido la que ha sido y ninguna voz de las que ayer gritaron en contra de la política en general puede ser callada por recortes y ensanches de afluencias. Cada cual tuneará la realidad a su medida.

Se hablará de piquetes incidiendo en un neumático ardiendo, una pedrada en un escaparate o una cerradura siliconada. Se hablará de piquetes incidiendo en insinuaciones de despido, renovaciones de contratos en aire o veladas amenazas en privado. Hablará la patronal de las coacciones sufridas por parte de los piquetes y hablarán los piquetes de coacciones sufridas por parte de los patronos. Los piquetes de la derecha mediática, incansables e insaciables, seguirán hablando de cara a las próximas protestas.

Y se hablará de violencia. De la violencia de grupos aislados que aíslan el sentido de la protesta y ocupan las portadas de los medios en competencia con la violencia gratuita de policías incompetentes que siguen las órdenes de la autoridad competente. Se hablará de la violencia producida en las calles para silenciar la violencia ejercida por las injustas medidas del gobierno que ha hecho al pueblo salir a la calle. Se hablará de la violencia callejera y se ocultará la violencia financiera.

Se hablará de injusticia, necesidad, recortes, reformas, pobreza, paro, desahucios, privatizaciones, repagos, derechos, represión, pensiones, educación, sanidad, fraude, impuestos, facturas y una larga letanía de preocupaciones desesperadas. La sociedad habló ayer en las calles de España y de Europa. La ciudadanía se preguntará hoy, y en días sucesivos, si alguien escucha su voz más allá de las protestas. Oídos hay, y muchos, en Moncloa, en Ferraz, en Génova y en todos los parlamentos regionales, provinciales y locales. La impresión es de que hay demasiados oídos y una monumental sordera política.

Habrá que seguir hablando en la calle, tal vez sustituyendo la voz por otro tipo de lenguaje capaz de sortear la sordera. Todo menos callar resignadamente.

Desahuciemos a los fariseos del PP y del PSOE.

Está visto y comprobado: la corte farisea sólo blanquea los sepulcros cuando la fragancia de un cadáver sazona el ambiente, impregna la pituitaria y penetra en los alveolos pulmonares. Hasta ese momento cruel, la corte muestra su verdadero aspecto con el orgullo y la satisfacción del deber cumplido, del objetivo alcanzado. Las operaciones de blanqueo se realizan de forma apresurada, con meticulosidad casi profesional, y con los materiales y herramientas que se tienen más a mano, a veces blanqueando incluso los cadáveres.

Soy una de esas personas absurdas y utópicas que distraen sus pesares alzando la voz contra la injusticia cada vez que tengo ocasión. Soy una perroflauta alienada por la izquierda radical que participa en las manifestaciones políticas que tanto molestan a los poderes y que no sirven para nada útil. Soy, a los ojos de la derecha de bien, una hija de papá, con la vida alfombrada de billetes de 500, que persigue la utopía movida por un sentimentalismo snob para fardar ante las amistades entre caladas de porro y pijos cubatas de melancolía ácrata.

Desde que surgió el movimiento 15M, una de las reivindicaciones que han enrojecido mi garganta es el artículo 47 de nuestra Constitución. Desde que surgió el 15M, los dos partidos mayoritarios han ejercido con escrupulosa eficacia la sordera social que les caracteriza y les distancia de nosotros, de sus votantes, del pueblo. Los consejos de administración de bancos y cajas, lupanares donde ejercen políticos y financieros, han prostituido la Constitución y han taponado los oídos de la democracia con cerumen de especulación caníbal, prebendas sobornantes y beneficios inmorales.

La acción solidaria, callejera y utópica de un puñado de soñadores trasnochados conocidos como “stop desahucios” ha puesto sobre el mantel de los almuerzos y las cenas de la gente de bien, insensible y acomodada ante la tragedia, el problema de miles de familias que han perdido su dignidad y sus derechos en las cuentas de resultados de empresas y bancos. Como sucede con las escenas de niños famélicos en las sobremesas navideñas, las conciencias manipulaban el mando a distancia hasta encontrar imágenes amables de gobernantes patrios en quienes descargar la indigestión.

Han bastado pocas muertes para que el miedo ante las intenciones de voto del CIS haya recorrido los pasillos de Génova y Ferraz y para que las cúpulas financieras intuyan que la muerte puede cambiar de bando en cualquier momento. La maquinaria partitocrática se ha puesto el mono de trabajo y se apresta con una velocidad inusual a blanquear los sepulcros y hacer suyo el reclamo de justicia que se escuchaba en la calle desde el 15M y que su sordera les ha impedido escuchar hasta ahora. Habrá entre sus simpatizantes quien les sigan creyendo, defendiendo y votando. A mí, personalmente me revuelven las entrañas ciudadanas y me dan náuseas democráticas.

