El sexo de los ángeles y del clero

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Mientras los otomanos cercaban Bizancio allá por el siglo XV, los bizantinos debatían seriamente sobre el sexo de los ángeles, cuestión transcendental para la humanidad, y legaron a la posteridad el concepto de discusión o argumento bizantino, convirtiendo su gentilicio en sinónimo de inútil, estéril o infructuoso. La iglesia sigue perdida, desde el antiguo testamento, en cuestiones relativas al sexo y continúa en la senda de oscurantismo y condena por la que se autodescarta como referente social mínimamente aceptable.

El papa Bergoglio hizo de cura bueno, cuestionando su capacidad para juzgar la homosexualidad, a la vuelta de su bolo brasileño, y hasta el ateísmo militante lo miró con buenos ojos. “La iglesia se abre, se actualiza, se acerca a los débiles, vuelve a ser cristiana”, se escuchaba en cualquier rincón de España a pesar de que las palabras y los actos de Rouco señalaban todo lo contrario. A cada punto de luz prendido por el papa Francisco, los directivos de la empresa vaticana responden apagando cientos de ellos. Cura bueno, curia mala.

El calendario avanza hacia el siglo XXII y la iglesia, en asuntos sexuales, aplica la marcha atrás. El flamante y flamígero Fernando Sebastián ha apagado, con su sotana purpurada, la luz encendida por el papa volviendo al bizantino argumento de la homosexualidad como deficiencia y su posible tratamiento. Líbreme su dios de cuestionar la docta aseveración de alguien que teoriza de forma tan virginal sobre el sexo y que de forma deficiente, aunque fácilmente tratable, ha renunciado a su práctica.

Sin entrar a valorar palomas inseminadoras, cilicios sadomasoquistas, éxtasis de clausura o abominables pedofilias, bien haría el Vaticano en promover un concilio monotemático y nada bizantino sobre el sexo de los curas y de las monjas. Tal vez, como hacen otras religiones, si conociesen el sexo y el amor humano, comprenderían mejor a las personas y éstas llegarían incluso a entenderles. Tal vez, la sociedad se ahorraría algunas aberraciones. Tal vez, como en otras religiones, convendría que conocieran y practicaran otros aspectos de la vida como, por ejemplo, el trabajo.

La cruz siempre ha buscado un lugar junto a la espada para vencer donde no consigue convencer. El hisopo y la porra son instrumentos del poder divino y del humano, complementarios entre sí, para controlar rebaños. En España, la más oscura de las doctrinas ha vuelto a contraer matrimonio con la más cerrada de las ideologías, la Biblia y el BOE otra vez bajo las sábanas. El neoliberalismo retoza en la Conferencia Episcopal y el Opus Dei en el gobierno.

Desde preescolar, la escuela pública enseñará la historia de Matusalén y la bondad de un plan privado de pensiones, el fratricidio de Caín y la comprensión hacia el golpe militar, el misterio de la Santísima Trinidad y la manipulación de la justicia o las siete plagas de Egipto y la conveniencia de un seguro médico también privado. Todo puntúa por igual para conseguir una beca y para acceder a la carrera soñada. No habrá trabajo, ni salud, ni educación, ni casi derechos; no habrá futuro, pero los españoles tendrán un lugar privilegiado en el reino de los cielos.

El creyente y creído gobierno de Rajoy debería comprender que el hartazgo de la calle no está inspirado por demonios ni conspirado por judeomasones. Una Iglesia Católica que hablara de teología desde el púlpito y de sexo desde la cama sería más creíble, sensible y humana. Ambos dos, gobierno e iglesia, comparten el poder como objetivo, el sexo como tabú y la riqueza como pecado. En España se han cerrado los armarios, pero siguen abiertas las braguetas bajo las sotanas.

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