Breve historia de las privatizaciones

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La guerra del agua en Cochabamba (Blolivia) contra su privatización en el año 2000

Las culturas indígenas de América contemplaban la naturaleza como la parte del cosmos asequible al ser humano para desarrollarse como tal. Siglos de convivencia con el entorno natural les facilitaron comprender que el hombre y la naturaleza son una misma cosa y que de su relación armoniosa dependía el bienestar de ambos. Las tribus indígenas desrrollaron el Sumak Kawsay (1) que, traducido del quechua, es el Buen Vivir, un modelo social que promueve vínculos sostenibles con la naturaleza, distanciados del disfrute privado en favor del disfrute público. Esta visión se refuerza con un proverbio de las tribus indias de norteamérica: “La Tierra no es una herencia de nuestros antepasados, sino un préstamo de nuestros descendientes”.

La civilización y el progreso llegaron en forma de conquista con espadas, picas, ballestas, espingardas y arcabuces como sórdidos argumentos para sacarles de tamaño error y reconfortarles con verdades absolutas que los dioses europeos proclamaban como universales. La sabiduría ancestral y las tribus salvajes fueron sacrificadas en honor a una nueva cultura que proclamaba el derecho del más fuerte a cautivar la naturaleza en su ámbito privado y le concedía la potestad divina de practicar la generosidad con los más débiles a su capricho y voluntad. Lo natural, que era público, se convirtió en patrimonio privado para servir a los nuevos dioses, antepasados celestiales del actual dios del consumo y la rentabilidad.

La despensa colectiva que natura ofrecía se tornó en anzuelo para que un sólo pescador doblegase a cientos de personas que debían servirle para obtener bocado, so pena de martirio y garrote, o debían proveerle de tesoros naturales para canjearlos, siempre a la baja, por sustento y dignidad. Desde el descubrimiento de América, los civilizadores europeos se lanzaron en tropel a privatizar, en nombre de sus coronas, el nuevo continente violando todas las virginidades, vegetales, animales, minerales, filosóficas, culturales y humanas que éste ofrecía. La cruz y la espada, al servicio del materialismo, privatizaron América como llevaban siglos haciendo con Asia y África y todavía hoy, en el siglo XXI, no han consumado su conquista global.

Privatizar los pertinentes remedios para cubrir las necesidades humanas es la filosofía del sistema económico imperante, como la historia recoge, para que el ser humano sea esclavizado por una élite que difícilmente encaja en el concepto de humanidad. Una sociedad que destruye alimentos, mientras propaga el hambre como arma de dominación, no puede llamarse ni humana ni civilizada. Una sociedad que permite destruir la naturaleza en aras del avaro deseo de una ínfima minoría, se está condenando a sí misma. La mal llamada civilización occidental ha permitido privatizar todos los recursos naturales, incluida el agua de la lluvia (2), para ser ofrecidos a la población, a precio de oro, sin importar que la naturaleza muera de sed. Es la ley de la espada, la cruz de la humanidad.

Hoy, las carnes europeas sufren los devastadores efectos de la penuria provocada artificialmente por unos cuantos conquistadores financieros apoyados en los virreyes de la política que nos evangelizan, a hostias sin consagrar, sin despeinarse. Concrétamente, los conquistadores del norte exigen privatizar los derechos de los débiles del sur apoyados en virreyes como los que ocupan los gobiernos de España, Portugal, Italia o Grecia. En España, hoy se está degollando la sanidad, la educación, la asistencia o la justicia; la energía, la telefonía, la banca y otros productos de primera necesidad se han privatizado desde que arrancó la democracia.

El préstamo de nuestros descendientes se está dilapidando en nombre de la herencia recibida de unos antepasados con tan sólo siete años de antigüedad, pero la verdad es otra y arranca de muchos siglos atrás. Como a los indígenas colombinos, nos están estafando con baratijas ofrecidas como joyas. Estamos haciendo el indio.

