El gobierno te suicida por tu bien

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Según la Organización Mundial de la Salud, el tabaco es la primera causa de invalidez y muerte prematura del mundo. En España cada año mueren más de 50.000 personas debido al consumo de tabaco, más que por los accidentes de tráfico y el consumo de todas las drogas ilegales juntas. 700.000 menores de 14 años están expuestos diariamente al humo de tabaco en sus hogares. Los gastos sanitarios atribuibles al tabaquismo en 2008 ascendieron a 14.710 millones y los ingresos por impuestos procedentes del tabaco fueron 9.266 millones de euros.

 En el mismo 2008, las empresas españolas perdieron 7.840 millones de euros como consecuencia del tabaquismo (76% por pérdida de productividad, 20% por costes adicionales de limpieza y conservación de instalaciones, y el resto por absentismo laboral). Las cajetillas vendidas en 2011 alcanzaron un valor de 11.339,7 millones de euros y 631,28 millones el tabaco de liar. Una cajetilla diaria supone un gasto anual de 1.588 euros al año. Las ventas de cigarros cayeron un 25,65% tras dos años de aplicación de la Ley Antitabaco.

A pesar de los datos, a pesar de las evidencias, el gobierno de España está dispuesto a sacrificar una de las pocas leyes aprobadas con sentido común, en la última década, en beneficio de la ciudadanía. Para el PP, es sano plegarse al chantaje de Mr. Adelson y seguir matando, enfermando y perdiendo dinero, a cambio de 50.000 ó 200.000 empleos que, dicen, generará Eurovegas en Madrid. Alguien podría tener la tentación de afirmar que el Partido Popular es cómplice de 50.000 muertes anuales para satisfacer negocios privados.

Gracias al humo del tabaco, no se habla de otras reformas legales a la medida del capo de la ruleta como la tributación por las ganancias en su negocio o las condiciones laborales de sus trabajadores. A las reformas impuestas por la troika, el gobierno añade las impuestas por un personaje vestido de sospecha y vigilado estrechamente por los gobiernos de los países en los que opera. A la corte pepera no le importa interpretar una nueva versión de Bienvenido Mr. Marshall a costa, en este caso, de la salud y las vidas de los españoles.

No se han escuchado las voces en contra de asociaciones como Hazte Oír, Derecho a Vivir o Pro Vida, ni la de la Conferencia Episcopal, ni la de los Kikos, ni la del Opus Dei, ni la de Don Alberto Ruiz Gallardón, ultradefensores de la vida en nombre de dios y cómplices silenciosos de la muerte en nombre del dinero. Pura ideología, puro integrismo religioso, pura hipocresía. No ha habido un millón y medio de manifestantes en Madrid, ni una sola voz se ha alzado para denunciar un cambio de ley a favor de un asesino, el tabaco, de 50.000 víctimas al año.

Si el dinero y el empleo son prioridades irrenunciables para el gobierno, si su moral flexible permite al presidente del gobierno plegarse a los caprichos de un padrino del juego o a la presidenta de Castilla La Mancha hacer la vista gorda sobre la violación de los derechos humanos ante el Partido Comunista Chino, hay otras posibilidades. Dado que todo vale por el bien del pueblo y de sus bolsillos, no debe temer el gobierno acometer medidas audaces para combatir el paro y la crisis que tanto le preocupan.

Por clima, orografía, cultura agraria y otros motivos, España reúne las condiciones idóneas para cultivar, manufacturar, comercializar y exportar marihuana. A 4 ó 5 euros el gramo, ¿se imaginarán De Guindos la riqueza potencial, Fátima Báñez los posibles puestos de trabajo, Montoro los impuestos recaudables o Ana Mato el bienestar a disfrutar? Al beneficio económico se añade la plusvalía electoral y el valor añadido de una población adormilada sin necesidad de vedettes del deporte, prensa amarilla o televisión basura. Un pueblo “colocado” es un pueblo dócil, la troika lo agradecerá.

Se sabe que no pocas personalidades del partido del gobierno beben más de la cuenta. Se desconoce si fuman porros en la intimidad. Capaces son de hacerlo y no pasarlos.

