El problema no es sólo Wert

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El más importante y principal negocio público es la buena educación de la juventud. Platón

El humo de los incendios es un aviso de tragedia, la manera en que la naturaleza comunica su devastación, es la prueba inequívoca de que algo arde. El humo es también la espuela que activa los mecanismos para alejarse del fuego y emprender su extinción de forma prudente y eficaz. Quienes no hacen caso al humo o se limitan a señalarlo con el dedo corren el riesgo de que las llamas les alcancen y les quemen.

El ministro Wert ha incendiado la educación como un pirómano profesional, con varios focos activos y simultáneos y materiales comburentes. Una obra maestra de la piromanía a la altura de Nerón, una obra de arte ígneo tan colosal que delata la concurrencia de cómplices necesarios perfectamente orquestados. No le han faltado voluntarios, algunos de ellos contrastados maestros de la hoguera y adictos al olor de chamuscada carne humana o de libro llameante.

Han utilizado las astillas de los comedores escolares, la paja de la productividad docente, el papel del rendimiento del alumnado, la madera de la Educación para la Ciudadanía, el cartón de las tasas y, ahora, la gasolina de las becas. El Ministerio de Educación es una pira desde que Wert tomó posesión de él y la columna de humo, densa, negra y abigarrada, ha sacado a la ciudadanía a la calle para intentar, en vano, extinguirla. Por primera vez, toda la comunidad escolar, a una, le protesta a un ministro que se crece entre pitos y abucheos.

La humareda de Wert distrae del colosal incendio que asola a España. No hay ministerio que no tenga su particular fogata: las llamas consumen la sanidad, la dependencia, el trabajo, el paro, la jubilación, el presente y el futuro. Cuando arde un bosque, se hace negocio con el desastre, se adquiere a bajo precio la devaluada tierra quemada y la madera presuntamente inservible se vende a precio simbólico. En España, intereses privados han ayudado a diseñar el incendio de lo público y esperan obtener un beneficio, tan pingüe como vergonzoso, librado por los mismos que gobiernan y atizan los rescoldos.

El corifeo Wert y su orquesta mediática intentan que la propia población damnificada por su quema proclame que la educación que más ilumina es la que arde. Las generaciones anteriores hicieron un esfuerzo titánico para que España estudiase, centraron sus energías y sus ilusiones en que sus hijos y nietos recibiesen una educación entendida como la llave de la libertad que a ellos les fue amputada por un golpe de estado y una posguerra analfabetizante.

Ni un ministro ni un ministerio al completo tienen la capacidad suficiente para incendiar un país entero sin el beneplácito de un partido disciplinado, la ayuda taimada o el silencio cómplice de influyentes sectores sociales y una piadosa bendición interesada. El incendiario Wert es un yihadista ejemplar, un kamikaze obediente, capaz de inmolarse por los suyos. Su humareda sería perfecta si no fuera por la presencia inflamable de Bárcenas, con su mecha y su combustible, preparado para que las llamas no decaigan.

Realmente, España se ha convertido en un infierno para la población y también para los propios diablos que lanzan bolas de fuego desde las sedes del poder. El gobierno acabará achicharrado. Bárcenas ya está en prisión. En un país con una decencia democrática mínima, le seguirían muchos y muchas más de quienes pusieron la mano en el fuego por sus sobres más que por él.

Coincido con José Luis Sampedro: “Nos educan para ser productores y consumidores, no para ser personas libres”.

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La reforma divina de Wert

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El ministro de educación ha puesto la primera piedra para mejorar la enseñanza propinando una pedrada muy certera en la zona frontal del cráneo social, justo a la altura del pensamiento crítico. Ha tirado la piedra sin esconder la mano, orgulloso del servicio prestado a su dios, a su patria y a su rey, como un auténtico legionario María, un guerrillero de Cristo Rey del siglo XXI. El ministro, consciente de las evidentes deficiencias del sistema educativo, ha perpetrado su reforma, la séptima en 37 años, para ¿mejorarla? de forma sosegada, meditada y dialogada como nunca se había hecho, según sus propias palabras, arreando así otra pedrada, esta vez a la inteligencia.

