PP, tercera temporada

septiembre

Septiembre es un mes de contrastes, un mes tragicómico en el que se mezclan, como en el teatro, las máscaras sonrientes y las lloronas sobre el rostro de cada espectador. El fin de las vacaciones, un derecho en vías de extinción como otros muchos, trae el síndrome posvacacional, los exáménes, la vuelta al cole, la menor duración de los días y algún que otro suceso de corte depresivo que cohabitan con algunas fiestas locales y el comienzo de algunas rutinas que parecen poner orden en las vidas de las personas, como el trabajo, el fútbol, las parrillas televisivas o la política.

Trabajar es motivo de alegría y de tristeza, alegría por esquivar el paro y tristeza por comprobar que cada día el trabajo da para atender menos necesidades y por menos tiempo. El fútbol ya ha comenzado con idénticas intenciones que todos los años: vaciar los bolsillos y los cerebros a los aficionados distrayendo su capacidad crítica de otros menesteres que afectan a sus castigadas vidas. Las cadenas de televisión preparan su renovación con las mismas películas de siempre, las mismas tertulias y las nuevas temporadas de las mismas series. Después llegará un invierno más pobre, más previsible y más aburrido que nunca.

El septiembre político retomará los ERE y Bárcenas, las puñaladas sedientas de poder de la radical Aguirre y su ultraderecha, el irremediable ocaso del PSOE o las acometidas sociales de la troica, la CEOE y la Conferencia Episcopal. Septiembre, mes propicio para la murria y la melancolía, acecha emboscado en el calendario, no así el gobierno del Partido Popular cuyo disfrute corre paralelo al padecimiento generalizado de la ciudadanía. Rajoy estrena una tercera temporada que promete alargar el clima de corrupción y alcanzar el clímax en los recortes sociales.

Como en las series de televisión, donde la repetición y la previsibilidad suplen la más absoluta carencia de originalidad, el público apuesta por el agua de borrajas como más que probable desenlace para la contabilidad B del PP y los ERE del PSOE. El caso Urdangarín va camino de ello mediante un pacto con la “justicia” que sería el Pacto de la Zarzuela: lo sentirá mucho y prometerá que no volverá a suceder. Rajoy, Cospedal, Aznar y las cúpulas del PP, durante 20 años, no se han enterado de dónde provenían los millones que les han hecho ricos y les han permitido ganar elecciones. Tampoco Griñán, Chaves, Zarrías y la vetusta cúpula del PSOE andaluz sabían nada de los trasvases contables en el erario público. Ambos partidos lo sentirán mucho y prometerán que no volverá a suceder.

En septiembre volverán a suspender la verdad, la ética y la decencia pública, alumnnas excluidas del aprendizaje de la clase política que ha secuestrado la democracia. En septiembre, España conocerá que la recesión se ha desacelerado, que la deuda por el rescate bancario cumple su misión como un reloj suizo, que cada contrato de un mes equivale a treinta puestos de trabajo creados, que los paraísos fiscales seguirán existiendo y que los infiernos cotidianos son ahora el hogar de sus habitantes. En septiembre, las NN.GG. del PP volverán a sus estudios, tras reivindicar añejos modos fascistas aprendidos en los campamentos de verano de la FAES, con el deber cumplido y aplaudidas por sus mayores.

Septiembre, haciendo un ejercicio de optimismo, verá caer menos hojas del árbol social, pues de sus ramas ya no volverán a brotar los frutos de la sanidad pública, de la educación o de la asistencia, ni tan siquiera los de la libertad. El árbol de España, tras la poda del PP ha quedado reducido a un simple conjunto de varas que no tienen otra utilidad que la de medir espaldas. Queda por ver qué espaldas medirán, si las del gobierno o las de la ciudadanía. Septiembre está ahí, a la vuelta de la esquina, con el Madrid y el Barcelona, El gato al agua y Sálvame. Aquí no hay quien viva.

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Consejos doy y para mí no tengo.

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Jacopo Tintoretto “Adan y Eva”. Entre 1550 y 1553.

