Cenicienta compra en Mercadona.

Cenicienta es cliente habitual de Mercadona. Convencida por su madrastra de que no es mujer para otros menesteres, se afana a diario para reducir el déficit entre lo que trabaja y lo que consume acudiendo a uno de los templos de la economía doméstica con su cristalino carro de la compra y sus bolsas multiusos. Aparcada su calabaza en el parking, se pierde entre los lineales que ofrecen más por menos en busca de ofertas y marcas blancas que satisfagan a la señora. Sus hermanastras, mientras tanto, desfilan por Hipercor, Carrefour o Alcampo, buscando otros productos de marca y solera que mitiguen el hambre de las apariencias.

Comprar en Mercadona es barato. Es barato en dinero. Cenicienta, que lee mucho y no se fía de los cantos de sirena que se escuchan por las calles, sufre cuando está llenando el carrito de la compra. La vista de los lineales le trae el recuerdo de las numerosas tiendas, donde no hace mucho compraba los mismos productos, que cerraron al poco tiempo de abrir el Mercadona. Las tenderas y los dependientes de esas tiendas la conocían personalmente y le fiaban si un día no llevaba dinero suficiente. Ahora forman parte de la cola del paro familias enteras que vivían diganmente de sus negocios. Mercadona ha creado muchos puestos de trabajo, aproximadamente un 20% de los que ha destruido, con salarios dignos que permiten vivir de ellos a cada trabajador. Muchos de los negocios que ha cerrado permitían sacar adelante a toda una familia.

Recuerda Cenicienta que en la droguería podía comprar lejía fabricada en un pueblo cercano, el jabón de toda la vida o elegir el detergente preferido por su madrastra, ahora tiene que comprar lejía, jabón y detergente Hacendado y soportar durante todo el tiempo las quejas de quien la obliga a comprar en semejante sitio para ahorrar unos cuartos. La fábrica de lejía también tuvo que cerrar hace unos años porque no resistió la competencia de Hacendado.

Es en la frutería donde más suspiros y más lágrimas internas derrama Cenicienta. Desde pequeña paseaba por los huertos de la ciudad respirando aromas de hortalizas y verduras frescas producidas por algunos paisanos que le daban a probar alguna manzana o algún tomate que olían y sabían a fresco. Las etiquetas de la frutería de Mercadona son como notas necrológicas de unos campos cercanos que han muerto a manos de importaciones agrícolas del norte de África, de Israel o de algunos países sudamericanos donde la esclavitud no admite la competencia de la dignidad. Los pocos productos autóctonos que se venden allí tienen unos precios hasta un 300% más de lo que cobra el agricultor que los produce.

La pescadería de Mercadona ha hecho naufragar la flota pesquera del país de Cenicienta y la ha sustituido por pateras donde vienen productos robados por las multinacionales pesqueras a países en los que explotan los caladeros de forma salvaje y sin que estos países participen del beneficio de una forma honrada y equitativa. Los piratas del primer mundo esquilman los mares y dejan hambre y miseria a cambio del pescado que reluce en los mostradores de Mercadona. Los piratas occidentales tienen una armada de acorazados y portaaviones por si algún nativo se resiste a que le roben los peces.

En la cola de la caja, Cenicienta siempre ve a las mismas cajeras sonrientes y aplicadas que recaudan dinero para su amo Juan Roig. Quienes cobran en Mercadona, y quienes atienden en el interior también, sonríen con satisfacción porque no están en el paro y sus jefes no les dan latigazos, aunque Cenicienta sospecha que sonríen para evitar que el encargado practique el mobbing o las despida después de una baja laboral. El tique de la compra es para ella un rosario de lágrimas, un listado de indignidad y un resguardo de complicidad culpable que nadie más que ella comprende.

Cenicienta ha leído que Juan Roig alaba la cultura del esfuerzo de los chinos y critica que en España no se haga lo mismo. Cenicienta duda entre si se está refiriendo a ella, que trabaja veinticuatro horas a cambio de cama y comida, o se está refiriendo a los trabajadores y trabajadoras de Mercadona que, por ahora, no comen y duermen en su lugar de trabajo.

Cenicienta se entristece y, de vuelta al parking, comprueba una vez más que la calabaza sigue siendo una calabaza y su bolso de cristal se niega a perderse para que un príncipe lo encuentre y la busque a ella.

