Sandokán y la ley de la selva

Sandokan

Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. Séneca

84 inculpados, 400 testigos, 199 sesiones, 200.000 folios de sumario y más de 500 millones desaparecidos son datos a tener en cuenta para comprender los 5.500 folios de sentencia emitida sobre el caso Malaya siete años después. Tal complejidad puede excusar la tardanza si se tiene en cuenta que el sumario equivale a 147 Quijotes (edición de la Real Academia Española en el IV Centenario de la obra) y la sentencia a otros 4. Los 205.500 folios hubieran supuesto cadena perpetua para Don Miguel de Cervantes y tal vez una merma importante en su única mano.

La sentencia no ha causado alarma social, sino más bien indignación, al constatarse, una vez más, cómo son tratados los delincuentes hijosdalgo en coomparación con los plebeyos. El funcionamiento de la justicia es percibibido por la sociedad como más ajustado al estatus del delincuente que al derecho. Tal vez no sea así, aunque lo aparente. Si alguien tiene la tentación de pedir una aclaración sobre tan misericordiosas condenas, se arriesga a recibir un legajo de 1.360 folios de torcido y hermético lenguaje leguleyo. Mejor leer el Quijote.

Las condenas Malayas han provocado aflicción ciudadana y la situación personal de algunos condenados causa inquietud y angustia democrática. El caso Malaya es un paradigma del maridaje corrupto entre empresarios y políticos, dinero negro y adjudicaciones, beneficio privado y deuda pública, bolsas de basura repletas de billetes y rescate financiero, privatizaciones y mengua de derechos. Marbella es una versión bonsái de España por el tamaño de su término municipal y la talla de sus políticos.

Rafael Gómez “Sandokán”, joyero cordobés de porte excéntrico y pintoresco apodo, se sumó a la cultura del ladrillo, quizás atraído por su enjoyada clientela, y asistó a una extremeña y elitista escuela donde se reunía la intelectualidad del pelotazo y el blanqueo. Entre partidas de póquer, con apuestas de hasta 3.000 euros y copazos de Chivas, aprendió los rudimentos de la profesión y se lanzó a la aventura. Su negocio no entendió de papeles ni leyes, sólo de beneficios, multas, más de 40 millones del Ayuntamiento de Córdoba, y una egolatría que le llevó a instalar en Fuengirola la estatua del Arcángel San Rafael con su propia cara, su melena y hasta su bigote.

“Sandokán” lo quería todo y, ya imputado, se presentó a las elecciones municipales, aquí la ley volvió a dar motivos para el descrédito popular, y salió elegido concejal y diputado. Alumno aventajado de la escuela marbellí, se ha refugiado en bufetes y cargos públicos con la esperanza de esquivar la justicia en una u otra trinchera. Su sonrisa tras conocer la sentencia es un rictus de satisfacción, una herida en el sistema judicial y una mofa más al denostado cuerpo de la democracia española.

España se ha convertido en una selva con escasos árboles y exigua ley. Cabría pensar que las cosas no suceden porque sí y que obedecen a arcanos designios de humanos que piensan en el poder como antesala de un Olimpo elitista y exclusivo. Cabría pensar que la politización de la Justicia y la judicalización de la política son partidas de póquer amañadas donde siempre ganan los mismos y siempre pierde el pueblo.

¿Cabe pensar que la suave sentencia Malaya ha sido dictada en clave Bárcenas o Urdangarín? ¿Cabe pensar que una condena como Dios manda hubiera supuesto el cimiento de un jaque al Gobierno de la nación y a la Casa Real? ¿Cabe pensar que el caso Malaya justifica la creencia de que ambos casos quedarán en nada? ¿Cabe pensar que la justicia es igual para todos?

“Fiat iustitia pereat mundus”: hágase la justicia aunque perezca el mundo.

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Rajoy exporta pobreza y necesidad

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El optimismo está de enhorabuena. La crisis/estafa en España tiene los días contados y sus cómplices lo celebran por todo lo alto con fanfarrias, cotillones y chupinazos de autobombo. El gobierno y sus secuaces repiten marcial y cotidianamente las consignas del día suministradas desde el cuartel general de Génova. El gobierno ha hecho, y bien, los deberes que le han impuesto los truhanes y celebra la realidad impuesta a la ciudadanía.

