España: cloaca democrática y de derecho

CloacaNacional

El estado español se ha convertido en un colosal conducto por donde circulan los purines y las inmundicias de partidos políticos, patronales, sindicatos, casa real y alguna que otra secular institución. Todo huele, todo apesta, todo está infectado en la cloaca nacional donde las especies coprófagas se han adueñado del hábitat ciudadano sumiéndolo en la miseria monetaria y de derechos. La peste amenaza al país y son sus propagadores, la mayoría, aforados.

En la posguerra, la carestía otorgaba a la prensa un higiénico epílogo de páginas de periódico troceadas, colgados sus pedazos de un gancho colocado a mano junto al retrete. Agridulce metáfora era contemplar la cara de políticos, militares o clero, segundos antes de realizar su pulcro recorrido anal. En el siglo XXI existe colorido papel multicapa y perfumado para ese menester y los rostros que antes limpiaban ahora arrojan las heces de sus palabras y actos a la ciudadanía desde impolutas y brillantes pantallas.

Día tras día, los noticiarios ofrecen copiosas excreciones de corrupción que se secan como boñigas bajo el sol de la justicia sin que nadie tire de la cadena y rasque la loza con una rígida escobilla. La falta de una eficaz higiene legal hace que se asuman esas deposiciones como parte del paisaje cotidiano, de forma que la juventud piensa que así es la vida y así debe continuar. Impunes quedan los excrementos de los aforados culos gracias a disponer de abundante papel de 500 € para costear lujosos picapleitos especializados en su limpieza.

Disfrutan metiendo la mano en la faltriquera del pueblo y ensuciando las vidas de gente honesta y trabajadora que les alimenta y, de forma inexplicable, les vota. Hozan en la caja b de la corrupción, en la B de la estafa bancaria y en todo el abecedario sociolaboral con el que hacen caja, desde la A hasta la Z, en mayúscula y minúscula, en cursiva y en negrita. PP, PSOE y la corona recitan el escatológico abecedario con la farisea rutina de las tablas de Moisés.

Sólo defeca, más cuanto más come, el estómago que se alimenta. Así, el 10% de la población es responsable del 90% de las deyecciones que circulan por la cloaca patria. La reforma laboral, nada que ver con la crisis o estafa bancaria sino con la fe neoliberal del Partido Popular, ha dejado a más de media España con un escuálido cuerpo del que sólo salen sudor y lágrimas. La reforma fiscal ahonda la desigualdad apretando el cinturón de los más pobres y desabotonando ropas para dar paso a la cada día más indecente y oronda panza de los poderosos.

Es apremiante la necesidad de purgar el cuerpo del estado llenando de ricino las urnas y aplicando laxante sin paliativos a unos sindicatos podridos por sobredosis de porquería. Regenerar el cuerpo es un imperativo social para restablecer la salud evacuada por el inodoro del conformismo resignado. De no hacerse, las fiebres de la pobreza y la necesidad extrema, que ya se padecen, se convertirán en pandemia a la que sólo sobrevivirán los cabales para seguir alimentando a las indestructibles cucarachas y a las ratas que roen y corroen la democracia.

Hay que acabar con los forrados aforados aflorados al olor del dinero que patronal y banca ponen a su servicio a cambio de la salud y el bienestar ciudadano, fumigar sus nidos, desde los paraísos fiscales hasta el paraíso legal en que Gallardón ha convertido la justicia española, combatirlos en nombre de la dignidad y la supervivencia. Pero, cuidado: las ratas muerden de forma ejemplarizante, como han hecho a Carlos y a Carmen, porque se sienten dueñas y señoras de la cloaca democrática y de derecho en que han convertido a España.

 

Pretérito Futuro

revista-Futuro

Artículo publicado en la revista Futuro

El sueño del futuro navega entre el insomnio del presente y las pesadillas del pasado con la incertidumbre de un despertar que confunde vigilia y modorra. Asistimos hoy a un duermevela incómodo y angustiado desde el que la realidad es zarandeada por una estafa globalizada que impide a las cabezas disponer de un minuto de sosiego. Así, privada del necesario descanso, la ciudadanía vive un presente torturador del que busca salir cuanto antes y del modo que sea. La sensación de que las pesadillas del pasado han cobrado vida de nuevo impide pensar con nitidez en un futuro que se antoja utópico y clava a las personas en un presente que se percibe eterno, como el fuego del infierno.