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Para comprender de dónde venimos y dónde estamos.
(1) Sarayaku kaparik: el grito por la dignidad. Interesante documental ofrecido en cinco partes: 1, 2, 3 ,4 y 5. También disponible el vído completo, incluso para descargar, pinchando aquí. Vídeo producido por Insurgente Producciones con la colaboración de la Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz (ASPA).
(2) La abuela grillo. Precioso corto de animación sobre el agua y el derecho de todos a disponer de ella. El corto hace referencia a la Guerra del Agua, ocurrida en Cochabamba (Bolivia) en 2000 tras la decisión gubernamental de privatizar el abastecimiento de agua -incluida la prohibición de recolección de agua pluvial- en la región. Animado por 8 animadores bolivianos, dirigido por un francès, musicado por la embajadora de bolivia en Francia, compuesta por otro francès, un proyecto danès, ayuda de producción de un mexicano y una alemana. Adaptado de un mito ayoreo.
las-venas-abiertasLas venas abiertas de América Latina es un ensayo del escritor uruguayo Eduardo Galeano publicado en 1971. En esta obra, difícil de clasificar como muchas otras de Galeano, el autor analiza la historia de América Latina de modo global desde la Colonización europea de América hasta la América Latina contemporánea, argumentando con crónicas y narraciones el constante saqueo de los recursos naturales de la región por parte de los imperios coloniales, entre los siglos XVI y XIX, y los Estados imperialistas, el Reino Unido y los Estados Unidos
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Costumbrismo consumista.

Las costumbres han caminado siempre con pasos flemáticos, arrastrando sus lerdos pies sobre la sociedad, hasta hacerse un hueco propio en las diferentes culturas. La persistencia de tal o cual moda, de tal o cual idea, de tal o cual estilo, ha ido cincelando las características que definen la idiosincracia de cualquier reducto social, venciendo las resistencias que pudiesen oponerse a cualquier cambio sustancial en la colectividad. Así ha sido hasta hace poco.

Los cambios de costumbres, como decisiones vitales que son, se han fraguado mediante una disputa enconada o amable entre las tradiciones salientes y los usos entrantes, la mayoría de las veces con periodos de convivencia de mayor o menor extensión según la vitalidad o el cansancio mostrados por ambas partes durante el diálogo. Otras veces simplemente han decidido llevar vidas paralelas sin menoscabarse entre sí. Hay costumbres cuya procedencia se pierde en las esquinas de la historia y otras que aparececen y se instalan en la plaza sin que nadie acierte a señalar su origen.

Desde que existe la publicidad y el ansia consumista, las costumbres acampan en nuestras rutinas cotidianas de forma imprevista e inmediata sin dar lugar a la dialéctica edificante entre lo viejo y lo nuevo, sin escuchar las voces autorizadas por la edad o la experiencia y sin atender a las intenciones verdaderas agazapadas tras la innovación. El lenguaje de la publicidad y el consumo se construye alrededor de los imperativos verbales (disfrute, pruebe, lea, escuche, compare, beba, coma, duerma…) sintetizados en una sola idea (compre). El imperativo es una orden que no admite diálogo.

A través de los productos se nos venden también las costumbres como una avanzadilla del imperativo cultural que destierra los usos poco comerciales, a veces milenarios, de nuestras sociedades. Sin darnos cuenta, nos hemos acostumbrado a consumir modificando nuestros hábitos de vida en parcelas tan íntimas y naturales como las relaciones familiares, la comida o el descanso. Desde que comemos hamburguesas o pizza, nos hemos acostumbrado a la comida rápida y a sus consecuencias, el móvil o el ordenador han virtualizado la amistad y hurtado el roce físico, y los centros comerciales han prostituido el concepto de ocio.

