Ladrones buenos y malos

Cruz

Cuenta la mitología cristiana que Jesús fue crucificado entre dos ladrones, Dimas y Gestas, uno bueno y otro malo según su grado de arrepentimiento y actitud hacia el Todopoderoso. Cuando el todopoderoso sistema financiero comenzó a hablar de banco malo, la gente escuchó y leyó el adjetivo descalificativo empleado y surgió la inevitable pregunta hasta ese momento ociosa: ¿existe algún banco bueno? Ningún banco, en el Gólgota, hubiera escuchado la frase, dirigida a él, “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Los bancos han creado su propio paraíso, fiscal para más señas, y no necesitan más salvadores que los ciudadanos.

Apeada de la cruz destinada a los ladrones, la banca ha sembrado toda una cordillera de cruces destinadas a una ciudadanía que está padeciendo el calvario de la estafa, orquestada por financieros y ejecutada a golpe de látigo, lanza y espada por la élite política. En este calvario, son los propios condenados quienes, a tiempo parcial, aceptan un minijob de cirineos para aliviar a aquéllos que más dificultades muestran para sobrellevar el castigo. En la cima, Longinos afila su lanza, capaz de hendir millones de costados en nombre de los mercados, y los 27 Pilatos europeos tienen dispuestos millones de clavos para sujetar a la población en los maderos tras colocarle, para más inri, una corona de espinas como reyes que han vivido por encima de sus posibilidades.

Hasta ahora, los bancos han robado a mansalva recortando para su causa sueños y salarios, vidas y proyectos, derechos y esperanzas. Pero los dioses, insatisfechos con tal sacrificio, exigen limpiar como patenas bolsillos, colchones de doble fondo y huchas con forma de cerdito. Es sabido que lo mejor para los cerditos es un buen corralito donde se permita a los ahorradores abrir las piernas y apoyar las manos contra la pared para ser cacheados meticulosamente por bandoleros bursátiles, democráticos rufianes y piratas mercantiles. Destrozado el pasado, hipotecado el futuro y embargado el presente buscan el último aliento, la última gota de sangre y hasta el rastro indeleble del alma, por si puediera venderse.

Quienes tratan de convencer de que ha sido la actitud disoluta y libertina del pueblo, y no los desmanes orgiásticos de la banca, la culpable de la crisis, quienes han sacrificado a toda la sociedad en beneficio de una economía desmadrada, desbocada y desmedida, son quienes ahora tratan de inculcar que lo de Chipre es una gripe pasajera y aislada que nada tiene que ver con la salud general de Europa. Quienes trabajan, desde los gobiernos, para la banca diagnostican un resfriado donde la neumonía es evidente. Antes de que estornude España, ya tosió Argentina en el laboratorio bursátil y ahora carraspea Chipre a pie de cama. El contagio es inminente, inevitable y crónico.

Dice el gobierno, para intranquilidad de la población, que España no está expuesta a un corralito como el chipriota, que la banca española está saneada y que en España no hay rescate. Lo dice un gobierno, el de España, que, según su partido, no privatiza los servicios públicos, fomenta el empleo, dignifica a la tercera edad y es dialogante. Lo dice el gobierno de España cuyo presidente ha decidido no hablar para no mentir. Así pues, si lo dice el gobierno, saque el dinero cuanto antes del banco y métalo en el paraíso fiscal de una loseta suelta de su casa. Y después rece. El calvario no ha hecho más que comenzar y ya hay quien se librará de la cruz por haber muerto en el camino.

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La nube de la historia

guerracivilismo

La historia, como las nubes, etiqueta los días de forma imperceptible a pesar de que tratan de ocultar el sol y la verdad. Nadie proclama la culpabilidad de los nimbos, los cirros o los cúmulos ante la ausencia del sol o de la luna. Nadie proclama la culpabilidad del olvido falsamente pactado ante la repetición obcecada de la cronología social. Las nubes y la historia son fenómenos visibles e intangibles ante los que las personas han decidido hacer la vista gorda y protegerse de ellos pensando que un nuevo amanecer los ahuyentará, los ocultará, los desvanecerá temporalmente.