El relato senil de las generaciones de posguerra, tantas veces tildado como tabarra por la juventud, tantas veces repudiado como argumento de la historia, vuelve a la actualidad a través de unos postigos que la transición dejó entreabiertos. El pasado ha vuelto a recuperar el presente colocando en los tobillos y las muñecas de la población civil los grilletes de la desigualdad, la pobreza, la exclusión, la enfermedad, la incultura y otros cepos que forjaron la gramática española durante cuarenta años de dictadura. Con estos ingredientes narrativos, el pueblo asumió en el pasado el silencio como clamor y el miedo como sintaxis cotidiana.

Hemos pasado los últimos treinta y tantos años de democracia aprendiendo a hablar, aprendiendo a dialogar, aprendiendo a construir un discurso desde una libertad repentina sobre cuyo origen se corrió la tupida cortina de olvido pactada en la transición. Corrida la cortina, los sentidos sociales fueron convocados a mirar al futuro, con eufórico optimismo e ilusión entregada, por los mismos agentes que contribuyeron a cegar el pasado más reciente de España. El país guardó lutos, vendó heridas sin cicatrizar, condonó deudas pendientes, sacó botas de vino, desempolvó guitarras y los quejíos flamencos entraron en las listas de los 40 principales.

El pasado vuelve a ser el motor del segundero público de España que arrastra al minutero en sentido contrario al del progreso. El reloj político, empresarial y financiero ha iniciado una vertiginosa cuenta atrás movido por la maquinaria desempolvada por el Partido Popular y engrasada con los restos de la política conservadora practicada por el PSOE desde que decidió correr la cortina del olvido sobre su propia historia. El presente vuelve a ser prisionero del pasado y, sin presente, el futuro permanece en el limbo onírico de quienes se resisten a la condena de repetir su pasado. Los guardianes del pasado aplican de nuevo en el presente el léxico de la represión y la gramática de la supervivencia como base del discurso social, como piedra angular del relato que permite a los supervivientes del franquismo proclamar como última sentencia senil un lánguido y dolido “os lo advertimos”.

La juventud, despistada por el giro copernicano que han dado sus vidas a raíz de la estafa político-bancaria y atacada por el síndrome de abstinencia que la misma ha provocado en su sagrado consumismo, siente impotencia, acoso, frustración y, lo que es peor, no alcanza a otear un horizonte potable entre las sombras que envuelven su futuro. Anteayer oyó referencias a un esclavismo laboral pero no sabía qué era, ayer escuchó hablar de emigración pero pensó que eran batallas perdidas por los mayores, hoy sufre de lo mismo que sus abuelos y parte de esa juventud intenta construir un discurso alejado del silencio y del miedo, enfrentándose a los mismos fantasmas y demonios que sus padres y abuelos.

El futuro, para abandonar la utopía venciendo el pulso del pasado, necesita el empuje del presente, el empuje vital, atrevido y alegre de una juventud que ha de tomar las riendas de su destino si no quiere fenecer a manos de los mismos fantasmas que truncaron las esperanzas de sus antepasados. Mejor que nadie lo expresó Miguel Hernández:

Sangre que no se desborda,

juventud que no se atreve,

ni es sangre, ni es juventud,

ni relucen, ni florecen.

Cuerpos que nacen vencidos,

vencidos y grises mueren:

vienen con la edad de un siglo,

y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja,

la juventud siempre vence,

y la salvación de España

de su juventud depende.

Navidad, amarga navidad.

