Fronteras asesinas

ceuta

La inmigración es un salto al vacío que ejecutan personas nacidas en un desierto de indignidad, cuando la sed les empuja a buscar líquido aun no siendo potable. Hablamos de personas, mutiladas de derechos desde su nacimiento, que huyen de sus infiernos buscando los paraísos mentidos por evangelizadores de toda suerte y laya. Ignoran hacia dónde van, les basta saber de dónde y de qué huyen. No saben que es imposible y por eso, a veces, lo consiguen. Intentarlo es su obligación, su vida.

El hemisferio sur, meridional es la pobreza en el mundo, produce vidas humanas marcadas, por ser del sur, para ser esclavas del norte expoliador y avaro. No existe norte sin sur, Alemania sin Mediterráneo, Europa sin África, ni Norteamérica sin colonia sudamericana. No hay venta sin producto, mercado sin mano de obra, beneficio sin sudor humano, ricos sin millones de pobres, dios sin diablo, ni hay amo sin esclavo. Desde el sur, atraídos por esperanzas inexactas, emigran seres humanos.

En el norte, conscientes de que sin pobres la riqueza es quimera, bípedos deshumanizados, entes de raza blanca, sienten la inmigración como amenaza. Así la venden y así la consumen los sectores menos sapiens en Europa y en España, en el norte liberal y católico de esta privilegiada parte del mundo. Los sureños de España, los perdedores de la estafa, los parados, quienes no tienen casa, los consumidores de caridad, los mal asalariados, temen perder algo –eso vende el gobierno– sin atinar a concretarlo.

El europeo alienado siente la llegada de inmigrantes como amenaza a su propia pobreza y eriza sus neuronas de concertinas y vallas. El gobierno protector, haciendo desmesura de tal amenaza, usándola como bálsamo para las brechas abiertas por sus políticas en España, apalea, expulsa, mata y engaña. Guardias civiles, con obediencia debida y conciencia uniformada, ha cargado sobre el hambre y la desesperación con el arsenal de despropósitos que remata sus uniformes de campaña. En Ceuta, antojo de España. ¿Qué más da su número cuando se trata de muertos que a casi nadie importan? ¿Dónde están los provida? ¿Dónde quienes rezan y cantan?

Sobrevivieron a guerras, tiranías, hambrunas, desiertos, alimañas y mafias, fueron supervivientes desde que nacieron hasta que la arena de una playa española les hizo de mortaja, junto a una de las copiosas fronteras asesinas que el mundo manchan. A casi nadie importan. Y para quienes sí que importan, miente y dramatiza un Delegado del Gobierno de España: “Policías de ambos países no recordaban un nivel similar de violencia por parte de los subsaharianos”. Un vídeo ilustra toda la violencia de uniformes, armas, vallas y cuchillas; en él se subrayan las pedradas y se ocultan botes de humo, balas de goma y otras armas.

Presunción de verdad concedida a policías de dos países casi primos hermanos en forma de gobierno, pujanza religiosa y respeto a los derechos humanos. Presunción de verdad para unas fuerzas de seguridad del estado español marcadas por su saña desproporcionada, previendo indultos de un gobierno que prima el miedo y la represión sobre el factor humano. El mismo gobierno que ofrece la inmigración a sus propios ciudadanos como salida para disputar limosnas en países que también, por pobres, les rechazan. La familia Urdangarín-Borbón es bien acogida en Suiza, el resto ya no.

El PP defiende a ultranza a un espermatozoide abrazado a un óvulo, rasga sus vestiduras, se escandaliza y llora por el nasciturus. Ahí se acaban sus lágrimas, votos a fin de cuentas. El mismo PP universaliza la pobreza en su país, desprecia a las víctimas del franquismo, le incomoda la justicia universal, pone precio a la salud, protege a Billy el Niño y a Muñecas, es amigo de arrasar Irak y hace de la sangre fiesta nacional. Ante su dios, Fernández Díaz pasa las cuentas del rosario, con dedos rojos de sangre (metáfora es, entiéndase), buscando El Camino y el indulto de José María Escrivá. A sus esbirros, monseñor Gallardón se lo concederá.