Pero vuelven. Las nubes y la historia siempre vuelven para recordar que el sol, la luna, el presente y el futuro están tercamente sometidos a ellas, que el sol es ausencia de nubes y la historia es un bocado que se come parte del presente. Vuelven, tarde o temprano vuelven, y pillan al personal desprevenido, distraído con el sol deseado, enfrascado en el presente, pensando en el futuro. Vuelven, se van de nuevo y entonces se olvida el nublado soportado, el mordisco encajado, por uno, dos, tres o más días. Es más placentero disfrutar el sol, disfrutar el presente y olvidar las nubes y la historia que se aceptan dócilmente como parte del decorado en el que discurre la vida.

Los días nublados son apropiados para rememorar retales nublados de la historia. Los días nublados huelen a moho, a oscuridad, a pesadilla, a miedo, a luto, y el pretexto para soportarlos es una esperanza soleada y cálida tras la cortina de la noche. La historia es la conciencia que tapa el sol del futuro y también, como un día nublado, despide fragancias que estorban el sueño del presente. La conciencia de la historia remueve los sueños e impide dormir adecuadamente a unos cuerpos que se desvelan para que sus mordiscos no les pillen dormitando. Los hogares han habilitado las chimeneas o las mesas camillas como refugios para combatir la estación de las nubes y aderezar la historia al calor de la lumbre o el radiador.

El pasado ha vuelto feroz, como una alimaña de las historias desgastadas por el uso que los mayores cuentan y los más jóvenes escuchan con la incredulidad taponando sus oídos. España, desprevenida, ocupada en disfrutar el presente pensando que es eterno como el futuro, distraída en una cálida realidad de quincalla, confiada por la ausencia de nubes, ha sentido la dentellada cuando un enorme trozo de su cuerpo ya ocupaba las fauces de una fiera que muestra sus colmillos reclamando más carne. La historia, como las nubes, ha proyectado en el presente sombras de un pasado mal olvidado que se vuelve a repetir ante los ojos atónitos de una generación, ajena a él, descendiente de quienes escribieron ese pasado, esa nube de la historia falsamente olvidada.

La juventud se pregunta por qué se parece tanto su presente a las historias casi clandestinas que ahora recuerdan haber escuchado en boca de sus mayores. La juventud no comprende qué ha pasado para que se amplifique en la TDT y la prensa azul un discurso radical que sus mayores llaman de extrema derecha. La juventud no asimila que se golpee y se detenga a la gente en la calle como sus mayores cuentan que pasaba en los tiempos de la última nube que cubrió a España durante cuarenta años. La juventud ve cómo las historias de analfabetismo, enfermedad y pobreza que contaban sus mayores son tendencias cotidianas en las redes sociales y abren cada día los noticiarios.

Ahora que la bestia ha despedazado el futuro de varias generaciones, ahora que la juventud tiene los oídos afilados por el miedo y la incertidumbre, ahora que la oscuridad vuelve a encapotar el cielo de España, ahora es el momento de reconocer a los herederos del nacional catolicismo y señalar a los responsables del nuevo golpe a los derechos y las libertades que, oculto tras la nube de la estafa financiera, vuelve a repetir una porción de la reciente historia de España falsamente olvidada.

La crisis es global, se sufre en todo el mundo, pero España vuelve a resucitar sus propios fantasmas que la hacen diferente. Han vuelto las nubes y la historia que nunca se fueron definitivamente.

El tren del susto.

El tren de España transita por las estrechas vías que la democracia construyó para que el pueblo saliera del monoraíl dictatorial que durante cuarenta años constituyó el único camino por donde podía discurrir el pensamiento de la ciudadanía. Las estaciones electorales mostraron, durante las décadas de los 80 y los 90, el ajetreo propio de quienes creyeron que podían elegir en libertad los destinos de sus vidas y, en este sentido, cada cual sacaba los billetes para emprender su viaje particular.

La pizarra de los destinos estaba repleta de opciones con trenes variados y horarios para casi todos los gustos y necesidades. Los andenes mostraban un trasiego desconocido en España, y en ellos coincidía el electorado intercambiando impresiones e ilusiones centradas en el viaje que terminaba y el que comenzaba, hasta que el factor anunciaba el resultado electoral y la partida del tren hacia el nuevo destino. Todos subían al tren mostrando un muestrario de satisfacciones o contrariedades acorde con los billetes sacados antes de la partida y la dirección del viaje decidida por mayoría.

