Se puede vivir sin salario

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Existe la insana costumbre de discutir y poner en entredicho cualquier afirmación o propuesta dictada por gente docta y entendida que vela por el bienestar de la plebe inculta e ingrata. El español medio se extravía en el bosque de los mensajes cotidianos y no descifra correctamente los recados, cuando éstos son simples y directos, buscando siempre enmendar la plana a quienes los emiten. Propio de la ignorancia y la rusticidad neuronal del pueblo español es pensar que el FMI y la Comisión Europea no buscan el bienestar ciudadano cuando piden que se bajen los salarios un 10%.

Olli Rehn no merece el desprecio y las protestas de una ciudadanía que no entiende nada de economía y se atreve a criticar la propuesta de una eminencia con estudios de Economía, Relaciones Internacionales y Periodismo en EE.UU., un máster en Ciencias Políticas por Helsinki y un doctorado en Filosofía por Oxford. Salga lo que salga de su boca, nadie tiene derecho a dudar de que lo hace por el bien general de la población. Y si saliera de sus pies, tampoco, que para eso llegó a ser futbolista de la primera división finlandesa.

Si el currículum de Olli no basta, conviene saber que sus palabras responden literalmente a la propuesta del FMI, ese sagrado organismo financiero experto en solucionar los desequilibrios económicos del mundo con pobreza globalizada. Al frente del FMI han estado en los últimos años excelencias intelectuales como Rodrigo Rato, creador de la burbuja inmobiliaria y saboteador de Bankia, Strauss-Kahn, amante de corruptelas y de camareras de hotel, y Christine Lagarde, investigada por turbios asuntos con Bernard Tapie y el banco Crédit Lyonnais. ¿Quién puede desear pertenecer a un club que admite socios como éstos?

España se lo traga todo, con los dientes apretados y las uñas clavadas en las palmas de sus manos, porque los recaderos internos del FMI y la CE, el gobierno del Partido Popular, la han convencido de que es por su bien. Menguarán los salarios, insuficientes ya para atender impuestos, subidas de la luz, incrementos de precios, repagos sanitarios o tasas universitarias. Las fortunas privadas harán negocio a costa del empobrecimiento generalizado de la población española que habrá de consolarse contemplando las fotos de sus predadores en el papel cuché de estos nuevos tiempos de hambre y de sumisión, tiempos de posguerra sin guerra, tiempos para cuatro vencedores y millones de vencidos.

No hay que darle más vueltas: que bajen los salarios ese 10% y lo que haga falta para auyentar el fantasma de la guerra, solución clásica para expoliar países hasta que el neoliberalismo perfeccionó sus mecanismos. En el crak de 1929, los tiburones financieros se arrojaban al vacío desde los rascacielos al ritmo de la caída del Dow Jones; hoy son premiados y remunerados al mismo ritmo con el que castigan y expolian países enteros como España.

Hay que olvidarse de la crisis y centrar toda la atención en Bárcenas y los EREs, en Carromero “el brazo tonto del PP” y su aventura en una dictadura comunista, en Juan Carlos I y su desventura medieval en la dictadura de su primo marroquí, en el Peñón de Gibraltar y el ardor guerrero de Rajoy, en los dimes y diretes sobre el maquinista del Alvia o en cualquier anestésico televisivo. España estará a corto plazo un 10% más jodida, pero contenta. Menos es nada, menos le falta para ser competitiva con condiciones tercermundistas y menos tardarán en olvidarse de ella la CE y el FMI. España descubrirá a medio plazo que es posible vivir sin salario.

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Indultos e insultos

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Un indulto es una gracia por la cual se remite total o parcialmente o se conmuta una pena. Corresponde al Consejo de Ministros proponerlo y a Su Campechana Majestad firmarlo y concederlo. Desde hace años, los indultos en España se obstinan en ser, más que una gracia, un cachondeo, una burla al más elemental sentido de la justicia, un regate al respeto cívico, una ágil pirueta sobre el decoro. La extravagancia en los los indultos hispanos se refleja en la capacidad indultadora atribuida al presidente de los suplicios taurinos o en la suplantación del Jefe del Estado por el Cristo del Perdón en Málaga.

Todos los gobiernos de España han utilizado alguna vez el indulto como antojo de embarazada primeriza, produciendo enojo en gran parte de la población y distanciándolo del concepto de justicia. Gallardón se ha estrenado en el arte de los indultos arcanos, Montoro se ha lucido con su amnistía, un indulto tan generalizado como injusto, y Aguirre ha desfigurado la condena de Carromero hasta homologarla en la práctica a un indulto. Se indulta a Adelson antes de cometer delito, se indulta a la banca de la estafa global, se indulta a las multinacionales que pactan precios, se indulta la corrupción bajo una manta de buenos propósitos y se indulta a los mossos de escuadra convirtiendo el indulto en insulto social.

