Buscar trabajo sale muy caro.

Para quien tiene una edad que le aparta de la juventud y no le llega para la vejez, buscar trabajo se convierte en una ocupación fronteriza con la depresión que, a día de hoy, encima, le cuesta el dinero.

La experiencia laboral se ha convertido en una carga que representa un desgaste vital marcado por la sospecha de que si se está en el paro es porque no se ha sabido desempeñar bien el anterior trabajo. Se empieza a mirar al parado entrado en años como un fracasado, como una pieza desgastada que no merece la pena reciclar y no vale ni siquiera como pisapapeles en la mesa de cualquier escritorio. Su destino es un cementerio inútil a las afueras de la sociedad donde se le permite una vida de zombi sin esperanza ni destino.

Una vida esforzada durante años, doblando la espalda y plegando el futuro, se queda en nada cuando el jefe anuncia, con gesto luctuoso y fúnebre voz, que la empresa no puede “mantener” el gasto que supone el puesto de trabajo porque hay una fuerza laboral extranjera más competitiva que no exige tantos derechos y tanto dinero para producir lo mismo. El jefe lo “siente” en la oquedad de su alma y firma un finiquito miserable amparado en la nueva legislación que abarata la sustitución de piezas de manera ventajosa.

El flamante parado tiene la obligación de comer y el imperativo de recurrir al subsidio que le corresponde por haber cotizado para ello durante veinte o más años. Se dirige como un novato a una oficina de empleo donde le fichan como engranaje desechado y le piden una serie de papeles que le mantendrán ocupado durante los siguientes dos o tres días. Allí le interrogan sobre su situación personal y la de quienes conviven con él para avisarle de que, si le llaman para algún trabajo, perderá el derecho adquirido y deberá optar entre el subsidio actual y el que corresponda por el nuevo trabajo cuando sea despedido del mismo. El parado novato no entiende muy bien lo que le advierten, pero acepta movido por la urgencia de atender los gastos del mes en curso.

Al llegar a casa, medianamente optimista por disponer de un colchón temporal, se encuentra con que su hija, licenciada en empresariales, ha sido despedida al cumplirse los doce meses de su contrato como becaria y debe seguir sus pasos en la oficina de empleo. El optimismo desaparece de inmediato porque el derecho al subsidio de su hija es incompatible con su propio subsidio, por vivir bajo el mismo techo, y la desesperación se mezcla con la culpabilidad ante tan injusta situación.

Padre e hija deciden dar un paso al frente y buscar trabajo activamente para sentirse vivos. Sentados en el ordenador de casa, redactan los curriculums de ambos, con foto a color incluida, e imprimen doce copias de cada en folios cuyo IVA sube hasta un 21% próximo al lujo. La impresora se queda sin tinta en la novena copia y cambian el cartucho por uno nuevo, también al 21%, justo en el momento en que se va la luz, tal vez debido al déficit tarifario de las eléctricas cuyo precio no ha dejado de subir y sus servicios mantienen los mismos defectos de siempre. Tras dos horas y media no remuneradas ante el ordenador, consiguen las copias, pero esperarán al día siguiente para visitar empresas porque las tardes son poco propicias para buscar trabajo.

Con los curriculums bajo el brazo y acicalados como pobres en busca de fortunas ajenas que les retiren de las calles, salen de casa para coger el autobús y llegar al mercado de personas donde pondrán a la venta sus vidas y sus aptitudes impresas en dos folios. El precio del autobús también ha subido y ambos hacen cábalas para realizar sus recorridos al menor coste posible. Así deben actuar durante treinta días como mínimo, para tener derecho a lo que por justicia les corresponde, según las últimas directrices del gobierno.

En la mayoría de los sitios visitados les despiden diciéndoles que de momento no hay nada, pero que llamen cada semana por si saliera algo. Lo de llamar es otra puñalada en la economía familiar. Cada llamada a móviles es un dineral que va a parar a las empresas de telefonía consentidas en su continua estafa por el mismo gobierno que les hace pagar los remedios farmacéuticos para sus respectivas dolencias porque cobran subsidios y, por tanto, no son pobres de beneficiencia.

A las dos semanas de búsqueda activa de empleo comprenden que la tarea es inútil, ingrata y cara para sus bolsillos, comprenden que no encuentran trabajo porque no hay, porque entre las empresas visitadas han encontrado ERES a la carta, despidos baratos a tutiplén y falta de financiación por parte de los bancos.

Hacen cuentas y cada día de búsqueda activa de empleo les sale por unos cinco o diez euros en función de las distancias recorridas y las llamadas telefónicas realizadas, sin contar que ese trabajo no es remunerado. Esta cantidad, sumada al repago sanitario, a la subida del IVA, al recibo de la luz, a la cesta de la compra, a la hipoteca que no baja aunque lo haga el euribor, al recibo del agua y a esos gastos imprevistos que el día a día provoca, les desanima y les hace repensar la estrategia.