El grotesco presidente de España, cumplido su deber, se ha ido a Japón a vender su patria como sólo un optimista de la derecha española sabe: con la cabeza alta y haciendo universal y único su modo de interpretar la realidad. Su España ha salido airosa de la estafa y, ahí es nada, la ciudadanía está ansiosa por acoger cualquier limosna que las economías sobradas tengan a bien concederle. “¡Una caridad, por el amor de Dios!” ha ido a implorar Rajoy.

La tarjeta de visita del presidente es impecable para un Japón donde el honor es seña de identidad, la yakuza no se sienta en el parlamento y un ministro dimite por una donación de 400 euros. Ha debido pensar Rajoy que los nipones desconocen los trajines de Bárcenas, los ERE, Fabra y los miles de chanchullos que también son Marca España. La responsabildad con la historia ha llevado a Japón a pedir perdón por su intervención en la Segunda Guerra Mundial, notable diferencia respecto a la España del Partido Popular que, lejos de condenarlo, ensalza su franquismo.

El presidente Rajoy se ha mostrado como un avezado estratega del tejo tirado a calzón quitado y ha tratado de adular al anfitrión quitando hierro y radioactividad a Fukushima. Perdido el decoro con el Prestige y los hilos de plastilina, no ha dudado en imitar a su paisano y mentor político Fraga en el épico episodio de Palomares. Su optimismo desbordado ha causado admiración justo el día en que el agua radioactiva se derramaba en el océano una vez más.

Pero no hay que quedarse en las minucias irrelevantes que forman parte del equipaje del, posiblemente, más ladino presidente que ha ocupado la Moncloa. La enjundia de su viaje ha sido vender España, su imagen, ya que el país real lo ha vendido a los mercados con la población incluida en el lote. Rajoy, adornado con un rosetón en la solapa que ya quisiera para sí Rubalcaba, ha vendido, sin un atisbo de rubor en el rostro o la lengua, recuperación y competitividad, paro y precariedad, pobreza y necesidad.

Ha viajado en avión, aunque podría haberlo hecho en galera, sin esclavos que mostrar para que los mercaderes del sol naciente puedan examinar sus dentaduras antes de decantarse por contratar mano de obra española. El gobierno lo ha hecho, ha impuesto condiciones tercermundistas a la vida laboral de sus ciudadanos y condiciones infrahumanas a sus vidas cotidianas. Rosell y Botín, la patronal y la banca, son netos vencedores de la estafa, los grandes favorecidos por recortes, reformas y recesiones.

¡Cuán grande va a ser la recuperación económica! A la vista del sudoku presupuestario, presentado por Montoro y envuelto por el PP en un estruendo de optimismo, los poderosos se van a recuperar en un par de años, un siglo antes de que lo hagan los perdedores. La España de Rajoy no es un país competitivo, sino un país de pobres ciudadanos pobres condenados al harakiri a causa de la deuda kamikaze pactada por el PP y el PSOE.

Quédese en Japón para siempre, Mariano, sayonara.

Goteras de la democracia

Gotera

No deja de ser anécdota, pero en España, este país excesivo y barroco, la enorme gotera del Congreso de los Diputados adquiere los rasgos alegóricos de múltiples metáforas. Queda como anécdota la gotera física puesto que la obra está en garantía y el gobierno no dudará en exigir su inmediata reparación y una indemnización por los daños materiales y de imagen causados. ¿Cuánto vale la imagen negativa infrigida a la Marca España, tras una reforma de 4’5 millones de euros, por unas imágenes que han dado la vuelta la mundo?

El agua caída del techo del Congreso podría interpretarse como la descarga de una cisterna para limpiar la inmundicia de la corrupción representada por una parte de las señorías sin señorío que ocupan el fondo del inodoro parlamentario. Pero no, falsa alarma, las heces de Bárcenas y los ERE volvieron a flotar sobre los escaños una vez que la cisterna dejó de gotear. Situaciones captadas por las miradas, los oídos y los artilugios electrónicos de una delegación de empresarios taiwaneses que asistieron al peculiar tsunami interruptus “made in spain”.

También podría tratarse de una premonición de las lágrimas provocadas por los gases lacrimógenos con que la extrema derecha atacó la celebración de la Diada en la sede del Gobierno catalán en Madrid. Tras la escalada de ardor franquista exhibida por Nuevas Generaciones, y parte de las vieja generación del PP, a lo largo del verano, una violencia y unas armas algo más que preocupantes han acompañado a las banderas con el águila de San Juan, los saludos fascistas y el Cara al sol. El techo del Congreso parece haber derramado tardíamente las lágrimas que no brotaron en su día de los ojos practicados por balas golpistas en el mismo lugar.