Mª Dolores De Cospedal, en directo y sin simular, al contrario que el despido de Bárcenas, tan claramente explicado en su momento, ha defendido el actual modelo de participación política, el mismo que la mayoría de la ciudadanía rechaza ampliamente. Viene a decir Cospedal que la democracia consiste en depositar una papeleta en una urna cada X tiempo y luego olvidarse hasta que los representantes elegidos, los únicos profesionales que entienden de democracia, vuelvan a llamar al voto. Todo lo demás, para ella, es atentar contra el sistema que la mantiene, a ella y a cientos de miles como ella.

Aconseja Cospedal, a quienes discrepan del sistema, “participar en el juego de la representación” integrándose en dicho sistema. Sabio consejo a quienes ella y su partido acosan y acusan de nazis, entre otras descabelladas lindezas, a quienes acosan y acusan sus compañeros Fernández Díaz y Cifuentes, como hacía la Stasi, con golpes, rejas y listas negras, a quienes su aparato judicial suspende los derechos hasta que los detenidos demuestran ser inocentes y no, como corresponde a una democracia, cuando se demuestra que son culpables sin denuncias trucadas.

Cospedal aconseja a la ciudadanía defraudada que se integre “si quieren representar a un grupo de población y a unos intereses determinados o a una forma de ver y estar en la sociedad”. Aún no ha explicado nadie de su partido, verbalmente, a qué grupo de población, a qué intereses representan los electos del PP, y tampoco cuál es su forma de ver y estar en la sociedad. Pero lo hechos hablan y dicen nítidamente que representan a una respetable minoría empresarial, a una ínfima minoría financiera española y europea, y que su forma de ver y estar en la sociedad está inspirada por el Espíritu Santo y por una concepción confesional del Estado.

Cospedal aconseja y, si no se le hace caso, desprecia a quienes se “aprovechan del sistema democrático que permite la libertad de expresión a todo el mundo”, a todo el mundo menos a quienes protestan la estafa electoral de su partido, que, por cierto, no ha pasado “por el ejercicio de responsabilidad que es aceptar unos compromisos para que los ciudadanos le puedan preguntar y exigir”. Consejos da y para ella no tiene Cospedal.

También aconseja Gallardón prestar atención y cuidarse de dos extremos: “…uno, ser autocomplacientes (sería un error mayúsculo); y otro, hacernos a nosostros mismos una enmienda a la totalidad”. Su consejo defiende el status quo del bipartidismo y previene contra lo que considera una amenaza para “su democracia”: las listas abiertas. El PP jamás ha dado más señales de autocomplacencia que en este momento y es consciente de que merece algo más que una enmienda a la totalidad, que es justamente lo que la calle exige y ellos no quieren que se escuche.

Pues yo también aconsejo, que es gratis y de cumplimiento no obligado, como los programas electorales. Aconsejo al 15 M, a la PAH y a otros colectivos sociales que se integren en el sistema, se constituyan como partidos y abran sedes a las que puedan acudir empresarios, banqueros y clero para exigir limosnas o hacer negocios desde el Parlamento y el BOE. Les aconsejo esto para que vivan la experiencia de colocar a colegas y allegados, de recibir/repartir sobres, de hacer negocios con grupos privados y tener un cómodo retiro en cualquier consejo de administración agradecido por sus servicios. Integrarse en el sistema, crear un partido, es ponérselo demasiado fácil al sistema, es pintarse una diana para que los bipartidistas y sus secuaces disparen con tino sus heces.

Si los colectivos sociales lo que pretenden es obrar con independencia, ética y solidaridad, mi consejo es no hacer caso a Cospedal y que sigamos en la calle practicando otro tipo de democracia real, genuina y cotidiana. El precio es alto, denuncias, multas, acoso, cárcel o lesiones, pero merece la pena. La libertad y la dignidad siempre merecen la pena.

¿De qué vas, Mariano?

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Te hiciste la foto con los tuyos protestando a Zapatero su subida del IVA, prometiste que arreglarías la economía en dos años, dijiste que solucionarías el paro nada más llegar al gobierno, juraste que no te quejarías del legado recibido, garantizaste que no tocarías las pensiones, aseguraste que gobernarías para todos… Has subido el IVA, has hundido la economía, has pulverizado el récord de desempleo, lo basas todo en la herencia recibida (incluida la franquista), has destrozado la vejez de España, gobiernas para una minoría… ¿De qué vas, Mariano?