¿Trabajar en negro? ¿Hurtar en el super? ¿Pagar sin IVA? ¿Atracar una sucursal bancaria? ¿Pedir limosna? ¿Emigrar? ¿Echarse a la calle? ¿Prostituirse? ¿Traficar con droga? ¿Asustar viejas de renta antigua? ¿Robar cobre en las farolas? ¿Asaltar chalets? ¿Robar materiales de obra o cosechas?

En el mundo del hampa parece que hay más oportunidades y el título de desecho social ya se lo dieron junto al finiquito, pero también para esto hay que tener aptitudes, habilidades, currículum y un buen padrino por si la cosa sale mal.

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Los misterios de Fátima (Báñez).

Cuando la realidad se ensombrece como en los aciagos tiempos que vivimos, son recurrentes las explicaciones a lo que sucede basadas en misterios y prodigios, más digeribles por el pueblo que las sinrazones y los desvaríos que nos gobiernan.

Los misterios de Fátima Báñez compiten hoy día con los de su tocaya portuguesa, de la que se diferencia básicamente en la faceta virginal (supongo). El primer misterio de Fátima B es cómo ha conseguido plantarse en los 45 años viviendo con una comodidad insultante sin que se le conozca actividad laboral alguna alejada de la política y llegar, sin embargo, a ser ministra de trabajo. Quizás en el propio misterio esté la respuesta si consideramos que la política se ha convertido en este país en un medio de vida para demasiada gente que no sirve a la sociedad sino a sus propios intereses.

Otro misterio de Fátima B es adivinar cómo se conjuga la disminución del paro a la vez que se facilita el despido de los trabajadores. Tal vez el pueblo no comprenda, llevado por un agnosticismo pertinaz, que la fe inquebrantable en el poder celestial es muy superior a la lógica empresarial y del mercado y que, por eso, la ayuda implorada a su paisana la virgen del Rocío sea la panacea militante del pleno empleo y la salida de la crisis. En este sentido, ha creado escuela dentro de su partido y este verano hemos asistido incrédulos a ruegos y oraciones de medio PP a patrones y patronas en todos los rincones de España para que iluminen al gobierno en su empeño de socorrer a los pobres sin molestar a los ricos. Un milagro imposible incluso para su dios todopoderoso.

Un misterio más de Fátima B es contemplar cómo es una mujer de su tiempo que concilia a las mil maravillas su vida laboral y familiar, llegando al punto de que sus hijos dedican su ocio a jugar con el tamagotchi que el Congreso regaló a mamá, pagado con el dinero de todos los españoles, y consiguen 5.390 puntos en Bubble Shooter. Como madre entregada, también ha creado escuela en el PP y sus hijos compiten en las redes sociales con los de Gabriel Elorriaga, José Antonio Monago y otros muchos que prestan sus juguetes públicos a sus hijos sin la debida supervisión paterna para que no se conviertan en ludópatas o caigan en manos de proxenetas cibernéticos.

El último misterio que nos ha ofrecido Fátima B ha sido la explicación dada al atraco moral perpetrado por su gobierno a cuenta del PROTEJA. Dice la ministra que es injusto que una familia cuyos cónyuges cobran 8.000 € al mes de forma conjunta (esto sí que es un milagro) disfrute del derecho adquirido, como personas físicas, por sus hijos mediante su trabajo y sus cotizaciones sociales. El ejemplo puesto por Fátima es revelador de su profundo desconocimiento de la vida cotidiana del español medio y de la fe ciega que tiene en el argumentario de la FAES. El PROTEJA que ella y su gobierno protegen es una muestra más de caridad, beneficiencia y limosna exento por ahora de la partida de bautismo o el certificado de buena conducta como requisitos indispensables para acceder a él.

Debiera saber Fátima, por el entorno que la rodea, que una familia opulenta como la que retrata sólo es imaginable en un matrimonio de profesionales ligados al erario público y no es imaginable que los hijos de estas familias estén distraídos con trabajos remunerados con 1.000 € al mes, sino disfrutando de sus estudios en universidades privadas y segregadas por sexo a ser posible. En el caso de que estos descendientes, los únicos españoles que pueden permitírselo, hayan cursado ya dos grados, tres másters y un postgrado en Yale, seguramente estarán trabajando para el partido, alejados de la incertidumbre laboral a la que sus progenitores condenan al resto de sus compatriotas. No tiene más que mirar dónde se mueven los hijos de Aguirre y otros próceres populares y socialistas.

Fátima B, enredada en los circunloquios verbales que usa su partido para mentir y manipular, no es consciente del daño que provocan sus palabras y sus actos. No es que sea analfabeta, no, es sencillamente que comulga a muerte con el ideario de su partido y no le duelen prendas a la hora de hacer el ridículo públicamente.

Fátima B, al igual que Montoro, son dos ejemplos de andaluces atípicos que, renunciando a sus orígenes, han adquirido la nacionalidad genovesa para salvaguardar sus mezquinos intereses.