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Ladrones buenos y malos

Cruz

Cuenta la mitología cristiana que Jesús fue crucificado entre dos ladrones, Dimas y Gestas, uno bueno y otro malo según su grado de arrepentimiento y actitud hacia el Todopoderoso. Cuando el todopoderoso sistema financiero comenzó a hablar de banco malo, la gente escuchó y leyó el adjetivo descalificativo empleado y surgió la inevitable pregunta hasta ese momento ociosa: ¿existe algún banco bueno? Ningún banco, en el Gólgota, hubiera escuchado la frase, dirigida a él, “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Los bancos han creado su propio paraíso, fiscal para más señas, y no necesitan más salvadores que los ciudadanos.

Apeada de la cruz destinada a los ladrones, la banca ha sembrado toda una cordillera de cruces destinadas a una ciudadanía que está padeciendo el calvario de la estafa, orquestada por financieros y ejecutada a golpe de látigo, lanza y espada por la élite política. En este calvario, son los propios condenados quienes, a tiempo parcial, aceptan un minijob de cirineos para aliviar a aquéllos que más dificultades muestran para sobrellevar el castigo. En la cima, Longinos afila su lanza, capaz de hendir millones de costados en nombre de los mercados, y los 27 Pilatos europeos tienen dispuestos millones de clavos para sujetar a la población en los maderos tras colocarle, para más inri, una corona de espinas como reyes que han vivido por encima de sus posibilidades.

Hasta ahora, los bancos han robado a mansalva recortando para su causa sueños y salarios, vidas y proyectos, derechos y esperanzas. Pero los dioses, insatisfechos con tal sacrificio, exigen limpiar como patenas bolsillos, colchones de doble fondo y huchas con forma de cerdito. Es sabido que lo mejor para los cerditos es un buen corralito donde se permita a los ahorradores abrir las piernas y apoyar las manos contra la pared para ser cacheados meticulosamente por bandoleros bursátiles, democráticos rufianes y piratas mercantiles. Destrozado el pasado, hipotecado el futuro y embargado el presente buscan el último aliento, la última gota de sangre y hasta el rastro indeleble del alma, por si puediera venderse.

Quienes tratan de convencer de que ha sido la actitud disoluta y libertina del pueblo, y no los desmanes orgiásticos de la banca, la culpable de la crisis, quienes han sacrificado a toda la sociedad en beneficio de una economía desmadrada, desbocada y desmedida, son quienes ahora tratan de inculcar que lo de Chipre es una gripe pasajera y aislada que nada tiene que ver con la salud general de Europa. Quienes trabajan, desde los gobiernos, para la banca diagnostican un resfriado donde la neumonía es evidente. Antes de que estornude España, ya tosió Argentina en el laboratorio bursátil y ahora carraspea Chipre a pie de cama. El contagio es inminente, inevitable y crónico.

Dice el gobierno, para intranquilidad de la población, que España no está expuesta a un corralito como el chipriota, que la banca española está saneada y que en España no hay rescate. Lo dice un gobierno, el de España, que, según su partido, no privatiza los servicios públicos, fomenta el empleo, dignifica a la tercera edad y es dialogante. Lo dice el gobierno de España cuyo presidente ha decidido no hablar para no mentir. Así pues, si lo dice el gobierno, saque el dinero cuanto antes del banco y métalo en el paraíso fiscal de una loseta suelta de su casa. Y después rece. El calvario no ha hecho más que comenzar y ya hay quien se librará de la cruz por haber muerto en el camino.

La gran estafa de los mercados.

Cada fin de mes, mis ojos se humedecen ante la afluencia de emisarios que acuden a mi buzón reclamando dinero para satisfacer los gastos que mis posibilidades han contraído para satisfacer mis necesidades. No vivo por encima de mis posibilidades, sino que cohabito con mis necesidades por imperativo vital y son éstas las que me colocan por encima de mis posibilidades. Mi sueldo mil eurista hace malabares para atender llantos cotidianos como luz, agua, gas, vivienda, transporte, vestido, higiene, comida, colegio y algunos caprichitos similares más.

No entiendo de cuentas por encima de mis posibilidades. El banco me cobra unos euros por ¿mantener? la cuenta corriente, se lleva un euro de cada cien que ingreso mediante cheque, me carga unos céntimos cada vez que saco mi dinero de un cajero equivocado, pierdo media hora cada vez que acudo a sus oficinas para gestionar algo y se olvida de mí cuando el euribor baja de 1,25. Todo lo que me cobra a mí, mi vecino rico se lo ahorra por ser cliente preferente de visa y billetes de 500 euros (igual que hacen los inversores con la financiación alemana a costa de las ganancias obtenidas en el sur de Europa).

