Sr. Presidente: máteme.

Pensaba que estaba preparada para todo. Pensaba que, como ser humano, mi papel en la sociedad era otro. Pensaba que toda mi vida había valido la pena. Pensaba que mis esfuerzos habían servido para algo. Pensaba que había construido un futuro mejor para mis hijos y mis nietos. Pensaba que la paz era inamovible. Pensaba que los fantasmas no volverían a destruir mis sueños. Hasta que llegó usted al poder, señor presidente, el 20 de noviembre pasado, una fecha premonitoria del homenaje que está usted rindiendo a sus difuntos.

Señor presidente: no aguanto más la sombra de su guadaña acariciando hasta el rojo el cuello de mis derechos a la vez que cercena mis necesidades básicas. Cada día me es más complicado acceder a un plato de comida que me obligo a compartir con quienes lo tienen imposible. Eso, señor presidente, se llama hambre y mata a las personas.

Usted y su gobierno, señor presidente, con sangre fría de verdugo, me racionáis las duchas, la higiene y la salud, porque no puedo pagar lo que me cobran por disponer de agua caliente y tampoco puedo coger un resfriado usando agua tan fría como su sangre, ya que el dinero de los medicamentos lo necesito para el pan. Esto, señor presidente, se llama pobreza y también mata.

Mis nietos, señor presidente, no quieren ir a la escuela. Quieren renunciar a la poesía y a Pitágoras para ahorrar, hasta ahí llega mi umbral de pobreza, y me es muy difícil explicarles la utilidad de unos estudios que ustedes están devaluando para que no sirvan absolutamente para nada. Esto, señor presidente, se llama analfabetismo y también mata.

No tengo trabajo, señor presidente, y mi marido gana 780 € al mes, 400 menos que hace dos años en la misma empresa y el mismo puesto, gracias a las medidas que su gobierno ha puesto en marcha para abaratar la esclavitud y fomentar el empleo. Usted ha abaratado nuestras vidas sin crear ningún empleo. Eso, señor presidente, se llama explotación y también mata.

Los suyos, señor presidente, me han hecho adicta a la bolsa y experta en adivinar mi día a día entre los dientes de sierra del Ibex 35 y los dientes de tiburón asesino e insaciable de la prima de riesgo. Sin tener una precisa formación bursátil, sé que cada uno de los golpes que usted nos da tiene que ver con los beneficios de sus protegidos. Esto, señor presidente, se llama estafa y también mata.

Mi salud, señor presidente, está muy mordisqueada por la insalubridad de una vida dedicada al trabajo. El trabajo minó mi salud y ahora me reducen y encarecen los medios para atenderla a pesar de haberla pagado durante tantísimos años. Esto, señor presidente, se llama robo sanitario y también mata.

Ya casi no reconozco a mis amigos, señor presidente, cuando hablo con ellos. Han sido abducidos por las consignas empozoñadas de los medios de comunicación que le mantienen a usted en el poder o se han radicalizado por sufrimiento y oposición a sus abyectos discursos y las siniestras intenciones que proyectan. Esto, señor presidente, se llama manipulación mediática y también mata.

Ha estado usted, señor presidente, a punto de convercerme de que yo soy la culpable de todas y cada una de las medidas que usted y los suyos me clavan sin aviso previo y por la espalda, a traición, como corresponde a quien hace de la felonía una virtud para gobernar de espaldas a quienes le han votado y a quienes no. Esto, señor presidente, se llama golpe de estado y también mata.

Son demasiadas cosas, señor presidente, las que usted está haciendo para que la vida de mis abuelos, hace un siglo o más, haya pasado de ser contada por ellos como una pesadilla a ser recordada por mí como un cuento de hadas comparándola con la mía o la de mis nietos. Usted se ha cargado de un plumazo y varios decretazos la vida y las esperanzas de varias generaciones. Esto, señor presidente, se llama genocidio intergeneracional y también mata.

No me queda más remedio, señor presidente, a la vista de lo que está haciendo y de sus futuras intenciones, que apelar a la parte cristiana del ideario de su partido y suplicarle que acabe con el sufrimiento que nos está provocando, que aparte de nosostros este cáliz amargo que nos hace tragar a diario y que sea, al menos, compasivo con quienes está crucificando para calmar a sus dioses alemanes y financieros.

Dudo que sea usted cristiano, señor presidente, como dudo que el cristianismo de su partido sea algo más que un gancho publicitario para atraer electorado fraudulentamente. Tengo la sospecha de que usted y su partido se están moviendo en terrenos más cercanos al autoritarismo de pensamiento único, ofreciendo muestras diarias de desprecio por el diálogo democrático y aprecio por la nostalgia de un pasado cercano que se afanan bulliciosamente en recuperar. Con Franco, señor presidente, usted y los suyos vivían mejor y pretenden seguir haciéndolo de ahora en adelante.