Las costumbres consumistas llegan para quedarse el tiempo justo que necesitan para vampirizar los bolsillos y lobotomizar el patrimonio social de un pueblo, una ciudad, un país o un continente. A veces, llaman a la puerta y se les recibe con la inocencia propia de quien está amaestrado por los imperativos publicitarios. Y se quedan. Permanecen en casa como si formasen parte del decorado cultural de los hogares desde toda la vida, una vida rodeada por costumbres novedosas que arrinconan a las viejas para, en muchos casos, quedar a su vez arrinconadas por el tiempo. Usar y tirar es un rasgo cultural reciente que ha entrado en nuestra sociedad a través de la alfombra roja tendida por la costumbre del consumo.

Hemos pasado Halloween, desconociendo la mayoría su historia y su significado, y lo volveremos a pasar el año que viene, tributando en la taquilla del comercio de disfraces, en la taquilla del botellón y, lamentablemente este año, en la taquilla de Caronte del Madrid Arena. Dentro de poco asistiremos al duelo legendario entre Papá Noel y los Reyes Magos, entre lo nuevo y lo viejo, entre la cultura española y la anglosajona. Como aquí poca gente repara en gastos, a pesar de la crisis, conviven desde hace años las dos costumbres duplicando el gasto en regalos navideños. Gana el consumo y pierde el costumbrismo.

Como idea para navidad, consuman (en modo imperativo) productos fabricados por nuestros paisanos andaluces, españoles o europeos, envuelvan sus regalos en papel de necesidad cubierta y pónganles una moña de sentido común.

La otra burbuja inmobiliaria.

Hace tiempo que la funcionalidad de la construcción dejó de apuntar al confort como objetivo y al individuo como protagonista de la habitabilidad de los edificios. Los modernos edificios, como la vida en general, son productos de consumo enfocados a decorar nuestra existencia más que a aliviarla. Ya no se mira el grosor de los muros, la distribución racional de los aposentos o las instalaciones de agua y luz; ahora se valora el color del mármol, el equipamiento minimalista de la cocina y el diseño de los apliques del retrete.

Las casas de gruesos muros y recias tuberías no están de moda. Nadie quiere vivir en una casa cuyos balcones carecen de cristal y aluminio por mucho que sean amplios, den luminosidad cegadora al salón o el dormitorio y estén orientados al sur. No molan. Molan las paredes de pladur, falsos revoques y enfoscado de urgencia pop-art, las puertas y marcos de catálogo con nula funcionalidad térmica y acústica, la grifería colorida pero goteante, y la cocina electrónica para comida rápida y poco nutritiva.

Los hogares de la modernidad han cedido el protagonismo a la apariencia y tienen como objetivo el negocio inmobiliario. No son hogares para vivir, sino lugares de tránsito destinados a liberarnos de la carga de nuestros salarios desde el momento mismo de la firma de la hipoteca. Estos hogares hace años que complementan sus deficiencias con ajuares también deficientes en los que invertimos el poco dinero que el banco nos deja para disfrutarlos. Las instalaciones, los electrodomésticos, el mobiliario y hasta los detalles meramente decorativos padecen de las mismas deficiencias estructurales que los edificios. Obsolescencia programada, cultura de usar y tirar y precios instigadores del consumo se encargan de que nuestro confort pase por hacernos clientes preferentes en los grandes almacenes.

El déficit térmico de los muros se suple con aparatos que duran uno o dos años como mucho y que compramos a pares porque sale más barato y tenemos asumido que quizás necesitemos dos por temporada. Las neveras o los hornos cumplen su misión bajo la presión que la caducidad de la garantía imprime a su uso ante el temor de que perezcan antes que algunos congelados. Los enchufes y lámparas tienen autonomía propia para fundir bombillas o asesinar la depiladora en el dramático instante en que desfila por el vello púbico. Las tuberías amenazan el subsuelo cotidiano con infartos y derrames que precisen la asistencia sanitaria privada de un fontanero porque las compañías de seguros siempre se las ingenian para eludir sus responsabilidades. El confort se muestra así como el cómplice necesario para el asesinato perfecto de los ahorros.