Mi gobierno ha recortado la lista de mis necesidades vitales: ya no me ducho todos los días, he aprendido a manejarme sin tropiezos con las luces apagadas, mi dieta era pobre y ahora también es fría, me levanto hora y media antes para caminar seis kilómetros hasta mi trabajo, he vuelto a vestirme con la ropa deshechada de mi hermana mayor y comparto mi hogar con una extraña que me ayuda con los gastos. Creo que ya estoy por debajo de mis posibilidades que me acompañan en el llanto.

No entiendo de cuentas por encima de mis posibilidades. En los últimos años, mi banco ha mudado de manos en tres ocasiones y ya no sé ni cómo se llama, aunque sus sisas siguen el cauce habitual y el tiempo de espera en sus oficinas ha aumentado al disminuir los trabajadores que las atienden. Mi hipoteca, con su letra pequeña, ha cambiado de manos en tres ocasiones sin yo firmar papel alguno y me la siguen cobrando con religiosa puntualidad sin eliminar ese suelo que me impide beneficiarme de las bajadas del euribor.

Comprendo el nerviosismo del gobierno cuando pide dinero para financiarse y la prima de riesgo afila los dientes de la usura en las encías de los inversores. Este nombre genérico, anónimo y sospechoso nos impide conocer con nombres, apellidos, domicilio y filiación a quienes cobran unos intereses leoninos que para el año que viene rondarán los 50.000 millones de euros. Los inversores se forran así y no sabemos quiénes son, ni de dónde sacan el dinero que prestan, ni qué hacen con el dinero que usurpan. No entiendo de cuentas por encima de mis posibilidades.

Mi nerviosismo se desata cuando veo que mi banco necesita dinero, a pesar de lo que me estafa, y el gobierno se lo da a cambio de que yo renuncie a la educación superior de mi hija, que han situado por encima de mis posibilidades, y tenga que pagar la mamografía, que mi edad me impone, para evitarle al sistema de salud un gasto mayor en caso de padecer de cáncer. Supongo que es imprescindible que los bancos no quiebren, como el resto de los mortales, porque son necesarios para que los inversores puedan manejar su dinero sin dejar rastro.

No entiendo de cuentas por encima de mis posibilidades, pero intuyo que el anonimato de quienes nos saquean responde a una necesidad imperiosa de ocultar que son muy pocas personas y un par de casinos tipo FMI. También intuyo que su identificación permitiría seguir el rastro de nuestro dinero y descubrir que estos tahúres lo desparraman en el mismo tapete verde donde se comercia con la muerte cambiándolo por fichas de armamento, transgénicos, petróleo, oro o patentes farmacéuticas.

Mis cortos conocimientos contables sólo me dan para comprender que lo que se nos presenta como crisis no es sino una estafa en toda regla. El gobierno hace de trilero a sueldo de la mafia inversora y nosotros somos los primos y las primas de su riesgo.

Clic sobre la imagen para escuchar la banda sonora de El golpe.

Política de la indecencia neoliberal.

Perdidas la esperanza y la ilusión, sólo nos resta aferrarnos a la decencia.

El gobierno de España, al igual que los de media Europa, se están arrastrando ante las serpientes bursátiles, las hienas inversoras y los buitres empresariales para mendigar las sobras del inmenso festín que les está sirviendo en bandeja. No queda ciudadano o ciudadana que no haya sido esquilmado y despojado para formar parte del guiso de la estafa llamada crisis. La soltura y la agilidad mostrada por el gobierno en esta tarea culinaria es ferozmente inusitada. En menos de un año, han mentido hasta la saciedad en nombre de los mercados arrasando el bienestar de manera innecesaria e ideológica. En menos de un año, han descartado recetas cuyos ingredientes básicos son las grandes fortunas, los grandes defraudadores, los grandes especuladores y la mamandurria de la iglesia católica. Su ensañamiento con las clases menos pudientes es pura indecencia.