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Este año la navidad viene amarga, nada que ver con el villancico que la anunciaba dulce y nada que ver tampoco con el otro clásico de “vuelve, a casa vuelve, por navidad”. Este año algunas familias celebrarán por todo lo alto que uno de sus miembros emigre por motivos laborales, saliendo de casa y ahorrando un plato en esas entrañables comidas adobadas con cuñados e invitados forzados. Este año, las burbujas del champán se trocarán en muchos hogares por burbujas de gaseosa y lágrimas producidas por los estallidos continuos de esas otras burbujas que han estafado y estafan a España y al mundo: la tecnológica primero, la inmobiliaria después y la financiera siempre.

Las loterías este año también vienen amargas y tristes. Con resignada melancolía se acepta como premio la esperanza de poder pagar la salud, la educación, la dependencia, los pleitos, el robo eléctrico, la estafa hipotecaria, los productos básicos del hogar, la sisa de las telefónicas y el largo etcétera que asedia a la ciudadanía. Hoy las pedreas son pedradas y alcanzan, por primera vez, a la inmensa mayoría de los españoles y las bolas numeradas han cambiado el tradicional bombo giratorio por el BOE de los decretazos. Los niños de San Ildefonso han sido apartados del escenario, cediendo sus voces el protagonismo al embustero coro de Génova y a los filibusteros graznidos eructados con agradecida satisfacción desde los medios afines al régimen pepero.

Las cenas de empresa, también amargas, casi han desaparecido del costumbrismo y, en las escasas que tengan lugar, las ausencias por despido tendrán más protagonismo que las presencias atenazadas por su incertidumbre laboral. Parte de esas asusencias celebrarán que los comedores sociales no hayan sido cerrados aún por Mariano o degustando manjares procedentes de los bancos de alimentos. En el mejor de los casos, cenarán en familia, devorando lo que puedan proveer las diezmadas pensiones de los abuelos, con el gélido escalofrío que produce pensar que están cenando por encima de sus posibilidades. El viejo deseo solidario de sentar a un pobre en la mesa navideña se cambia este año por la necesidad de sentar en ella a un rico que la costee.

Las peregrinaciones consumistas de estas fechas son amargas. El afilado borde de las tarjetas de crédito ha quedado romo después de que el afilador de Moncloa haya suprimido las pagas extras a unos trabajadores públicos rebautizados por su partido como vagos, haya elevado el IRPF a todos los trabajadores públicos y privados, haya subido el IVA que no iba a subir, haya abierto la puerta a masivos y baratos despidos, haya obligado a las familias a repagar su salud y haya permitido que el dinero cubra las necesidades de la banca a costa de los derechos ciudadanos reconvertidos por su partido en caprichos prescindibles. Este año el público acudirá a los grandes almacenes para acceder al aire acondicionado, por ahora gratis, y rebajar de esta forma la factura energética de los hogares. Los bazares, atestados de tentaciones, serán recorridos con la mirada del deseo por parásitos climáticos, antes conocidos como clientes.

El amargo ritual navideño de este año podría prescindir de alumbrados para poder pasear por la calle sin que se se perciba la tristeza y la preocupación, cuando no la necesidad o el hambre, que decoran los rostros y las vidas de la gente. Los pascueros bien podrían sustituirse por coronas de crisantemos, más acordes con el ambiente creado por los artífices de la estafa que asola el país. Habrá a quien ronde la tentación de ambientar el clima navideño de este año con gasolina y bombas, en lugar de aguardiente y zambombas, a pesar del espíritu pacífico que siempre ha caracterizado a esta zona del calendario.

Este año, y los siguientes, igualados por una perenne amargura, se gritará por las calles: ¡Navidad, amarga navidad!

A pesar de todo, existen otras realidades navideñas aún peores que las nuestras y todas tienen su origen en los mercados y los poderes que trabajan para ellos. Escuchen la canción de Ska-P, a ser posible en la mismísima nochebuena.

También es recomendable esa tradición añeja y recurrente con menos mensaje que la anterior:

La gran depresión nacional.

Se está viendo venir y nada hacemos para evitarla. La gran depresión sobrevuela nuestras cabezas y manifiesta sus síntomas de manera alarmante en una sociedad que aguanta la crisis, como quien aguanta un resfriado, esperando en cama a que los síntomas y los efectos desaparezcan para recuperar el estado previo de salud.

