Dívar, divino y humano.

Viendo a este hombre con su uniforme de trabajo nos asalta la duda de si es la sotana que le queda corta o es la toga que le viene grande, una no sabe si se trata de un juez religioso o un religioso de la jurisprudencia. Leyendo algunas de sus divagaciones nos asalta la inquietud de que su concepto de la justicia esté tan ligado a la religión como si de un rabino, un imán, un inquisidor o un talibán se tratara.

Pero la inquietud inicial se evapora y estalla cuando comprobamos que se trata de un mortal como cualquiera de quienes han padecido sus sentencias, un letrado cuyo estrado es de este mundo. Imagino que se habrá absuelto a sí mismo de los pecados y delitos cometidos durante su carrera como alto cargo mamandurriado, aunque tiendo a pensar que no ha sido consciente de sus actos ni de sus omisiones. Gastar lo que este hombre gastaba en un finde marbellí no entraba, para él, en la categoría de derroche y sí cuadraba con el concepto de limosna de cepillo eclesial que para sus emolumentos representan diez o quince mil euros de nada.

La ley y la justicia, en España y parte del extranjero, son conceptos polisémicos que adquieren uno u otro significado en función de la personalidad y la cuenta corriente del delincuente o del agraviado. Mientras la justicia esté esposada al estatus social y se permita la mordaza del dinero como eximente, permanecerá en el limbo de nuestros anhelos utópicos, como un fanstasma etéreo que nunca aparece cuando se le necesita. Carlos Dívar es un ejemplo, pero hay más fantasmas que nos golpean a diario con sus cadenas arrastradas para recordarnos que no todos somos iguales ante la ley.

Montesquieu pereció asesinado por los venenos de la burguesía, las dagas de la nobleza, los fusiles del clero y la guillotina de los diputados. La separación de poderes ha sido y sigue siendo una entelequia en manos de los custodios del dinero que son, desde la más remota antigüedad, quienes realmente dictan las leyes y las sentencias en un lenguaje bífido que les permiten sortear cualquier condena.

Sorprendió que fuese un gobierno supuestamente progresista quien pusiera a este hombre en los altares de nuestra justicia y sorprendería aún más que fuese un gobierno conservador quien actuase con el rigor que la sociedad reclama. Hoy mismo, mediante un decretazo, el gobierno ha anunciado la incompatibilidad de las pensiones de los altos cargos con otros ingresos de los mismos, en un ejercicio populista por recuperar parte del crédito popular dilapidado en los siete meses que lleva haciéndonos incompatibles al resto de los mortales con la dignidad y con la vida. Ha aplicado la justicia con el mínimo imprescindible para dar munición defensiva a sus militantes y sus palmeros, dejando de lado una profunda reforma de la función pública que elimine absolutamente todos los desmanes y prebendas que tantas cartucheras, panzas y varices provocan en sus cuentas corrientes.

Nunca los sacerdotes han predicado para sí mismos ni los políticos han legislado en su contra. Todo lo que podemos esperar son gestos populistas y manipuladores por su parte para condenar el pecado venial mientras se autoconceden bulas para seguir pecando mortalmente.

Hoy mismo también los telediarios nos han metido de postre al pobre señor Roca, el del Miró adornando su bañera, como una plañidera pidiendo misericordia y comprensión. Hace no pocos días, la señora Munar explicaba que la prisión no es el mejor castigo para delitos económicos. Y unos meses atrás asistíamos a la absolución de Camps porque el delito no cabía en sus trajes. Los parlamentos y los plenos están sobradamente poblados de chorizos que se inmunizan aprobando leyes exculpatorias y creando comisiones de investigación que habitualmente se encargan del sepelio de la verdad y de la justicia.

¿Cabe esperar que la justicia y la ley sean iguales para todos? Con este ganado no, desde luego.

Por cierto, ¿condenaron al alcalde de Jerez por decir que la justicia es un cachondeo? Yo sólo lo pregunto, por si acaso.

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¿Vacaciones? ¡Que se jodan!

De ser un periodo de disfrute liberado de la rutina cotidiana, las vacaciones han pasado a convertirse en un auténtico problema para muchas familias cuyas costumbres vitales han sido asaltadas por el paro y el desamparo.

