El problema no es sólo Wert

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El más importante y principal negocio público es la buena educación de la juventud. Platón

El humo de los incendios es un aviso de tragedia, la manera en que la naturaleza comunica su devastación, es la prueba inequívoca de que algo arde. El humo es también la espuela que activa los mecanismos para alejarse del fuego y emprender su extinción de forma prudente y eficaz. Quienes no hacen caso al humo o se limitan a señalarlo con el dedo corren el riesgo de que las llamas les alcancen y les quemen.

El ministro Wert ha incendiado la educación como un pirómano profesional, con varios focos activos y simultáneos y materiales comburentes. Una obra maestra de la piromanía a la altura de Nerón, una obra de arte ígneo tan colosal que delata la concurrencia de cómplices necesarios perfectamente orquestados. No le han faltado voluntarios, algunos de ellos contrastados maestros de la hoguera y adictos al olor de chamuscada carne humana o de libro llameante.

Han utilizado las astillas de los comedores escolares, la paja de la productividad docente, el papel del rendimiento del alumnado, la madera de la Educación para la Ciudadanía, el cartón de las tasas y, ahora, la gasolina de las becas. El Ministerio de Educación es una pira desde que Wert tomó posesión de él y la columna de humo, densa, negra y abigarrada, ha sacado a la ciudadanía a la calle para intentar, en vano, extinguirla. Por primera vez, toda la comunidad escolar, a una, le protesta a un ministro que se crece entre pitos y abucheos.

La humareda de Wert distrae del colosal incendio que asola a España. No hay ministerio que no tenga su particular fogata: las llamas consumen la sanidad, la dependencia, el trabajo, el paro, la jubilación, el presente y el futuro. Cuando arde un bosque, se hace negocio con el desastre, se adquiere a bajo precio la devaluada tierra quemada y la madera presuntamente inservible se vende a precio simbólico. En España, intereses privados han ayudado a diseñar el incendio de lo público y esperan obtener un beneficio, tan pingüe como vergonzoso, librado por los mismos que gobiernan y atizan los rescoldos.

El corifeo Wert y su orquesta mediática intentan que la propia población damnificada por su quema proclame que la educación que más ilumina es la que arde. Las generaciones anteriores hicieron un esfuerzo titánico para que España estudiase, centraron sus energías y sus ilusiones en que sus hijos y nietos recibiesen una educación entendida como la llave de la libertad que a ellos les fue amputada por un golpe de estado y una posguerra analfabetizante.

Ni un ministro ni un ministerio al completo tienen la capacidad suficiente para incendiar un país entero sin el beneplácito de un partido disciplinado, la ayuda taimada o el silencio cómplice de influyentes sectores sociales y una piadosa bendición interesada. El incendiario Wert es un yihadista ejemplar, un kamikaze obediente, capaz de inmolarse por los suyos. Su humareda sería perfecta si no fuera por la presencia inflamable de Bárcenas, con su mecha y su combustible, preparado para que las llamas no decaigan.

Realmente, España se ha convertido en un infierno para la población y también para los propios diablos que lanzan bolas de fuego desde las sedes del poder. El gobierno acabará achicharrado. Bárcenas ya está en prisión. En un país con una decencia democrática mínima, le seguirían muchos y muchas más de quienes pusieron la mano en el fuego por sus sobres más que por él.

Coincido con José Luis Sampedro: “Nos educan para ser productores y consumidores, no para ser personas libres”.

El wertdugo de la educación.

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La educación, arma de construcción masiva, vuelve una vez más al patíbulo de las Cortes acusada de ser presunta inductora del pensamiento libre y de ser colaboradora necesaria para el disfrute de la libertad sobrevenida tras la muerte de Franco. España ha asistido y sigue asistiendo a un debate continuo, y sin final a la vista, sobre la pertinencia de ofrecer educación universal, objetiva y aconfesional, a la ciudadanía. Es un debate secular al que no le han afectado ninguna de las transiciones vividas a lo largo de la historia, ni la transición del medievo al humanismo renacentista, ni la transición del franquismo a la democracia, ni otras transiciones intermedias.