En nombre del dios Euro, le pides a tu pueblo paciencia para ganar la confianza de los mercados, menospreciando la confianza que depositó en ti y demostrando que tus políticas están dirigidas a la minoría financiera. El líder de un pueblo perdería la paciencia ante los mercados, los mandaría al colector de excrementos de donde provienen y daría la vida por su pueblo, pero tú no eres un líder del pueblo, ¿verdad, Mariano?, tú eres un intermediario, un comisionista, un comisario político de esa troika que busca nuestra ruina para repartir dividendos. ¿De qué vas, Mariano?

En nombre del dios Euro, has hecho una reforma laboral, a la medida de la codicia empresarial, desnudando de derechos y salarios a quienes te han votado. Era una reforma laboral que, según tú, crearía empleo inmediato, tres millones y medio creo que dijo González Pons en 2011, y se ha demostrado que lo destruye hasta casi duplicar tu promesa con la cifra de parados. ¡Ya te vale, Mariano! ¿No se te ha ocurrido pedir a la cuadrilla de Juan Rosell que se traigan a España los puestos de trabajo que crean en países donde está permitida la esclavitud? Tu política laboral sólo busca importar de esos países las condiciones laborales y sociales para que seamos esclavos aquí, sin necesidad de movilidad exterior. ¿De qué vas, Mariano?

El dios Euro te tiene cegado, hasta el punto de que ya no ves otra realidad que la de la bolsa, no escuchas más que a la bolsa y, cuando hablas tras el plasma, tus discursos tropiezan una vez y otra con la piedra de la contradicción, simpre la misma, Mariano. Tus ministros y ministras se despeñan continuamente por el desfiladero de las palabras sencillamente porque la mentira tiene las piernas muy cortas y tu despreciado pueblo no es tan memo como supones. Quizás por eso te has visto impelido a tirar de la herencia franquista para reprimirlo cuando te protesta y disfrutar así homenajeando a tu Manuel Fraga. ¿De qué vas Mariano?

No sólo el dios Euro te tiene cegado, también tu católico, que no cristiano, dios está siendo servido con el espíritu de las Cruzadas, por Wert y Gallardón, al grito de ¡Mariano y cierra España! Con la segregación en la escuela, el sacerdocio hipersubvencionado o la ley del aborto, estás poniendo a tu país al nivel de una teocracia gobernada por ayatollahs que legislan al dictado de sus creencias bíblicas en un país aconfesional. Las mantillas de Cospedal y Soraya, en las pasarelas vaticanas o toledanas, y las jaculatorias rocieras o isidrianas de Fátima Báñez y Ana Botella me llevan a pensar que un burka no tardará en cubrir mi conciencia. Por ahora, el pecado ha sido elevado al rango de delito. ¿De qué vas, Mariano?

El dios Euro te llama y tú lo dejas todo para atenderlo, mimarlo y obedecerlo. Los tuyos y las tuyas llevan un año y pico acusándonos de manirrotos y bien pagados, cuando no de subvencionados, y de ser culpables de la crisis. Tú, que te ensañas con los débiles, que consagras una deuda ilegítma en la Constitución, que amnistías a los defraudadores, que propicias los despidos masivos y sin costes, que vendes los derechos públicos a intereses privados y que ves el tráfico de sobres como algo cotidiano, ¿tú de qué vas, Mariano?

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El límite de la paciencia

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Se suele decir que todo en esta vida tiene un límite, a excepción, tal vez, de la codicia humana, pecado capital que acerca al ser humano a la órbita animal de la familia carroñera. En éstas estamos, devorando cuerpos de vecinos disparados por predadores apostados en las bolsas, el mercado y los parlamentos. Cazan con precisión, como profesionales experimentados, con escopetas, cepos, anzuelos o cebos envenenados, a una humanidad indefensa que, a falta de pan, lanza sus hambrientas fauces contra el trozo de cadáver más cercano. Y se ríen. Los matones del sistema se ríen de sus víctimas, antes incluso de que caigan abatidas, como las hienas.

La tragicomedia de la crisis sobrepasa los límites de lo razonable y de lo ético, de lo justo y de lo necesario, de lo humanamente soportable. Y va a más. Las exigencias de la codicia tensan la resistencia cívica, más allá del umbral del dolor, hasta la muerte por inanición o suicidio. Poco a poco, los límites del sufrimiento quiebran a individuos aislados que sucumben a la presión de la codicia. Y los codiciosos se ríen, como hienas, y van más allá aumentando el dolor producido por sus actos y omisiones con hiriente palabrería surrealista.