Cenicienta no comprende que la gente vea Mercadona como el palacio consumista de un cuento de hadas.

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Éxitos y fracasos del 19 J

Miles de personas han clamado en las calles en contra de los recortes sociales perpetrados por un gobierno cuyo presidente no acudió a su puesto de trabajo el día en que se votaban en el Congreso. Miles o cientos, dependiendo de la desinformación que cada una de las partes interesadas ha querido ofrecer a quienes no han asistido a las manifestaciones.

En cualquier capital de provincia o ciudad española, hemos podido ver por sus calles un desfile de disconformidad con la situación que vivimos y las soluciones que se nos venden como las únicas posibles para salvar la economía del país, entendida ésta como el saneamiento de la banca y el beneficio empresarial a costa del sacrificio y la inmolación de los trabajadores.

A diferencia de las últimas manifestaciones habidas a cuenta de la crisis democrática que padecemos, en esta ocasión las artesanas pancartas y las consigansas espontáneas ha sido ampliamente superadas por la uniforme parafernalia tradicional que partidos políticos, sindicatos y colectivos sociales han desplegado entre el gentío. También se ha hecho notar la presencia de muchas personas primerizas en la defensa de sus derechos que participaban con una actitud y una indumentaria más propias de un desfile procesional que de una acción reivindicativa. Bienvenidos sean los unos y los otros porque la lucha es tarea de todos.

El ambiente -muy numeroso- no ha sido tan ruidoso, colorista y reivindicativo, por un motivo o por otro, como el de las manifestadiones que se han desarrollado desde el 15M con mínima presencia de partidos políticos y sindicatos. Muchas de las personas y de los colectivos habituales en estas manifestaciones se han echado en falta el 19J, quizás por un rechazo ideológico a una parte de los convocantes, quizás por hastío, quizás porque sus últimas convocatorias improvisadas por grupos muy minoritarios han tenido escaso seguimiento, quién sabe. Y también se ha echado de menos a los cinco millones largos de parados que esperan en sus casas o en algún botellón paliativo, con la fe como argumento, la llegada de un mesías que arregle su situación con un golpe de su báculo divino.

Dentro del catálogo exihibido de banderas y pancartas, hemos podido visualizar siglas sindicales, hasta hoy inéditas en huelgas generales o primeros de mayo, pertenecientes a sindicatos sectoriales o minoritarios (CSIF o USO, por ejemplo) que no suelen participar de las reivindicaciones generales de la gran mayoría de los trabajadores. También se ha hecho notar la ausencia de otras siglas sindicales que dicen representar a trabajadores (ANPE o sindicatos de la sanidad, por ejemplo). Y dos notas pancarteras a tener en cuenta: ni una bandera del PSOE, cuyos militantes optaron por el disfraz de UGT o el anonimato, y la presencia notoria de un PCE, sin representación parlamentaria, provincial o municipal alguna, a costa de sumir en el olvido a IU.

Todo lo observado denota que las estrategias de movilización de sindicatos y partidos políticos no acaban de conectar con el pueblo y que sus actuaciones siguen moviéndose más en clave interna de sus respectivos aparatos que en clave social amplia con todas sus consecuencias. No obstante, el éxito de las manifestaciones ha sido evidente, aunque no contundente, y ha puesto de manifiesto que la gente se ha echado a la calle por la llamada del sufrimiento en mayor medida que por la convocatoria de sindicatos y partidos que deben tomar nota para renovar sus estructuras, sus cargos y sus objetivos si quieren volver a conectar con el pueblo. Mientras no lo hagan, alguien podría pensar que pretenden fagocitar la espontaneidad de las protestas que últimamente se vienen produciendo sin su concurso.

Para terminar, el repaso al baile de cifras de la prensa ha concluido de forma estrepitosa con la constatación de que los noticiarios informativos de TVE han sido desbancados por un parte -con olor a caspa y naftalina- que comienza con imágenes de Sol cuando estaban llegando los primeros manifestantes y los claros de público eran evidentes, sigue con las estimaciones para Madrid de 40.000 asistentes según la policía frente a los 800.000 según los convocantes y acaba, como no, con esas imágenes criminalizantes de la policía disparando contra grupos minoritarios de camorristas, posiblemente -ya puestos a manipular- profesionales a sueldo.