Sin saber cuándo, la ilusión por decidir personalmente el destino fue sustituida por un sentimiento de frustración porque los viajeron comenzaron a notar que los billetes adquiridos en las ventanillas electorales se devaluaban como herramientas para elegir la estación de destino y servían exclusivamente para decidir quién sería el nuevo maquinista de un tren que ya tenía una sola vía de circulación y las demás alternativas se habían convertido en vías muertas. Se sacase el billete que se sacase, el tren seguía siempre la vía neoliberal y los viajeros solo percibían cambios en los uniformes del personal de servicio o la tapicería de los asientos.

En esta tesitura nos hemos adentrado en el siglo XXI, se han modernizado las vías, ha aumentado la velocidad del tren, el decorado se ha investido de nuevas tecnologías y las estaciones son de diseño. Sin embargo, cada vez que se convocan elecciones, el personal acude en menor número a los andenes y se compran los billetes más por desacuerdo con el conductor saliente que por confianza en el entrante. El AVE de la democracia transporta hoy menos viajeros que los viejos Talgos y mercancías y, para colmo, es caro, carísimo.

No obstante, los candidatos a ocupar el puesto de maquinista, luciendo vergonzantes canas políticas sobre sus cabezas, son los mismos que conducían las viejas cabinas manuales y analógicas de hace cuarenta años y se niegan a abandonar el negocio ferroviario para dar paso a un nuevo sistema y a un nuevo personal. Estos mismos candidatos se encargan de convencer a los viajeros de que, independientemente de sus voluntades, han elegido el mejor billete para que ellos, los políticos, y sólo ellos, alcancen su destino. Un destino que habitualmente se distancia mucho de las apetencias y necesidades del pasaje.

Vemos cómo las estaciones se han cubierto de carbonilla desencantada y basura publicitaria sobre las cuales la ciudadanía camina fríamente para acercarse a las urnas y depositar su voto con languidez, con pesimismo, con desconfianza y, en demasiados casos, con la nariz tapada. Sólo en dos estaciones de la red ferroviaria española quedan restos de esperanza de que los billetes puedan servir para elegir sus destinos: el País Vasco, que ya ha expresado su voluntad de cambio de destino, y Cataluña, a punto de hacer lo mismo.

Quienes manejan las vías y los trenes españoles tiemblan y temen que en ambas comunidades puedan proponer un ancho de vía diferente y unos destinos decididos por los billetes adquiridos por vascos y catalanes. Ante la amenaza de bajarse del tren secuestrado por PP y PSOE, el actual gobierno tiene la ocurrencia de rescatar una vieja y anquilosada máquina de vapor repudiada por la sociedad española y resucitar el execrable eslogan publicitario de la “unidad de destino en lo universal”.

España necesita nuevos destinos y abandonar como sea la vía neoliberal de forma madura y sosegada. El reto para los maquinistas está en escuchar las demandas de los viajeros y actuar en consecuencia conduciendo el tren español por la vía más adecuada al destino solicitado mayoritariamente. De no ser así, volveremos al monoraíl, si es que no hemos vuelto ya.

Política de la indecencia neoliberal.

Perdidas la esperanza y la ilusión, sólo nos resta aferrarnos a la decencia.

El gobierno de España, al igual que los de media Europa, se están arrastrando ante las serpientes bursátiles, las hienas inversoras y los buitres empresariales para mendigar las sobras del inmenso festín que les está sirviendo en bandeja. No queda ciudadano o ciudadana que no haya sido esquilmado y despojado para formar parte del guiso de la estafa llamada crisis. La soltura y la agilidad mostrada por el gobierno en esta tarea culinaria es ferozmente inusitada. En menos de un año, han mentido hasta la saciedad en nombre de los mercados arrasando el bienestar de manera innecesaria e ideológica. En menos de un año, han descartado recetas cuyos ingredientes básicos son las grandes fortunas, los grandes defraudadores, los grandes especuladores y la mamandurria de la iglesia católica. Su ensañamiento con las clases menos pudientes es pura indecencia.