Fuera del Congreso, un goteo de personas ha formado un arroyo humano que ha cruzado Cataluña de norte a sur para que el mundo visualice sus demandas. Paralelamente, Mas y Rajoy negocian en una intimidad opaca el trasvase de caudales desde la administración central a la autonómica reduciendo las reivindicaciones catalanistas a un mero y rastrero intercambio de divisas que nada tienen que ver con las banderas. CiU y PP pagan sus escarceos con sendas caídas en las encuestas.

Las goteras, en sentido figurado, aluden a las mermas que el paso del tiempo va dejando en los cuerpos de las personas. La democracia española no tiene una edad avanzada y su cuerpo, aún en formación, presenta un amplio menú de goteras posiblemente a consecuencia de esa cesárea deficientemente practicada que recibió el nombre de Transición. La forma de gobernar y la práctica política de los sucesivos gobiernos del PSOE y del PP a lo largo de veinticinco años han abierto una vía de agua en el casco de la nave democrática menos perceptible pero más grave que los atorados conductos del Congreso.

En el parlamento han instalado un gotero para administrar a la ciudadanía, vía decreto, una eutanasia muy por encima de sus merecimientos, muy por debajo de sus posibilidades. Inhibidores de derechos y morfina económica bajan rítmicamente por las cánulas del BOE hasta las venas de un pueblo desahuciado que sólo aspira ya a una vejez de beneficiencia como antesala de una caritativa muerte. Las gotas de pobreza enajenadas a la inmensa mayoría son el caudal de riqueza en el que nada una selecta minoría, la misma de siempre.

El agua caída en sede parlamentaria es una inundación en ciernes, el emblema de un país que hace aguas, la crónica visual de un naufragio anunciado donde la juventud acude a Europa en patera, la justicia navega en cayuco y los españoles aguantan el oleaje en zataras. España hoy sólo dispone de una lánguida flota para pescar raspas y conchas con que saciar el hambre. La armada invencible es hoy vencible y previsible.

PP, tercera temporada

septiembre

Septiembre es un mes de contrastes, un mes tragicómico en el que se mezclan, como en el teatro, las máscaras sonrientes y las lloronas sobre el rostro de cada espectador. El fin de las vacaciones, un derecho en vías de extinción como otros muchos, trae el síndrome posvacacional, los exáménes, la vuelta al cole, la menor duración de los días y algún que otro suceso de corte depresivo que cohabitan con algunas fiestas locales y el comienzo de algunas rutinas que parecen poner orden en las vidas de las personas, como el trabajo, el fútbol, las parrillas televisivas o la política.

Trabajar es motivo de alegría y de tristeza, alegría por esquivar el paro y tristeza por comprobar que cada día el trabajo da para atender menos necesidades y por menos tiempo. El fútbol ya ha comenzado con idénticas intenciones que todos los años: vaciar los bolsillos y los cerebros a los aficionados distrayendo su capacidad crítica de otros menesteres que afectan a sus castigadas vidas. Las cadenas de televisión preparan su renovación con las mismas películas de siempre, las mismas tertulias y las nuevas temporadas de las mismas series. Después llegará un invierno más pobre, más previsible y más aburrido que nunca.

El septiembre político retomará los ERE y Bárcenas, las puñaladas sedientas de poder de la radical Aguirre y su ultraderecha, el irremediable ocaso del PSOE o las acometidas sociales de la troica, la CEOE y la Conferencia Episcopal. Septiembre, mes propicio para la murria y la melancolía, acecha emboscado en el calendario, no así el gobierno del Partido Popular cuyo disfrute corre paralelo al padecimiento generalizado de la ciudadanía. Rajoy estrena una tercera temporada que promete alargar el clima de corrupción y alcanzar el clímax en los recortes sociales.