Los defensores de la estafa financiera, impulsores del desempleo, causantes de necesidades, codiciosos privatizadores del patrimonio público, cazadores de las libertades civiles, evalúan el sufrimiento de estafados, parados y necesitados. Y se ríen. Porque no son otra cosa los artificios verbales que utilizan para explicar el dolor, sino befa y mofa hacia el paciente pueblo sometido a su codicia y a la de quienes han financiado su ascenso al poder. Están agradecidos. Y se ríen pensando en los once millones de incautos a quienes estafaron con un programa electoral y asedian con otro no votado por nadie.

Si los ciudadanos pierden trabajo y casa, si elevan la legítima y constitucional voz de una ILP, primero los criminalizan, luego hacen una ley al dictado financiero y, por último, se ríen como hienas. Cospedal se ríe de la democracia al señalar que su rebaño, a diferencia de los nazis, deja de comer para pagar la hipoteca, ignorando y riéndose de quienes hace mucho tiempo que padecen dificultades digestivas a causa de unas hipotecas con fraudulentas cláusulas y burbujeante precio consentido. Pujalte, acto seguido, escupe sobre las paciencias afirmando que la dación en pago es para comprar otro piso.

Si los jóvenes, en un arrebato desesperado, se ven abocados a ofrecerse como barata mercancía virgen a la codicia del mercado, primero los criminalizan, luego los acusan de pasividad laboral y, por último, los empujan al otro lado de los límites del estado español. Fátima Báñez, emérita socia de honor de la CEOE, profesional exclusiva de la política, hiena mística y rociera de los despidos y las políticas de empleo, se ríe de la juventud y del resto de los españoles llamando movilidad externa a la dura y cruda emigración.

Si en los hogares vuelven a ser manjares el pan duro, la fruta madurada en exceso, la leche aguada o la comida acopiada en los contenedores de supermercados, primero criminalizan, luego multan por coger comida de la basura y, por último, cobran la consulta y los medicamentos para paliar los efectos del hambre mal arreglada. Arias Cañete, político de oronda figura, se ríe como una hiena al legalizar los yogures caducados y recomienda ducharse con agua fría para ahorrar una energía de precio desorbitado y reír a mandíbula batiente por los efectos de la tiritera.

Otras hienas se ríen de nosotros. Reig Plá, obispo no practicante de sexo, se ríe de la hosexualidad o de la procreación y calla sobre la pederastia. Sáenz de Buruaga se ríe de toda provisión de alimentos a los pobres que no sea bendecida por la COPE. Joan Rosell, presidente de la codicia, se ríe de los trabajadores y pide que los jueces no intervengan en los despidos.

Las risas de las hienas no tienen límite. Hienas sin almas, sin escrúpulos, sin conciencias, sin vegüenzas.

¿Tiene límite la paciencia del pueblo?

A continuación, magnífica fotografía de Juanjo Martín (EFE) que ilustra la crónica de Cuartopoder en la que se relatan los apaños del PP para sacudirse a Bárcenas. Dos auténticas hienas riéndose de todo.

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El sermón del escrache

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Carlos Floriano ha tomado el relevo en los púlpitos. Desactivada Cospedal, tras dislocarse la lengua en diferido, retirado González Pons, tras quedar la suya en Palma da, y callado Rajoy, tras el plasma escondido, ha sido Carlos Floriano quien ha sacado su lengua a pasear y ha oficiado, en la misa extremeña de su partido, de sermonero mayor, luz de Trento, espada de Roma y martillo de herejes. En su homilía, ha puesto al descubierto y señalado con florido verbo al mismísimo diablo para goce, placer y éxtasis de la parroquia pepera.

Las calles de España, según Floriano, huelen a azufre, sus plazas son frecuentadas por gente con cuernos y rabo y en muchos de sus hogares el ajuar cotidiano lo componen hoces y martillos. Estén tranquilos sus fieles: ahí está el apóstol y toda la corte celestial de gaviotas, algunas con castiza mantilla, para combatir a la reencarnación de Lucifer con barba cubana, lentes trotskistas y kufiyya palestina que ha poseído a España. Luzbel se ha rebelado contra el dios hipotecario, poco menos que incendiando coches oficiales, dinamitando hogares y asesinando a hijos de diputados, según el argumentario de la FAES.

