La gran depresión nacional.

Se está viendo venir y nada hacemos para evitarla. La gran depresión sobrevuela nuestras cabezas y manifiesta sus síntomas de manera alarmante en una sociedad que aguanta la crisis, como quien aguanta un resfriado, esperando en cama a que los síntomas y los efectos desaparezcan para recuperar el estado previo de salud.

Los tratamientos aplicados hasta ahora han tenido unos resultados devastadores sobre la población, ya que han arrasado las defensas y han inoculado el propio virus en los cuerpos como una suerte de tratamiento homeopático que, en lugar de sanar los cuerpos afectados, ha beneficiado a los agentes causantes de la epidemia. La fiebre se nos lleva por delante mientras la banca recibe una sobredosis de antibióticos y los mimos de todo el personal sanitario disponible.

La estancia demasiado prolongada en las urgencias del país, el caos asistencial que sufrimos, los demoledores efectos secundarios que padecemos y el convencimiento de que no es gripe sino neumonía o algo peor, van minando nuestra salud mental asomándola cada vez más al precipicio de la depresión. Ver cómo nos amputan los derechos en la sala de espera, a la par que el suero financiero inunda de euros el podrido tejido bancario del país, nos lleva a la desesperación de quien pide remedio para su malestar y es tratado como un intruso del sistema, como un antisistema.

La depresión se está instalando en nuestras vidas como parte del paisaje cotidiano. Cada vez desfilan por las calles más personas que asoman su tristeza al contenedor de la basura a ver qué encuentran. La competitividad se muestra descarnada en cada semáforo entre personas que cambian limosnas por pañuelos o ambientadores. Las hileras humanas se han desplazado de las taquillas del cine a los comedores sociales y de las puertas de los museos a las puertas de las oficinas de empleo. La depresión está moviendo a las personas por el tablero de la derrota.

Causa depresión que el presidente señale a la realidad como inductora de la torticera y premeditada praxis médica con la que nos está envenenando. La realidad, SU realidad, venía dispensada a granel en el proyecto político de SU partido sin prospecto alguno, sin programa electoral alguno, que advirtiese de las indicaciones, contraindicaciones, posología y efectos secundarios, a los millones de votantes que han acabado en la UVI de la pobreza intoxicados por su consumo confiado.

Deprime contemplar cómo las vacunas causan más estragos que la gran estafa del virus financiero. Más que un sanador hipocrático, el gobierno actúa como un verdugo que remata a sus víctimas en nombre de la piedad, un practicante de la eutanasia masiva por decreto, un dudoso familiar que vela el cuerpo del enfermo con la esquela preparada y la fosa cavada, un fúnebre contable que anota imperturbable cuántas víctimas son necesarias para que su realidad se materialice. Como los vampiros, el sistema financiero necesita sangre, mucha sangre, para sobrevivir y el gobierno oculta la estaca y esconde los ajos para evitar que se deprima.

Ya ni siquiera las estrellas del vodevil mitigan la depresión social. Los payasos de hoy, aquejados también de depresión, nos restriegan sus miserias en las narices y nos hacen llorar con fechorías que en tiempos pasados nos hacían reír. Aumenta la depresión ver a Cristiano Ronaldo infeliz o a Ruiz Mateos acosado de nuevo por la justicia, el primero como símbolo de la especulación financiera y la burbuja de la fama, y el segundo como símbolo de esa justicia lenta y degradada que permite estafar una y otra vez sin proteger nunca a las víctimas.

A pesar de todo, seguimos buscando una realidad imposible que nos aísle de la depresión, al igual que Diógenes caminaba por las calles con una linterna encendida buscando hombres honestos. Este filósofo griego (maltratado por una sociedad que ha puesto su nombre a un síndrome que sirve para etiquetar a quien acumula basura en su casa) y su filosofía debieran servirnos de antídoto contra la depresión: el sabio debe liberarse de sus deseos y reducir al máximo sus necesidades, disfrutando de una vida natural independiente de los lujos sociales.

Hoy tomamos por sabio a quien es capaz de multiplicar nuestros deseos y nuestras necesidades en la calculadora del consumo. Tomamos por sabio a quien deprime nuestros bolsillos y nuestras cabezas. Tomamos por sabio a quien nos sume en la depresión.

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¿Vacaciones? ¡Que se jodan!

De ser un periodo de disfrute liberado de la rutina cotidiana, las vacaciones han pasado a convertirse en un auténtico problema para muchas familias cuyas costumbres vitales han sido asaltadas por el paro y el desamparo.

