Al final del túnel… más túnel

homocanino

Quizás el más completo símbolo de la sumisión sea arrastrar el cuerpo por la vida con caminar canino, la cabeza gacha, el rabo en agradecida oscilación, el ladrido reprimido y la lengua presta a lamer heridas. Es también la postura idónea para deambular por el siniestro túnel en cuyo final nos están pintando una luz sobre cartón piedra. La sumisión generalizada es uno de los objetivos alcanzados por quienes han orquestado la estafa financiera y es aceptado por quienes, atenazados por el miedo, creen ver en el cartón piedra al mismísimo sol.

Que la “salida” de la crisis esté siendo comandada por personajes tan oscuros y políticamente discapacitados como Mariano Rajoy y su gobierno, es la evidencia de que la estafa ha sido diseñada en despachos extrafronterizos a los que España sólo se asoma por los ventanucos limosneros. Al traspasar la luz del final del túnel, comprobaremos que la “salida” se ha adherido a nuestras vidas y que la oscuridad invade las dependencias laborales, los salones cotidianos de la vida privada y los pasillos que conducen de unos a otros por los que caminaremos, con la cabeza gacha, acompañados por el amargo recuerdo de la dignidad y la ilusión robadas.

Fuera del túnel continuarán vigilando los mismos empresarios, políticos y banqueros que, entre sonoras carcajadas, celebran que la crisis esté acabando y llenan nuestras esperanzas de burbujas de “recuperación”. Ellos, los diseñadores del embudo social al que llaman túnel o crisis, nunca estafa, no han pasado por él. Se han limitado a pastorear al pueblo que entró de pie, caminado erguido, y sale a cuatro patas, sumiso, con los andares caninos aprendidos y asimilados.

No es cierto que se haya saneado el sector bancario, no. El sector bancario sigue siendo el mismo pozo de codicia deshumanizada de anteayer, el mismo de pasado mañana. El sector bancario ha sido el pretexto para que el dinero público se haya invertido en la compra masiva de grilletes con los que han atado y controlado a la ciudadanía. Son los estados quienes crean el dinero, quienes lo prestan al 0,25% a la banca que lo vuelve a prestar a los estados con un interés de hasta el 5%. No es una burbuja, es una enorme bola; no es una crisis, es una enorme estafa; usura criminal consagrada constitucionalmente por PP y PSOE.

Este carroñero juego ha creado una situación de deuda pública inasumible e impagable como señuelo para perpetrar la devaluación humana de varias generaciones. La luz al final del túnel es celebrada por los gestores de la estafa que han visto sus alforjas de beneficios colmadas con mano de obra casi gratuita y patrimonios familiares embargados porque la miseria laboral, salarial y social no permite hacer frente al pago de préstamos bancarios contraídos cuando la banca ofrecía dinero muy por encima de sus posibilidades y de las nuestras. Sólo hay luz para los estafadores y oscuridad para los estafados.

Nos dicen que la sanidad pública es insostenible, también la educación pública y los servicios sociales. La luz al final del túnel, para la ciudadanía, son las reverberación de las llamas procedentes de la pira donde arden y crepitan los derechos cívicos. La luz, para los poderes financieros, empresariales y políticos, son los destellos del dinero que rebosa de sus arcas, incapaces de contener todo lo que han estafado, estafan y seguirán estafando.

Nos muestran el cebo de un triste candil al final del túnel para que, arrastrando nuestras vidas por él, con la cabeza gacha, el rabo en lánguido movimiento y el ladrido reprimido, adiestremos a nuestros hijos y nietos en el noble arte de lamerse sus heridas. Unas heridas fieramente marcadas por el amo y débilmente defendidas por quienes hemos optado erróneamente por no morder la mano que nos da de comer sin ser conscientes de que es el amo quien se come todos nuestros esfuerzos, administrando sabiamente el hambre como base de su poder y posición dominante.

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Y ahora, las pensiones

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En el verano de 2011, Zapatero y Rajoy abandonaron su habitual pose pendenciera, aprovechando las vacaciones, mercidas o forzosas, de júbilo o duelo, de la ciudadanía, y se pusieron de acuerdo, por una vez y sin que sirva de precedente, para reformar la Constitución. Decidieron reformar el texto apobado por sufragio popular con vacacionalidad y alevosía, acudiendo a la sala de urgencias para justificar que no se avisase a nadie, que no se consultase a la dueña de la paciente, la ciudadanía, ni se explicase en detalle la operación para no alarmar.

La reforma de la Constitución fue realizada con los mismos sentimientos que conducen a muchos abuelos a residencias y a muchas mascotas al abandono en gasolineras de paso. Lo aconsejable era deshacerse de engorrosas compañías -ya vendrían las explicaciones- acabar las vaciones en paz, dar un beso a la abuela al recogerla a la vuelta y comprar una nueva gata para redimir la culpa. Lo urgente era introducir el punto 3 del artículo 135: “Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta”.

Poco les importó lo que la ciudadanía pudiese opinar al respecto, no dieron opción al debate y mucho menos a un referéndum. No corrieron el riesgo de consultar a la abuela o a la gata porque no quisieron correr el riesgo de perder la confianza de los mercados. Las familias y las mascotas son incertidumbres de la vida, los mercados son certezas incuestionables. Hay que gobernar pensando en los mercados, estar a bien con ellos, dejarse la piel y el alma en el empeño. Y si hay que sacrificar a la familia o a la mascota, se hace, por el propio bien de los sacrificados.

La deuda pública española, tras recortes y estafas, baila al ritmo de los mercados. Zapatero avaló en 2008 la financiación de la banca con 100.000 millones de euros y nacionalizó las pérdidas de varios bancos y cajas. Rajoy recibió un rescate en 2012 de hasta 100.000 millones de euros destinado a la banca y ha cambiado las pérdidas bancarias, de los mercados, por los servicios públicos. Estas operaciones amenizan el baile carroñero, los mercados ya bailan con España, y la deuda pública ha saltado del 69,3% del PIB a comienzos de 2012 al 87,8% actual. Gran parte de esta deuda está producida por los rescates desde que la constitución consagró su pago.

España es una gasolinera perdida llena de mascotas abandonadas sin pudor por sus gobiernos y apaleadas cuando maúllan, pían o ladran. Muchas mascotas españolas olisquean el viento para detectar dónde arrojan sus dueños las sobras de la comida, otras caminan por las carreteras de Europa buscando pan y agua a cambio de sus servicios, otras se lamen las ilusiones malheridas y algunas apuestan su destino a la ruleta rusa. Las mascotas españolas son simpáticas, fuertes y sumisas a los ojos de los mercados que aprecian, sobre todo, que no muerden. Por ahora.

España es una residencia peculiar donde viejos autóctonos proporcionarán confort a viejos foráneos que voluntariamente eligen venir a deshojar al sol los últimos pétalos de sus vidas. La tercera edad también ha sido abandonada por los gobiernos, ya ni siquiera sirve como votos a disputar. Ni servirán en el futuro de pensiones sin dignidad que se asoma detrás de trabajos temporales y mal pagados. Calcular la edad laboral, el tiempo de cotización y la cuantía cotizada es un ejercicio depresivo que conduce a la certidumbre de que la vejez y la pensión se han separado y no volverán a encontrarse.

Para pagar la ilegítima deuda consagrada se han tocado los impuestos, las cotizaciones, la salud, la educación, la energía, los alimentos, los salarios y hasta el derecho al habla. Y ahora las pensiones, retocarlas para hacer caja, recortarlas y dejar lo justo para pagar media mortaja.