Para el PP, la gente tiene derecho a votar, a callar y a rezar cuando el gobierno legisla y actúa pensando en quienes no lo han votado, es decir, la banca o la iglesia. El pueblo tiene derecho a guardar silencio: todas sus protestas son utilizadas en su contra, como en su contra están siendo utilizados también sus votos. El pueblo, en lugar de opinar de manera violenta y cruel, debe ser piadosamente cristiano y, cuando le vacian uno, ofrecer el otro bolsillo, como dios manda. Los españoles tienen el derecho y el deber de aliviar su pecado hipotecario rezando a cualquier santo.

Recrimina el padre Floriano que casi un millón y medio de votantes participen en la democracia mediante una ILP que su gobierno ha descafeinado para proteger el negocio bancario. Han sido los violentos radicales de este país quienes han forzado el debate sobre los desahucios que ahora el PP presenta como logro propio. Zapatero nunca dijo nada al respecto, Aznar tampoco, Felipe González tampoco y ningún político en el poder o desde la oposición. Todos pasaron, de puntillas y en silencio, sobre éste y otros muchos asuntos dando la espalda a los votantes.

Decir que casi once millones de españoles defienden el proyecto del PP es pecaminoso, tanto como despreciar y echar atrás leyes promulgadas por un gobierno mediocre que obtuvo 11.026.163 votos en 2004. Eran tiempos en que la derecha moderada, pacífica y ejemplar de este país practicaba el escrache. Azuzada por obispos y postfranquistas, llamó criminal y asesino incluso al mismísimo presidente del gobierno, unas veces en presencia de obispos y sacerdotes provida, otras en presencia del cazador de elefantes ataviado de comandante en jefe de los ejércitos. Y no pasó nada. Nadie se rasgó las vestiduras ni llamó a guerra santa.

No hay punto de comparación entre el violento y radical escrache perroflauta de hoy y el escrache fashion de sotanas, gomina y Louis Vuitton que practicaba la civilizada y pacífica derecha hace unos años. ¿Es derecha radical, fascista y violenta la que, este mismo fin de semana, ha rodeado el Ministerio de Justicia insultando gravemente a Gallardón? ¿O es simple y llanamente ciudadanía descontenta ejerciendo su constitucional derecho al pataleo? Está claro que el objetivo de Floriano y del PP es exorcizar España y para ello utilizan, goebbelianamente, sus lenguas como hisopos mojados en gasolina.

Se ajustan a la medida del predicador Floriano los versos de Góngora:

Cura que en la vecindad
vive con desenvoltura,
¿para qué llamarle cura
si es la misma enfermedad?

Quizás la gente no alzaría tanto la voz si se le prestase un mínimo de atención, si se la escuchara. Haya paz, hermano Floriano, contenga su violencia verbal. Y haya PAH.

Alguien de los suyos

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Como todo el mundo sospecha, Eurovegas es una tapadera. Los negocios se han convertido en una actividad social turbia y perversa que atiende menos a satisfacer las necesidades de la población que a satisfacer los egos dorados y metálicos de una minoría que sólo amasa dinero y poder. Nadie tiene como prioridad apostar su vida en un tapete, y menos aún en un tapete donde se esparcen los naipes marcados por los dueños del casino. Eurovegas es una tapadera.

Abierta la tapadera, los olores facultan a cualquier pituitaria para constatar por sí misma la verdadera naturaleza de lo que se aloja en el contenedor. El cubo de Eurovegas huele mal y, pasado el hedor inicial, se van distinguiendo diferentes aromas, nada agradables, que pueden ayudar a identificar su contenido. Junto a la basura reconocible que generan los casinos, hay restos orgánicos identificables, con poco magen de error, como pulsos políticos y lucha por el poder. La presencia de gaviotas carroñeras a su alrededor es un indicio más de que en Eurovegas se juega algo más que unos euros.