Los tratamientos aplicados hasta ahora han tenido unos resultados devastadores sobre la población, ya que han arrasado las defensas y han inoculado el propio virus en los cuerpos como una suerte de tratamiento homeopático que, en lugar de sanar los cuerpos afectados, ha beneficiado a los agentes causantes de la epidemia. La fiebre se nos lleva por delante mientras la banca recibe una sobredosis de antibióticos y los mimos de todo el personal sanitario disponible.

La estancia demasiado prolongada en las urgencias del país, el caos asistencial que sufrimos, los demoledores efectos secundarios que padecemos y el convencimiento de que no es gripe sino neumonía o algo peor, van minando nuestra salud mental asomándola cada vez más al precipicio de la depresión. Ver cómo nos amputan los derechos en la sala de espera, a la par que el suero financiero inunda de euros el podrido tejido bancario del país, nos lleva a la desesperación de quien pide remedio para su malestar y es tratado como un intruso del sistema, como un antisistema.

La depresión se está instalando en nuestras vidas como parte del paisaje cotidiano. Cada vez desfilan por las calles más personas que asoman su tristeza al contenedor de la basura a ver qué encuentran. La competitividad se muestra descarnada en cada semáforo entre personas que cambian limosnas por pañuelos o ambientadores. Las hileras humanas se han desplazado de las taquillas del cine a los comedores sociales y de las puertas de los museos a las puertas de las oficinas de empleo. La depresión está moviendo a las personas por el tablero de la derrota.

Causa depresión que el presidente señale a la realidad como inductora de la torticera y premeditada praxis médica con la que nos está envenenando. La realidad, SU realidad, venía dispensada a granel en el proyecto político de SU partido sin prospecto alguno, sin programa electoral alguno, que advirtiese de las indicaciones, contraindicaciones, posología y efectos secundarios, a los millones de votantes que han acabado en la UVI de la pobreza intoxicados por su consumo confiado.

Deprime contemplar cómo las vacunas causan más estragos que la gran estafa del virus financiero. Más que un sanador hipocrático, el gobierno actúa como un verdugo que remata a sus víctimas en nombre de la piedad, un practicante de la eutanasia masiva por decreto, un dudoso familiar que vela el cuerpo del enfermo con la esquela preparada y la fosa cavada, un fúnebre contable que anota imperturbable cuántas víctimas son necesarias para que su realidad se materialice. Como los vampiros, el sistema financiero necesita sangre, mucha sangre, para sobrevivir y el gobierno oculta la estaca y esconde los ajos para evitar que se deprima.

Ya ni siquiera las estrellas del vodevil mitigan la depresión social. Los payasos de hoy, aquejados también de depresión, nos restriegan sus miserias en las narices y nos hacen llorar con fechorías que en tiempos pasados nos hacían reír. Aumenta la depresión ver a Cristiano Ronaldo infeliz o a Ruiz Mateos acosado de nuevo por la justicia, el primero como símbolo de la especulación financiera y la burbuja de la fama, y el segundo como símbolo de esa justicia lenta y degradada que permite estafar una y otra vez sin proteger nunca a las víctimas.

A pesar de todo, seguimos buscando una realidad imposible que nos aísle de la depresión, al igual que Diógenes caminaba por las calles con una linterna encendida buscando hombres honestos. Este filósofo griego (maltratado por una sociedad que ha puesto su nombre a un síndrome que sirve para etiquetar a quien acumula basura en su casa) y su filosofía debieran servirnos de antídoto contra la depresión: el sabio debe liberarse de sus deseos y reducir al máximo sus necesidades, disfrutando de una vida natural independiente de los lujos sociales.

Hoy tomamos por sabio a quien es capaz de multiplicar nuestros deseos y nuestras necesidades en la calculadora del consumo. Tomamos por sabio a quien deprime nuestros bolsillos y nuestras cabezas. Tomamos por sabio a quien nos sume en la depresión.

El gobierno de Pilatos, colaboracionista.