El cuello de la educación vuelve a estar expuesto en el cadalso a los caprichos y juicios de cortesanos y torquemadas que debaten en profundidad el método para ajusticiarla nuevamente y discuten vivamente si aplicarle la soga, el garrote vil, el hacha o la guillotina. Nadie derrocha un gramo de sensatez, razón o caridad para defenderla, a nadie parece importarle su suerte, a nadie de los presentes en los hemiciclos gubernamentales, pues todos son cómplices de los sucesivos linchamientos que ha padecido en los últimos treinta años. La calle, sin embargo, se pronuncia en su favor y la defiende sabedora de que su condena supone la condena de la propia sociedad civil.

El nuevo abogado de la ignorancia y el nuevo fiscal de la oscuridad se aúnan en la figura de un siniestro ministro, surgido del averno neofranquista, de fauces afiladas, con aspecto de cabeza rapada, de cerebro rapado y acompañado de lobos con sotana y rosarios al cuello. Este personaje es el wertdugo sádico elegido por un gobierno de fusileros ideológicos para ejecutar la sentencia acordada desde hace más de una década por la FAES y la Conferencia Episcopal. Dios, Patria y Rey de nuevo, nuevamente la guerrilla de Cristo Rey. El muera la inteligencia no tardará en aparecer en las portadas de ABC o La Razón y el viva la muerte se corea ya en algunas tertulias de Intereconomía arropando el anuncio de españolizar a los catalanes como los falangistas arroparon las intenciones de Millan Astray de estirpar el cáncer de Cataluña y Vascongadas.

El rapto de la educación nada tiene de poético, nada que ver con los escarceos amorosos de Zeus con la joven y desprevenida Europa que narra la mitología griega. Antes bien, supone una violación social en toda regla y una mortal herida en el firmamento democrático español a cargo de un toro rabioso encarnado en un ministro que es la wertgüenza de la marca España. A nadie extrañe que recurra a la taurina testosterona, para autoafirmarse en sus ideas, quien proviene de la misma escuela que ensalzaba la muerte como valor superior a la inteligencia. De nuevo los rezos evaluables al mismo nivel que Pitágoras o Marie Curie. Otra vez la educación como lujo y no como necesidad.

La sentencia a muerte que ronda a la educación se ejecutará sumarísimamente sólo después de que el pueblo sin recursos sea torturado en los sótanos de una formación orientada a satisfacer las necesidades y los deseos de una oligarquía empresarial que ha dado a España hijos tan preclaros como Mariano Rubio, Mario Conde, Javier de la Rosa, Ruiz Mateos, Jesús Gil y una larga cadena de honestos emprendedores cuyo último eslabón oxidado es Díaz Ferrán. Estos personajes, a quienes el ministro ofrece el sacrificio de la juventud española, actúan ajenos a la muerte de Franco. Girando la letra inicial de su apellido, se puede actualizar el anuncio lloroso de Arias Navarro. “Españoles, Franco ha Werto”.

Para la juventud de hoy, vuelve a cobrar plena actualidad la canción Días de escuela de Asfalto.

Excelente también para ilustrar la situación el tema Another brick in the wall de Pink Floyd.

Borbón: la herencia recibida.

El príncipe Don Juan Carlos jura los Principios del Movimiento ante el Generalísimo.

Ataúlfo, Sigérico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Alarico II, Gesaleico, Amalarico, Theudis, Theudiselo, Agila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo, Liuva II, Witérico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suínthila, Sisenando, Khíntila, Tulga, Khindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Egica, Witiza y Rodrigo. Es la lista de los reyes godos, famosa durante el franquismo por ser el ejemplo del aprendizaje acrítico y memorístico de la época al que nos devolverá Wert algún día. Memorizar la lista bastaba para aprobar y comprender que los asuntos de la realeza suponían un quebradero de cabeza a lo largo de la historia.

La educación nacionalcatólica estaba trufada de reyes, nobles y plebeyos. De los reyes siempre se estudiaba su cara positiva y el carácter hereditario de su estirpe, de los nobles se estudiaba su privilegiada y sacrosanta posición social en los diferentes reinos de España y de la plebe se estudiaban los beneficios que les dispensaban la nobleza y la monarquía de turno. Destacaba por su dificultad el seguimiento de los árboles genealógicos en las diferentes dinastías, ramificados por coyundas legales y braguetazos paralelos, sin duda por la inexistencia de un ordenador legalista como Gallardón. La cara oscura de la historia había que estudiarla a hurtadillas en libros clandestinos de autores desafectos.