El gobierno de Mariano Rajoy se ha volcado en el servicio a los especuladores consiguiendo una hipoteca para España cuyos intereses pagaremos durante generaciones con educación, sanidad, cultura, asistencia, cooperación y un dilatado etcétera que culmina con derechos cívicos tan fundamentales como las libertades de expresión y de reunión. El gobierno de España ha asaltado las esperanzas y las ilusiones de varias generaciones mediante un golpe de estado económico que ha puesto al mando del país a especuladores sin escrúpulos. La democracia ha sido abatida desde la indecencia.

Destruir las esperanzas de generaciones enteras, dibujando un naufragio en las turbias aguas de una estafa universal, sólo está al alcance de quienes alimentan su avaricia con los estragos que son capaces de producir sin que les tiemble el pulso, sin que sentimiento alguno humedezca sus mejillas, sin que el rubor tiña superficialmente de rojo sus presuntas conciencias. Quienes destruyen las esperanzas hacen su trabajo con la frialdad y la profesionalidad de un verdugo con las facultades mentales disminuidas por la rutina y un frío automatismo instalado en su corazón a modo de metálico latido. La primera esperanza que se pierde es la de atisbar un signo de humanidad en quienes manejan el hacha, anudan la soga al cuello o empujan el émbolo letal en la vena indefensa del reo.

Sólo pueden perder la esperanza quienes la tienen como último recurso para que sus deseos se cumplan, toda vez que éstos quedan fuera del alcance de sus posibilidades materiales o necesitan de concurso externo para ser cumplidos. Sólo pueden perderla quienes hacen de ella un referente para sus episodios cotidianos y vitales, quienes hacen de ella las alas para volar o las aletas para nadar cuando los pies no les sirven para perseguir su destino. Quienes son privados de la esperanza, continúan sus vidas con la decencia ondeando sobre sus personas y sobre sus actos. Quienes la arrebatan, los verdugos, quedan estigmatizados por la indecencia de sus actos.

Arrancar la ilusión constituye uno de los actos más ruines que una persona pueda cometer. Cuando se roba algo material estamos ante un delito condenable judicialmente de mil maneras, entre ellas la reposición de lo robado. Cuando se priva a las personas de la ilusión estamos ante un delito con el agravante de sadismo pues se está privando no ya de cosas materiales, sino de la intimidad inmaterial de la imaginación y de los sueños. Quienes ejecutan las ilusiones de un país de manera miserable actúan, como las pesadillas, desvelando trágicamente los sueños. Quienes impiden los sueños aplican la tortura del insomnio permanente para envolver a la sociedad con el indecente manto de su propia locura.

Una sociedad sin ilusiones es un cementerio viviente donde cadáveres de carne y hueso deambulan privados de sentidos, de alma y de pensamiento. Una sociedad sin ilusión es un laberinto sin salida donde predominan el negro de la miseria y los tonos oscuros de la pobreza, la indigencia, la escasez, la estrechez, la necesidad y la penuria. Vivir sin ilusión es un cruel destino para cualquier ciudadano, una metáfora del averno donde se le condena a convivir con los diablos saqueadores de ilusiones. Una sociedad sin ilusión se puede permitir un último aliento de decencia que los usurpadores jamás podrán lucir sobre sus henchidos pechos mezquinos.

La decencia no cotiza en el parqué de la bolsa donde se conjuran los desalmados.

El “Amanecer Dorado” de Rajoy

Los tenemos en España, desde hace tiempo, valiéndose de la democracia, como hizo Hítler en su momento, para imponer de forma totalitaria sus ideas, para dominar en lugar de gobernar.

Saben que la pobreza y la miseria son el abono perfecto que hace crecer la desesperación y que ésta ciega el entendimiento a la hora de buscar oxígeno sin que importe el precio a pagar. Primero se agostan las plantas y luego se mima y se cuida, como si del mayor de los tesoros se tratase, el primer cardo borriquero que sobrevive en el páramo. La crisis ha traído la pobreza y la miseria a Europa acompañadas de garrapatas neofascistas que aprovechan el terrorismo financiero para hichar sus cuerpos al calor de la desesperación.

En España pensábamos que no, que el fantasma totalitario no conseguiría mover la losa de 1.500 kg. del Valle de los Caídos que cubre el cadáver de Franco y, con él, una dictadura que supo mucho de pobreza, de miseria, de sangre, de represión y de domino exterminador. Nos equivocamos. O no quisimos ver que la repentina mutación demócrata de sus supervivientes no era más que una zalea extendida sobre la jauría de lobos que han sabido esperar su momento. Y su momento ha llegado.