Santiago del Valle, condenado por el asesinato de la niña Mari Luz, ha solicitado su indulto, del que los medios destacan la ortografía y la gramática como enjundia informativa, aprovechando la barahúnda que envuelve al gobierno, a la oposición y a la ciudadanía. Sin entrar a valorar su juicio y condena, llama la atención que este ciudadano se sienta legitimado para pedir el indulto. Un país no puede estar bien de salud cuando dispensa indultos como genéricos sin receta, haciendo pensar que cualquiera puede acceder a ellos aunque su solicitud no participe de la excelsa ortografía del despacho donde trabaja Gallardón Junior.

La indulgencia de los gobiernos para con quienes no la merecen es tan notoria como su férrea indiferencia hacia quienes tienen soldadas sus vidas a una abyecta hipoteca con suelo, cosidas a una infame preferente o grapadas a un indestructible contrato de telefonía. Son los gobiernos quienes condenan a sus ciudadanos al yugo empresarial y a las flechas financieras, los mismos gobiernos que, tarde o temprano, sientan a sus componentes en en los consejos de administración de las empresas o a los empresarios en el Consejo de Ministros.

Los pecados mortales se indultan, se disimulan o se premian con insultantes puestos en Bankia, Telefónica, Iberdrola, La Caixa o Endesa. Los pecados veniales se castigan con recortes, impuestos, paro y desprecio cada vez menos disimulado. Ya, para los creyentes, no queda ni tan siquiera el recurso de la absolución porque, a la vista de lo que quizás está pasando en el Vaticano, ni los ministros de Dios son de fiar. Y para colmo, los sobres que recibe la población en general sólo contienen facturas, multas, requerimientos o publicidad, ni una sola carta de amor, ni un miserable billete de quinientos.

La élite política se autoindulta cuando prevarica, cuando evade, cuando se corrompe, cuando miente y cuando incumple sus programas. Lo siente mucho y proclama que no volverá a ocurrir. La justicia no es, triste evidencia, igual para todos los españoles. A pesar de todo, no renuncio, no tiro la toalla, porque estoy jodida pero contenta.

Aguirre, la caza y los talentos.

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La escopeta nacional vuelve a echar humo sobre la actualidad al tiempo que dispersa perdigones sobre la ética y la estética. La aristocracia se divierte con la pólvora desde los albores de la civilización y la nobleza española no deja pasar ninguna ocasión para apretar el gatillo en cualquier lugar, en cualquier momento, sobre cualquier pieza. No hace mucho, el nieto Froilán, a sus trece años, se disparó en un pie mientras practicaba tiro, según comunicó la Casa Real, o al limpiar las armas, según su aristocrático padre. El propio monarca distraía, poco después, sus problemas familiares y los de su reino destripando elefantes a tiros y no se sabe si dispensando algún gatillazo extra en la intimidad.

Ahora, Doña Esperanza Fuencisla Aguirre y Gil de Biedma, condesa consorte de Murillo y grande de España, experta en tiro político al ciudadano, anuncia que compaginará la trinchera política con un puesto de caza al reclamo en Seeliger y Conde, empresa experta en utilizar la imagen de personajes públicos para proyectar sus negocios. Seeliger, casualidad o no, se parece al apellido de John Dillinger, asaltante de bancos en los años 20, o a nombres de pistolas como Derringer o Luger. Casualidad o no, el segundo nombre de la empresa es Conde y cada cual lo hile como quiera. Esta empresa de cazatalentos utilizó a Urdangarín, para lo mismo que a Esperanza Fuencisla, y quedaron satisfechos con él a pesar de su fracaso en la cacería de talentos futboleros.

No es el primer caso en que una empresa ficha a una figura política con la filantrópica intención de aprovechar su imagen, sus contactos y sus relaciones con gobiernos para “ampliar mercados”, una inversión más barata y efectiva que la tradicional publicidad, comerciales de lujo para negocios multimillonarios. La condesa Aguirre ha aceptado la mamandurria privada sin soltar la mamandurria política. Seelinger y Conde han constatado su facilidad en el disparo sobre bandadas de funcionarios, manadas de sindicalistas, reatas de escolares, rebaños de enfermos y toda la fauna que se le ha puesto a tiro, incluidos sus propios compañeros de partido.

En cuanto a “talentos” es de suponer que el concepto sobrepasa sus habilidades, a tenor de la mediocre corte política de la que se ha rodeado en su reino madrileño: perfiles grises con evidentes deficiencias comunicativas pero de probadas dotes para el trapicheo político empresarial. Lasketty, Güemes, González y algunos más dan fe de ello. Esta bisoña cazadora de talentos disfruta descargando su arma contra los talentos españoles que estudian, investigan y se se refugian en Alemania o en cualquier otro país que aprecie el talento español. Ella aprecia talentos como el de Carromero, que volvió de su cacería cubana con dos piezas erróneamente abatidas. También disfruta ejerciendo de anfitriona de talentos como Adelson, en cuyo honor es capaz de vaciar el cargador sobre la ley.