El gobierno de Mariano Rajoy se ha volcado en el servicio a los especuladores consiguiendo una hipoteca para España cuyos intereses pagaremos durante generaciones con educación, sanidad, cultura, asistencia, cooperación y un dilatado etcétera que culmina con derechos cívicos tan fundamentales como las libertades de expresión y de reunión. El gobierno de España ha asaltado las esperanzas y las ilusiones de varias generaciones mediante un golpe de estado económico que ha puesto al mando del país a especuladores sin escrúpulos. La democracia ha sido abatida desde la indecencia.

Destruir las esperanzas de generaciones enteras, dibujando un naufragio en las turbias aguas de una estafa universal, sólo está al alcance de quienes alimentan su avaricia con los estragos que son capaces de producir sin que les tiemble el pulso, sin que sentimiento alguno humedezca sus mejillas, sin que el rubor tiña superficialmente de rojo sus presuntas conciencias. Quienes destruyen las esperanzas hacen su trabajo con la frialdad y la profesionalidad de un verdugo con las facultades mentales disminuidas por la rutina y un frío automatismo instalado en su corazón a modo de metálico latido. La primera esperanza que se pierde es la de atisbar un signo de humanidad en quienes manejan el hacha, anudan la soga al cuello o empujan el émbolo letal en la vena indefensa del reo.

Sólo pueden perder la esperanza quienes la tienen como último recurso para que sus deseos se cumplan, toda vez que éstos quedan fuera del alcance de sus posibilidades materiales o necesitan de concurso externo para ser cumplidos. Sólo pueden perderla quienes hacen de ella un referente para sus episodios cotidianos y vitales, quienes hacen de ella las alas para volar o las aletas para nadar cuando los pies no les sirven para perseguir su destino. Quienes son privados de la esperanza, continúan sus vidas con la decencia ondeando sobre sus personas y sobre sus actos. Quienes la arrebatan, los verdugos, quedan estigmatizados por la indecencia de sus actos.

Arrancar la ilusión constituye uno de los actos más ruines que una persona pueda cometer. Cuando se roba algo material estamos ante un delito condenable judicialmente de mil maneras, entre ellas la reposición de lo robado. Cuando se priva a las personas de la ilusión estamos ante un delito con el agravante de sadismo pues se está privando no ya de cosas materiales, sino de la intimidad inmaterial de la imaginación y de los sueños. Quienes ejecutan las ilusiones de un país de manera miserable actúan, como las pesadillas, desvelando trágicamente los sueños. Quienes impiden los sueños aplican la tortura del insomnio permanente para envolver a la sociedad con el indecente manto de su propia locura.

Una sociedad sin ilusiones es un cementerio viviente donde cadáveres de carne y hueso deambulan privados de sentidos, de alma y de pensamiento. Una sociedad sin ilusión es un laberinto sin salida donde predominan el negro de la miseria y los tonos oscuros de la pobreza, la indigencia, la escasez, la estrechez, la necesidad y la penuria. Vivir sin ilusión es un cruel destino para cualquier ciudadano, una metáfora del averno donde se le condena a convivir con los diablos saqueadores de ilusiones. Una sociedad sin ilusión se puede permitir un último aliento de decencia que los usurpadores jamás podrán lucir sobre sus henchidos pechos mezquinos.

La decencia no cotiza en el parqué de la bolsa donde se conjuran los desalmados.

España sin burbujas.

Todo comenzó hace casi cuarenta años. Acabada la pesadilla de la dictadura, España pensó que los monstruos habían desaparecido y que el paisaje ya no volvería a ser aterrador, pero, en lugar de despertar, continuó durmiendo y contemplando la vida a través de las legañas. El sueño, ahora más placentero, permitía percibir una libertad secuestrada durante cuarenta años y unos bolsillos más llenos que durante la posguerra. De este sueño agradable, España se negó a despertar por voluntad propia y ajena.