Como en las series de televisión, donde la repetición y la previsibilidad suplen la más absoluta carencia de originalidad, el público apuesta por el agua de borrajas como más que probable desenlace para la contabilidad B del PP y los ERE del PSOE. El caso Urdangarín va camino de ello mediante un pacto con la “justicia” que sería el Pacto de la Zarzuela: lo sentirá mucho y prometerá que no volverá a suceder. Rajoy, Cospedal, Aznar y las cúpulas del PP, durante 20 años, no se han enterado de dónde provenían los millones que les han hecho ricos y les han permitido ganar elecciones. Tampoco Griñán, Chaves, Zarrías y la vetusta cúpula del PSOE andaluz sabían nada de los trasvases contables en el erario público. Ambos partidos lo sentirán mucho y prometerán que no volverá a suceder.

En septiembre volverán a suspender la verdad, la ética y la decencia pública, alumnnas excluidas del aprendizaje de la clase política que ha secuestrado la democracia. En septiembre, España conocerá que la recesión se ha desacelerado, que la deuda por el rescate bancario cumple su misión como un reloj suizo, que cada contrato de un mes equivale a treinta puestos de trabajo creados, que los paraísos fiscales seguirán existiendo y que los infiernos cotidianos son ahora el hogar de sus habitantes. En septiembre, las NN.GG. del PP volverán a sus estudios, tras reivindicar añejos modos fascistas aprendidos en los campamentos de verano de la FAES, con el deber cumplido y aplaudidas por sus mayores.

Septiembre, haciendo un ejercicio de optimismo, verá caer menos hojas del árbol social, pues de sus ramas ya no volverán a brotar los frutos de la sanidad pública, de la educación o de la asistencia, ni tan siquiera los de la libertad. El árbol de España, tras la poda del PP ha quedado reducido a un simple conjunto de varas que no tienen otra utilidad que la de medir espaldas. Queda por ver qué espaldas medirán, si las del gobierno o las de la ciudadanía. Septiembre está ahí, a la vuelta de la esquina, con el Madrid y el Barcelona, El gato al agua y Sálvame. Aquí no hay quien viva.

El tren de la solidaridad

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Los desastres, la muerte sin duda el peor de ellos, modifican los hábitos y las conductas cotidianas de quienes los sufren en primera persona hasta extemos insospechados, también la sociedad en su conjunto altera sus rutinas ante una catástrofe. Los sentimientos y las conciencias se agitan a nivel individual y social sorprendiendo a las personas con acciones y reacciones a veces desconocidas por sus propios actores. Dolor, desesperación y duelo son los efectos íntimos más notorios y la solidaridad es la respuesta social por excelencia.

El descarrilamiento de un tren en Santiago y sus demoledoras consecuencias ha vuelto a demostrar que la sociedad española está sobredotada para ejercer la fraternidad. La sociedad española, de forma anónima y voluntaria, de nuevo ha reaccionado ejemplarmente situando la colaboración y el socorro por encima de los luctuosos efectos y las hipotéticas causas del accidente. El tren de la solidaridad ha circulado con una precisión y una velocidad muy superiores a las de cualquier AVE.

Antes de que las televisiones nacionales reaccionaran, los bomberos habían abandonado su huelga, las batas blancas recortadas o desempleadas poblaban los pasillos de los hospitales, la policía hacía causa común con la ciudadanía y cientos de personas saltaban sobre los vagones o formaban una kilométrica cola ofreciendo sus solidarias venas para arrebatar vidas a la muerte. El pueblo español, una vez más, ha superado con creces la ingrata tarea de aliviar y minorar un desastre tan cruel e inoportuno como irreversible.

El pueblo español no necesita organismos oficiales para exportar con orgullo lo que sin duda debiera ser la base de la Marca España: la solidaridad. El mundo conoce, sin alardes publicitarios, el nivel de este país en donaciones de sangre o de órganos, su capacidad para cooperar al desarrollo del llamado Tercer Mundo o su extraordinario tejido de asociaciones sin ánimo de lucro que atienden a todo tipo de personas desatendidas por el sistema. El mundo conoce y aprecia la solidaridad española.

En Santiago descarriló un tren cubriendo de muerte y dolor a todo un país. La misma noche también descarrilaron las televisiones cubriendo de incompetencia lo que era noticia a nivel mundial. Hace tiempo que las televisiones trocaron la información por opinión, que sustituyeron periodistas por tertulianos y que cubrieron las calles con becarios más pendientes de no meter la pata que de hacer bien su trabajo. Todo se resume en las palabras de Paolo Vasile al afirmar sin tapujos que en Tele5 no hay periodistas, sino opinadores. En las demás, igual, incluida RTVE.

