¿Soy antisistema?

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Desde hace tiempo, mi casa ha sido un hervidero de visitas agotadoras que me han llevado a sentir un agobio social como nunca imaginé. La sospecha de que algo grave ocurre me ha hecho compañera insomne de la luna durante noches eternas a partir de la última despedida de cada jornada, compañera de la luna y de mis propios pensamientos. Amistades de toda la vida se me han antojado, de pronto, predicadores de izquierda a quienes no les gusta lo que hace la derecha, anarquistas a quienes no les convencen los gobiernos hermanos de PP y PSOE y, lo que definitivamente ha desterrado el sueño de mis noches, antisistemas empedernidos.

He tenido que leer las declaraciones de Salvador Victoria, profesional de la política madrileña, para comprender el desasosiego, los desvelos, y la desazón que me asediaban. En la manifestación del 23 F estaban casi todas mis visitas junto a la enfermera del centro de salud, la cajera del banco, el maestro de mi nieta, el municipal del pueblo, algunos compañeros del hogar del pensionista, un par de basureros en ropa de faena y miles de personas más de todos los tamaños, pesos y edades imaginables, todos ellos sin futuro y con un presente astillado. La multitud, alegre y pacífica, ha paseado su indignación reflejada en toscas pancartas manuales y desafinados cánticos. Salvador Victoria ha hecho el resto.

Yo no lo sabía hasta que he vuelto a casa, he leído sus declaraciones, he visto sus twits y he repasado en mi memoria más inmediata lo vivido durante la manifestación. Y sí, tengo que reconocer que mis visitas han conseguido su objetivo y me han captado como antisistema, militante y activa, convencida, en resumidas cuentas. Yo no lo sabía, pero Salvador Victoria me ha salvado y suya es mi victoria. Ahora lo sé: soy una antisistema, sin perro ni flauta, con las mismas zozobras vitales que quienes me han acompañado en la mani. Desde aquí doy las gracias a mi victorioso salvador.

Si el sistema que defiende Salvador Victoria, su partido y los medios de comunicación afines, aniquila la presunción de inocencia y la sustituye por la presunción de violencia, soy antisistema. Si su sistema doblega la Constitución para anteponer los intereses financieros a los de la ciudadanía, soy antisistema. Si su sistema consagra la corrupción como norma de funcionamiento de sus instituciones, soy antisistema. Si su sistema indulta a defraudadores y evasores, soy antisistema. Si su sistema embauca al pueblo con promesas electorales para luego hacer exactamente lo contrario a lo prometido, soy antisistema. Si su sistema proteje los caprichos y estafas de las grandes empresas y de la banca, soy antisistema. Si su sistema considera la salud y la educación un negocio, soy antisistema. Si su sistema condena a la juventud al paro o a una esclavitud laboral competitiva, soy antisistema. Si su sistema recorta mis libertades, soy antisistema. Si su sistema es el neoliberal, soy antisistema. Gracias mil a Salvador Victoria, cómplice necesario del golpe de estado financiero y laboral que estamos sufriendo los países del sur de Europa, por abrirme los ojos y ponerme sobre aviso de quién es mi verdadero enemigo.

Una vez aclarada la nebulosa de mi presente, una vez identificado el origen de mi angustia, una vez que mis visitas han recuperado el aura de normalidad que las ha acompañado durante toda la vida, comprendo que la ponzoña no está en la calle, en las mareas, en las manifestaciones o en las protestas, sino que es este podrido sistema, su sistema, el que envenena la convivencia y nos remite a un holocausto disfrazado de suicidio colectivo. Gracias a Salvador Victoria, esta noche me despediré de la luna y volveré a conciliar el sueño. La culpa de lo que está pasando no es de la ciudadanía. Es de Salvador Victoria, de los suyos y de su sistema. Yo soy una antisistema que seguirá luchando y votando para que el sistema funcione como debe, democráticamente.

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¿Crucificar a Gordillo o a Barrabás?

España es un país de apariencias proclive a mirar el dedo que señala en lugar de lo señalado. Un país en el que los términos medios perecen ahorcados por la fuerza con que se tira de los extremos y la gama cromática se reduce al blanco o al negro.

Hace años, pocos, los telediarios nos informaban de que, debido a la crisis, en Italia había surgido una figura nueva a medio camino entre la realidad y la ley: el hurto famélico. Lo anunciaban con el tono lastimoso y compasivo que se merecen personas mayores, gente de orden, que no tienen otro recurso para comer que birlar en el supermercado unas lonchas de jamón de york y un par de yogures. La vergüenza, para estas personas, es una condena excesiva. España, entonces, llenaba a crédito las despensas y se solidarizaba comprensiva con esta gente.