Luego de godos y visigodos vinieron los árabes, que compartieron el ibérico patio de vecinos con diferentes reyes, condes y marqueses, hasta que los Reyes Católicos impusieron la unidad pasando por las armas a quienes querían seguir siendo independientes y expulsando al por mayor a quienes no comulgaban con sus creencias. La estirpe de los austrias se instaló en la península hasta que, en el siglo XVIII, Felipe de Borbón se hace con el trono y planta la semilla que ha llegado hasta Juan Carlos Campechano I, cuya cabeza luce en las monedas actuales de un euro.

La monarquía, pues, se ha sustentado en el color gualda pajizo procedente de las reales braguetas y el rojo de la sangre derramada por el pueblo en continuas guerras para mantener o recuperar el trono y el cetro. Todo en el nombre de Dios, de la Patria y del Rey, como le gusta a Fernández Díaz y Esperanza Aguirre.

La edad moderna supuso el fin de muchas monarquías como forma de gobierno en la mayoría de los países europeos, quedando relegadas a una función ornamental en sociedades donde su caída dio paso a gobiernos populares que condujeron con el tiempo a democracias parlamentarias. En España, monarquías, democracias y dictaduras se han reproducido desde el siglo XIX en una sucesión de guerras cuyo último capítulo fue el golpe de estado de Franco y la Guerra Civil aún no resuelta del todo, ambos episodios celebrados y reivindicados a diario por Intereconomía y La Razón.

La última dictadura española se resolvió con la plácida muerte del dictador, arropado por el manto de la Virgen del Pilar, según cuentan las crónicas populares, y con un testamento que señalaba a un Borbón como heredero universal. La fórmula, a medio camino entre el miedo y la esperanza, se engalanó con un gobierno eufemísticamente llamado “de transición” cuyo presidente también fue ministro secretario general del Glorioso Movimiento Nacional, el cargo al que aspiraba Jose Mª Aznar en su tierna juventud.

En un intento de modernización, dotaron a la transición de una Constitución y de elecciones como forma de representación de un pueblo que era nuevamente gobernado por la real y nada democrática institución monárquica. El refuerzo de la misma como única posibilidad viable para el pueblo español, vino de la mano de un sainete golpista interpretado por un españolísimo guardia civil. El rey habló, el golpe terminó, el pueblo aplaudió y la historia continuó desprovista de una lectura crítica, como dios manda y la razón desaconseja.

Durante los meses de gobierno que lleva ejerciendo Mariano Rajoy, estamos comprobando que la herencia recibida del franquismo está más viva que nunca y reclama para sí el timón de la nave con unas ínfulas dignas del dictador.

El heredero Borbón, mientras tanto, ha vuelto a sus nobles orígenes y anda ocupado en cacerías, familiares escándalos cortesanos de opacas finanzas, espectáculos deportivos en palcos VIP, ingresos en hospitales (él que puede, ajeno al copago) y públicas collejas al díscolo palafrenero que no ha conducido satisfactoriamente la carroza real. Sus tareas de estadista las lleva a cabo aconsejado por el selecto club de los adinerados empresarios de su reino, en visitas y conversaciones con la nobleza extranjera (incluidas las monarquías absolutistas de países infieles) y en apariciones protocolarias en foros internacionales donde poco o nada se decide. La reina echa una mano asistiendo al Club Bilderberg y haciendo mutis por el foro de vez en cuando.

Comprendamos la estertórea frase pronunciada por Franco en su lecho de muerte: “lo dejo todo atado y bien atado”. Vaya si lo dejó. El rey Borbón fue el cordón que todo lo ató.

Herodes se instala en La Moncloa.

Siempre me pareció que el castillo de Herodes, con sus soldados armados, sobraba en el belén de casa, pero, en mi infancia, era la única pieza que tenía una utilidad lúdica más allá de las fiestas navideñas, pues servía para enfrentar ejércitos de buenos y malos junto al fuerte de los soldados, los tipis indios y los tanques de plástico de mis amigos.