RTVE ha pasado de servicio público a servicio de propaganda, ha sustitudo a experimentados profesionales por militantes, perdiendo en dos años el norte periodístico y la audiencia. La CNN y la BBC informaban del accidente una hora antes de que TVE utilizara un banner de texto a pie de pantalla para contar la actualidad, dos horas antes de que el canal 24 Horas de TVE ilustrase la noticia con imágenes del accidente de Chinchilla ocurrido en 2003. En Facebook, un tabajador de TVE se quejaba: “En 5 minutos de Twitter me he informado mejor que en 15 minutos del informativo 24 horas de Tve”. Eran las 22’35. La cobertura al día siguiente dejó un rastro de chapuzas con continuados errores en rótulos y conexiones. TVE ya no es un servicio público. No.

En las privadas, los mismos opinadores que descuartizan diariamente a Bárcenas, a Griñan, a la Pantoja, a la Duquesa de Alba o a José Bretón, alimentaban el morbo y mostraban casquería. Una psicóloga rogaba desde las mismas vías: “dejen en paz a las víctimas y a sus familiares”. Reprodujeron en bucle las imágenes del descarrilamiento y algún trozo de carne asomando bajo una manta. Apuntaron culpabilidades antes de que se investigue a fondo. Su negocio es el morbo y la carne, la humana es la más cotizada.

 Las televisiones andan ya a la caza de familiares destrozados y milagrosas salvaciones para ganar audiencia y dinero. En la vía muerta de la política ya han empezado los unos a culpar al gobierno de Zapatero y los otros a responsibilizar al gobierno de Aznar. La anécdota del día fue la nota de pésame de Rajoy, transmiendo su más sentido pésame por los efectos del terremoto en Gansu; a la altura de su televisión, muy por debajo de su pueblo.

Lo único que se salva en esta jungla es el clamor de la solidaridad.

Aguirre, la Tía del Saco

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Izda.: Todos caerán; centro: Que viene el coco; dcha.: El sueño de la razón. Francisco de Goya.

Las leyendas urbanas contribuyen al asiento en el imaginaro colectivo de normas y conductas que mediante el uso de la razón y la negociación serían de complicada aceptación y cumplimiento por parte de la sociedad. Durante mucho tiempo, la leyenda del Tío del Saco contribuyó a que los adultos marcasen a su descendencia los límites de la decencia en cuanto a horarios y espacios de paseo sin necesidad de imposiciones, reprimendas y castigos. “Si no obedeces, te llevará el Tío del Saco” bastaba para que el niño o la niña llegara a casa a las nueve o no se dejara llevar en sus paseos más allá de los límites fiables del barrio.

La presidenta, expresidenta y candidata a presidenta, Esperanza Aguirre, se ha doctorado en literatura oral y se ha especializado en leyendas urbanas destinadas a un pueblo crédulo. Ella maneja el lenguaje y los argumentos siguiendo los usos franquistas y ha resucitado un fantasma aún peor que el Tío del Saco, el Comunista, del que se sirve para amedrentar a la plebe y difamar alternativas a su infierno. El Tío del Saco como persona identificable no existe y el Comunismo como práctica económica tampoco, pero son útiles para asustar y vencer voluntades.

El franquismo disfrazó la resistencia política en la posguerra de bandolerismo para infundir miedo ciudadano y negar la existencia de oposición política a la dictadura. Aguirre ha cogido el testigo y tildado a toda su oposición de radical, violenta y comunista, todo en el mismo saco, con la clara intención de infundir miedo y negar alternativas a su macabro proyecto. Su partido ha hecho que la policía, igual que durante el franquismo, identifique, multe, golpee y encarcele como a delincuentes a ciudadanos que ejercen sus derechos, logrando que parte de la población sienta miedo a mostrar su descontento.

Aguirre no es sólo enemiga de lo público, también lo es del pensamiento moderado dentro de su propio partido. Para ella, el desmantelamiento de lo público no progresa adecuadamente, al ritmo de sus deseos, y por eso suspende sin paliativos a un Rajoy incapaz de manejar el latigo con la intensidad y la saña que los mercados exigen. Ella maniobra, desde 2011, para derrocar al presidente y ocupar su sillón. Esperanza es, dentro y fuera de su partido, la Tía del Saco.