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Rescates equivocados

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Cuando la voz cumple su función, liberando los pensamientos, conviene que las palabras mejoren el silencio. El orden racional debiera ser, primero, pensar y, después, hablar para que lengua y cerebro acompasen el ritmo del discurso en la mecedora de la coherencia. Esta fórmula economizaría matizaciones, desmentidos y contradicciones a quienes hacen de la oratoria su profesión. La misma fórmula añadiría un plus de credibilidad y, en consecuencia, confianza a los discursos.

Los oradores por exelencia, políticos, religiosos y comunicadores, harían bien siguiendo el compás retórico pensar/hablar/escuchar/pensar/hablar en sus cotidianos desempeños. No parece que suceda tal prodigio en nuestro país según se desprende del cerumen dialéctico que tapona los oídos cada vez que se escucha al político, al prelado o al todólogo de guardia en cualquier emisora, cualquier canal o cualquier periódico. Están desatando la locura en una audiencia que clama para que hablen cuando callan y callen cuando hablan.

La celeridad de los acontecimientos y la infinidad de frentes abiertos no son excusa para que continuamente las lenguas pisen los cerebros y el baile acabe siendo un rosario de quejidos y disculpas, un correcalles más que un vals, un guirigay. A veces, sin embargo, las palabras obedecen estrictamente al pensamiento que las acuna y las desliza por el tobogán de la voz para que sean oídas en toda su grandeza o su miseria según los casos.

El presidente plasmado ha dicho que no se puede atender la ILP sobre los desahucios (un grito de casi millón y medio de voces) porque “supondría un daño para el mercado hipotecario”, para el sistema bancario. Sus palabras son puro pensamiento, puro discurso neoliberal: la banca, intocable, tiene derecho a la comprensión, al rescate y a la protección del gobierno. El socio en el negocio del ladrillo, el afectado por las hipotecas, “ha vivido por encima de sus posibilidades” y, por eso, al gobierno, no le queda más remedio que recortar, recortar y recortar.

El ministro de justicia, incienso y tasas, por su parte, le niega a Andalucía la posibilidad de aplicar medidas diferentes a las del PP para paliar los efectos de la estafa financiera, para rescatar ciudadanos. Dice Gallardón que “la respuesta (a los desahucios) tiene que ser para la totalidad de los ciudadanos españoles”, quizás sin pensar antes de hablar. Podría pedir a su gobierno que aplique la medida a toda España, pero pide que no se aplique en Andalucía, acomodando su lengua al pensamiento bancario e inmobiliario. Debiera explicar porqué el gobierno de Madrid legisla a la medida de Eurovegas, con leyes a la carta para gente que ni siquiera es española.

Otro sonado pisotón verbal lo protagonizó esta misma semana la ministra Pastor al anunciar que “el gobierno trabaja para solventar la situación de varias autopistas que están al borde de la quiebra” estudiando la posibilidad de su rescate porque no son rentables para las empresas que las explotan. Curiosamente, el mapa de autopistas deficitarias recorre la ruta de la gaviota, que une las comunidades de Madrid y Valencia, el pazo de Feijóo y la cagada de la gaviota malagueña.

Escuchando a estas bocas que no piensan y sufriendo a estos cerebros que torticeramente hablan, una llega a la conclusión de que se ha equivocado en la vida. Me lo advirtió mi abuela: “Niña, no seas tonta, no te juntes con los bancos, que pierdes; y no te compres casa, que se caen antes de que acabes de pagarlas”. Caso debía haberle hecho y vivir bajo un puente de autopista, en zona de rescate.

Alguien de los suyos

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Como todo el mundo sospecha, Eurovegas es una tapadera. Los negocios se han convertido en una actividad social turbia y perversa que atiende menos a satisfacer las necesidades de la población que a satisfacer los egos dorados y metálicos de una minoría que sólo amasa dinero y poder. Nadie tiene como prioridad apostar su vida en un tapete, y menos aún en un tapete donde se esparcen los naipes marcados por los dueños del casino. Eurovegas es una tapadera.