Como un auténtico ejército, entrenado para dominar el mundo, ese genérico denominado “los mercados” avanza asolando estados, destruyendo países enteros, extendiendo la pobreza y la miseria bajo la bota del terror que pisotea los derechos, las conciencias y los cuerpos de seres humanos. Este ejército intangible utiliza el arma genocida del dinero.

Su estrategia terrorista ha ido exterminando resistencias ciudadanas, país a país, uno tras otro, con un objetivo claro: arrasar los derechos y las conquistas cívicas sumiendo a las personas en un estado de esclavitud propicio para sus intereses de dominación financiera. No se detiene ante nada porque se sabe superior a cualquier resistencia posible de unas atemorizadas masas que no saben dónde golpear para defenderse. Y si acaso golpearan, tiene en la reserva los letales ejércitos tradicionales que no dudará en utilizar para aplastar cualquier conato de rebeldía.

Cuentan además con gobiernos colaboracionistas en cada uno de los países que les sirven ciegamente mediante ardides manipuladores con los que consiguen que el pueblo machacado distraiga su atención de la verdadera naturaleza de esta estafa criminal y asesina que están llevando a cabo. Los gobiernos se encargan de convencer a sus pueblos de que el mal es irremediable, de canjear fraudulentamente derechos por dinero, y de enfrentar a unos ciudadanos con otros mediante falsas responsabilidades que acusan a personas, partidos y estamentos sociales concretos, más fáciles de identificar y golpear con la furia que debieran recibir los mercados.

Concretamente, en España, el gobierno utiliza el señuelo de la herencia recibida como una percha donde colgar sus propias responsabilidades, su colaboracionismo total con los mercados, su entrega a la hora de depreciar la Constitución, su sectario concepto del poder o la toalla de Pilatos que utiliza para lavarse las manos cada vez que firma con sangre un decreto. Se trata de una percha de múltiples brazos donde el gobierno todavía va a colgar alguna felonía más a la vuelta de sus vacaciones.

Manejando y manipulando a las masas consiguen criminalizar cualquier rebelión, por insignificante que sea, utilizando el látigo del orden público que aprendieron a manejar durante la dictadura y secuestrando la información con una maestría digna de Manuel Fraga en sus mejores momentos. Medio pueblo anda sumiso y callado ante tanta tropelía, dominado por el terror que produce una cesta de la compra repleta de hambre y frustaciones. El otro medio se encuentra agazapado a la espera de una señal de sus gobernantes para saltar sobre los enemigos que les señalan e identifican desde unos medios de comunicación tambien colaboracionistas del propio gobierno y de los mercados.

La derrota está servida. Han conseguido que los funcionarios sean atacados por casi todo el mundo, que los sindicatos sean vistos como enemigos por los trabajadores, que los parados esperen en sus casas algún trabajo sin salario, que los ancianos prefieran la muerte a una vida de posguerra sin dignidad, que los jóvenes viajen en patera buscando un futuro que no existe, que los enfermos vuelvan a confiar en curanderos y milagros por no disponer de alternativa a su alcance y que hasta los árboles se quemen a lo bonzo en el absurdo mundo que los humanos les robamos. Divide y vencerás.

A la vuelta de las vacaciones, los mercados entregarán unas nuevas condiciones de rendición que el gobierno, gustoso, nos leerá en los huecos que el fútbol, la duquesa de Alba y las elecciones americanas dejen libres en las parrillas televisivas y las portadas de los periódicos.

Alguien resultará premiado por la Bonoloto y todos sentiremos que la suerte existe y puede llegar a cualquiera en cualquier momento.

El desmantelamiento del estado y la ruina nos toca a todos sin necesidad de comprar boletos. Bueno, sí: casi once millones de españoles compraron papeletas del PP en las últimas elecciones generales, el premio gordo nos ha tocado sin piedad a los cuarenta y siete millones de españoles y la pedrea a los inmigrantes que pasaban por aquí.

Los dos gobiernos de España.