Atento a la diversidad y al pluralismo, Wert vuelve a centralizar los contenidos de las materias troncales en un único y recoleto despacho de Madrid, un minarete desde el que un reducido grupo de muecines llamarán a la oración y evitarán que dos más dos sean cinco o que el Ebro pase por Badajoz. Los almuédanos evaluarán al alumnado para comprobar que toda España se sabe, por orden genealógico, la dinastía de los Borbones o es capaz de calcular a qué hora aterrizará en el aeropuerto de Castellón un vuelo de Ryanair, cargado de emigrantes españoles, que partió de Londres a las 13 p.m.

El conocimiento debe ser una nave adecuada a la movilidad exterior. La Formación Profesional a los quince años será la nao capitana de la juventud, un cayuco a los ojos un ministro que hubiera preferido adelantarla a los seis o siete años y convertirla en una fragata ganadora en el océano de la competitividad. Una lástima que no lo haya hecho y que nuestras empresas tengan que seguir sacando su producción a Bangladesh o Taiwan, verdaderos portaaviones del mercado donde las prácticas profesionales comienzan al final del periodo de lactancia. ¿Para qué perder el tiempo estudiando lengua, matemáticas o literatura que nada aportan a la economía?

Ya era hora de que alguien cogiera el toro por los cuernos y diera la puntilla al desmadre de los malos estudiantes. Se acabaron los suspensos reincidentes y los cursos sin repetición. Ya era hora. Con la ley Wert, los malos estudiantes serán marcados con suspensos y cursos repetidos. El problema parece ser un título mal expedido, no las causas que llevan al fracaso de un alumnado desmotivado, de un sistema apedreado en cada cambio de gobierno y de un profesorado acosado por padres, políticos y opinadores.

El gobierno que ha recortado más de 5.000 millones en educación desde que llegó al poder quiere mejorar la calidad educativa aumentando las ratios en las aulas, sobrecargando de tareas al profesorado y minorando los medios técnicos y materiales de los colegios. Toda una apuesta para demostrar que la educación pública no es sostenible y facilitar su privatización, priorizando las ofertas de colegios para niños y colegios para niñas, como dios manda.

La ley Wert ha acabado con el adoctrinamiento en las aulas. Se acabó la Educación para la Ciudadanía. Ha llegado la hora de la única y verdadera doctrina, la doctrina católica, apostólica, romana, neoliberal y falangista de las JONS, para más señas. España se equipara desde hoy a los estados teocráticos donde se legisla y se adoctrina desde las creencias religiosas, donde el pecado adquiere rango de delito y donde las sagradas escrituras tienen predicamento constitucional. Y todavía queda la sura de Gallardón. El único diálogo mantenido por este gobierno ha sido con Merkel, Rosell y Rouco. Para el pueblo, plasma y pensamiento único bien adoctrinado desde la infancia.

La nota en religión vale para conseguir una beca. El profesorado de religión podrá dejar sin beca a hijos de gays o lesbianas, a niñas con la falda por encima de la rodilla o a quienes no pasen el domingo por el confesionario. El alumnado compensará su desconocimiento de la ley de Newton con el teorema de la Santísma Trinidad, el análisis de un soneto de Quevedo equivaldrá al recitado del Padrenuestro y las carencias de la tabla periódica se suplirán con el misterio de la conversión del agua en vino. Por fín se enseñará científicamente que Darwin se equivocó, que los hijos nacen en el costillar femenino, que la mujer es el origen de todo mal y que una familia la componen una mujer virgen, un hombre con oficio y una paloma.

España habrá echado a perder la generación mejor preparada de su historia, pero tiene garantizada la generación más devota de Europa. Si alguien no lo remedia pronto.