Llevaban tiempo aullando desde las pantallas de Intereconomía, azuzados por El Mundo, La Razón y ABC, interpretando de modo soberbio el cuento de Pedro y el lobo. Los españoles, confiados en la tirita aséptica que supuso la transición, pensamos que la hemorragia se había cortado sin atender al olor a sangre que desde hace unos quince años manaba de estos medios de comunicación. Ese olor nauseabundo ha estallado en nuestras narices y proviene de los afilados colmillos y de los hocicos enrojecidos de esta tropa. Al final, era cierto que venía el lobo, tan cierto como que sus fauces victoriosas zarandean nuestros derechos y nuestras vidas como en sus mejores tiempos.

El gobierno, astutamente agazapado bajo la zalea durante la campaña electoral, se ha destapado en nueve meses mostrando su cara más retrógrada e integrista desde Gallardón y Fernández Díaz hasta Wert y De Guindos. El gobierno vuelve a gobernar, como Franco, de espaldas al pueblo y velando por los intereses de los suyos, a saber: la iglesia y sus sectas servidoras (Opus, Kikos, etc.), la oligarquía financiera y las grandes empresas cuyos monopolios ahora son privados. Al pueblo, le quitan pan y le devuelven los toros. Esta alfombra roja, sobre la que vuelven a desfilar los fantasmas que expoliaron España durante el franquismo, comenzaron a desplegarla Aznar, su cónyuge, Aguirre, Mayor Oreja, Cospedal y otros “demócratas” que han visto recompensado su esfuerzo con un festín que ni ellos mismos esperaban.

En Europa, la crisis ha hecho aflorar los cardos borriqueros de la extrema derecha y las garrapatas, como el Frente Nacional en Francia o Amanecer Dorado en Grecia, han engordado con los votos que miles de electores desesperados les han entregado atraídos por las mismas soflamas populistas que las garrapatas españolas proclaman insistentemente desde sus pantallas y sus cabeceras. En España, la garrapata va adosada al cardo borriquero de un PP abiertamente proclamado heredero del franquismo que utiliza la crisis como coartada democrática.

Han devuelto a la educación la estética sexista, religiosa y elitista que analfabetizó a la España de posguerra. Han devuelto el carácter benéfico del franquismo a la sanidad para las masas arruinadas que no disponen de medios para acceder a ella. Han recuperado la figura del patrón explotador que dispone de las vidas de unos trabajadores despojados de sus derechos y con la dignidad desprotegida. Han recuperado la caridad como única vía posible para atender a ancianos y desvalidos. Y vuelven a utilizar la ley y las porras contra todo aquél que se atreva a levantar la voz ante la injusticia y la opresión, mientras los ladrones y facinerosos de toda la vida gozan de la vista gorda por parte del gobierno. Como en los mejores tiempos.

Pero la jauría pide más sangre, más sudor y más lágrimas. A pesar de los esfuerzos del gobierno para restaurar la España, Una Grande y Libre que su melancolía añoraba, la ultraderecha aúlla exigiendo más y amenaza con crear partidos propios y disputarle un espacio político que considera suyo. Esta perspectiva no tardará en hacerse realidad y ya veremos cómo se desangra el PP de militantes y simpatizantes prestados que pasarán sin disimulo ni dolor a las filas de Mario Conde o de Rosa Díez que agitan las aguas de la derecha extrema.

Por ahora, Rajoy disfruta del peculiar e inesperado amanecer dorado que la crisis, la ineptitud del PSOE, la iglesia, los medios ultraconservadores, la FAES y la desesperación de muchos españoles le han proporcionado.

Los dos gobiernos de España.

Siguiendo la estela política de lo que va de 2012, se puede decir que España ha pasado de tener un gobierno mediocre, a salto de mata, durante siete años, a tener dos gobiernos simultáneos. Uno de ellos mediocre y el otro peligroso.