La actuación farisea que están representando PP y PSOE es una mascarada tragicómica ungida de cinismo y manipulación y exenta de credibilidad popular. Este remiendo en el artículo 47 no deja de ser una operación cosmética improvisada ante unas trágicas muertes y el temor ante un efecto dominó. En la calle también hemos gritado hasta la afonía para reivindicar y proteger los artículos 35, 43, 27 y 50 de la Constitución cuyo incumplimiento y violación político-financiera aún no han sembrado cadáveres en las calles, pero que constituyen un verdadero genocidio social.

Seguiré tensando mis cuerdas vocales en la calle hasta su estallido para defender lo que es de todos, incluso de quienes me señalan con el dedo acusador de su inmovilismo. Mira por dónde, he vuelto a descubrir, a mis años, que las protestas y las manifestaciones, a veces, sirven de algo más que lamentarse y lamerse las heridas en el sofá de casa, en una reunión de tupperware o en la barra del bar. El 14N, otra vez, aunque no me gusten los convocantes, aunque los dedos señalen mis ideas y las lenguas escupan sobre mis actos. No me importa si sirve a la sociedad en su conjunto.

Entre todos y todas reclamaremos el desahucio de la corte farisea.

Bonnie Aguirre & Clyde Rajoy se separan.

Uno de los productos más genuinos surgidos de la Gran Depresión de 1929 fueron las bandas de gánsters que tomaron las calles y alargaron sus tentáculos desde el puesto callejero de perritos calientes hasta los sillones de congresistas y senadores. Sus métodos, basados en la amenaza y el chantaje, les ofrecían unos beneficios económicos y sociales que algunos invirtieron en empresas y negocios desde los cuales siguieron practicando su propia economía cada vez a mayor escala. La unión de varios gánsters de barrio dio lugar al nacimiento de bandas o clanes organizados y la unión de varios de éstos a una familia. Poco más o menos como sucede hoy con los grupos y fusiones empresariales, financieras e incluso políticas.

Una banda de gánster que se precie debe contar con un padrino, un par de lugartenientes, matones (muchos matones), socios externos para blanquear e invertir el dinero sucio, un par de automóviles negros, un arsenal de armamento ligero, un par de garitos de reunión, una o dos rubias enamoradizas y una indumentaria reconocible en la calle y los despachos por propios y extraños. Sus objetivos son el dominio absoluto de la calle y los despachos y la vigilancia de las familias rivales que operan en su mismo territorio. Siempre es buena la competencia por si se necesita un aliado contra un rival más fuerte que pueda surgir o venir del exterior.

A menudo, los choques de intereses producen sangrientas refriegas entre dos clanes o escarmientos y destierros en el seno de la propia banda. Son frecuentes las traiciones entre sus miembros y las venganzas forman parte del menú que les nutre y hace fuertes. En contadas ocasiones, algún miembro aislado o algún clan se pasan a la familia rival por afinidad con el padrino enemigo o por aversión manifiesta hacia el protector. El ambiente interno de la banda mantiene en tensión continua a todos sus integrantes que suelen sentirse vigilados con miradas de sospecha sobre sus nucas.

Es aproximadamente lo que está ocurriendo en la Familia Popular desde que conquistaron la calle y Mariano Rajoy ocupó la cátedra de la Moncloa. Conseguido el objetivo de arrebatar el domino a la Familia Socialista, han comenzado a recorrer las calles y los despachos con sus flamantes trajes azules y con la gaviota azul bordada en la cinta roja y gualda que rodea la copa de sus sombreros. Su presentación en sociedad ha sido bien recibida por los padrinos empresariales y financieros para los que trabajan y que se benefician grandemente de sus actuaciones callejeras sobre la población. Varias ráfagas de metralleta y algunos sabotajes flagrantes han recortado la salud, la educación, el bolsillo y los derechos de una población que deambula por la calle sintiendo acariciados sus rostros por los gélidos aires de pobreza y desamparo de la crisis.

La tarea de calle la han ejecutado con la rapidez y el acierto de una emboscada perfectamente planificada de antemano, pero se ha desencadenado una lucha interna por el poder. La rubia enamoradiza del garito madrileño de Sol viene maquinando dentro de la Familia Popular su venganza despechada desde que el capo Aznar le dio calabazas y designó como sucesor a Mariano Rajoy. Los matones y espías del clan de Los Madriles llevan años entregados a los ajustes de cuentas y al espionaje de miembros del clan de Los Genoveses, lo que le ha hecho ganar a la rubia Aguirre tantos enemigos dentro de la Familia como fuera de ella. Para su última maniobra ha buscado el apoyo de Adelson, un padrino venido de las Vegas, y esto parece que ha provocado la pérdida de la confianza por parte del capo Rajoy y ha sido la causa de su salida provisional de la Familia.

