Andalucía: cero a la izquierda

Andalucia

Las urnas se han pronunciado. El pueblo ha hablado, o callado. Andalucía ha votado. Se comprenda o no, disguste más o guste menos, ahí está el resultado. El pueblo del millón de parados, el de los ERE y el fraude formativo con dos presidentes fugados, el del campo enladrillado, ha decidido que continúen los mismos que lo han expoliado. Nada que objetar. Se aceptan porcentajes, se acatan voluntades y al pueblo andaluz no le queda otra que padecer lo votado.

La señora Botín, los herederos de Cayetana de Alba, los empresarios y los miles de enchufados, a las once de la noche suspiraron aliviados. Todo seguirá igual para ellos, nada ha cambiado, si acaso hacen quinielas sobre el traslado de Susana a Madrid, sobre el cuándo. Y no son los únicos, también apuestan en Ferraz y Pedro Sánchez ya ha iniciado su personal cuenta atrás. El sistema, el bipartidismo, ha salido reforzado, unos menos y otros más.

Analistas, todólogos, sociólogos, periodistas y tertulianos hacen malabares para interpretar los datos. La ciudadanía seguirá con lo mismo, con precariedad y desahucios, sin suministros básicos, sin banco de tierras, sin banca pública, con los latigazos del paro, con falsas promesas, con aulas prefabricadas, sin los docentes y médicos necesarios, preguntándose a diario, bajo el secador de pelo o el codo empinando, quién y en qué se ha equivocado.

Hay un hecho que conviene resaltar. Un partido que pacta con el PP el rescate de la banca, que pacta con ellos para encubrir a sus sospechosos y que compite con el mismo en recortes y reformas laborales, no es un partido de izquierdas, sino derecha moderada. En este sentido, sumando a los suyos los votos de Ciudadanos, se puede decir que en Andalucía el centro derecha ha arrasado, ha caído la extrema derecha y la izquierda ha fracasado. De ahí el empresarial y financiero alivio en una Andalucía que no es de izquierdas y vota socialismo falso.

Otro hecho denigrantemente constatable es el popular apoyo mayoritario a quienes van camino de cuarenta corruptos años saqueando. La ética ha muerto en las urnas, voto a voto, ciudadano a ciudadano, y más del 60% de Andalucía a los corruptos ha vuelto a tender su mano. Otro motivo para la queja, para la indignación, para la vergüenza, durante los próximos cuatro años. El dinero público esnifado, bebido o prostituido, ha recibido de la mayoría el respaldo.

La izquierda, acosada desde el papel, las pantallas y las ondas, ha sucumbido. Votar es un ejercicio mediatizado, un medio que igual vale para echar a alguien de la casa de Gran Hermano que para decidir el futuro de los hogares ciudadanos. La conciencia de clase, inexistente en el pueblo llano, no mueve al electorado y los trabajadores han elegido postrarse a los pies de los mercados. A día de hoy, los partidos de la izquierda aún no se ha enterado.

¿Qué espera Andalucía después de los comicios autonómicos recién acabados? Más de lo mismo, más corrupción, más nepotismo, más desarraigo, más desprecio, más necesidades adobadas con desencanto. Andalucía casi ha abandonado, abrazada a las derechas, a izquierdistas candidatos, les ha suspendido o no les ha aprobado. Por este camino, Andalucía seguirá siendo un cero a la izquierda, una rémora para el bipartidismo, en los números del estado.

La siesta de la democracia

siesta

En Europa se recurre al tópico de la siesta para desprestigiar a los españoles. En España se invoca la siesta para denigrar a los andaluces. En Andalucía se practica la siesta como en cualquier parte del mundo, de mil maneras, en cualquier lugar, cualquier día. Sólo cabe defenderse cuando se comete un delito y descansar después de comer no es una cuestión de justicia, sino de sentido común hasta para la rígida mentalidad alemana.

La siesta son veinte minutos de descanso, de desconexión con la realidad, para recargar el cuerpo y la mente y continuar las rutinas cotidianas. Hiperbolizar la siesta, como se hace, es convertirla en tópico con aviesas intenciones. Veinte minutos de descanso son saludables, a diferencia del pasivo consumo televisivo o la estéril dialéctica de sobremesa, dos vicios a los que suele dedicar más de cuatro horas al día cualquier español o española.

Los españoles se quejan de que la democracia se reduce a votar cada cuatro años y no es así. Nadie obliga a votar y después pegarse una siesta de cuatro años, es la democracia la que debería quejarse de que los españoles quieran que sea así. Es como si, después de almorzar el primer día laboral del mes, el trabajador echara una siesta de treinta días, motivo justificado para el despido sin indemnización, un exceso.

La participación ciudadana es vital para controlar la realidad y más de cien formas de hacerlo aguardan, al alcance de cualquiera, precintadas por la abulia generalizada. En cualquier hogar se encuentra una tarjeta del Carrefour, un carnet de fútbol o cuotas de alguna cofradía, pero extraña la presencia de cuotas de la asociación de vecinos, carnets de la AMPA del colegio o tarjetas de colectivos sociales. A diferencia de éstas, las primeras no alteran la siesta.