Siguiendo la estela política de lo que va de 2012, se puede decir que España ha pasado de tener un gobierno mediocre, a salto de mata, durante siete años, a tener dos gobiernos simultáneos. Uno de ellos mediocre y el otro peligroso.

En las actuales circunstancias que hacen zozobrar a Europa, todos los gobiernos se han instalado en la mediocridad de servir a los intereses financieros dando las espaldas a los diferentes pueblos que les han votado. Buscan las castas políticas -que se han subido como polizones y ratas al barco de la crisis- el beneficio propio, con la esperanza de que la estafa económica les afecte en menor medida que a sus votantes. Así han obrado Sócrates y Passos Coelho en Portugal; Berlusconi y Monti en Italia; Papandreu, Papademos, Pikreammenos y Samarás en Grecia; Ahern, Cowen y Kenny en Irlanda; y Zapatero y Rajoy en España. Eso en cuanto a países productores de mano de obra barata.

La originalidad de España radica en que la llegada al poder del PP ha hecho que dos gobiernos nítidamente diferenciados estén actuando al mismo tiempo de forma inequívoca y contundente bajo la dirección de uno de los políticos más mediocres que ha dado el país, Don Mariano Rajoy Brey, a su vez manejado desde la FAES por un grupo de ideólogos rancios que actúan bajo la tutela y vigilancia de Aznar. El experimento les está saliendo a pedir de boca, teniendo en cuenta que sólo cuentan con la oposición de un pueblo abandonado como un amante de pago que ya depositó su voto.

El mediocre gobierno económico, también ideológico, se encarga de obedecer las directrices que le imponen desde Europa la banca y los países beneficiarios, en especial Alemania, de la pobreza española. Se trata de un gobierno feroz y mudo ante sus votantes, que vuelven a enterarse de su destino presente y futuro a través de la prensa extranjera, un revival de “La Pirenaica” versión siglo XXI. Es un gobierno mediocre que descapitaliza las cuentas corrientes y las vidas de los ciudadanos para capitalizar a una banca tramposa e intocable. Sus cabezas visibles, De Guindos y Montoro, anuncian día a día sus fechorías con retruécanos y metáforas imposibles de la imposición y el castigo que están infringiendo a los inocentes.

El peligroso gobierno ideológico, también económico, es el encargado de saquear la modernidad del país devolviéndolo a su estado preconstitucional tan del gusto del gabinete presidencial y del partido en el poder. En esta ocupación se encuentran la mayoría de los ministros y otros altos cargos, empeñados en finalizar su obra en tiempo record y sin mirar los costes que supondrá para todos los españoles presentes y futuros. La vuelta al pasado es el golpe pendular que la crisis y la mayoría absoluta y absurda (demasiadas personas les han votado para castigar al gobierno anterior) les ha concedido para abrir de par en par las puertas del armario que la democracia creyó inocentemente haber cerrado.

Cada cual está jugando su papel de forma sincronizada. Sáez de Santamaría es la menina que hace bulto en el cuadro; Wert devuelve la educación a la condición de lujo inalcanzable para la mayoría; Mato ha colocado el uniforme de la beneficiencia al derecho a la salud; Fernández Díaz ha devuelto la presunción de culpabilidad al pueblo asistido por la represión legislativa y la agresión física; Báñez ha propiciado que el señorito recupere su derecho a escoger peones baratos y sin derechos entre los desocupados; Soria ha recuperado el “que inventen ellos” y la emigración como destino de investigadores patrios; Morenés ha puesto en valor el papel de la cabra legionaria señalando Ceuta y Melilla como ejes de la política de defensa; Margallo se cura la nostalgia colonial con el contubernio cubano y el protagonismo en el Sahara; y Gallardón… -¡Ay, Gallardón!- ha cambiado la balanza de la justicia por un crucifijo y un rosario.

Los hechos están ahí: represión desproporcionada, brutalidad policial, criminalización de la libertad de espresión, censura o silencio, manipulación informativa, amenazas y persecución a disidentes, encarecimiento de la educación, supresión de la universalidad de la sanidad, desprotección de los trabajadores, menosprecio a las víctimas del franquismo, homenajes y reconocimientos a la memoria franquista, penalización del aborto, acoso y derribo a la homosexualidad, privilegios a la iglesia, comprensión e indulto para los estafadores, etc., etc., etc. Cada día algo nuevo.