Con la autoridad que le confieren su árbol genealógico y el calibre de su escopeta, esta accidental funcionaria de turismo practica exactamente lo mismo que, según ella, hacen los galenos al alternar las consultas públicas y las privadas. Su sangre azul y su carencia de vergüenza, le evitan el mal trago de ponerse colorada a la hora de defender que ella sí puede conpatibillizar su cargo de presidenta de un rebaño político con el de cazadora de talentos y de fortunas. La puerta giratoria, la doble moral, la doble contabilidad, el doble de beneficio, la doble Esperanza.

Un bardo cazador como Miguel Delibes propuso, en su libro Los santos inocentes, una forma directa y expeditiva de acabar con los abusos sobre el pueblo llano de la élite cazadora. La escena fue interpretada en el cine por un Paco Rabal, genial y comunista, que izó al señorito Juan Diego, genial y comunista, hasta la copa de un árbol similar al que solía utilizar para el reposo su amada y cazada Milana. ¡Quiá, quiá, Milana bonita!

Confianza y mercados

El becerro de oro del siglo XXI está en Wall Street

El becerro de oro del siglo XXI está en Wall Street

Con sigilo, nocturnidad y alevosía aparecieron en nuestras vidas los mercados, un concepto poco conocido en el llamado primer mundo, para instalarse en el diccionario de lo cotidiano ocupando los académicos sillones reservados a sabios con decencia y ética en su currículo. Llegaron los mercados acompañados de secuaces con suficientes coincidencias en su ADN como para certificar un parentesco de primera línea entre ellos y que sus necesidades eran idénticas. La familia de los mercados, en el sentido siciliano del término, la componen unas agencias de calificación y una prima de riesgo de cuyo significado sólo se ha traducido el término confianza y los devastadores efectos que han producido en Europa, eso sí, a la parte más débil de la población.

La saliva política, la tinta, las ondas y las imágenes informativas otorgan a los mercados un tratamiento místico y alegórico reservado a dioses y diablos de cualquier religión ante los que no cabe sino arrodillarse y rezar para que su ira pase de largo perdonando la vida a los mortales. Políticos, empresarios y banqueros, sus evangelistas, desde los púlpitos del poder, predican y sentencian la penitencia: pobreza, pérdida de derechos y sumisión, todo para recuperar la confianza de los dioses, para agarrarse al pulgatorio sin caer al infierno.

La teología de la calificación y la infabilidad de la prima de riesgo han hecho que los popes neoliberales recorten la supervivencia, sacrifiquen lo público en el altar de lo privado y castiguen el pensamiento y la expresión de los aviesos infieles que osan cuestionar a los nuevos dioses. Todo por la confianza de los mercados, presentada como único camino de salvación. Todo para aplacar su ira y colmar la insaciable avidez de sangre humana que exigen y sus adeptos le proporcionan. Todo por la banca, esa nueva patria global a la que se rinde vasallaje y cuyas cadenas ceñirán los cuellos de varias generaciones de españoles, griegos, portugueses o italianos como ya sucedió, durante el siglo pasado, a sudamericanos o africanos.

España es un país en el que la justicia redime a CiU de su financiación ilegal, Baltar enchufa a cientos de familiares, Botella gobierna la capital sin cualificación para ello, Carromero sale de la cárcel por pertenecer al partido, la Junta de Andalucía encubre jubilaciones fraudulentas, se condena a Garzón por investigar la corrupción, el exministro Blanco es pillado en una gasolinera como un camello de favores políticos, diputados del PP juegan con la tablet mientras deciden el futuro del país, Urdangarín o Rato se forran a costa de su imágen pública, los bancos estafan con preferentes, las empresas de telefonía abusan de sus clientes, Díaz Ferrán se estafa a sí mismo y a sus trabajadores, unos mandos militares se apropian del dinero destinado a estudiantes… España, esta España, es, en definitiva, un país altamente cualificado para impartir un máster en corrupción e injusticia. Con seis millones de parados y una alarmante cantidad de ciudadanos en situación de pobreza y desprotección, los mercados envian señales, bajan la prima de riesgo y perdonan la vida como matones satisfechos por el sacrificio de lo mejor del país: su sanidad, su justicia, su educación, su dignidad y su juventud.

A este desdichado país de políticos que hablan demasiado, de gente que calla y otorga demasiado, de medios de comunicación que manipulan demasiado o de trabajadores que aguantan demasiado, a este país, a España, los mercados le otorgan confianza y le conmutan la pena de muerte por la cadena perpetua. El gobierno, sus voceros y otros esbirros de los mercados lo celebran y lo venden como un triunfo, su triunfo, al pueblo perdedor, al pueblo estafado y apaleado.

Como para fiarse de ellos.