Los niños siempre decidían quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos en función de las guerras que inventaban y del material o el estado de conservación de las figurillas de plástico. El papel de malos solía recaer en las figuras descoloridas o amputadas por el uso; los buenos solían ser las figuras que mejor resistían el paso del tiempo o que estaban policromadas. Los guardias de Herodes, policromados y de plástico resistente, solían desempeñar el papel de buenos a pesar de que eran, junto a los indios, los personajes más deficientemente armados y sospechosamente vestidos.

Su verdadero papel de desalmados asesinos de infantes nunca se sacaba de la caja de cartón donde descansaban junto a pastores, animales, artesanos, ángeles, reyes magos, san José, la virgen y el niño, desde el siete de enero hasta el veinte o veintidós de diciembre. En la edad adulta es cuando se comprende el papel asignado a Herodes y su guardia en el belén: figurar en un escenario destinado al público infantil como un referente del poder y las leyes que inexorablemente les vigilarán y les condicionarán cuando sean mayores.

A los niños y a los jóvenes se les ha restringido recientemente su derecho a la educación en etapas no obligatorias, o sea, preescolar, bachillerato y universidad, en el caso de que la economía familiar no disponga de remanentes suficientes para costearla.

Se les limita el derecho a una sanidad de calidad en la medida en que se limita el acceso a la misma a sus padres si éstos no pueden afrontarla económicamente. Se les niega en Castilla La Mancha hasta la prueba del talón, considerada por Dolores de Cospedal un capricho prescindible y reemplazable por unas plegarias y unos cirios encendidos días antes del parto.

Esperanza Aguirre ha decidido que atender a los niños autistas de Madrid es un despilfarro económico, seguramente porque estos niños nunca llegarán a ser trabajadores rentables para ninguna empresa, ya que su estado les impedirá rendir como dios manda.

Los gobiernos que posibilitan este tipo de exterminio infantil pertenecen al partido para el que la iglesia española pide el voto cada dos por tres como defensores de la familia y de la infancia que se autoproclaman. No es de extrañar, tratándose de una iglesia cuyo extravío sexual le lleva a pontificar sobre sexo, familia y otros menesteres de los que enfermiza y voluntariamente se privan de conocer y cuyos efectos nocivos para la salud también reperccuten en niños y niñas acosados sexualmente por curas de todo el mundo.

Esta misma iglesia es la que permite que un cura niegue la comunión a una discapacitada y remate la faena pecando más con la justificación que con el hecho en sí mismo. Para este cura, y para una parte importante y poderosa de la iglesia, las personas que no son como dios manda tampoco pueden acceder a los beneficios que la religión ofrece al resto de los mortales. Este mismo cura, quizás, no lo sé, se permita bendecir, hisopo en mano, a los cerdos el día de san Antón.

Viendo este tipo de actitudes es como se comprende el verdadero papel de Herodes en un belén, es como se comprende el castigo desde la infancia a una sociedad condenada a sufrir por los incumplimientos bíblicos y constitucionales que los poderosos practican con insano placer y perversa complaciencia.

Por si fuera poco el castigo a que nos someten, llega Gallardón, con la Biblia en una mano y la Constitución en la otra, y se permite hurgar en úteros ajenos para imponer por bendecido decreto la venida al mundo de seres congénitamente malformados que luego serán abandonados miserablemente por sus compañeros de escaño y por sus compañeros de púlpito.

En esta guerra que vivimos, los niños hacen el papel de malos y ya saben quiénes hacen el papel de buenos.

Su dios les premie como se merecen.

Rajoy con sabor cubano

Nunca imaginé que, como se dice hoy, Mariano Rajoy llegaría a poner en valor a Fidel Castro y su régimen cubano. Mariano Rajoy y toda su corte de los milagros se están convirtiendo en sus valedores universales.