Su militancia radical y guerrillera la ha llevado a cavar trincheras en ABC, tertulias y Twitter desde las que dispara sin tregua contra todo lo que se menea, sean enemigos comunistas o amigos pusilánimes. No descansa, sus guardias son de veinticuatro horas y su punto de mira cubre trescientos sesenta grados alrededor de sus intenciones. Desde su casamata mediática salen balas, granadas o morteros dirigidas a la oposición y a la propia cúpula de su partido.

Su fino olfato predador, tras el estallido de la mina Bárcenas, le ha advertido de la debacle que se cierne sobre el gobierno y sobre su partido. Esperanza, superviviente nata, no se arruga ante ningún peligro y aprovecha la metralla para hacer limpieza de enemigos dentro del PP a la vez que se postula como salvadora de la patria. Ha dicho que hay que depurar responsabilidades porque “Nos están metiendo en el mismo saco que a los comunistas de los ERE”, una hermosa forma de no reconocer que ella ha contribuido a abrir y llenar, desde su presidencia de la Comunidad de Madrid y del partido en dicha comunidad, el saco de la corrupción en la que su partido en pleno ha entrado a gusto.

El problema no es sólo Wert

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El más importante y principal negocio público es la buena educación de la juventud. Platón

El humo de los incendios es un aviso de tragedia, la manera en que la naturaleza comunica su devastación, es la prueba inequívoca de que algo arde. El humo es también la espuela que activa los mecanismos para alejarse del fuego y emprender su extinción de forma prudente y eficaz. Quienes no hacen caso al humo o se limitan a señalarlo con el dedo corren el riesgo de que las llamas les alcancen y les quemen.

El ministro Wert ha incendiado la educación como un pirómano profesional, con varios focos activos y simultáneos y materiales comburentes. Una obra maestra de la piromanía a la altura de Nerón, una obra de arte ígneo tan colosal que delata la concurrencia de cómplices necesarios perfectamente orquestados. No le han faltado voluntarios, algunos de ellos contrastados maestros de la hoguera y adictos al olor de chamuscada carne humana o de libro llameante.

Han utilizado las astillas de los comedores escolares, la paja de la productividad docente, el papel del rendimiento del alumnado, la madera de la Educación para la Ciudadanía, el cartón de las tasas y, ahora, la gasolina de las becas. El Ministerio de Educación es una pira desde que Wert tomó posesión de él y la columna de humo, densa, negra y abigarrada, ha sacado a la ciudadanía a la calle para intentar, en vano, extinguirla. Por primera vez, toda la comunidad escolar, a una, le protesta a un ministro que se crece entre pitos y abucheos.

La humareda de Wert distrae del colosal incendio que asola a España. No hay ministerio que no tenga su particular fogata: las llamas consumen la sanidad, la dependencia, el trabajo, el paro, la jubilación, el presente y el futuro. Cuando arde un bosque, se hace negocio con el desastre, se adquiere a bajo precio la devaluada tierra quemada y la madera presuntamente inservible se vende a precio simbólico. En España, intereses privados han ayudado a diseñar el incendio de lo público y esperan obtener un beneficio, tan pingüe como vergonzoso, librado por los mismos que gobiernan y atizan los rescoldos.

El corifeo Wert y su orquesta mediática intentan que la propia población damnificada por su quema proclame que la educación que más ilumina es la que arde. Las generaciones anteriores hicieron un esfuerzo titánico para que España estudiase, centraron sus energías y sus ilusiones en que sus hijos y nietos recibiesen una educación entendida como la llave de la libertad que a ellos les fue amputada por un golpe de estado y una posguerra analfabetizante.

Ni un ministro ni un ministerio al completo tienen la capacidad suficiente para incendiar un país entero sin el beneplácito de un partido disciplinado, la ayuda taimada o el silencio cómplice de influyentes sectores sociales y una piadosa bendición interesada. El incendiario Wert es un yihadista ejemplar, un kamikaze obediente, capaz de inmolarse por los suyos. Su humareda sería perfecta si no fuera por la presencia inflamable de Bárcenas, con su mecha y su combustible, preparado para que las llamas no decaigan.

Realmente, España se ha convertido en un infierno para la población y también para los propios diablos que lanzan bolas de fuego desde las sedes del poder. El gobierno acabará achicharrado. Bárcenas ya está en prisión. En un país con una decencia democrática mínima, le seguirían muchos y muchas más de quienes pusieron la mano en el fuego por sus sobres más que por él.

Coincido con José Luis Sampedro: “Nos educan para ser productores y consumidores, no para ser personas libres”.