Las vacaciones han sufrido un cambio radical en su fisonomía sin que nos hayamos dado cuenta del momento exacto de una mutación que ha instalado la depresión y la sozobra en el día previo a dejar el trabajo y ha mudado la alegría a la víspera de comenzar a trabajar. Justo al revés de lo vivido hasta hace pocos años. El síndrome postvacacional ha pasado a ser el síndrome prevacacional y viceversa. Los psicólogos tienen trabajo, si es que alguien se puede permitir combatir la depresión.

La nostalgia nos recuerda las primeras vacaciones sepia de los españoles caracterizadas por visitas de familiares y allegados que irrumpían en nuestras casas durante unos días veraniegos con regalos típicos de sus lugares de residencia que tácitamente suponían la apertura de par en par de las puertas de nuestras despensas. Se les llamaba cariñosamente, cuando no estaban presentes, “comeorzas”, “limpiaorzas” o “rebañaorzas”, dependiendo de cada latitud geográfica. La estrechez física y la estrechez económica de los hogares no suponían un obstáculo insalvable y se compensaban con el solidario “hoy por ti y mañana por mí” que propiciaba un intercambio de roles para el verano siguiente.

A continuación vinieron las vacaciones con poderío, de hotel, hostal o camping, según el bolsillo que las auspiciaba, con fotos a color y regalos a la vuelta para quienes se habían quedado en el pueblo recogiendo el correo, cuidando el canario y regando las macetas. Aquellas vacaciones sin testigos directos se disfrutaban de prisa y el recuerdo de sus mágicos instantes servía para alargarlas durante el resto del año y, en muchos casos, durante toda la vida, en un ejercicio que combinaba la narración de los lugares visitados y los hechos vividos con el punto de deformación exagerada que nos hacía disfrutar de cada momento cada vez que lo contábamos a alguien al calor del álbum de fotos correspondiente.

Más tarde la industria vacacional puso delante de nuestros deseos, y de nuestros dispositivos digitales para inmortalizar el disfrute, sus catálogos de lugares paradisiacos, cruceros de película o apartamentos en primera línea de una playa asfixiada por apartamentos, todo ello con ofertones y pagos aplazados al alcance de cualquiera. Las lujosas vacaciones digitalizadas comenzaron a ser ya no sólo un momento de descanso y disfrute, sino todo un indicador de estatus social ante la familia y el vecindario.

La historia de las vacaciones guarda un cierto paralelismo con la historia social y económica vivida desde los años setenta en España, desde las alpargatas de esparto hasta las Nike de diseño, desde el fotógrafo ocasional hasta el iPhone, desde el tren de mercancías hasta Ryanair, desde la maleta de cartón hasta la Samsonite, desde el neumático de camión hinchado hasta el Costa Concorde. Y hasta aquí llegó la cosa. El Costa Concorde es la metáfora que explica el vuelco y el naufragio de nuestras vacaciones y de nuestras vidas. Explica cómo hemos vuelto al puerto de partida agradeciendo, encima, la suerte de haber naufragado sin perecer.

Estas vacaciones tememos un fatídico mensaje de correo electrónico o un wasap de última hora anunciando la llegada de familiares “comeorzas” que nos visitan no por estar de vacaciones, sino para buscar trabajo durante unos días en nuestro lugar de residencia y alrededores. Quizás haya que abrirles, en lugar de las puertas de la despensa, el botiquín de casa por si hubiera alguna medicina que ya no pueden pagar. Quizás, en lugar de longaniza y vino, agradecerán mucho más ropa desechada o libros de texto usados para los más pequeños. Quizás, con suerte, la estrechez física y momentánea de nuestra casa se alargue durante unos meses porque hayan encontrado algún mísero trabajo.

Muy posiblemente, la mayoría de la gente pasaremos este año unas vacaciones tecnológicas visitando a los amigos en las redes sociales y manteniendo contacto con la familia a través de la mensajería electrónica. El fresco de la sierra cederá el paso al abanico que no gasta, la bañera a medio llenar será un sucedáneo de la mar salada, el menú del chiringuito de la playa será sustituido por Hacendado en nuestros paladares, la visita a monumentos será reemplazada por documentales de La 2 y el ambiente del dormitorio nos sabrá a dos o tres estrellas.

A pesar de la desgracia, todavía hay energúmenos abyectos como Salvador Sostres que disfrutan como el gobierno con nuestros retrocesos sociales. Y, lo que es peor, vecinos, amigos y parientes que comulgan con sus ideas.