La historia cubana del siglo XX ha estado marcada por la acción permanente de EE.UU. en la isla, bien conquistándola, bien apoyando gobiernos no populares, bien sosteniendo gobiernos golpistas, pero siempre al acecho de los pingües beneficios del azúcar. La historia de España del siglo XX comenzó marcada por la pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, precisamente a manos de EE.UU., los mismos EE.UU. que no clamaron ni hicieron nada ante el golpe de estado del general Franco, los mismos que ayudaron a la dictadura con el Plan Marshall.

El Plan Marshall, aplicado apenas una década antes del triunfo castrista en Cuba, era la cruz de la moneda para detener el avance del comunismo en europa fortaleciendo países aunque estuviesen gobernados por un régimen fascista; la cara de la moneda fue el terrible e inhumano bloqueo a que EE.UU. sometió a Cuba con la misma finalidad. Cara y cruz de la moneda capitalista para salvar al mundo de la terribles garras del comunismo. Los resultados del bloqueo son evidentes y los de la derrota del comunismo también.

Hasta la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, Europa occidental vivió unos años moviéndose entre capitalismo y comunismo. El miedo mutuo, expresado en la Guerra fría, permitió que casi todos los países europeos disfrutasen de sistemas políticos que les permitieron acceder a las ventajas de uno y otro sistema, propiciando unas conquistas sociales equilibradas, conocidas como estado del bienestar, bajo el paraguas de la socialdemocracia, un híbrido de capitalismo y comunismo que ha durado hasta que el neoliberalismo, libre de competencia, ha puesto al descubierto su verdadera naturaleza y sus intenciones.

La asfixia de Cuba por el bloqueo USA es comparable en métodos y resultados al acoso que está sufriendo el euro por parte de unos mercados anglosajones que practican el neoliberalismo con el fanatismo de una religión económica, apoyados en los sordos bombardeos de la bolsa. Universalizar la miseria y privatizar los derechos son los efectos palpables del bloqueo impuesto a los países del sur de Europa con la colaboración desde el interior de unos gobiernos que actúan de espaldas al pueblo para imponer su doctrina.

Los frigoríficos y las despensas españolas comienzan a ser símbolos que muestran al abrirlos la pobreza a que nos somete el enemigo invisible; las libertades se recortan a conveniencia del gobierno: en España se apalea, se detiene, se multa y se encarcela a personas por pensar de forma disidente; y el PP pretende limitar la representatividad democrática reduciendo las posibilidades a la omnipresencia de dos partidos muy similares en su trasfondo ideológico. Fotos como éstas son esgrimidas a diario por anticastristas y peperos para condenar moralmente al gobierno cubano.

Como Fidel Castro, Mariano Rajoy tiene genética gallega, fuma puros y luce barba. Como Fidel, Rajoy utiliza la excusa del bloqueo para justificar sus acciones de gobierno, le cuenta a su puebo lo que éste quiere oír, cuenta con el respaldo manipulador de los medios de comunicación de su país, huye de la democracia en beneficio del partido, es capaz de sobrevivir muy bien dentro del ambiente de ruina general y se rodea de lo más selecto de su ideología.

Rajoy lleva camino de convertirse en un presidente que gobierna en contra de su pueblo, apoyando, comprendiendo y colaborando con quienes bloquean a España. A diferencia de Fidel, Rajoy se carga los dos puntales básicos para el desarrollo de cualquier sociedad: la educación y la sanidad. Hoy, Fidel se permite presumir de que entre los 860 millones de analfabetos absolutos que hay en el mundo no hay cubanos y de que de los niños que mueren cada siete segundos por hambre en el mundo tampoco ninguno es cubano. Rajoy y el PP, en España, han iniciado un incomprensible camino en el sentido contrario restringiendo el acceso de las personas al negocio de la salud y de la educación.

Puestos a elegir entre lo malo y lo peor, Rajoy nos hace dudar en favor de una pobreza, la cubana, que es una pobreza material, una pobreza digna. Rajoy nos hace dudar en favor de una miseria social, la cubana, que al menos salva de la hoguera la sanidad y la ecucación universales. Rajoy nos hace dudar de que el comunismo fuera el peor de los sistemas económicos.

Rajoy, en definitiva, nos está haciendo vivir las excelencias de su neoliberalismo desbocado y dudar de ellas. Rajoy está poniendo los cimientos para que contemplemos otras posibilidades de vida alejadas de la cruel competitividad y de la sanguinaria acumulación de riqueza.