No aguanto más, señor presidente, y le pido, por favor, que me mate de una vez y no a plazos como está haciendo. Le pido que me suicide usted de una manera digna. Me atrevería a pedirle, en su calidad de terrorista financiero, que pusiese la boca de la pistola sobre mi nuca y apretase el gatillo de una vez. Usted disfrutará y yo descansaré en paz. Hágalo, no se corte.

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Crisis y desFACHAtez.

Como muchas casas antiguas de rancio abolengo, este país tiene un desván donde se han ido guardando durante los últimos treinta años los muebles viejos (que no antiguos), algunos enseres que por un valor u otro nos resistimos a tirar y las nostalgias. Los desvanes son piezas que acumulan polvo, óxido y telarañas a modo de pátinas protectoras que consiguen envejecer aún más, con el tiempo, los objetos que cubren.

Como los viejos muebles de un desván, el partido del gobierno ha ido acumulando capas de acechanza sobre su intemporal ideología hasta que la crisis ha tocado zafarrancho de limpieza y los plumeros y sprays han comenzado a aplicarse con rigor para deshacerse de las molestas capas de democracia y moderación que la transición había acumulado sobre ella. Como una legión (más por la actitud que por el número) de sirvientes, los miembros del gobierno llevan ocho meses rasca que te rasca para hacer relucir su pasado explendor bajo la férrea dirección de la FAES, tal vez a modo de homenaje póstumo al fallecido cuerpo de su presidente de honor.

Llevan desde el 20N pasado entregados a una orgía de limpieza en la que la primera faena ha consistido en quitar de enmedio todos los muebles que trajo consigo la democracia para colocar los derechos de los ciudadanos, muebles cuyo destino es el vertedero inmundo del despotismo y derechos cuyo destino es una fosa común o una cuneta al borde de una carretera poco transitada por la memoria.

Como sucede con los muebles sucios, las tareas de limpieza suelen rescatar para la vista de quien quiera apreciarla la verdadera naturaleza de la madera con la que están fabricados. Así, poco a poco vamos contemplando el verdadero rostro, la verdadera faz, de personajes que estaban ahí, como quien no quiere la cosa, con varias capas de democracia ejerciendo de toscos maquillajes.

La faz de Aguirre, por ejemplo, apenas tenía una liviana capa de polvo que permitía vislumbrar su macizo componente de alcornoque desde mucho antes del 20N. Su último vómito verbal nos ha permitido conocer su dominio del castellano al utilizar la palabra mamandurria, de la que ella en sí misma es un claro exponente (y acreedora a otros vocablos que participan de la misma raíz latina, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua), para referirse al estado de miseria en que nos sumen cada día aquéllos a quienes ella defiende y por quienes se desvela cada día.

Pero hay un mueble cuya limpieza a fondo está dando unos resultados espectaculares y llama poderosamente la atención, pues lo teníamos por formica y, tras quitarle varias capas de polvo, estamos descubriendo que es caoba de la que amueblaba en tiempos el Palacio de El Pardo. Se trata de Gallardón, el “hijoputa” en palabras de la propia Aguirre, quien ha pasado de ser un “verso libre” a ser la recia literatura que escribió los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Su actuación desde que accedió a su ansiado y esperado rango de ministro así lo dejan ver.

Entre unas y otros han conseguido que las capas de suciedad azul gaviota, con que se habían cubierto estos muebles durante veinte o más años, vayan dejando ver que el verdadero azul de su lustre original tira más bien a un azul Primo de Rivera que tratan de actualizar con un barniz mate democrático que poco puede hacer para validar la pintura original en el mercado demócrata.

Un efecto llamativo y sangrante de la “operación limpieza” desatada desde Moncloa permite ver que otros muebles externos al desván también se están limpiando con el mismo fragor y parecidos resultados. Las actuaciones del ministro Wert en educación, de Montoro en hacienda, de Guindos en economía o de Ana Mato en sanidad están poniendo al descubierto que la iglesia, cómplicemente callada ante la crisis que fulmina a su rebaño, está recibiendo el pago a su colaboracionismo en la actual situación.

Sus esfuerzos para dar cobertura a las pocas manifestaciones en las que se han visto militantes y altos cargos del PP en la calle o el voto de silencio impuesto a los pocos curas y monjas opuestos a las reformas de Rajoy se están viendo pagados con treinta monedas entre las que relucen la mamandurria de 10.000.000.000 de euros que la Conferencia Episcopal recibe del estado, la mamandurria del profesorado de sus escuelas adoctrinantes a cargo de los presupuestos del estado (incluidos los adoctrinadores de la “asignatura” de religión), la exención del IBI para sus negocios (aparte de sus templos), la vista gorda sobre la punta del iceberg que es el robo de dinero -no declarado ni denunciado por el santo obispo- perpetrado por el electricista calixtino, la condena para quien libremente decida abortar o la miseria y la enfermedad que le permitirán ejercer la caridad.

