Rajoy: paro y desamparo.

El PP pasó siete años en la oposición afirmando que era imposible hacerlo peor que Zapatero, que ellos sabían lo que España necesitaba para crecer y que disponían de una fórmula mágica para detener la escalada del paro. Durante los primeros cuatro años, la población hizo oídos sordos a estos cantos de sirena prefiriendo el carisma novel del anterior presidente a la ausencia de carisma de un Rajoy con el perfil más bajo como aspirante y como presidente que se ha dado en la democracia, a excepción, quizás, de Leopoldo Calvo Sotelo.

Y llegó la crisis como agua de mayo para el PP. Durante su segundo mandato, Zapatero hizo añicos el crédito carismático que disfrutó durante su primer mandato, torció del todo su gobierno hacia la deriva neoliberal y gestionó el comienzo de la crisis de forma deplorable. Los golpes de la economía comenzaron a lacerar las espaldas de la población y Rajoy se encontró con que la economía mundial le estaba allanado el camino. La economía mundial y la propia ineptitud de un gobierno agonizante.

Rajoy enarboló el estandarte del paro en la carrera electoral y bautizó las infames listas del desempleo como “los parados de Zapatero”, llegando a protagonizar una astracanada fotográfica luciendo su lamentable palmito ante una oficina del INEM. El mensaje, coreado al unísono por el PP y la derecha mediática, fue tomando cuerpo ante la desesperación ciudadana, dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo, por la escalada de una crisis ante la que claudicó Zapatero haciendo una reforma laboral, metiendo los primeros tijeretazos y reformando a dúo con Rajoy la Constitución, de forma vergonzosa y nada democrática, para satisfacer a los mercados.

El PSOE perdió unas elecciones que Rajoy no llegó a ganar nunca por méritos propios y sentó sus reales en Moncloa supuestamente para salvar al pueblo y llevarlo a una tierra prometida donde el paro se reduciría y España volvería a crecer como dios manda. La pócima milagrosa eran, según él y los profetas de la FAES, unas reformas estructurales que volverían a crear empleo y a devolver la confianza a los mercados. Las reformas estructurales y la flexibilización del mercado laboral se han traducido en recortes en los bolsillos y en los derechos de una ciudadanía que vive mucho peor que con Zapatero y que ha podido comprobar, al igual que Europa y los mercados, que Rajoy y su gobierno no son de fiar y que mienten más que hablan.

En un año de gobierno, Rajoy ha conseguido aumentar el paro de forma alarmante y descarada, ha conseguido un crecimiento galopante de la prima de riesgo y un decrecimiento paralelo de la economía sin precedentes. La misma guadaña con la que ha segado la economía del país para las próximas tres o cuatro generaciones le ha servido también para cercenar derechos cívicos labrados durante cuarenta años de lucha, tras un periodo de otros cuarenta años, los más negros de la historia de España, bajo el yugo franquista. Y también ha reflotado el franquismo mediante la actuación de un ramillete ministerial siniestro como el propio fantasma resucitado.

España, azotada por el paro, asiste asustada a una ofensiva neoliberal y neofranquista que vuelve a contar con presos políticos en sus cárceles -como el joven estudiante del piquete granadino-, persecución de ideas políticas contrarias al régimen -como los sancionados, heridos y detenidos por protestar-, censura informativa -el último caso es Informe Semanal-, policía que cumple órdenes ciegamente -hasta el punto de hacer brotar la sangre en una cabeza de 13 años- y es indultada y justificada por sus máximos responsables. Un panorama tétrico y desolador para una España cuya pesadilla fascista aún no ha sido desterrada ni enterrada por la rabiosa oposición del Partido Popular a la Ley de la Memoria Histórica.

La situación era susceptible de empeorar y empeoró con la irrupción de Gallardón a la grupa del caballo de Atila en el Ministerio de Justicia. El gobierno de Rajoy nos ha condenado al paro y este peligroso ministro nos condena ahora al desamparo. No sólo se han perdido empleos, viviendas y derechos sino que también se ha perdido la posibilidad de defensa del pueblo a través de la justicia, se ha perdido la justicia misma y la dignidad de un país que vuelve a ser la España negra rediviva. España vuelve a ser ese país decadente que tropieza siempre en la misma piedra. Es la “Marca España” del PP.