En el acantilado de la calle Génova, donde anidan las gaviotas peperas, Maquiavelo ejerce de instructor de vuelo. Allí, Aznar, aclamado profeta por su partido, sublimó sus mayorías absolutas entendiendo que el poder era suyo y para siempre. Al final de su segundo mandato decidió retirarse a su laboratorio para, desde allí, mover los hilos de un poder que repartió, como un padre la herencia, entre los suyos. Fue entonces, allí mismo, cuando los herederos evaluaron sus partes, cuando miraron de reojo las partes de los otros; en ese momento, en ese lugar, se dasataron los cordones de la concordia y se afilaron envidias y celos para reclamar una parte mayor de la herencia.

Los pasillos de Génova se cubrieron de una espesa neblina de sospecha que apenas daba para ocultar el desfile de sombras embozadas en gabardinas y cubiertas por sombreros fajados. Esquinas y despachos alojaron espías y el ambiente se impregnó de intrigas y maquinaciones entre sus propios moradores. Eran los años de la primera derrota post Aznar, los primeros años de un sombrío sucesor que cosechó derrotas ante el cándido y bisoño oponente de un PSOE ocho años sumido en similares maquinaciones y enredos. Fueron los años en que la Comunidad de Madrid envió espías al Ayuntamiento, los años en que comenzaron las vendettas internas.

Aguirre, Gallardón, Cospedal, Rajoy, Aznar, Mayor Oreja, Fraga (y sus cien mil hijos)… un plantel de sospechosos digno de Le Carré, Chandler, Hammet, Christie, Highsmith, Simenon, González Ledesma, Juan Madrid, Eduardo Mendoza o Vázquez Montalbán. Todos contra todas, centro derecha contra derecha radical, PP contra Partido Popular y Aznar, desde su cuartel de invierno, observando a sus vástagos y moviendo los hilos de una partida en la que él, la derecha radical, mueve todos todos los peones, todas las fichas, todos los hilos que le deja Merkel. La conjura se puso en marcha al día siguiente de que Rajoy fuera investido presidente.

Aguirre, despechada, lució la prenda de Eurovegas para reivindicarse ante la mirada furtiva de Josemari; Gallardón, exultante, escupió sobre el casino desde su estrado ministerial; Cospedal se hizo fuerte en su principado manchego; Fraga sonrió desde el cielo de Franco y Pinochet; y Mayor Oreja intentó mojar la oreja a Rajoy sin éxito. En medio de la contienda ha estallado la bomba Bárcenas sin que a nadie le conste su existencia desde los años ochenta. Las miradas que antes se espiaban, ahora se señalan. La guerra está servida. Eurovegas, como se sospechaba, es una tapadera y Aguirre es señalada por los suyos como la garganta profunda que ha puesto en marcha el temporizador.

Mientras tanto, la ciudadanía traga cicuta neoliberal con la insólita esperanza de que sea el propio gobierno quien sufra sus efectos. Como César, Rajoy tiene todas las papeletas para caer, no envenenado, sino herido por uno de los suyos.

Peligros de la NO participación ciudadana.

La principal lacra que aqueja a las sociedades modernas es el individualismo, esa exaltación de lo particular que acaba devorando la convivencia hasta tal punto que el propio individuo, ser social por naturaleza, acaba resintiéndose en su propia singularidad. La cultura occidental es proclive a enasalzar lo individual y anteponerlo a lo colectivo, cuando lo aconsejable sería buscar el equilibrio justo que permitiese un desarrollo social adecuado de todos los individuos. Ese equilibrio, normalmente, se busca a través de la representatividad que, se supone, expone y defiende los deseos particulares a la hora de consensuar normas que armonicen la convivencia entre unos individuos y otros.

Cuanto más numerosa es una sociedad, más complejo resulta coordinar los intereses de todas las personas que la componen. El individuo mantiene relaciones de proximidad en las estructuras familiares, vecinales y locales que componen su hábitat cotidiano, pero también forma parte de unas estructuras mayores que suelen articularse en ámbitos geográficos o administrativos más amplios donde el individualismo se diluye gradualmente en relaciones de lejanía. La comarca, la provincia, la región, la nación o el continente son fronteras administrativas que dan fuerza a un colectivo en detrimento del individualismo de sus componentes. Aún así, son necesarias e inevitables.