Ambos gobiernos, mediocres y peligrosos, actúan como uno sólo, sincronizados, apoyando el discurso económico y el ideológico en nuestro sentimiento de culpa y en un paternalismo decimonónico basado en un “quien te quiere te hará sufrir” a todas luces falso e inaceptable.

La bicefalia gubernamental se rige por el principio de que “la letra con sangre entra”.

Mediocridad y peligrosidad a partes iguales.

Pobreza intelectual

La peor de las pobrezas nos acecha y parecemos empeñados en demostrar al mundo que la merecemos. No se trata de la carencia de empleo, ni de la incertidumbre de una barra de pan, del grillete de un banco o del llanto de los niños. No. Se trata de algo más simple y, a la vez, más amargo aún si cabe.

Los trileros de las hipotecas, aliados con los embaucadores de las urnas, han formado un tándem que vocea -a través de las ondas de radio, de las pantallas y del papel impreso- su increíble inocencia, sus nada creíbles esfuerzos por ayudarnos y su desacreditada capacidad para hacer otra cosa que no sea rebañarnos los raídos bolsillos y aterciopelar los suyos y los de sus verdaderos representados que, a día de hoy, no somos ninguno de nosotros.

Este tándem predador proclama repetidamente, decenas de veces cada día, que no han sido sus fraudes especulativos sino nuestras rebasadas posibilidades, que no han sido sus agujeros financieros sino nuestros desconchones consumistas, que no ha sido su putrefacta condición corrupta sino nuestras necesidades elementales, que no han sido ellos sino nosotros quienes hemos desencadenado esta estafa que pretenden blanquear utilizando la palabra crisis para ello.

No les basta con ello y se permiten desacreditar con los mismos medios y el mismo descaro, uno a uno, a todos los colectivos que osen cuestionar su falseador discurso. Así, desde que el PP ha asaltado la democracia utilizando las urnas para legitimar su despotismo, nos hemos encontrado de repente con maestros que no enseñan, médicos que no curan, funcionarios en general que cobran por no trabajar, obreros que disfrutan viviendo sólo con el paro, mineros que arrancan el carbón en el BOE, pensionistas adictos a la salud, ciudadanos que obligan a que les vendan sin IVA, autónomos improductivos a los que no les gusta trabajar más de quince horas diarias, etcétera, etcétera, etcétera. Todos hemos dejado de ser patriotas comprometidos con sus planes y nos hemos vuelto peligrosos terroristas que sólo buscamos nuestro interés.

Estos discursos demagógicos, intencionados, peligrosos y fascistoides calan en una parte de la sociedad que entiende que la crisis la hemos provocado sus vecinos, que de su situación de paro es responsable su prima funcionaria, que tiene que pagar las medicinas por culpa de la abuela diabética y fármacodependiente, que ha perdido la ayuda para cuidar al padre inválido porque cientos de emigrantes han gastado el dinero del estado o que han tenido que vender el coche para comprar gasolina porque los mineros se jubilan a los cincuenta años.

La peor de las pobrezas es esa pobreza intelectual, origen de todas las barbaries humanas, que hace que unos nos enfrentemos a otros en un duelo a muerte del que son padrinos los políticos y los banqueros. La legitimidad del duelo la establecen los medios de comunicación y las armas las elegimos nosotros mismos para disfrute de los padrinos que, por cierto, nunca mueren en los duelos. La pobreza intelectual del español medio se palpa diariamente en tertulias y charlas entre amigos donde se repiten como un dogma las consignas de los padrinos y se defienden sin más argumentos que un dedo acusador y sin otra base racional que la demagogia conductista de los medios de comunicación.

La peor de las pobrezas no te obliga a mendigar comida, te obliga a mendigar ideas. El hambre, la sangre, el dolor y la muerte vendrán después.