En las actuales circunstancias que hacen zozobrar a Europa, todos los gobiernos se han instalado en la mediocridad de servir a los intereses financieros dando las espaldas a los diferentes pueblos que les han votado. Buscan las castas políticas -que se han subido como polizones y ratas al barco de la crisis- el beneficio propio, con la esperanza de que la estafa económica les afecte en menor medida que a sus votantes. Así han obrado Sócrates y Passos Coelho en Portugal; Berlusconi y Monti en Italia; Papandreu, Papademos, Pikreammenos y Samarás en Grecia; Ahern, Cowen y Kenny en Irlanda; y Zapatero y Rajoy en España. Eso en cuanto a países productores de mano de obra barata.

La originalidad de España radica en que la llegada al poder del PP ha hecho que dos gobiernos nítidamente diferenciados estén actuando al mismo tiempo de forma inequívoca y contundente bajo la dirección de uno de los políticos más mediocres que ha dado el país, Don Mariano Rajoy Brey, a su vez manejado desde la FAES por un grupo de ideólogos rancios que actúan bajo la tutela y vigilancia de Aznar. El experimento les está saliendo a pedir de boca, teniendo en cuenta que sólo cuentan con la oposición de un pueblo abandonado como un amante de pago que ya depositó su voto.

El mediocre gobierno económico, también ideológico, se encarga de obedecer las directrices que le imponen desde Europa la banca y los países beneficiarios, en especial Alemania, de la pobreza española. Se trata de un gobierno feroz y mudo ante sus votantes, que vuelven a enterarse de su destino presente y futuro a través de la prensa extranjera, un revival de “La Pirenaica” versión siglo XXI. Es un gobierno mediocre que descapitaliza las cuentas corrientes y las vidas de los ciudadanos para capitalizar a una banca tramposa e intocable. Sus cabezas visibles, De Guindos y Montoro, anuncian día a día sus fechorías con retruécanos y metáforas imposibles de la imposición y el castigo que están infringiendo a los inocentes.

El peligroso gobierno ideológico, también económico, es el encargado de saquear la modernidad del país devolviéndolo a su estado preconstitucional tan del gusto del gabinete presidencial y del partido en el poder. En esta ocupación se encuentran la mayoría de los ministros y otros altos cargos, empeñados en finalizar su obra en tiempo record y sin mirar los costes que supondrá para todos los españoles presentes y futuros. La vuelta al pasado es el golpe pendular que la crisis y la mayoría absoluta y absurda (demasiadas personas les han votado para castigar al gobierno anterior) les ha concedido para abrir de par en par las puertas del armario que la democracia creyó inocentemente haber cerrado.

Cada cual está jugando su papel de forma sincronizada. Sáez de Santamaría es la menina que hace bulto en el cuadro; Wert devuelve la educación a la condición de lujo inalcanzable para la mayoría; Mato ha colocado el uniforme de la beneficiencia al derecho a la salud; Fernández Díaz ha devuelto la presunción de culpabilidad al pueblo asistido por la represión legislativa y la agresión física; Báñez ha propiciado que el señorito recupere su derecho a escoger peones baratos y sin derechos entre los desocupados; Soria ha recuperado el “que inventen ellos” y la emigración como destino de investigadores patrios; Morenés ha puesto en valor el papel de la cabra legionaria señalando Ceuta y Melilla como ejes de la política de defensa; Margallo se cura la nostalgia colonial con el contubernio cubano y el protagonismo en el Sahara; y Gallardón… -¡Ay, Gallardón!- ha cambiado la balanza de la justicia por un crucifijo y un rosario.

Los hechos están ahí: represión desproporcionada, brutalidad policial, criminalización de la libertad de espresión, censura o silencio, manipulación informativa, amenazas y persecución a disidentes, encarecimiento de la educación, supresión de la universalidad de la sanidad, desprotección de los trabajadores, menosprecio a las víctimas del franquismo, homenajes y reconocimientos a la memoria franquista, penalización del aborto, acoso y derribo a la homosexualidad, privilegios a la iglesia, comprensión e indulto para los estafadores, etc., etc., etc. Cada día algo nuevo.

Ambos gobiernos, mediocres y peligrosos, actúan como uno sólo, sincronizados, apoyando el discurso económico y el ideológico en nuestro sentimiento de culpa y en un paternalismo decimonónico basado en un “quien te quiere te hará sufrir” a todas luces falso e inaceptable.

La bicefalia gubernamental se rige por el principio de que “la letra con sangre entra”.

Mediocridad y peligrosidad a partes iguales.