Reflexión electoral

reflexion2014

El desafecto ciudadano por la política es una evidencia empírica con causas bipartidistas y efectos aún más bipartidistas. No es que la ciudadanía se haya alejado de la política, ahí está la contestación del pueblo en las calles, sino que los políticos se han distanciado de la realidad social, ahí están la patronal y la banca moldeando el BOE a su medida. La campaña electoral que ahora termina ha sido un ejercicio de hipocresía y falsedad para consumo interno en Génova y Ferraz.

Se impone reflexionar sobre la relación ciudadana con las urnas en un ambiente de hambre, goles y medias verónicas, como en los mejores tiempos de los amañados plebiscitos franquistas. A falta de conocer los programas para Europa del PP y del PSOE, silenciados los demás, se impone una reflexión a fondo sobre España y su representación política. No se ha de olvidar que el bipartidismo español es una sucursal del europeo con olor a castiza fritanga e incienso rancio.

Reflexionemos sobre la conveniencia de votar a la Gürtel o a los ERE, a las puertas giratorias de gaviotas y rosas sin puño, a privatizadores o derrochadores, a pésimos gestores azules o colorados. Una reflexión sobre la corrupción institucionalizada es un ejercicio que produce bilis en lugar de sudor, democráticas agujetas e hipertrofia ideológica. Sobres, sobresueldos, comisiones, donaciones, nepotismo, sobrecostes, adjudicaciones… demasiado doping, una olímpica estafa.

Reflexionemos sobre la reforma del artículo 135 de la constitución, sobre el rescate de la banca y la endorfina de Botín, sobre el rescate de las autopistas de peaje de Bankia o Florentino Pérez. Una reflexión sobre las burbujas financiera e inmobiliaria alumbrará el túnel y mostrará cadáveres sanitarios, educativos o asistenciales dejados por las mafias rescatadas. La ciudadanía, las víctimas, ha salvado a los delincuentes, la ciudadanía que votó a quienes dictaron y ejecutaron su condena.

Reflexionemos sobre las reformas laborales, sobre abolición de derechos, devaluación de salarios, escalada del paro, arbitrariedad horaria, beneficios del IBEX 35, movilidad exterior o jubilación más que arrugada. Una reflexión sobre la vida laboral es una lección de historia desde el faraón egipcio hasta Los santos inocentes de Delibes, de barcos negreros y mercados de esclavos, del África colonial o del algodón de Luisiana. Juan Rosell y Juan Roig piden barra libre y el bipartidismo sindical ha entregado a Ned Ludd.

Reflexionemos sobre la justicia y su idilio policial, sobre excarcelación de narcos y represión social, sobre tasas a la inocencia, condenas uterinas, desprecios de cunetas o amparos a torturadores. Una reflexión sobre Gallardón y Fernández Díaz es una marea de lágrimas y miedos virtuales, temor a la libertad de expresión, horror fronterizo de ahogos y cuchillas, un atentado a la libertad. El pueblo que los refrenda es cómplice de su propia criminalización.

Reflexionemos sobre el aire fresco, sobre agua cristalina, sobre fuego purificador, sobre la tierra, la calle. Una reflexión sobre alternativas a tanto fango, podredumbre y hedor es la única vía al optimismo y la esperanza que ha dejado la campaña electoral. El bicéfalo pensamiento único tiene miedo. Lo piensan y sienten Cañete y Jáuregui. Dice éste que los partidos minoritarios “nunca han acreditado nada” y le responde el bloguero de trinchera Juan C. Romero: “el problema, Jáuregui, es que los grandes sí lo han acreditado y lo que han hecho no nos gusta”.

IU, Podemos, Primavera Europea y otros: malos para ellos, bueno para el pueblo. Abstención: buena para ellos, mala para el pueblo.

 

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España sin burbujas.

Todo comenzó hace casi cuarenta años. Acabada la pesadilla de la dictadura, España pensó que los monstruos habían desaparecido y que el paisaje ya no volvería a ser aterrador, pero, en lugar de despertar, continuó durmiendo y contemplando la vida a través de las legañas. El sueño, ahora más placentero, permitía percibir una libertad secuestrada durante cuarenta años y unos bolsillos más llenos que durante la posguerra. De este sueño agradable, España se negó a despertar por voluntad propia y ajena.