Participar en política está peor visto que siestear desde la idea de que todos los políticos son iguales, un estereotipo válido para quedar al margen, que sean otros los que pringuen y adoptar la dialéctica de sobremesa en tabernas o peluquerías. Cortando trajes con la lengua o poniendo peros, los españoles no tienen rival, siempre desde la barrera, con legañas en las neuronas y pereza para el análisis. El resultado son gobiernos del PSOE o el PP, partidos con esclerosis terminal.

Participar en política es, sin embargo, adoptar la siesta como método eficaz para prevenir el letargo social. La limpieza del barrio, las goteras del colegio, la gestión del agua o la atención de personas dependientes no son problemas que se solucionen solos y que afecten en exclusiva al ojo de una alcaldesa, un concejal o una diputada. Son tareas ciudadanas que exigen participación para que el resultado se ajuste al deseo de la mayoría. Delegar en los elegidos y echarse a dormir es una irresponsabilidad de difícil renuncia.

Partidos y sindicatos conocen la necesidad de la siesta y mecen la realidad para evitar que la gente despierte. Un pueblo despierto, descansado, activo y participativo habría evitado que las élites políticas y sindicales se hubiesen despreocupado de él y entregado a la corrupción y el mal gobierno como han hecho. Un pueblo despierto, descansado, activo y participativo puede evitar que se repita. Si se continúa como hasta ahora, la siesta de la democracia seguirá siendo la misma pesadilla.

28F: ¿día de Andalucía?

28F

Los debates sobre qué nombre poner a la criatura cuando nazca indican falta de acuerdo entre las partes implicadas. La controversia obedece a distintas causas, según los casos, y no es extraño que en ocasiones el triste aroma de la cizaña envuelva las palabras. Para limar asperezas se suele recurrir a lugares comunes que están para eso: el nombre de la abuela, el del padre, el de la patrona, el del artista, el de la madrina o el santo del día del parto.

Elegir el santo del día es señal de agotamiento dialéctico y puede marcar una existencia, pero todos se dan por satisfechos aunque a nadie agrade. Ese día, durante toda su vida, será de fiesta, con canciones, ceremonias y festivas galas, pero llevará implícito el estigma de la porfía, del recelo, del desarraigo. Celebrar una onomástica el día de San Sindulfo eremita o de Santa Cancionila mártir suena tan extravagante y desangelado como hacerlo el 28F.

Puestos a buscar una fecha de consensos, a señalar una marca temporal cercana al parto de la nueva Andalucía, había dos alternativas: el 4D y la elegida. El 4 de diciembre de 1977, dos millones de andaluces salieron a la calle para reclamar, la historia de Andalucía es un reclamo continuo y desatendido, su derecho a una identidad; uno de esos andaluces, Manuel José García Caparrós, perdió su vida blanca y verde. Ese día, en 1868, el pueblo de Cádiz empuñó armas para reivindicar una República Federal. Una fecha propicia y con arraigo andaluz que sin embargo fue desechada.

Los padrinos electos, más que padres, decidieron que el mérito del parto les pertenecía y así adoptaron la fecha, por ellos decidida, del referéndum (¿cuantos padres inscribían a sus hijos, nacidos días antes de las navidades de posguerra, el día de nochebuena para beneficiarse de la cesta que el Movimiento obsequiaba?). Un puñado de parlamentarios decidió celebrar el día de Andalucía valorando más su trabajo que el de millones de andaluces: 28F de por vida.

La infancia de la criatura discurrió feliz entre comentarios de sus mayores que, zalameramente, le aventuraban un futuro en que “no la iba a reconocer ni la madre que la parió”. En su pubertad fue obsequiada con regalos tan aparentes como innecesarios y disfrutó de una Expo y de un trenecito de alta velocidad. Mientras, su mayores administraban el patrimonio distrayendo beneficios de forma corrupta e ilegal. Eran los tiempos de Juan Guerra y de Filesa, que reforzaban el papel de Andalucía como eterna sede de la cuadrilla de Monipodio.

Alcanzada la mayoría de edad, continúa recibiendo un trato infantil por parte de casi la misma familia y casi el mismo vecindario, todos luciendo canas sobre pieles arrugadas. El pueblo andaluz, perito en resignación y desilusiones, aún se debate entre malos tutores y peores alternativas, olvidado del espíritu del 4D que tanto bien le hizo. Asumiendo su historia como sino, resignado, ese pueblo recibe desprecios y reprimendas desde Madrid, Cataluña, Valencia o cualquier punto de España, incluidas Sevilla, Málaga o Granada.

Vuelve a sonar el himno, vuelven a relucir las medallas, se celebran fiestas y romerías en honor a San 28F, un día sin mañana, a lo largo y ancho del Guadalquivir. Todos, quienes la desprecian y quienes la aman, cantan su himno, quizás con el puño levantado sin atreverse a descargarlo sobre la mesa. Se vuelve a escuchar lo de “¡Andaluces, levantaos!, ¡Pedid tierra y libertad!” en bocas que rechazan un Banco de Tierra, sucedáneo de la Reforma Agraria eternamente postergada, para la Andalucía necesitada.