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Españolizar puede ser imprescindible.

Wert lleva razón. Y no se puede usted imaginar el esfuerzo que me ha costado reconocerlo. Trataré de explicarlo con un par de sencillos ejemplos.

La solución para muchos de los males que acechan a España está en sacar pecho y españolizar todo lo que se ponga a tiro. La tradición españolizadora de este país es la más solvente del mundo, AAA+, y presenta en su currículum una aquilatada experiencia que le llevó a españolizar toda la superficie de la tierra que era capaz de alumbrar el sol desde el levante hasta el poniente. Fue Felipe II quien obró la proeza de que en su imperio no se pusiera el sol.

Lleva razón Wert, aunque quizás su corte ideológico le haga confundir el ensalmo españolizador adecuado. La españolización rancia que propone, basada en una lectura neofranquista de la realidad peninsular, va camino de obtener unos resultados contrarios a los que pretende. La imposición dogmática desde la intransigencia que propone, falsamente amparada en la mayoría absoluta provisional que disfruta su partido, radicaliza la postura de quienes son presentados como enemigos de dios, de la patria y del rey.

España (su pueblo, no sus políticos) debería plantearse, como solución a la estafa que soporta hoy, la españolización de la banca. No es democrático que el estamento financiero actúe, como lo está haciendo, hurtando la cartera a millones de personas con el fin de sanear los pocos bolsillos privados y extranjeros que están engordando, a costa de la deuda externa española, muy por encima de sus posibilidades. No sólo no es democrático, sino que no es ni siquiera legal. Españolice la banca, señor Wert. Españolícela y no consienta que Merkel germanice nuestras vidas.

España debería plantearse españolizar la iglesia. La iglesia católica consume demasiados recursos públicos para adoctrinar la escuela cuando en la mayoría de los países esta labor la realiza con recursos propios y a quienes se prestan a ello voluntariamente. Españolizar la iglesia supondría hacerla participar con la mismas reglas que a otras entidades y que los multimillonarios donativos captados en criptas, catedrales o conventos coticen como manda hacienda. El dinero robado por el electricista de la catedral de Santiago, no denunciado por el obispo, es la punta del iceberg de una inmoral bolsa de millones de euros negros que se mueven entre sotanas camino del Vaticano, verdadero paraíso fiscal. Españolice el Acuerdo con la Santa Sede y recupere cerca de 11.000 millones del estado laico.

España necesita españolizar sus empresas haciendo ver a sus dueños y señores las ventajas de producir en España, creando empleo y riqueza al alcance de la mayoría de los españoles, en lugar de buscar el beneficio rápido y desmesurado que les convierte en modelos a seguir de la lista Forbes, con alguno de ellos aupado al podio de la misma. Españolice las empresas, señor Wert, hágalas útiles para España impidiendo que sus ganancias naveguen apaciblemente por los paraísos isleños de Caimán, Bahamas, Bermudas o Barbados. Españolice su producción y su ética empresarial.

Y ya puesta a pedir, españolice al gobierno de España del que usted forma parte para que cumpla el mandato del pueblo en lugar de acatar las órdenes de los estafadores del FMI y del BCE. Españolice la sanidad, la educación y las cuentas del estado a la medida de quienes pagan impuestos en lugar de limpiar los impuestos para satisfacer a inversores extranjeros. Españolice a sus compañeros y compañeras: haga que se pongan el traje de luces o la mantilla con la humildad del pueblo llano, en lugar de hacerlo con la hipócrita altanería decimonónica de aristócratas sin título nobiliario.

Señor Wert: ponga una bandera de España en su conciencia, no un trapo rojo y amarillo, y comprenderá que la auténtica bandera de los españoles es multicolor, multicultural y, sobre todo, libre y soberana. Límpiese ese franquista españolismo de hojalata que le ensucia la mente y la boca y comprenderá que el diálogo une más que la imposición a las bravas.

Españolice, Wert, defienda la españolización adecuada, imponga la nacionalización, nacionalice.