También las asociaciones profesionales, religiosas, de ocio o de cooperación permiten al individuo sumar sus fuerzas a las de quienes se identifican con sus necesidades de cara a conseguir objetivos más ambiciosos que los que conseguiría una persona sola. De esta realidad surgen colectivos que, basándose en la representatividad otorgada por los individuos, hacen suya la tarea de establecer las reglas de convivencia y los objetivos concretos a conseguir para todos y cada uno de los sujetos representados. De ahí provienen desde la comunidad de vecinos hasta la ONU, pasando por todas las escalas intermedias habidas y por haber.

Los españoles somos individuos en la familia y pretendemos ser individuos en el universo. A regañadientes aceptamos que algún paisano se nos parezca en algo y rugimos para expresar lo que nos diferencia en el hogar, en el barrio, en el pueblo, en la provincia o, ya lo he dicho, en el universo. Somos capaces de partirnos la cara por las diferencias y a la vez despreciar las semejanzas, elevamos lo que nos separa muy por encima de lo que nos une, sacralizamos el individualismo y demonizamos la colectividad. Y nos quejamos. Continuamente buscamos cuarenta millones de problemas para cada solución que se nos presenta.

Este individualismo ibérico de pata negra es el que hace que una asamblea de madres y padres de un colegio con mil aulumnos se vea reducida a la presencia de cuarenta o setenta personas, que una asociación vecinal de un barrio con cinco mil habitantes no tenga más de cincuenta socios activos, que la presidencia de la comunidad del bloque sea un marrón del que huimos como de la peste o que de los dos mil cofrades acudan a la misa treinta y cuatro. No soportamos el sacrificio de nuestras ideas personales en el altar comunitario y, sobre todo, no aceptamos que sea el vecino de al lado quien vea prosperar una propuesta suya.

Lo mismo sucede con la política. La ciudadanía cuenta con mil argumentos para justificar su dejadez participativa en asuntos que le interesan, arraigados por una parte en el individualismo íntimo de los españoles y, por otra, en la mala praxis ejercida por individuos que se han interesado por la política a título particular. La mayoría de estos argumentos son estereotipos acuñados con el único fin de la autojustificación, pero realmente el único argumento veraz es el del cultivo del individualismo y la ausencia de voluntad para sacrificar parte de nuestro tiempo, dedicado diariamente a ver la televisión o arreglar el mundo en la cafetería, en beneficio del bien común. Estoy segura de que una participación ciudadana masiva erradicaría la corrupción, la holgazanería y la impunidad de la que todos nos lamentamos continuamente.

Las últimas propuestas populistas, esgrimidas por Cospedal, Aguirre, Feijoo y casi todo el PP, van en la línea de anular del todo la participación ciudadana. Reducir el número de diputados o de concejales no es más que limitar estadísticamente la presencia en las instituciones de elementos ajenos a los intereses del PP y del PSOE, dos formaciones que funcionan como empresas. Suprimir el salario de los políticos supone cerrar la puerta a cualquier ciudadano cuya renta y disponibilidad horaria no le permita dedicarse a ello durante unos años. Estas dos propuestas persiguen el fin de dejar nuestros destinos en manos de opulentos tecnócratas que ya hace años que se vienen forrando con la polítca a través de sus intermediarios del PP y del PSOE.

Las cortes se llenarían de Florentinos Pérez, Amancios Ortega o Juanes Roig totalmente despegados de la realidad de la inmensa mayoría de los españoles y de sus necesidades. El BOE sería el catálogo y la tarifa de precios impuesta por ACS, Inditex o Mercadona y la legislación sería una fórmula química orientada a elevar la gráfica del Ibex 35. Sólo con la participación de millones de individuos se podría enderezar el rumbo de la nave de manera satisfactoria para la inmensa mayoría social.

Los partidos, por su parte, deberían hacer un esfuerzo generoso para eliminar los vicios y las estructuras perniciosas que los mantienen rígidos y alejados de la sociedad, permitiendo que les entre savia joven y florezcan de nuevo como espacios abiertos donde cualquier individuo pueda participar sin temor a ser podado o secado entre viejas ramas cubiertas de espinas.

¿No se debería modificar la Ley electoral? No les interesa.

¿No se deberían regular por Ley las remuneraciones de cargos públicos? No les interesa.

¿No se debería limitar la permanencia en cargos públicos a ocho o doce años? No les interesa.

¿No se debería penar más duramente la corrupción? No les interesa.

¿Se deben eliminar representantes de la ciudadanía o sus sueldos? No nos interesa.