Rajoy vuelve a poner en valor el socialismo como alternativa al capitalismo y como posibilitador del estado del bienestar.

Disparos a la educación pública.

Wert. Quédense con este apellido.

Jamás, en la siniestra galería del ministerio de educación, hubo un personaje comparable a Wert y dudo que sus hazañas puedan ser olvidadas por muchas generaciones. Como Atila, será recordado por lo que arrasó, más que por sus aportaciones. En pocos meses se ha hecho acreedor a un capítulo, para él solo, en la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Tal vez no le suene el libro ni le suene el autor. Para él, la educación y la cultura son productos que pueden perjudicar seriamente la salud de quienes los consumen.

Wert. Ojo al personaje.

Desde su llegada al ministerio, ha dejado claro que quien manda es él y que su destructiva actuación está en las antípodas de la de una persona beneficiada por algún tipo de estudios. ¿Recuerdan su estreno? Wert apretó el gatillo contra la Educación para la ciudadanía, como un sheriff justiciero, pensando en la recompensa antes que en la justicia. Utilizó pruebas para demostrar la maldad de la asignatura que sirvieron para probar la espiral de mentiras y manipulación en que él y su gobierno entraron el 21N. Los contenidos perversos que fundamentaron su acusación, y su estreno como ejecutor, resultaron no pertenecer a ningún manual de los que se utilizaban en las aulas. El reo, la Educación para la ciudadanía, cumplió la pena de muerte por él sentenciada sin juicio ni defensa. Actuó como un cazarecompensas.

La anécdota de Educación para la ciudadanía, asignatura muy discutible y debatible -como la de religión- en el entorno de la educación pública, es todo un síntoma de la capacidad destructiva de Wert. Visto su primer disparo certero, no nos extrañan los que han venido después, y menos si se tiene en cuenta la banda de forajidos que le cubren las espaldas y se suman a la “fiesta del gatillo fácil” en que han convertido los Consejos de Ministros últimamente, con los derechos civiles luciendo penachos de plumas y pinturas de guerra como indios salvajes a los que hay que exterminar.

La misión de Wert en el séptimo de caballería que amenaza con rescatarnos no es otra que la de sumir en la oscuridad al enemigo y dejarlo indefenso, inculto, a merced de los dioses y los milagros administrados por la iglesia católica. Y lo está consiguiendo, al abrigo del pánico y el terror que las balas de la pobreza y la indefensión producen en el pueblo, con la crisis como escusa y la esperanza de sobrevivir como argumento.

¿Qué más da si la gente estudia o no? ¿De qué sirve la educación si no produce pingües beneficios privados? ¿Para qué aprender si no hay trabajo? ¿Para qué ser libres si la soga alrededor del cuello no ahorca?

Wert y su gente son conscientes de que el oro de la mina está ahí y pertenece sólo y exclusivamente a sus patrones. Él es meramente uno de los pistoleros a tiempo parcial que cuidan de que nadie se aproveche de una sola pepita si no pertenece al clan popular o a la banda socialista, cuyos elegantes hijos pueden disfrutar cómodamente de los planes de estudio de cualquier universidad, extranjera y privada a ser posible, donde les enseñarán lo suficiente para mantener y aumentar el negocio de sus mayores.

Volvemos a los tiempos del estudio clandestino, volverán los libros prohibidos, han vuelto los adoctrinadores y se ha marchado, por el sumidero del consumo, el espíritu crítico y reivindicativo que desde el Renacimiento perfumó a los estudiantes universitarios.

Wert, con las cartucheras sobre sus muslos, el rifle en una mano, la biblia en la otra y la estrella clavada en su cartera es el amo del condado que nos reta a todos a diario.

Quien quiera conocer algo más de por dónde van los tiros, no tiene más que recurrir a lo que escriben desde el extranjero sobre Wert y sus gatillazos.

Liturgia Mariana y minera

Mientras el silencio informativo de los medios públicos y privados cubre las protestas de los mineros españoles, el gobierno ha llevado a su presidente al púlpito para anunciar que el rescate de España impone a su pueblo la dura penitencia que su ideología neoliberal lleva décadas reclamando.

