Una llamada al exilio

Exilio

Con un ramo de esperanza entre las manos, la inocencia envuelta en celofán dorado y el pin del esfuerzo prendido en la solapa, la juventud espera en el andén el tren del futuro que la aleje de España. Billete de ida y vagón de mercancías para un viaje de incierto destino y difícil retorno. Atrás quedan el equipaje, las amistades, los deseos y los sueños, secuestrados en un país a merced de sus demonios.

Maltrecha está la patria que no ofrece a su juventud ni un jergón donde pasar la noche impuesta y ventilar las pesadillas insomnes de un presente harto repetido en los raídos ráiles de su historia. Vuelven nuestras nietas a estirar la decencia por debajo de las rodillas y vuelven nuestros nietos a compartir con los padres paseos por las plazas de los pueblos mendigando un jornal. Vuelven las parroquias a colmarse de necesitadas gentes acuciadas por el hambre entre mantos plateados y dorados ajuares de madres vírgenes. Las cámaras digitales vuelven a disparar en blanco y negro.

Los próceres continúan luchando por los suyos, familiares y compañeros de partido, banqueros y empresarios, afanados en repartir al pueblo las migajas de miseria que acreditan su papel de neto perdedor social. Vuelve la autoridad a imponer sus condiciones con criterios de miedos y amenazas a falta de un respeto que no merece. En la patria de la estafa, el dinero salta encabritado por las oficinas y los despachos de las mismas castas improductivas que siempre la han arruinado.

Quienes han optado por salir de España atrás se dejan las pinturas negras de Goya, los fotogramas de Buñuel, los espejos cóncavos del Callejón del Gato, el patio de Monipodio y el “vuelva usted mañana”. La delincuencia encopetada se mueve por hemiciclos y palacios con soltura y desparpajo haciendo cola en despachos y, si pintan bastos, con la solicitud de indulto bajo el brazo. No se inmuta Gallardón al tramitar la injusticia desde su ministerio ni le sonroja que venga avalada por el despacho de su hijo. España es así de trilera y de bastarda.

El cadáver de la patria se muestra más repuesto, según proclama el presidente Rajoy, se está recuperando y los buenos patriotas, aquellos que no huyen de la miseria y el dolor, así deben reconocerlo y agradecerlo. Quienes han salido del país o quieren hacerlo de inmediato no lo hacen porque no haya trabajo o porque el poco que hay sea para esclavos; no se marchan por el vacío que hay en los platos o por no tener un techo bajo el que dormir de prestado; lo hacen por espíritu aventurero y afán de conocer mundo.

Pero España aún puede recuperarse más, sólo faltan un par de detalles mínimos, sin importancia, dos insignificancias para que la felicidad nos embargue. El gobierno ya está en ello. Por un lado, hemos de comprender la vital importancia que el despido libre y gratuito tiene para el empresario y el mercado; por otro, es indispensable aceptar que los derechos cívicos son caprichos prescindibles en un mundo deshumanizado donde la propia muerte comienza a barajarse como salida.

Así las cosas, se avecinan días de insensata alegría, fechas en las que nos publicitan dorados sueños en metálico y estereotipos casposos envasados al vacío como señas de identidad del país menesteroso que somos. La lotería como panacea y el fiambre como auténtico patrimonio nacional. La suerte como reclamo y el chorizo como alternativa. Y todo ello ensalzado por rostros famosos que venden su imagen al mejor postor para que los mismos hagan caja a costa de los de siempre, que de eso se trata.

Vuelve, a España vuelve, sólo para navidad. Y luego vete. El gobierno te invita a la huida, al exilio voluntario.

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