Abierta la tapadera, los olores facultan a cualquier pituitaria para constatar por sí misma la verdadera naturaleza de lo que se aloja en el contenedor. El cubo de Eurovegas huele mal y, pasado el hedor inicial, se van distinguiendo diferentes aromas, nada agradables, que pueden ayudar a identificar su contenido. Junto a la basura reconocible que generan los casinos, hay restos orgánicos identificables, con poco magen de error, como pulsos políticos y lucha por el poder. La presencia de gaviotas carroñeras a su alrededor es un indicio más de que en Eurovegas se juega algo más que unos euros.

En el acantilado de la calle Génova, donde anidan las gaviotas peperas, Maquiavelo ejerce de instructor de vuelo. Allí, Aznar, aclamado profeta por su partido, sublimó sus mayorías absolutas entendiendo que el poder era suyo y para siempre. Al final de su segundo mandato decidió retirarse a su laboratorio para, desde allí, mover los hilos de un poder que repartió, como un padre la herencia, entre los suyos. Fue entonces, allí mismo, cuando los herederos evaluaron sus partes, cuando miraron de reojo las partes de los otros; en ese momento, en ese lugar, se dasataron los cordones de la concordia y se afilaron envidias y celos para reclamar una parte mayor de la herencia.

Los pasillos de Génova se cubrieron de una espesa neblina de sospecha que apenas daba para ocultar el desfile de sombras embozadas en gabardinas y cubiertas por sombreros fajados. Esquinas y despachos alojaron espías y el ambiente se impregnó de intrigas y maquinaciones entre sus propios moradores. Eran los años de la primera derrota post Aznar, los primeros años de un sombrío sucesor que cosechó derrotas ante el cándido y bisoño oponente de un PSOE ocho años sumido en similares maquinaciones y enredos. Fueron los años en que la Comunidad de Madrid envió espías al Ayuntamiento, los años en que comenzaron las vendettas internas.

Aguirre, Gallardón, Cospedal, Rajoy, Aznar, Mayor Oreja, Fraga (y sus cien mil hijos)… un plantel de sospechosos digno de Le Carré, Chandler, Hammet, Christie, Highsmith, Simenon, González Ledesma, Juan Madrid, Eduardo Mendoza o Vázquez Montalbán. Todos contra todas, centro derecha contra derecha radical, PP contra Partido Popular y Aznar, desde su cuartel de invierno, observando a sus vástagos y moviendo los hilos de una partida en la que él, la derecha radical, mueve todos todos los peones, todas las fichas, todos los hilos que le deja Merkel. La conjura se puso en marcha al día siguiente de que Rajoy fuera investido presidente.

Aguirre, despechada, lució la prenda de Eurovegas para reivindicarse ante la mirada furtiva de Josemari; Gallardón, exultante, escupió sobre el casino desde su estrado ministerial; Cospedal se hizo fuerte en su principado manchego; Fraga sonrió desde el cielo de Franco y Pinochet; y Mayor Oreja intentó mojar la oreja a Rajoy sin éxito. En medio de la contienda ha estallado la bomba Bárcenas sin que a nadie le conste su existencia desde los años ochenta. Las miradas que antes se espiaban, ahora se señalan. La guerra está servida. Eurovegas, como se sospechaba, es una tapadera y Aguirre es señalada por los suyos como la garganta profunda que ha puesto en marcha el temporizador.

Mientras tanto, la ciudadanía traga cicuta neoliberal con la insólita esperanza de que sea el propio gobierno quien sufra sus efectos. Como César, Rajoy tiene todas las papeletas para caer, no envenenado, sino herido por uno de los suyos.

España ante el espejo

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España vuelve a mirarse en el espejo arrugado de la historia con ojos deslucidos que no le permiten ver su mustio presente con la crudeza que reflejan los rostros de sus habitantes. A la hora de mirarse al espejo, el pueblo fija la vista en detalles superfluos y ornamentales que le distraen y le ayudan a esquivar sus propias pupilas, esas que hablan desde el interior de cada persona cuando se contempla a sí misma. La gente elige atender el orden estético y posar los cinco sentidos en posibles descuidos indumentarios antes que sobre la pulcritud del alma y el aseo de la conciencia, prefiriendo acicalarse para ser mirada en lugar de hacerlo para ser interpelada.

