Política basura

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La transición de la dictadura militar a esto aceptado como democracia se hizo sin barrer ni fregar, es decir, con toda la basura franquista maculando el país y el sistema. El miedo a los tanques y a la tradición del terrorismo militar hizo que buena parte de la clase política, casi toda, rehusara a las escobas y las fregonas, imprescindibles para una adecuada higiene democrática. Así, lastrada por esta ignominia infame, la ciudadanía española dio por bueno este simulacro de democracia.

Por si no fuera suficiente con la basura franquista, la modernidad hizo que el personal se hiciera adicto a la comida basura, esa bazofia culinaria invasora importada del mundo “desarrollado”. Se cambió de golpe, sin transición, el hambre de posguerra por el engorde al más puro estilo porcino. Lo moderno fue, y es, tragar hamburguesas, engullir bollería industrial y atracarse de comida rápida. Así se cebó, y se sigue cebando, la población aumentando grotescamente la media del perímetro estomacal.

El paroxismo dietético ha contaminado gravemente la cultura gastronómica hasta el punto de que conviven hoy, en inhumana armonía, la desnutrición de gran parte de la población con la obesidad galopante de otra buena parte. Es paradójica la estampa de gente hurgando en los contenedores de basura, unos metros más abajo de donde otra gente hace cola con su coche para consumir la basura que les sirven, previo pago en ventanilla, empleados de multinacionales con contratos basura. Sociedad basura.

Al maltrato corporal que supone la comida basura hay que sumar otro hito cultural igualmente nocivo y devorado masivamente: la televisión basura. En la misma ominosa transición, se pasó del corsé ideológico del franquismo a la proliferación de canales televisivos que vendieron la zafiedad como alternativa a la eclosión multicultural de los años de “la movida”. La cultura basura, al igual que la comida basura, acabó por imponerse y continúa hoy cebando cerebros.

A nadie se le escapa que los medios de comunicación e internet gozan de una privilegiada posición, a la hora de educar, que ya quisieran para sí instituciones seculares como la familia y la escuela. La televisión basura, y otras basuras mediáticas, han obrado el milagro de convertir los cerebros de los españoles en masas amorfas con cuestionable actividad neuronal. La ciudadanía, pues, en el siglo XXI, ha engordado física e intelectualmente a unos niveles altamente alarmantes.

Este panorama no ha pasado desapercibido para la clase política: el español medio se traga cualquier cosa machaconamente publicitada. Y así hemos llegado a la actual situación en la que la política basura se ha convertido en la preocupante y perniciosa práctica que sufrimos día sí y día también. A quienes practicamos la insana costumbre de realizar algún tipo de ejercicio o tenemos la extravagante costumbre de pensar, nos asombra que el electorado sea capaz de oír lo que dicen políticos y políticas y de votar lo que vota sin vomitar.

Con los cuerpos deteriorados y los cerebros rozando el coma, España corre el riesgo de un colapso multiorgánico. El panorama es desolador. Hay serio peligro de dispepsia inmediata provocada por la deriva electoralista que ofrece menú único: basura mediática, basura política y una imponente guarnición de basura franquista. Y, de entrante y postre, mentiras y manipulaciones, una detrás de otra, para que la ciudadanía se enfrente entre sí sin apuntar a los verdaderos responsables: los asquerosos cocineros que aspiran a ser votados.

La deriva de PP, C’s y Vox me lleva a valorar su tremenda capacidad para generar basura ilimitada en sus discursos y sus listas electorales. España hiede a basura, por mucho que se agiten incensarios. A votar, de nuevo, con la nariz tapada.

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Yankee, go home.

Nguyen Thi Hong Van, de 11 años y supuesta víctima del ‘agente naranja’, con su madre en su casa de Danang. / HOANG DINH NAM (AFP). El País.

Arrasar 2.000.000 de hectareas con 75 millones de litros de herbicida que contiene una dioxina de alta capcidad destructiva puede considerarse un crimen ecológico, suficiente para enviar a quien lo hizo al pasillo de la muerte con un mono naranja. Si el herbicida produce millones de enfermedades y muertes de seres humanos, podemos hablar de crimen contra la humanidad o de genocidio, suficiente para multiplicar la condena de sus causantes. Pero no: los Estados Unidos siempre han estado por encima de la justicia y gozan de una complicidad internacional labrada a base de dólares y miedo.

Los efectos del agente naranja en Vietnam son un ejemplo de la letal cultura bélica de EE.UU. y de su demostrada capacidad para evitar en sus propias carnes una justicia que ellos aplican sin piedad a cualquier país que se les antoje. El salvaje oeste sigue vigente y los cuatreros, reverendos asesinos o sheriffs sin conciencia continúan dominando el mundo desde la base del terror.

No es la única muestra dañina de su cultura, ni es mejor o peor que otras. Disponen de un amplio abanico para hacer daño y lo hacen, generalmente, con el beneplácito y la aceptación del resto del mundo, con la complicidad de sus propias víctimas. Para eso están Hollywood y el resto de su maquinaria propagandística.

Empresas como Mosanto, que dejaría como delincuentes menores a Jack el Destripador o al Doctor Jekill, campan a sus anchas extendiendo la hambruna por el mudo impunemente; McDonald´s y Coca cola, iconos mundiales de la comida basura, incluyen en sus menús dietas calóricas que contagian la obesidad como una plaga; Goldman Sachs, Morgan Stanley y Barclays juegan al monopoly con el hambre del mundo gracias a su invento del mercado de futuros. La cultura alimentaria de EE.UU. es, cuanto menos, dañina y aceptada globalmente como lo más natural del mundo.

De su cultura bélica, se ha comentado la que practican directamente, desde su nacimiento como nación, con unos ejércitos de dudosos héroes nacionales, pero no es menos mortífero el mercado de armas que controlan a nivel mundial desde que aniquilaron a la competencia soviética y se quedaron con el negocio casi en exclusiva. El mercado norteamericano de las armas se sustenta en una especie de religión fundamentalista que considera la tenencia de artilugios para matar todo un derecho irrenunciable, consagrado por su constitución, a pesar de las continuas matanzas entre sus propios ciudadanos, matanzas que luego muestran al mundo como espectáculo audiovisual en cines y televisiones.

Como complemento ideal de sus ejércitos, disponen de unos servicios de espionaje y una red diplomática que ha instigado guerras y golpes de estado en los cinco continentes con la sana intención de liberar al mundo de peligrosos “malos” y de regímenes nocivos para los intereses de sus empresas y de sus inversores. En estos casos han conseguido que sean otros quienes ponen los muertos y los asesinos. Todo por la libertad y la democracia. Todo por su causa.

Y como contaminantes ambientales no hay quien les frene. Más de la mitad de la mierda esparcida por el globo tiene olor genuinamente americano y desde hace décadas están convirtiendo el espacio en un vertedero de chatarra con fines militares y de control de la población.

El mundo no se merece este tipo de cultura. El mundo se merce una libertad que los EE.UU. no están dispuestos a conceder.

Yankee, go home.