Además de lo expuesto, los hogares sufren los efectos de las sanguijuelas y garrapatas que llevan asociadas: luz, agua, gas, IBI, IVA y derivados menores que desangran el poco fluido adquisitivo que corre por nuestras venas.

A pesar de que el derecho a la vivienda se ha convertido en una suerte de cadena perpetua para la mayoría de las personas, todavía hay quien dice que vivimos por encima de nuestras posibilidades.

Vivir para ver.

Vivir para pagar.

La olimpiada de Belén Esteban

Ya pasado de moda, el atentado de los guiñoles franceses contra la estima deportiva nacional se queda en rabieta infantil si se le compara con el suicidio inducido que nuestras autoridades deportivas han perpetrado usando el uniforme de los deportistas como arma letal contra el orgullo de ser español, español, español.

Lejos quedan los tiempos en que los suburbios de las ciudades españolas recibían el apelativo de Villa Olímpica en alusión a los indescriptibles chandals utilizados por sus moradores, aliñados con gruesas medallas de oro con la efigie de Camarón o de la virgen del Rocío colgando de sus pechos sobre barrigas cruzcamperas.

Los españoles, desmesurados y barrocos como pocos pueblos europeos, invistieron con el título de princesa del pueblo a Belén Esteban, personaje cuyo currículum ofrecía como datos más relevantes un braguetazo torero y cañí y el lucimiento de chandals irreverentes que no lograron abrirse hueco en el mundo de la moda, salvo en las pasarelas rosas y amarillas del cotilleo patrio, otra de nuestras señas de identidad.

Desde que Barcelona 92 elevó el deporte nacional a la categoría de religión pagana, muchos españoles se han lanzado a rellenar parte de su ocio practicando algún deporte. Hemos pasado en 20 años de una práctica deportiva casi clandestina, uniformada con equipamientos y artilugios a la vez modestos y útiles, a practicar un deporte en el que el ejercicio físico compite con la apariencia social, otra de nuestras señas de identidad.

La proliferación de artilugios deportivos para ejercitarse en casa decora desde hace años la estampa de los contenedores de basura con cintas andadoras, bicicletas sin ruedas o acolchados bancos de hacer pesas, arrumbados por la obsolescencia programada o por una deficiente necesidad de comprar algo de lo que nos aburrimos enseguida. Esta práctica poco saludable ha cambiado el escenario del parque público por el salón de casa, el aire oxigenado de los árboles por el aire acondicionado, el agua de la fuente por potingues isotónicos y los rayos del sol por la luz de bombillas de bajo consumo. Una variante de este deporte urbano y apresurado son los gimnasios y otra, la más incomprensible de todas, es el deporte electrónico que se practica mirando a una pantalla como sucedáneo de la realidad abandonada fuera de los tabiques hogareños.

Volviendo a la indumentaria deportiva, los españoles hemos decidido que no se puede salir a practicar deporte con menos de 300 euros de adornos y parafernalia. Para el footing, un culotte marcador, zapatillas de última generación, camiseta con tecnología transpirable, gafas protectoras del sol con diseño aerodinámico, gorra de tejido refractario, calcetines anatómicos, abultado reloj multifuncional y el móvil adosado al bícep para medir las pulsaciones y atender las inevitables llamadas. Todo ello, por supuesto, de marca; nada de imitaciones. Si nos metemos en otro tipo de deportes, lo hacemos a costa de propiciar un berrinche a la tarjeta de crédito sumando un préstamo más a nuestra decreciente economía. Pero no importa, lo realmente importante es participar aunque nuestra marca personal no dé para coger a tiempo el autobús.

El consumo deportivo de los no practicantes ha llenado los armarios patrios de camisetas y parafernalia diversa para mostrar nuestras filiaciones públicamente: la camiseta oficial (o camisetas, que para eso sacan varios modelos cada temporada) de nuestro equipo favorito, la camiseta de la selección (una sin la estrella y otra con la estrella), la de Ferrari, la de Messi, la de Ronaldo, la del club del pueblo, la del wisky Dyc, la de Pedrosa, la de Lorenzo, el reloj de Nadal, la gorra de quien sea, la jarra de Iniesta, la bufanda de Xabi, el pañuelo de Xavi y lo que nos metan por los ojos y la cartera.