Hoy, cualquier telediario, a cualquier hora, demuestra que las cartillas de ahorro se están convirtiendo en cartillas de racionamiento. La mesa del comedor de lo que antes eran clases medias es de mucho mantel y poco almuerzo y para las clases bajas no hay mantel, no hay almuerzo. Muchas familias tienen que decidir día a día entre comprar un paquete de arroz o comprar ibuprofeno, entre una docena de huevos o una docena de lápices para el colegio, entre un paquete de azúcar o un bote de lejía. El gobierno no da para más. Son muchos los españoles que han cambiado forzadamente el hábito de acudir al supermercado por el hábito de acudir al banco de alimentos. Y seremos más. Los mercados así lo exigen.

Sindicalistas del SAT han asaltado dos supermercados para, según ellos, que dos comedores sociales no vean mermada su capacidad para atender una demanda en vertiginoso aumento de sus servicios. La noticia en sí llama la atención sobre lo que está pasando. No se ha tratado de un robo de alcohol para un botellón, de un bote de colonia o de un cartucho de impresora, robos éstos que ya pagan los consumidores con cargo a la cuenta de pérdidas y ganancias de las grandes superficies. No ha consistido en comerse una barra de chocolate del bueno mientras se empuja el carrito de la compra ni de pesar los aguacates y pulsar el precio de la sandía para etiquetar la compra por menos dinero. El asalto, con lista de la compra incluida, ha recogido un botín de primera necesidad.

Los medios de comunicación, conocedores de la tendencia española a centrarse en las formas, han fijado el grueso de su narración en un pañuelo palestino, unas barbas pordioseras y un estatus político incómodo incluso para la propia formación a la que pertenece Gordillo. La denunciada situación de mendicidad que poco a poco anega a España ha dado lugar a sesudos debates en los que se discute si semejantes barbas son mercedoras de un viaje en primera clase en tren o en avión, si un pañuelo palestino es digno representante de sus votantes en un ayuntamiento o un parlamento, si ser comunista está contraindicado para tener un sueldo o si expresarse llanamente contraviene lo políticamente correcto. Están hablando del dedo que señala y no de lo que señala.

Gordillo, alcalde y diputado en contra de una ley recurrida por el PP y en contra de la filosofía de IU, tiene la pinta perfecta para ser condenado por lo que sea nada más verlo. Gordillo, quintaesencia de la ideología antisistema y perroflauta del parlamento andaluz, es el blanco perfecto para que las derechas insistan en que no es posible otra política que el bipartidismo monárquico. Gordillo, molesto aparcacoches de la conciencia social, es un elemento transgresor que hay que reprimir para evitar una pandemia de pensamiento libre. Gordillo debe ser crucificado cuanto antes, con escarnio y corona de espinas sobre su republicanismo peligroso.

Mal que les pese a la derecha y a la sociedad políticamente correcta, la performance llevada a cabo por el Sindicato Andaluz de Trabajadores ha surtido efecto destapando una realidad presente y venidera inevitable y creando un necesario debate social sobre leyes, ladrones, indultos, corrupción y mentiras. Este asalto incomoda grandemente a la gente de bien que prefiere una caridad decimonónica que permita escoger al pobre para sentarlo a la mesa en fechas señaladas.

La acción de Gordillo ha servido para poner de manifiesto, una vez más, que el ministro del interior actúa al margen de la ley ordenando su busca y captura sin actuación judicial previa, ha servido para realzar aún más si cabe la impunidad y el socorro con que el estado asiste a los estafadores financieros, ha servido para volver a contrastar la violencia estructural que generan las medidas aplicadas por el gobierno y ha servido para alimentar la avidez tendenciosa con que los medios de comunicación adoban la información.

Podría haber atendido a las formas y haber realizado un exquisito hurto de guante blanco pagando los carros de la compra con una tarjeta fraudulenta, como hacen los buenos ladrones que no se comen ningún marrón, pero ha optado por el método del chorizo de barrio, ése que se come todos los marrones. Hubiera conseguido los mismos carros con los mismos alimentos, pero no estaríamos hablando de lo que de verdad importa. Un motivo más para sacrificarlo.

Menuda cortina de humo que se ha encontrado el gobierno para distraer de lo que está liando.

Hay que leer muy bien lo que ha hecho Gordillo si se quiere evitar que el humo se convierta en fuego gracias a la leña y la gasolina que el gobierno, por orden de los mercados, está esparciendo en la sociedad.