Los espejos de cristal desertaron de los hogares cuando los invasores tubos catódicos les derrotaron en la tarea de reproducir la imagen de sus moradores y responder a la pregunta ¿quién es la más guapa?” También venció el usurpador en la misión de mostrar una realidad alternativa, al otro lado del espejo, capaz de ofrecer un país de las maravillas distinto cada día y diferente para cada persona. La televisión ha mostrado sobrada capacidad para que el público acepte la fantasía como única realidad posible, dado el desagradable ejercicio que supone para cualquiera reconocer su propia miseria, la mezquindad de la vida y la orfandad de perspectivas futuras que devuelven hoy los espejos cuando se les mira a los ojos.

El país de las maravillas ofrecido desde el otro lado del plasma permite a la ciudadanía arropar su desconsuelo con la raída manta de las desgracias ajenas y proliferan programas donde personajes lamentables no dudan en desnudar sus cuerpos y, aún más deplorable, sus mentes para demostrar que el espectador no es lo más penoso y desdeñable de la humanidad. Son modelos que copan un porcentaje desolador de la parrila en cualquiera de los canales que un dedo puede seleccionar a distancia. La identificación con el producto televisivo permite al espectador conservar una remota sensación de libertad para elegir hasta ver en el espejo rostros y cerebros mucho más deteriorados que los suyos. Son estos entretenimientos eufemismos visuales de la alienación.

El espejo de plasma también muestra una versión oficial de la realidad, grata y útil para quienes escriben el guión y manejan la cámara en cada época determinada o de quién mueve los hilos de las marionetas que la interpretan. Sin rubor, se muestran como oportunidades negocios que, en otros momentos, eran y serán simple y llanamente alteraciones de la legalidad en favor de intereses privados. Eurovegas, por ejemplo, es un remake gansteril de los años 30, Adelson es un sosias de Al Capone, la corrupción de estado es el decorado para la acción y el pueblo es el repertorio de figurantes damnificados por unos y por otros. Se trata de una deplorable imagen virtual que los gobernantes ofrecen como alternativa a la insoportable realidad de los gobernados.

La versión oficial muestra la corrupción política de este país como el reflejo de quien se contempla en el espejo, del espectador acusado de ser el gusano que pudre el fruto patrio. Son las carcomas del estado, entre bocado y bocado a los cimientos sociales, quienes tildan de gusano al pueblo, quienes le acusan de querer sobrevivir y quienes proponen como modelos a seguir, por ejemplo, a Amancio Ortega, Botín, Bárcenas, Urdangarín, Báltar, Mulas, la familia municipal de Manilva (Málaga) y otros creadores de ilusiones millonarias al alcance de cualquier ciudadano que, desprovisto de imagen ética en su espejo, carezca de escrúpulos para colocar la miseria tercermundista, la corrupción y la codiciosa especulación (distorsión de un espejo) en la lista Forbes o en paraísos fiscales. Son espejos a los que mirar para distraer de la versión original.

Si se apagaran los televisores, las miradas inquietas quizás encontrarían en algún rincón de cualquier hogar, agazapada, una tabla de cristal azogado por su parte posterior que refleja los objetos situados delante de ella, incluidas las personas. Se llama espejo y no engaña.

Comando fiambrera escolar.

Fiambrera. Prefiero el término fiambrera al invasor “tupperware” que pronuncia el barato profesorado irlandés contratado por Esperanza Aguirre para ocupar las plazas de los interinos despedidos por su gobierno. Es más castizo y define mejor su papel como contenedor de fiambres que sirven de alimento a candidatos a fiambre que lo utilizan cuando el trabajo es tan matador o tan mal remunerado que no permite siquiera acudir a comer a casa como debieran hacer las personas por el bien de su salud y de su economía.

Sandra Perata, argentina veterana de corralitos a cuenta de estafas financieras (el que sufriremos en España este invierno será el segundo de su vida), ha disparado la fiambrera de su hija sobre la mediática Aguirre delante de toda la prensa que hoy sí tenía orden suya para cubrir la inauguración del curso escolar en su reino privado y privatizado. Ha errado el tiro, por suerte para ella y por desgracia para el gobierno, y ese fallo privará a las portadas de la derecha de un sonado magnicidio y de un comando doméstico de la B.T.F. (Banda Terrorista de la Fiambrera) con el que criminalizar las protestas por los desmanes en la enseñanza pública.