Como vemos y sufrimos, los muebles viejos han vuelto con el mismo ardor guerrero de quienes nunca creyeron en los valores democráticos y la iglesia vuelve a demostrar que su reino sí es de este mundo y que no le importa que los mercaderes desalojen de los templos a los cristianos para instalar en ellos sus becerros de oro, aunque ello le suponga aliarse con el diablo, cosa que ya demostró con Mussolini, Hítler, Franco, Pinochet y cuantos “angelitos” se le han puesto a tiro a lo largo de su historia.

El beneficio es mutuo: unos llenan sus arcas y otros limpian sus pecados.

Como dios manda.

La crisis y el inmobilismo

A palabras sabias, oídos ciegos

La crisis de España hay que contextualizarla dentro de la crisis mundial que estalló (“hicieron estallar” sería más acertado) allá por 2007. Esta crisis global es un ajuste planificado por los anónimos agentes que mueven la economía mundial, agazapados como alimañas tras nombres indeterminados, y que pretenden hacernos creer que son inevitables y justos, como dioses que despliegan una plaga para castigar los comportamientos de los pueblos que no los adoran con suficiencia: “mercados” o “inversores” son los nombres con los que se autodenominan, banqueros y financieros son sus nombres para entendernos.

Europa sabe (a Merkel se lo dijeron hace décadas, pero lo calla) que hace tiempo que dejó de ser competitiva y que la única manera de volver a serlo es dotar a sus ciudadanos de la misma realidad que viven los productores en las economías asiáticas: miseria y pérdida de derechos, los conseguidos por los europeos durante más de un siglo a base de gritos y sangre en las calles.

La actual situación europea responde a esas reformas que los partidos liberales como PSOE, PP o CiU aplican en España y sus homólogos italianos, griegos o portugueses en sus respectivos países. Saben que conducen irremisiblemente al empobrecimiento y al deterioro humano, pero están dispuestos a llevarlos a cabo porque también saben que son la puerta para pertenecer a esa élite a la que el sistema neoliberal permitirá conducir Jaguars o disponer de mansiones y capital suficiente para poder ejercer la caridad con quienes, en silencio, continuarán votándoles. Como en la Edad Media, pero con voto.

La gente sale a la calle y los gobiernos, alarmados, contraatacan con las armas tradicionales de la porra, la pelota de goma y la manipulación mediática, lides en las que son consumados maestros y para las que disponen de los mayores arsenales. En esta suerte, el PP, a calzón quitado, revive con ardor y pasión un esplendor pasado que se puede resumir en el grito de su fundador “la calle es mía”, lanzado antes de su conversión demócrata. Hay que reconocer que tan eximio maestro ha dejado aventajados alumnos, lo cual da una idea de hacia dónde vamos.

La gente sale a la calle y protesta ante un gobierno y unos políticos que están abocados a no escuchar las justas demandas que colisionan frontalmente con las demandas de quienes les ordenan y manejan. El derecho a la salud, a la educación, a la cultura, a la vivienda, a comer, a la dignidad, a la libertad y a gritar (por poner algunos ejemplos) van en contra del derecho al mercadeo, al enriquecimiento, a la especulación o a la gran vida, que son derechos afines a esa inmensa minoría neoliberal que trata de convencernos día a día de que somos nosotros -el pueblo- quienes hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Mientras, esa minoría nos restriega por las narices multimillonarias indemnizaciones, inmorales pensiones, ilegales pelotazos, cotidianos amaños, injustificados sueldos y escandalosas prebendas sin ningún tipo de pudor porque, para eso, les hemos votado.

La habilidad de los partidos en el manejo de las masas llega al extremo de conseguir que la gente renuncie a pensar por sí misma y defienda con vísceras y gónadas las estupideces y sinsentidos que los aparatos de los partidos esparcen como virus desde sus medios de comunicación: los malos son los “otros”, los buenos somos “nosotros”, creando un dualismo casi perfecto que impide ver con claridad que ambos son lo mismo.

Esa politización cañí de la situación hace que parte del pueblo se lance contra quienes protestan en la calle, acusándoles -como les ordenan- de ser del PSOE o, peor aún, de izquierdas, sin escuchar las protestas. Esta parte del pueblo, si pensara dos segundos, vería que el comportamiento de quienes protestan es legítimo y digno, características de las que carecen quienes les manejan.

La suerte que tiene la sociedad de mucho sofá y poca calle es que, cuando se produce una conquista social, ésta es para todos: para quienes tienen el mala costumbre de luchar por sus derechos y para las personas de orden -como dios manda- que simplemente esperan a que otros les solucionen los problemas.