Es por todo eso que contemplo el estilizado chandal de nuestra troupe olímpica como una oportunidad única para sacudirnos de una vez la hipnosis deportiva que padecemos, poner los pies en la tierra, dotar de sensatez a nuestras vidas y pasar olímpicamente del mercadeo deportivo.

Tecnología social

TECNOLOGÍA

Enganchado a las redes sociales puedes comunicarte, en silencio y soledad, con millones de personas que, en soledad y silencio, comparten noticias, fotografías, estados de ánimo, opiniones, música y terapias. El ejercicio, sano y útil en apariencia, manifiesta sus efectos colaterales en un anquilosamiento progresivo de las articulaciones corporales, un sutil aumento de la curva abdominal e imperceptibles molestias en la zona cervical.

Las redes sociales, como los modernos teléfonos, tienen la virtud de permitir la comunicación a distancia a costa de suprimir la comunicación directa e inmediata con quienes te rodean. Así, es frecuente ver a un grupo de personas alrededor de la mesa de un bar con varios de sus componentes desconectados del momento y sumidos en un frenético teclear a dos dedos en su smartphone.

Este aislamiento individual llega al punto de haber relegado al olvido la frágil intimidad que proporcionaban las antiguas cabinas telefónicas, sustituyéndola sin ningún tipo de recato por conversaciones de las que participa cualquiera que se encuentre a pocos metros del teléfono. En la cola del pan, del banco, del médico, en velatorios o en plena calle, cualquiera puede asistir a una conversación supuestamente privada cuyo volumen aumenta en proporción inversa a la cobertura que haya en el lugar.

Hace unos 20 años, aparecieron en el mercado unas cosas llamadas tamagotchi que tuvieron un éxito pasajero como mascotas virtuales. A las dos o tres temporadas, la sociedad pareció entender que era absurdo un desmesurado gasto en semejantes engendros y desaparecieron por la puerta trasera del mercado, aunque dejaron su huevo consumista en aquella infancia que dio sus primeros pasos mimando y cuidando a estas mascotas electrónicas en detrimento del juego social cooperativo y participativo con seres animados. Hoy, la larva surgida de aquel huevo consumista ha hecho que gran parte de aquellos niños y niñas dediquen un tiempo y unos recursos a cuidar sus apéndices electrónicos que no dedican a cuidar sus amistades o su propia salud personal.

El consumo tecnológico, como el consumo en general, está orientado, mediante el marketing y la publicidad, a satisfacer las necesidades humanas añadiendo varios escalones a la pirámide de Maslow. Las nuevas tecnologías ha obrado el milagro de que se consuman con avidez productos de los que el comprador desconoce incluso gran parte de sus posibilidades y funcionamiento, añadiendo a la compra el nefasto y asumido principio de usar y tirar porque hay que estar a la moda al mismo ritmo que evolucionan los productos tecnológicos.

Nadie compra ya un teléfono para hablar; se compra un teléfono que hable por ti y diga al mundo algo sobre tu nivel electrónico y tus aparentes posibilidades económicas. Ni se compra un ordenador para procesar textos o facilitar el trabajo, sino para escuchar música, ver cine y no sé cuántas cosas más que suponen el ostracismo para la televisión, el vídeo y el equipo de música que nos costó un pastón en su momento y hay que jubilar prematuramente porque no disponen de ranuras para ayuntar con el ordenador.

Son algunos de los efectos nocivos que las nuevas tecnologías deparan a una sociedad avanzada que, sin embargo, tiene la posibilidad de valerse de ellas para su bienestar en lugar de que estas tecnologías se valgan de ella para fines económicos o de control.

El Gran Hermano que vaticinara Orwell ya está aquí.