Tras más de una década Constitución, elecciones, amagos de golpe de estado, estatutos de autonomía, movida y mucho consumo de tranquimazín consumista, aparecieron las grandes burbujas de la Expo 92 y de las Olimpiadas de Barcelona con el parásito de la corrupción adosado. España se llenó de autovías, de aves, de megavillas olímpicas y de oropeles varios aptos para maquillar su pobreza con la ilusión y la esperanza de que el espejo no reflejase el ceniciento país que era.

El sueño de novísima riqueza que invadió a sus habitantes les hizo sentirse personas libres y dueñas de comprar sus destinos aunque fuese a plazos. Se fortaleció el individualismo, el consumismo se hizo compulsivo, la corrupción se apoderó de la ética en la vida pública y en la privada y se disparó el consumo de coches, viviendas, productos accesorios y barbitúricos para mantener el sueño a cualquier precio. España ya era un país moderno poblado por gentes antiguas que creían haber alcanzado su propio sueño americano.

España, desde los años 90 ha sido un país burbujeante excitado por los chispazos del sueño y la ilusión del no retorno como canción de cuna entonada por políticos, vendedores y financieros. A finales de los 90 se hinchó la burbuja tecnológica en el mundo y España no iba a ser menos debido a la adicción a las burbujas que ya manifestaba sus síntomas estructurales en una población civil, empresarial, financiera y política reticente a despertar. Las puntocom cotizaron en la bolsa y en la vida muy por encima de sus posibilidades, a pesar de lo cual se consumieron nuevas tecnologías a manos llenas.

El campanazo de la burbuja europeísta nos pilló en plena euforia onírica cuando las campanadas de nochevieja dieron paso nada menos que a un nuevo milenio y a una nueva moneda. Más burbujas: España, ahora, había desterrado para siempre el carro tirado por bueyes y se había subido a la nave futurista de la Unión Europea construida con el euro como materia prima y casi única; la moneda única la hizo soñar con una riqueza y un poder adquisitivo redondeado al alza especulativa superior a sus posibilidades; y la ciudadanía europea recién adquirida tenía estampado el “tercera clase” al final de la letra pequeña que casi nadie lee. A pesar de todo, nadie se preocupó de poner en hora el despertador y España siguió durmiendo.

Y llegó la burbuja especulativa que la banca y las finanzas inflaron a nivel mundial en torno al ladrillo. Aznar, muy moderno él, liberalizó todo el suelo patrio como su aportación neoliberal a la global estafa que se estaba pergeñando en las altas esferas globales que diseñan el destino del mundo. Zapatero, presidente casual y navegador a favor de cualquier corriente, no se atrevió a pinchar esta burbuja por temor a que lo corrieran a gorrazos sus votantes y sus patrocinadores extraparlamentarios. El pinchazo de varios bancos americanos, con mención especial al de Luis De Guindos, trajo el derrumbe de todas las construcciones realizadas con naipes hipotecarios en lugar de ladrillos. Y aquí está España, con la última burbuja desinflada y despertada de su sueño.

Ahora, recién despertado bruscamente, el país contempla la realidad al pie de la cama sin comprender exactamente qué ha pasado, preguntándose dónde está y dudando de la imagen desmaquillada que atisba en el espejo cuando se mira. Quienes desde los años 80 entonaban nanas al pie de la cuna, ahora asumen el papel de madrastras malvadas que culpan a España de la situación a la que la han conducido. Estas madrastras de España no dudan en castigarla por haber soñado con el príncipe azul que ellas mismas habían inventado para ella.

Pero, junto a las regañinas y los castigos, siempre hay una madrastra más pérfida que las otras dispuesta a seguir ofreciendo burbujas. No son otra cosa Eurovegas y Barcelona Word, la nueva burbuja lúdico-mafiosa que sustituye el tranquimazin y otros barbitúricos por juego, dinero, sexo, drogas y trabajo sin derechos y casi sin sueldo.

La burbuja española se reinventa y vuelve con nuevos gases nocivos. Hasta que alguien la reviente por las buenas o por las malas. No cabe una burbuja más en las entrañas de un país que necesita soltar aire fétido y putrefacto con urgencia, como el resto de Europa.