Es comprensible el impulso de Sandra. Cobrarle 3 euros diarios, por calentar la fiambrera y la silla donde se sentará su hija para comerse el contenido, le supone al mes el 10% de los ingresos de su casa. Con lo que le sobra tiene más que suficiente para pagar la luz (y los sueldos de expolíticos que viven del negocio), el teléfono (capricho indispensable para que te llame el INEM), la comida (ese vicio que tienen los pobres), el alquiler (ese lujo de quien desperdicia 100 metros cuadrados para albergar tan sólo a cinco personas) o los materiales escolares (un despilfarro sólo al alcance de arquitectos).

Hay que agradecer a la presidenta de la neoliberal república anglosajona de Madrid que haya tenido la gentileza de no exigir para este curso fiambreras segregadas, azules para los niños y rosas para las niñas, y que no haya obligación de pasar por la parroquia antes de ir al colegio para que el párroco del barrio bendiga las dichosas fiambreras. También hay que considerar positivamente que los niños y las niñas no tengan que jugarse al rojo par o al negro impar de una ruleta el turno para usar el microondas, pero todo se andará.

Estos niños y niñas, almacenados al por mayor en las escuelas públicas y atendidos por los maestros multiusos que aún no han sido despedidos, van a recibir una lección impagable que agradecerán en un futuro, cuando accedan a puestos de trabajo donde la fiambrera será el elemento más valioso de sus vidas. La lección la aprenderán durante la jornada escolar ampliada en los colegios públicos y será a costa de eliminar inútiles contenidos de asignaturas insignificantes y poco productivas como la plástica, la música o la educación física, justo antes de la imprescindible clase de religión católica.

Las fiambreras se han convertido en un artículo de primera necesidad que servirá a los parados que tengan que cumplir condena limpiando montes quemados. Serán útiles también para meter las fichas de juego en los casinos de Eurovegas, llevar el cambio para pagar el peaje de las autovías de Madrid o guardar en ellas las pelotas de goma y las denuncias recogidas durante una jornada de protesta en la comunidad del oso y el madroño. Habrá quien las sepa aprovechar para llevar la tortilla de patatas a una corrida de toros con entrada subvencionada por cualquier ayuntamiento del PP.

La acción de Sandra Perata la acerca a las bravas mujeres que han puesto un poco de decencia y dignidad en la historia de España. Los cañonazos de Agustina de Aragón fueron un símbolo de la lucha popular contra los invasores; Mariana Pineda bordó la libertad y la hizo bandera en España; Concepción Arenal se travistió de hombre para liberar a las mujeres; Clara Campoamor equilibró el sentido democrático del voto en la Constitución de la Segunda República… hay un largo listado de mujeres que han protagonizado episodios de lucha por la libertad y la dignidad.

Posiblemente el fiambrerazo no merezca un lugar en la galería de hechos consagrados por la historia, pero su espontaneidad y, sobre todo, sus motivos deberían ser una llamada de atención para todos los españoles y todas las españolas que asisten pasivamente a su tortura y descabello, como el toro de la vega, a manos de trogloditas cavernarios. Aunque hubiera impactado de pleno en la frente de la Condesa Esperanza Aguirre, el daño no sería comparable con lo que la presidenta está haciendo al desgraciado pueblo madrileño que la vota y al resto de la España que no la vota pero la sufre igual.

O España saca las fiambreras a pasear o el gobierno la llenará de fiambres con sus políticas antisociales e insolidarias. La sanidad y la educación ya son fiambres.

España sin burbujas.

Todo comenzó hace casi cuarenta años. Acabada la pesadilla de la dictadura, España pensó que los monstruos habían desaparecido y que el paisaje ya no volvería a ser aterrador, pero, en lugar de despertar, continuó durmiendo y contemplando la vida a través de las legañas. El sueño, ahora más placentero, permitía percibir una libertad secuestrada durante cuarenta años y unos bolsillos más llenos que durante la posguerra. De este sueño agradable, España se negó a despertar por voluntad propia y ajena.

Tras más de una década Constitución, elecciones, amagos de golpe de estado, estatutos de autonomía, movida y mucho consumo de tranquimazín consumista, aparecieron las grandes burbujas de la Expo 92 y de las Olimpiadas de Barcelona con el parásito de la corrupción adosado. España se llenó de autovías, de aves, de megavillas olímpicas y de oropeles varios aptos para maquillar su pobreza con la ilusión y la esperanza de que el espejo no reflejase el ceniciento país que era.

