Las mil caras del terrorismo

terrorismo

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dictaminado que la doctrina Parot no se atiene a derecho. A partir del fallo se ha destapado la fusilería dialéctica disparando a bocajarro contra el mensajero, en este caso el Tribunal de Estrasburgo. Parece ser que alguien hizo trampas con los naipes legales y la baraja marcada ha quedado al descubierto cuando la partida parecía haber acabado. El problema no es que unos vulgares asesinos salgan prematuramente de la cárcel, el problema es que la alteración torticera de la Ley ha pisado un callo de la justicia que afecta al propio Estado de Derecho.

En este país, el abominable terrorismo de ETA ha sido vilmente manipulado por la derecha que descubrió en los tiros de gracia y las bombas indiscriminadas un argumento electoral del que ha obtenido pingües beneficios políticos. Los dirigentes populares han pastoreado en el dolor de los familiares de las víctimas y en la solidaridad ciudadana como estrategia de asedio a la banda terrorista, en un primer plano, y al independentismo vasco, en un segundo plano.

No ha dudado el Partido Popular en incluir en sus listas electorales a víctimas del terrorismo como reclamo y llegó a la indecencia interesada de atribuir a ETA los atentados del 11M. La doctrina Parot se inscribe en la espiral manipuladora que ha llevado a los defensores del Estado de Derecho a hacer trampas a la propia legalidad vigente. El terrorismo mueve conciencias y desata los sentimientos de la gente sencilla que teme a cualquier tipo de bestia que amenace la convivencia. ETA era la peor de las bestias que paseaban por España y la derecha la ha utilizado, sin mucho escrúpulo, para atraer conciencias y sentimientos a su redil político.

Contrasta la forma de abrir las heridas de las víctimas del terrorismo etarra y exhibir las lágrimas de sus familiares con la vocación cicatrizante que la derecha, cada día más extrema, abandera respecto a las víctimas de otro terrorismo que azotó a España durante otros cuarenta años, el terrorismo franquista. La premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú dice que “Lo que no vale es la hipocresía y la doble moral de quienes condenan una forma de terrorismo, al mismo tiempo que tratan de justificar el terror de los estados”. Y lleva razón.

Suma España casi un siglo de terrorismo, entre el franquismo y ETA, al que se añaden ahora el terrorismo financiero, el terrorismo sanitario, el terrorismo asistencial, el terrorismo laboral o el terrorismo educativo que esa misma derecha de vestiduras rasgadas aplica desde el gobierno. Un cuerpo hipotecado colgando de una cuerda o un cáncer desatendido no son comparables a una bala en la nuca, aunque sean letales por igual, ni la esclavitud de un puesto de trabajo es comparable al secuestro en un zulo, aunque sean igualmente privativos de libertad. Así lo entienden y así lo venden en la calle Génova.

Un tal Jorge Bergoglio, nada sospechoso de izquierdismo, afirma que “Los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos, sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y de condiciones económicas injustas que originan las grandes desigualdades”. Y lleva razón. Aún no se han pronunciado los autorizados voceros del PP con idéntica vehemencia al respecto ni han arremetido contra el Vaticano con la misma exaltación que lo han hecho en contra del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos.

ETA es un cruel recuerdo del pasado más reciente de este país y no merece más protagonismo en su historia. Los frentes abiertos por los diferentes terrorismos que madrugan cada día y amenazan individual y colectivamente a la población son ya las únicas bandas a combatir de forma activa y democrática. Los enaltecimientos antietarras sólo conducen ya a posturas como las de Jaime A. Mora, cachorro de Nuevas Generaciones que, amamantado en la manipulación de su partido, se ha convertido en terrorista virtual de las redes sociales.

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Economía para creyentes

capitalismo

El liberalismo es un sistema filosófico, económico y político surgido de la lucha contra los absolutismos. En principio, es la corriente de pensamiento en la que se fundamentan el estado de derecho, la democracia representativa y la división de poderes, principios republicanos que persiguen las libertades individuales, el progreso social y la igualdad ante la ley. El diablo adornó este pensamiento con la pedrería de la economía de mercado y la quincalla del individualismo, aderezos desigualadores que causan sarpullidos vitales a la inmensa mayoría de los ciudadanos.

El paso de la filosofía a la religión se basa en la supremacía que se otorga a dogmas estáticos en detrimento de la dialéctica del pensamiento en continuo flujo. Una vez consignado un dogma, la religión vive en exclusiva por y para su inamovibilidad, para su adoración incondicional ad aeternum. La filosofía, en cambio, establece tesis para ser pensadas en un constante proceso de análisis que es su única razón de ser, su esencia, su vitalidad. El tránsito del liberalismo clásico (siglo XVIII) al moderno (finales del XIX) supuso su secuestro del ámbito filosófico a manos de quienes hicieron de él un catálogo de dogmas para crear la religión capitalista, triunfante, única, incuestionable y, como toda religión, conservadora.

El dogma de la competencia basada en la oferta y la demanda estalla en las tarifas de telefonía, se electrocuta en las tarifas de la luz y arde a lo bonzo en los paneles de precios de las gasolineras. La libre competencia es un dios sin credibilidad, un ídolo etéreo, una burbuja con millones de practicantes no creyentes que rezan más por miedo que por fe, como suele suceder en todas las religiones, a su dios. El hecho de pensar, de analizar, de cuestionar, el hecho de escribir lo que estás leyendo ahora mismo, son pecados o delitos, anatemas dignos de hoguera. (Leerlo, también lo es).