España Necesita recuperar su genuino sabor sin burbujas, pero para ello debe despertar y expulsar del cuerpo a quienes le inyectan en vena el dióxido de carbono del consumo y los espejismos especuladores, ahora sin dinero en los bolsillos y sin derechos en la vida.

Andalucía chuleada (otra vez).

Bofetadas azules a Andalucía. ¿Quién ha sido?.

Señor presidente del Gobierno de España (incluida Andalucía):

Está usted maltratando a una tierra y a un pueblo que han hecho por España y por su partido mucho más de lo que su imaginación puede abarcar sin que la realidad, esa mala consejera que cubre sus espaldas, se atreva a negarlo. Está usted despreciando y castigando a una comunidad y a una ciudadanía tan dignas y nobles como las que más. Andalucía no se merece lo que usted y los suyos le estan haciendo. Andalucía, usted y los suyos lo saben.

Maltrata usted a una tierra donde la corrupción del partido que la gobierna le ha servido a usted y a su partido para tapar y mitigar la corrupción que los suyos han desplegado por toda España, incluida Andalucía, con el llamado caso Gürtel y otros de menor cuantía. Usted no ha tenido la decencia política ni la ética social de montar siquiera un paripé de comisión en Valencia para que su amiguito del alma y su alcaldesa fallera expliquen lo que quieran a sus votantes y al resto de la población. No es que me fíe de una comisión como la de los EREs, compuesta por comisionistas de la política, pero hubiera sido un detalle. Es usted un desagradecido, Don Mariano.

Discrimina usted a un pueblo que le ha devuelto a su querido Javier Arenas con la virginidad presidencial intacta despues de toda una vida entregada al asalto de la Junta de Andalucía sin conseguirlo. Se le ha devuelto para que usted pueda usarlo a conveniencia en las cloacas de la calle Génova como antídoto contra la plaga de cospedales y aguirres que le están royendo lo poco que le quedaba de cultura democrática a su partido. Y a usted no se le ocurre nada más que discriminar a quienes le han hecho semejante favor. No tiene usted perdón, presidente.

Insulta usted la inteligencia y la devoción del pueblo más mariano del país que ha hecho posible que su andaluza ministra de trabajo haya colocado, como asesora y cargo de confianza en el ministerio, a la mismísima virgen del Rocío, encargándole que tome en persona las riendas de las políticas de empleo desde una comunidad que tiene los índices más elevados de desempleo de Europa. Es usted un retorcido diablo, señor Rajoy.

Acosa usted al pueblo andaluz cuyo gobierno ha mantenido la fiesta de los toros televisada por Canal Sur pensando en la minoría (cada vez menor) que la ve y no en la mayoría (cada vez mayor) que reniega de ella. Ya ve, señor Rajoy, que el gobierno socialista al que usted acosa no es tan diferente al suyo neoliberal en esto de mantener la tradición sin tener en cuenta al pueblo que les vota; y en otras muchas cosas, tampoco. En buena sintonía, como socios alternantes del gobierno de la nación, usan los toros ajenos a la realidad del siglo XXI. Es usted un embaucador populista.

Castiga usted a un pueblo andaluz que este verano ha salido a la calle a pedir tierra y libertad (el himno de Andalucía, a diferencia del español, sí tiene letra, reivindicativa y solidaria ella, apréndala). Los medios de comunicación que le apoyan a usted y a su gobierno se han beneficiado de ello subiendo sus audiencias y castigando de camino a Andalucía, como usted, Don Mariano. Su ministro Fernández Díaz ha aprovechado para mostrar músculos, cascos y porras sirviendo los intereses de bancos y grandes almacenes con 300 guardas jurados gratuitos. Y Cristina Cifuentes ha sido feliz viendo cómo engordan las listas negras de ciudadanos díscolos y desafectos a su régimen. Es usted muy chulo, señor Presidente Mariano Rajoy.

Tiene guasa que sea un exandaluz como Cristóbal Montoro el encargado de negar a Andalucía un anticipo a cuenta de los ingresos del estado por impuestos que paga el pueblo andaluz. Tiene guasa que le niegue a Andalucía lo que ha concedido sin pestañear a valencianos (1.400 millones), catalanes (1.800 millones) o madrileños (más de 700 millones). Tiene guasa que hable usted de igualdad, justicia y equidad. Tiene guasa que sea usted presidente de España. Tiene guasa que haya quien le vote fuera de los círculos de Lacostes, Burberrys, Loewes y Vuittones que le rodean y para quienes gobierna. Es usted un pijo al que le repugna la pobreza.