En los lúgubres pasillos del garito de la calle Génova se respira el ambiente denso de la conspiración. De las puertas entreabiertas de los despachos salen vaharadas de polvora recien disparada y el nerviosismo de las berettas, alojadas en las sobaqueras de sus ocupantes, dejan un delator cerco de sudor en las camisas. Entre la neblina de la disputa caminan con paso apresurado, la cabeza gacha, la visera del sombrero a ras de las cejas y las gabardinas abultadas por sobres y carpetas clasificadas, recaderos de uno y otro clan cuyo recelo mutuo se puede oler cuando se cruzan.

En Génova se mastica la tragedia mientras la ciudadanía traga todas y cada una de las medidas que la Familia Popular adopta para sacar de la recesión a sus banqueros e inversores como forma de asegurar la privilegiada posición de dominio de los miembros de la Familia.

La Familia Socialista anda lamiéndose las heridas de su derrota y buscando desesperadamente recuperar el poder. Si permanece obstinada en utilizar las mismas armas y los mismos métodos, continuarán disputando a bandas de barrio las sórdidas calles del extrarradio nacional.

España sin Esperanza.

La jaula de grillos del PP vive desde el 20N una algarabía constante en la que todos hablan y todos actúan a la vez aprovechando que la tormenta perfecta (para ellos) de la crisis es el fondo ideal para imponer sus postulados a una población sobrecogida por la incertidumbre y azotada por las certidumbres. Las gaviotas sobrevuelan la mar picada buscando alimento entre una tormenta de cálido aire neoliberal y una tormenta convergente de fríos vientos neofranquistas.

Una de las gaviotas más activas, Esperanza Aguirre, ha abandonado súbitamente la bandada y se ha alejado de la mar revuelta buscando refugio en los acantilados de la inactividad política y provocando un revuelo entre sus compañeras de pesca, algunas de ellas sujetando aún presas frescas con sus picos. Este abandono, raudo y decidido, ha provocado desconcierto entre las aves azules y los peces multicolores objeto de la pesca; ni las unas ni los otros acaban de fiarse de esta retirada y continúan en sus respectivas faenas con la mirada puesta en las altas rocas a la espera de su siguiente movimiento.

Treinta años en la política dan para mucho y la gaviota Esperanza ha destacado siempre por su habilidad voladora y su tendencia a dirigir el vuelo de su partido, hecho éste que le ha acarreado no pocos picotazos por parte de otras compañeras que puntualmente han disputado con ella el liderazgo y el control de la pesca. Sus máximos rivales han sido Rajoy, a nivel nacional, y Gallardón, a nivel regional. Desde que Rajoy ocupó el nido ministerial que Aznar le había proporcionado en la primera legislatura popular, el plumaje de su orgullo político ha sufrido picotazos sucesorios y arañazos congresuales que ella ha cicatrizado en Madrid, su cuartel de invierno. Gallardón le ha disputado la supremacía en los cielos de Madrid pugnando con ella por el control de la plaza y alardeando de ser más valorado por su vuelo en Génova. La gaviota mediocre ha llegado a ser presidente del gobierno y la gaviota “hijaputa” ha llegado a ser ministro preferente. Estas dos gaviotas han acabado por desplumar su orgullo y posiblemente sean una causa de su retiro.

La voracidad de la condesa consorte de Murillo es un handicap demasiado grande para que nadie crea que su retirada es definitiva. Las causas esgrimidas, aunque legítimas, carecen de la credibilidad suficiente para que no se disparen las conjeturas sobre una estrategia de Esperanza Fuencisla, la gaviota insaciable, para que se reconozcan sus dotes de lideresa en Madrid, en el PP y en España. Su intención de quedar a disposición del partido para lo que haga falta es una declaración de no abandono, de retirada temporal y parcial.

Se ha retirado temporal o definitivamente, el tiempo lo dirá, tratando de dejar a sus fieles compañeras de vuelo en posiciones aventajadas para mantener la formación, con su sello personal, que le ha llevado a dominar Madrid. Sus abundantes objetivos de pesca -profesorado, sindicalistas, médicos, bomberos, pequeños comerciantes, autónomos, población dependiente, escolares de la pública, etc., etc.- están desconcertados con su marcha, pero desconfían de quienes han colaborado con ella en su particular masacre social.

Se oyen ruidos de picos y espolones afilados en el PP que amenazan con olvidar la pesca para ensalzarse en una batalla interna por el poder y la supremacía en la bandada. De hecho, desde el 20N se van configurando dos formaciones diferentes de gaviotas que ya no dudan en picotearse en público. La formación moderada y la formación radical alternan simultáneamente los picotazos a los derechos de la población con los picotazos a sus competidores internos.

Desde la cima del acantilado, Esperanza otea la superficie del mar y las maniobras de sus compañeras a la espera del momento propicio para volver a volar y alcanzar, por fin, su sueño de situarse al mando de las gaviotas y esquilmar la pesca según sus principios neoliberales.