El dogma del individuo, dueño de su persona y de su destino, hace aguas en un océano de nóminas y horarios laborales que cada vez son menos útiles para satisfacer unas necesidades básicas abocadas al naufragio tras impactar contra el iceberg de la falsa competencia. La sociedad en su conjunto se ahoga día a día porque los hacedores de fortunas y los sacerdotes financieros cuecen a las personas en el lento fuego del consumo efímero y los débitos obligados. El liberalismo ha vendido la ilusión del individuo aislado y ha aniquilado la fuerza de lo colectivo como motor social. El destino y la libertad de los individuos escala y resbala, cotiza, en las gráficas de la bolsa.

En el siglo XXI, el individuo no dispone siquiera de sus habilidades, destrezas y capacidades para realizarse personal y profesionalmente. Para ser rentable, toda persona debe adaptarse cada poco tiempo a un nuevo entorno laboral, a unas nuevas condiciones, a unos nuevos retos para, una vez adaptada, vover al páramo de la búsqueda de empleo. Ya no es rentable quien más produce y con mayor eficiencia, sino quien menos come, menos duerme y casi nada cobra, aptitudes que se asimilan sin ningún tipo de formación específica y están al alcance de cualquiera. Es el dogma de la excelencia empresarial, origen de la calidad contable y de la desaparición de la calidad en productos, sevicios y vida ciudadana y democráctica.

El capitalismo, sádica y lacerante aberración del liberalismo, campa a sus anchas estrangulando individuos y sociedades de una forma verdaderamente insaciable. Ha laminado el estado de derecho, la democracia representativa y la división de poderes. Los estados se mueven al dictado de los mercados, los individuos son unidades de consumo, el progreso social está de vuelta y la igualdad ante la ley dispone de tarifa propia. La filosofía liberal ha muerto y sus sacerdotes proclaman las excelencias del dogma capitalista como único camino de salvación para pecadores que han de morir para dejar de sufrir.

El silencio de los peperos.

En el referéndum sobre la Ley para la Reforma Política, en 1976, para apoyar la participación se utilizó la canción del grupo Vino Tinto que decía: “Habla pueblo habla, / tuyo es el mañana. / Habla y no permitas / que roben tu palabra. / Habla pueblo habla, / habla sin temor. / No dejes que nadie / apague tu voz.” Eran tiempos de ilusión por el fin de la dictadura franquista y de esperanza en la democracia, el gobierno del pueblo. Eran tiempos en que la gente escuchaba y se identificaba con los políticos.

Han bastado 40 años para que la burbuja política estalle en la conciencia ciudadana. 40 largos años trufados de incumplimientos electorales, salpicados de corrupción y distanciados de las necesidades reales del pueblo, han sido suficientes para que la desconfianza en la clase política adquiera rango de escándalo al auparse en las encuestas del CIS como el tercer problema para los españoles.

Los oídos ciudadanos han sido taponados por el falaz “todos los políticos son iguales” que tiene su origen en la actitud de todos los partidos que nos han gobernado hasta ahora y se extiende injustamente a todos sus militantes y a partidos que no han tenido oportunidad de demostrar lo contrario. La representatividad que se otorgan PP y PSOE es nula de pleno derecho desde el momento en que ambos partidos incumplen los programas electorales que motivan los votos que les otorgan sus escaños.

Cuando las acciones del gobierno van en contra de la ciudadanía, cuando se gobierna a las órdenes de quienes no se han presentado al plebiscito popular, podemos entender que se ha perpetrado un golpe de estado suplantando la soberanía ciudadana por la soberanía financiera. El pueblo tiene el derecho y la obligación de levantar la voz y hacérselo saber a un gobierno enrocado en el neoliberalismo que desprecia y fustiga a quienes, de acuerdo con el significado de la palabra democracia, deben ejercer el poder: el pueblo, no los mercados. Le llaman democracia y es una oligarquía del capital.

Este gobierno en concreto ha destruido la sanidad para privatizarla y ponerla en manos de empresas como Capio participadas por políticos o familiares del partido popular. Este gobierno está arrasando la educación pública para satisfacer las demandas y las cuentas corrientes de la Conferencia Episcopal a través de los colegios del Opus y demás congregaciones concertadas. Este gobierno descapitaliza a las clases más bajas para capitalizar a la banqueros e inversores. Este gobierno no trabaja para el pueblo. Este gobierno no es del pueblo.

Y, para más inri, este gobierno ha retrocedido más de cincuenta años para destrozar el estado de derecho haciendo sospechosos a todos los ciudadanos y practicando una represión con episodios cercanos al terrorismo callejero. La sangre de los manifestantes es una mancha en la marca España que nos identifica como un estado totalitario fuera y dentro de nuestras fronteras. Matar al mensajero es un deporte practicado por déspotas, por mucho que insistan los voceros mediáticos y parlamentarios del Partido Popular en que son violentos quienes no permiten que les roben la palabra y quienes no dejan que nadie apague sus voces.

El presidente, adicto al silencio, es heredero de quien siendo ministro de información sometió a la prensa a censura previa, pide silencio a la calle, impone el silencio o la mentira en sus ruedas de prensa y habla en la ONU a un auditorio ausente que traduce su discurso al silencio. El presidente Rajoy tiene la desFACHAtez de intentar apropiarse también del silencio de quienes por motivos diversos se quedaron en casa el 25S. No me atrevo a modificar los hábitos de Rajoy, bebedor de vino y fumador de puros, pero le sugeriría que probase la marihuana: sus efectos no serían apenas perceptibles en un sujeto que habla poco, gusta del silencio y cuando habla parece fonética y semánticamente “colocado”.

El pueblo habla y el gobierno reprime para imponer por la fuerza el silencio. La libertad de expresión y la democracia están amenazadas muy seriamente. Esta generación corre el riesgo de ser recordada no por lo que le hicieron los gobiernos del PP y del PSOE, que es mucho y malo, sino por quienes optaron por el silencio cómplice y sumiso que adora Rajoy.