Andalucía viste de mercadillo porque ustedes se han empeñado históricamente (desde hace siglos, que el PP sigue instalado en la Andalucía latifundista, romera y montera) en que así sea. Pero Andalucía tiene sentimientos y memoria, Don Mariano, para ir anotando uno a uno los desprecios que usted le hace y las estrías que su látigo deja en nuestras vidas. Es usted un sayón pasional.

La realidad es la que es, presidente, y puede que explique la dificultad de su partido y de su ideología para arraigar en esta tierra tan fértil. Si no la ve, por algo será.

España: el picadero de Europa.

Mucho cuadrúpedo con aires de superioridad ahí dentro.

Las tierras, las tierras, las tierras de España,

las grandes, las solas, desiertas llanuras.

Galopa, caballo cuatralbo,

jinete del pueblo,

al sol y a la luna.

¡A galopar,

a galopar,

hasta enterrarlos en el mar!

Rafael Alberti – Poeta de albas crines

Cuando en el siglo XVI Diego López de Haro, por encargo de Felipe II, creó el caballo de pura raza española, España se convirtió en un inmenso picadero donde la historia se ha escrito a golpe de pezuña y de fusta en demasiadas ocasiones. En las circunstancias actuales, qué duda cabe, el caballo perfecto sería de pura raza alemana.

Uno de los caballos pioneros en la redacción de la historia de España fue Babieca, famoso por haber posibilitado que Rodrigo Díaz de Vivar ganase una batalla después de muerto. Este singular equino ha vuelto a repetir la gesta posibilitando hoy que Franco, montado a la grupa del PP, haya vuelto triunfador a coger el timón del país casi cuarenta años después de su muerte. El Partido Popular, cual caballo de Troya, es el ardid que ha permitido al posfranquismo invadir la democracia desde dentro y arrasar las murallas del estado del bienestar.

Rocinante, otro noble cuadrúpedo, contempla junto a Sancho Panza y su modesta montura cómo se descompone su idealizada Castilla y cómo la iglesia vuelve a cruzarse en su camino. Ante el triste panorama que se ofrece a sus ojos, Don Quijote, erguido en su caballo, exclama en un momento de lucidez máxima: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. Estas sabias palabras han servido para que millones de españoles se echen a la calle a partir del 15M a la espera de que aparezca Tornado montado por un nuevo Zorro justiciero.

En su intento para reprimir tal locura quijotesca, el caballo de bastos ha salido a la calle montado por el ministro de interior junto a la sota de bastos Cristina Cifuentes y al caballo de espadas montado por Felip Puig, los tres dispuestos a defender al caballo de oros, montado por De Guindos, y a la sota de Oros Montoro, un full que supera en mucho al mismísimo séptimo de caballería. Y si esto no fuera suficiente, en la cuadra de la Moncloa tiene Pedro Morenés preparado su caballo Clavileño, relleno de bombas de racimo y otras sutilezas bélicas en plan disuasorio o preventivo.

Como estamos comprobando, las acciones de gobierno y los recortes se están materializando con un criterio ecuestre comparativo basado en los huevos del caballo de Espartero y los miembros del gobierno parecen inmersos en una carrera para ver quién los tiene más grandes. Todo ello bajo la supervisión que desde la FAES realiza la mula Francis en cuerpo y alma.

Desde la cuadra gubernamental, a los ciudadanos se nos trata como asnos, burros, acémilas, borricos, rucios, jumentos, pollinos, garañones, onagros o ruchos, es decir tratando de añadir desprecio y altanería al concepto que del pueblo tienen. Nada que objetar desde la admiración y la humanidad que desprende una figura tan española como Platero.

El día que se acabe la cebada, muchos habitantes temporales del Congreso y del Senado seguirán rebuznando como hasta ahora, aunque no sabrán desenvolverse sin los cabestros que rodean sus cabezas.