Tras más de una década Constitución, elecciones, amagos de golpe de estado, estatutos de autonomía, movida y mucho consumo de tranquimazín consumista, aparecieron las grandes burbujas de la Expo 92 y de las Olimpiadas de Barcelona con el parásito de la corrupción adosado. España se llenó de autovías, de aves, de megavillas olímpicas y de oropeles varios aptos para maquillar su pobreza con la ilusión y la esperanza de que el espejo no reflejase el ceniciento país que era.

El sueño de novísima riqueza que invadió a sus habitantes les hizo sentirse personas libres y dueñas de comprar sus destinos aunque fuese a plazos. Se fortaleció el individualismo, el consumismo se hizo compulsivo, la corrupción se apoderó de la ética en la vida pública y en la privada y se disparó el consumo de coches, viviendas, productos accesorios y barbitúricos para mantener el sueño a cualquier precio. España ya era un país moderno poblado por gentes antiguas que creían haber alcanzado su propio sueño americano.

España, desde los años 90 ha sido un país burbujeante excitado por los chispazos del sueño y la ilusión del no retorno como canción de cuna entonada por políticos, vendedores y financieros. A finales de los 90 se hinchó la burbuja tecnológica en el mundo y España no iba a ser menos debido a la adicción a las burbujas que ya manifestaba sus síntomas estructurales en una población civil, empresarial, financiera y política reticente a despertar. Las puntocom cotizaron en la bolsa y en la vida muy por encima de sus posibilidades, a pesar de lo cual se consumieron nuevas tecnologías a manos llenas.

El campanazo de la burbuja europeísta nos pilló en plena euforia onírica cuando las campanadas de nochevieja dieron paso nada menos que a un nuevo milenio y a una nueva moneda. Más burbujas: España, ahora, había desterrado para siempre el carro tirado por bueyes y se había subido a la nave futurista de la Unión Europea construida con el euro como materia prima y casi única; la moneda única la hizo soñar con una riqueza y un poder adquisitivo redondeado al alza especulativa superior a sus posibilidades; y la ciudadanía europea recién adquirida tenía estampado el “tercera clase” al final de la letra pequeña que casi nadie lee. A pesar de todo, nadie se preocupó de poner en hora el despertador y España siguió durmiendo.

Y llegó la burbuja especulativa que la banca y las finanzas inflaron a nivel mundial en torno al ladrillo. Aznar, muy moderno él, liberalizó todo el suelo patrio como su aportación neoliberal a la global estafa que se estaba pergeñando en las altas esferas globales que diseñan el destino del mundo. Zapatero, presidente casual y navegador a favor de cualquier corriente, no se atrevió a pinchar esta burbuja por temor a que lo corrieran a gorrazos sus votantes y sus patrocinadores extraparlamentarios. El pinchazo de varios bancos americanos, con mención especial al de Luis De Guindos, trajo el derrumbe de todas las construcciones realizadas con naipes hipotecarios en lugar de ladrillos. Y aquí está España, con la última burbuja desinflada y despertada de su sueño.

Ahora, recién despertado bruscamente, el país contempla la realidad al pie de la cama sin comprender exactamente qué ha pasado, preguntándose dónde está y dudando de la imagen desmaquillada que atisba en el espejo cuando se mira. Quienes desde los años 80 entonaban nanas al pie de la cuna, ahora asumen el papel de madrastras malvadas que culpan a España de la situación a la que la han conducido. Estas madrastras de España no dudan en castigarla por haber soñado con el príncipe azul que ellas mismas habían inventado para ella.

Pero, junto a las regañinas y los castigos, siempre hay una madrastra más pérfida que las otras dispuesta a seguir ofreciendo burbujas. No son otra cosa Eurovegas y Barcelona Word, la nueva burbuja lúdico-mafiosa que sustituye el tranquimazin y otros barbitúricos por juego, dinero, sexo, drogas y trabajo sin derechos y casi sin sueldo.

La burbuja española se reinventa y vuelve con nuevos gases nocivos. Hasta que alguien la reviente por las buenas o por las malas. No cabe una burbuja más en las entrañas de un país que necesita soltar aire fétido y putrefacto con urgencia, como el resto de Europa.

España Necesita recuperar su genuino sabor sin burbujas, pero para ello debe despertar y expulsar del cuerpo a quienes le inyectan en vena el dióxido de carbono del consumo y los espejismos especuladores, ahora sin dinero en los bolsillos y sin derechos en la vida.