El sueño de novísima riqueza que invadió a sus habitantes les hizo sentirse personas libres y dueñas de comprar sus destinos aunque fuese a plazos. Se fortaleció el individualismo, el consumismo se hizo compulsivo, la corrupción se apoderó de la ética en la vida pública y en la privada y se disparó el consumo de coches, viviendas, productos accesorios y barbitúricos para mantener el sueño a cualquier precio. España ya era un país moderno poblado por gentes antiguas que creían haber alcanzado su propio sueño americano.

España, desde los años 90 ha sido un país burbujeante excitado por los chispazos del sueño y la ilusión del no retorno como canción de cuna entonada por políticos, vendedores y financieros. A finales de los 90 se hinchó la burbuja tecnológica en el mundo y España no iba a ser menos debido a la adicción a las burbujas que ya manifestaba sus síntomas estructurales en una población civil, empresarial, financiera y política reticente a despertar. Las puntocom cotizaron en la bolsa y en la vida muy por encima de sus posibilidades, a pesar de lo cual se consumieron nuevas tecnologías a manos llenas.

El campanazo de la burbuja europeísta nos pilló en plena euforia onírica cuando las campanadas de nochevieja dieron paso nada menos que a un nuevo milenio y a una nueva moneda. Más burbujas: España, ahora, había desterrado para siempre el carro tirado por bueyes y se había subido a la nave futurista de la Unión Europea construida con el euro como materia prima y casi única; la moneda única la hizo soñar con una riqueza y un poder adquisitivo redondeado al alza especulativa superior a sus posibilidades; y la ciudadanía europea recién adquirida tenía estampado el “tercera clase” al final de la letra pequeña que casi nadie lee. A pesar de todo, nadie se preocupó de poner en hora el despertador y España siguió durmiendo.

Y llegó la burbuja especulativa que la banca y las finanzas inflaron a nivel mundial en torno al ladrillo. Aznar, muy moderno él, liberalizó todo el suelo patrio como su aportación neoliberal a la global estafa que se estaba pergeñando en las altas esferas globales que diseñan el destino del mundo. Zapatero, presidente casual y navegador a favor de cualquier corriente, no se atrevió a pinchar esta burbuja por temor a que lo corrieran a gorrazos sus votantes y sus patrocinadores extraparlamentarios. El pinchazo de varios bancos americanos, con mención especial al de Luis De Guindos, trajo el derrumbe de todas las construcciones realizadas con naipes hipotecarios en lugar de ladrillos. Y aquí está España, con la última burbuja desinflada y despertada de su sueño.

Ahora, recién despertado bruscamente, el país contempla la realidad al pie de la cama sin comprender exactamente qué ha pasado, preguntándose dónde está y dudando de la imagen desmaquillada que atisba en el espejo cuando se mira. Quienes desde los años 80 entonaban nanas al pie de la cuna, ahora asumen el papel de madrastras malvadas que culpan a España de la situación a la que la han conducido. Estas madrastras de España no dudan en castigarla por haber soñado con el príncipe azul que ellas mismas habían inventado para ella.

Pero, junto a las regañinas y los castigos, siempre hay una madrastra más pérfida que las otras dispuesta a seguir ofreciendo burbujas. No son otra cosa Eurovegas y Barcelona Word, la nueva burbuja lúdico-mafiosa que sustituye el tranquimazin y otros barbitúricos por juego, dinero, sexo, drogas y trabajo sin derechos y casi sin sueldo.

La burbuja española se reinventa y vuelve con nuevos gases nocivos. Hasta que alguien la reviente por las buenas o por las malas. No cabe una burbuja más en las entrañas de un país que necesita soltar aire fétido y putrefacto con urgencia, como el resto de Europa.

España Necesita recuperar su genuino sabor sin burbujas, pero para ello debe despertar y expulsar del cuerpo a quienes le inyectan en vena el dióxido de carbono del consumo y los espejismos especuladores, ahora sin dinero en los bolsillos y sin derechos en la vida.