Las vacaciones han sufrido un cambio radical en su fisonomía sin que nos hayamos dado cuenta del momento exacto de una mutación que ha instalado la depresión y la sozobra en el día previo a dejar el trabajo y ha mudado la alegría a la víspera de comenzar a trabajar. Justo al revés de lo vivido hasta hace pocos años. El síndrome postvacacional ha pasado a ser el síndrome prevacacional y viceversa. Los psicólogos tienen trabajo, si es que alguien se puede permitir combatir la depresión.

La nostalgia nos recuerda las primeras vacaciones sepia de los españoles caracterizadas por visitas de familiares y allegados que irrumpían en nuestras casas durante unos días veraniegos con regalos típicos de sus lugares de residencia que tácitamente suponían la apertura de par en par de las puertas de nuestras despensas. Se les llamaba cariñosamente, cuando no estaban presentes, “comeorzas”, “limpiaorzas” o “rebañaorzas”, dependiendo de cada latitud geográfica. La estrechez física y la estrechez económica de los hogares no suponían un obstáculo insalvable y se compensaban con el solidario “hoy por ti y mañana por mí” que propiciaba un intercambio de roles para el verano siguiente.

A continuación vinieron las vacaciones con poderío, de hotel, hostal o camping, según el bolsillo que las auspiciaba, con fotos a color y regalos a la vuelta para quienes se habían quedado en el pueblo recogiendo el correo, cuidando el canario y regando las macetas. Aquellas vacaciones sin testigos directos se disfrutaban de prisa y el recuerdo de sus mágicos instantes servía para alargarlas durante el resto del año y, en muchos casos, durante toda la vida, en un ejercicio que combinaba la narración de los lugares visitados y los hechos vividos con el punto de deformación exagerada que nos hacía disfrutar de cada momento cada vez que lo contábamos a alguien al calor del álbum de fotos correspondiente.

Más tarde la industria vacacional puso delante de nuestros deseos, y de nuestros dispositivos digitales para inmortalizar el disfrute, sus catálogos de lugares paradisiacos, cruceros de película o apartamentos en primera línea de una playa asfixiada por apartamentos, todo ello con ofertones y pagos aplazados al alcance de cualquiera. Las lujosas vacaciones digitalizadas comenzaron a ser ya no sólo un momento de descanso y disfrute, sino todo un indicador de estatus social ante la familia y el vecindario.

La historia de las vacaciones guarda un cierto paralelismo con la historia social y económica vivida desde los años setenta en España, desde las alpargatas de esparto hasta las Nike de diseño, desde el fotógrafo ocasional hasta el iPhone, desde el tren de mercancías hasta Ryanair, desde la maleta de cartón hasta la Samsonite, desde el neumático de camión hinchado hasta el Costa Concorde. Y hasta aquí llegó la cosa. El Costa Concorde es la metáfora que explica el vuelco y el naufragio de nuestras vacaciones y de nuestras vidas. Explica cómo hemos vuelto al puerto de partida agradeciendo, encima, la suerte de haber naufragado sin perecer.

Estas vacaciones tememos un fatídico mensaje de correo electrónico o un wasap de última hora anunciando la llegada de familiares “comeorzas” que nos visitan no por estar de vacaciones, sino para buscar trabajo durante unos días en nuestro lugar de residencia y alrededores. Quizás haya que abrirles, en lugar de las puertas de la despensa, el botiquín de casa por si hubiera alguna medicina que ya no pueden pagar. Quizás, en lugar de longaniza y vino, agradecerán mucho más ropa desechada o libros de texto usados para los más pequeños. Quizás, con suerte, la estrechez física y momentánea de nuestra casa se alargue durante unos meses porque hayan encontrado algún mísero trabajo.

Muy posiblemente, la mayoría de la gente pasaremos este año unas vacaciones tecnológicas visitando a los amigos en las redes sociales y manteniendo contacto con la familia a través de la mensajería electrónica. El fresco de la sierra cederá el paso al abanico que no gasta, la bañera a medio llenar será un sucedáneo de la mar salada, el menú del chiringuito de la playa será sustituido por Hacendado en nuestros paladares, la visita a monumentos será reemplazada por documentales de La 2 y el ambiente del dormitorio nos sabrá a dos o tres estrellas.

A pesar de la desgracia, todavía hay energúmenos abyectos como Salvador Sostres que disfrutan como el gobierno con nuestros retrocesos sociales. Y, lo que es peor, vecinos, amigos y parientes que comulgan con sus ideas.