Mariano es feliz. Su boca babea de placer mezclando la baba con cada una de las medidas que anuncia. Se siente dichoso porque sabe que pasará a la historia como el presidente que hizo lo que tenía que hacer para que la riqueza volviese a ocupar su lugar natural en bolsillos que se cuentan con los dedos de una mano, para que el trabajo volviera a esclavizar a las personas, para que la vivienda, la salud o la educación volvieran a ser dádivas generosas al alcance de muy pocos, para que su dios volviese a compartir mesa terrenal con la casta elegida, para que el dinero y la fe volvieran a ser el epicentro de la vida terrenal.

Sus apóstoles mediáticos han hecho el trabajo sucio intentando que el pueblo castigado y temeroso acepte con resignación el castigo merecido al pecaminoso deseo de dignidad por el que se hizo acreedor a disfrutar de una sanidad, de una educación y de unos derechos laborales que no son compatibles con la doctrina neoliberal. Lo han conseguido. El pueblo, sumiso y doblegado, acepta todos y cada uno de los recortes con resignación, sin levantar la voz, entonando un mea culpa inducido y repitiendo la oración que los sacerdotes le han enseñado: “Perdóname, señor, por haber vivido por encima de mis posibilidades”.

Todo en orden, como dios manda. Vuelven a existir los pobres para que los ricos puedan ejercer la cristiana caridad con ellos; desaparecen los derechos para que el empresario vuelva a percibir el sometimiento y la gratitud de quienes producen su riqueza personal; el riesgo de muerte por enfermedad devuelve a la beneficiencia su papel hegemónico en los asuntos de salud; la cultura y el saber son de nuevo espacios reservados a la élite que compartirá lo justo y necesario para que la sociedad no recaiga en el pecado de pensar por sí misma; la vejez es otra vez esa transición dolorosa desde el valle de lágrimas hacia el más allá; los templos han recuperado su clientela de mercaderes con sus becerros de oro. Todo en orden, como dios manda.

Las trompetas del juicio final, sopladas al unísono por todos y cada unos de los militantes del Partido Popular, han anunciado el cierre del paraíso. Las lenguas de fuego lanzadas por el gobierno sobre los españoles son recibidas como un merecido castigo divino bajo la atenta mirada de un ejército de ángeles armados de porras, bolas de goma y gases lacrimógenos, como si fueran necesarios para que las lágrimas fluyan de los ojos. “¡Arrepentíos!” -clama Mariano- “¡Los mercados lo exigen!”. Están que no caben en sí de gozo nuestros gobernantes. El obispo de economía ha realizado, por fin, su sueño llenando el cepillo de la banca con las limosnas involuntarias de un pueblo empobrecido; el obispo de hacienda reparte bulas a diestro y siniestro para aquellos fieles que no han tenido más remedio que defraudar millonariamente y eleva la penitencia a todos los pobres para que paguen el pecado cometido por unos pocos; la prelada de sanidad muestra su satisfacción por extender las epidemias y la enfermedad a un pueblo cuya salud ofende a su dios, el único capacitado para sanar enfermos; el diácono de educación disfruta quitando al pueblo la posibilidad del libre albedrío y proclama la ignorancia como el único camino para la salvación.

Ante este panorama, una muchedumbre de agnósticos, no creyentes y ateos, reniegan pacíficamente de unos gobernantes podridos y de una doctrina perniciosa. Los sumos sacerdotes la satanizan y la combaten con armas inquisitoriales haciendo ver al resto de la sociedad que la violencia de una pancarta se castiga con la cárcel y el pecado de la protesta se castiga con multas y flagelación pública. Está prohibido protestar, está prohibido cuestionar, está prohibido pensar.

Hoy, mientras el pontífice Rajoy endurece las penitencias en el templo del congreso, el país se solidariza con un grupo de pecadores, salidos de las catacumbas mineras de toda España, que no se resignan a ser crucificados por pecados que no han cometido. Estos mineros agnósticos deberían ser un ejemplo para el resto de un país que tiene el deber de expulsar del templo a los mercaderes dinamitando el becerro de oro al que nos obligan a adorar y obedecer.