Más turbación en la Moncloa.

Mientras España capea como puede el chaparrón de recortes en los derechos cívicos, preguntándose por qué la banca se beneficia de la situación y cómo es que son indultados los evasores y defraudadores de impuestos, las filas del PP se entregan a una masturbación colectiva que raya la indecencia política y asalta las más elementales normas de la ética democrática.

María Dolores de Cospedal -más de 200.000 euros de sueldos al año e invitada del club Bilderberg en 2011- excitada por las propuestas de su compañero Feijoo, el sector rancio de su partido y el empuje del populista sexo electoral de Rosa Díez, manipula su libido ideológica en un frenesí que le lleva a proponer con paroxismo reducir a la mitad los escaños del parlamento manchego que ella misma amplió hace cuatro meses de 49 a 53 escaños. Y para que el orgasmo sea variado, también propone que no cobren los diputados con sueldo privado, es decir, que sólo accedan a los parlamentos quienes, sobrados de dinero y de tiempo, decidan dedicar su ocio a administrar nuestras vidas desinteresadamente. Esto es simple y llanamente un gatillazo totalitario.

Esperanza Aguirre también desliza sus dedos por las zonas erógenas de su absolutismo para señalar Madrid como destino de un antro ludópata y mafioso que iluminará los cielos de la capital con sus neones y las luces multicolores de las máquinas tragaperras. A ella no le importan los negocios colaterales de su admirado Sheldon Adelson y está dispuesta a sodomizar cuantas leyes considere oportunas para satisfacer a su mafioso amigo. Eurovegas no es Eurodisney y la estrecha moral de los cuentos de hadas será sustituida por escabrosas oportunidades para trabajar de camareras o bailarinas en una barra americana.

Fátima Báñez, ajena a los placeres mundanos, vive su particular éxtasis místico ocupando sus dedos en acariciar con fruición las cuentas del rosario, embelesada con la esperanza de que la virgen del Rocío traiga trabajo a más de cinco millones de españoles a los que, con la otra mano, desnuda lentamente eliminando sus protecciones sociales. El olor del incienso la hace levitar y abstraerse de la cruda realidad para no ver ni sentir que los recortes de las prestaciones y el abaratamiento de las condiciones laborales entran en el ámbito del sadomasoquismo, pero ella goza permitiéndolo desde las alturas ministeriales.

Ana Mato se ha ceñido una escotada y abotonada bata de enfermera para dar rienda suelta a sus fantasías sanitarias. Su posición dominante le hace disfrutar mientras sus dedos habilidosos y suaves se ocupan de retirar las drogas terapéuticas del alcance de sus dominados pacientes. Su lengua húmeda recorre sus labios cuando piensa en el placer que producen sus medidas en el cuerpo médico privado y en la meretriz farmacéutica que aprovisiona los consultorios de remedios y placebos. De aquí a nada tendremos que pagarle la cama del hospital.

Soraya Sáez de Santamaría supervisa estos afanes solitarios e insolidarios de sus compañeras con la morbosidad de voyeur propia de su vicepresidencia. Ella disfruta lo suyo embriagada de las feromonas desparramadas por el gobierno y el olor a cama caliente que desprende la calle Génova, sede de su partido y lupanar ideológico donde se pone precio al trabajo, a la vida, a la salud, a la educación, a la vejez y a las libertades de toda la ciudadanía.

El jefe Mariano ha tenido un orgasmo múltiple, sin necesidad de usar las manos ni la imaginación, con la visita de Ángela Merkel -esperemos que no le haya quitado el habla del todo- y con los susurros de Mario Draghi al oído de los mercados. Mira por dónde las palabras de la una y del otro le han venido a huevo para respirar unos meses hasta que la prima de riesgo vuelva a recobrar el pulso; hasta entonces, confía en tener tiempo para que sus expectativas electorales en Galicia no supongan un coito interruptus para el partido. Será el momento de pedir el segundo o el tercer rescate para España.

La actuación de la sección femenina del PP produce más turbación en la sociedad española que la sana masturbación, íntima y placentera, practicada por Olvido Hormigos. Parece que casi todas las mujeres del PP han reaccionado, cada una a su manera, al grito de Andrea Fabra y están jodiendo al país con placer.