Andalucía merece otra política, otros políticos, y, da miedo pensarlo, otro pueblo. Andalucía debe ejercer su histórico papel reivindicativo, en las calles y en las urnas.

Radiografía española

radiografia_spain

La radiografía electoral de España causa congoja, aturde la razón y desafía al sentido común, no es alentadora. Los rayos gamma muestran fracturas múltiples en su esqueleto democrático desde hace tiempo y el riesgo de parálisis parece insuficiente para actuar como despertador de la conciencia ciudadana. El virus bipartidista ha sedado los votos que hoy se consignan en las urnas más como castigo que como aplauso, más por repulsa que por afinidad. PP y PSOE, cansados, lesionados y dopados, acopian el grueso de los rutinarios sufragios de un electorado mecanizado.

Se conocen la naturaleza de las fracturas y sus posibles tratamientos, y alarma el proceder, un tanto masoquista, algo suicida, de los cuerpos que las soportan, aguantan e, incluso, parecen disfrutar de ellas. Los huesos fisurados, desgarrados o rotos acaparan la mayoría de los votos de la misma forma que una boñiga atrae a las moscas: a mayor tamaño de la plasta, mayor mosquerío. Los huesos sanos habitan el limbo de la política en España y no cuentan con el beneplácito mayoritario, lo que hace pensar que España precisa más terapia que cirugía.

Los votantes minan sus propios huesos, deterioran sus espectativas, descuidan su futuro, descomponen su presente y deforman su pasado sin que nada de esto se detecte con rayos X que sólo muestran huesos astillados y oscuras manchas. Se vota, desde el dolor de las fracturas, inhibiendo la razón, aplicando cataplasmas superficiales y renunciando a buscar en la rebotica remedios más eficaces. Los votantes recurren mayoritariamente a analgésicos PP o pomadas PSOE con la misma mecánica ilusoria que induce a elegir Pepsi o Coca como adúlteras compañeras de cama del alcohol.

Sorprende a la razón más liviana comprobar cómo se aclama en las urnas el caso Gürtel en Valencia, cómo vitorean los votos el caso de los EREs en Andalucía o cómo ovaciona Cataluña el caso Palau en el reparto de escaños. La radiografía de España muestra las manchas de Camps en Valencia, de Gabriel Cañavate en Armilla (Granada), de Baltar en Ourense, de Carlos Fabra en Castellón, de Antonia Muñoz en Manivla (Málaga) y todas las máculas de nepotismo, saqueo y corrupción que hisopan la anatomía peninsular.

Además de las fracturas, la analítica practicada al país es aún más desoladora que la radiografía al señalar unos niveles insostenibles, letales, de gérmenes, virus y bacterias que compiten entre ellos para devorar el organismo. Una invasión masiva de intereses privados, espías, espiados, conjuras, traiciones, mentiras, desmentidos, silencios, medias verdades, injurias, sobornos, acosos y otras basuras, bendecido todo ello por lesivos decretos, amañadas votaciones y pasividad cómplice, se extiende como una metástasis sobre el organismo patrio. El pronóstico es preocupante, reservado y grave a la vez, sobre todo por la actitud del paciente.

Conviene recordar, cuando el circo electoral abra sus puertas, que la higiene es uno de los pilares de la salud. Habrá que buscar la opción más sana o, en su defecto, la menos enferma, la menos sucia.

Una economía de trucos y milagros.

En el centro, efectos de los trucos y milagros de la economía.

Los milagros suelen ser efímeros y ampararse en causas ocultas, rodeadas de un misticismo mundano, que los apartan de la racionalidad mundana y los envuelven en un halo de sobrenaturalidad que causa admiración. Como los trucos de magia, ocultar su verdadera naturaleza supone el éxito del truco y del mago que conoce el mecanismo que lo hace posible. Trucos y milagros responden desde el mundo de la fantasía a nuestras necesidades básicas y nos evaden del mundo real en el que vivimos prisioneros.

España es un país de arraigada tradición milagrera. Los magos se reinventan cada dos por tres exhibiendo trucos que les llevan a la cima de la popularidad y del éxito, siendo aplaudidos y admirados por el pueblo que se conforma con la contemplación inmediata de la puesta en escena y que no suele ir más allá de la contemplación visual. Los gobiernos, en muchas ocasiones, son conocedores y partícipes del fundamento del truco, pero utilizan la magia para distraer al público y servirse del mago como ejemplo a imitar. Los milagros económicos son los más repetidos y explotados.

Andalucía, tierra fértil para cristos, vírgenes y milagros, ha vivido y vive de los milagros. De milagro sobrevive una agricultura diezmada secularmente por terratenientes y latifundistas, privada de la necesaria y prometida Reforma Agraria, y apuntillada por la Reforma de la Política Agraria Común del mago Franz Fischler a comienzos de este siglo. Hacia 1980 se produjo un milagro agrícola en la zona de Dalías, en la desértica provincia de Almería, de la mano de la agricultura intensiva en invernaderos que multiplicó por quince la riqueza de la zona y aumentó la población en un 325%. El milagro ha funcionado hasta que han surgido nuevos magos en el norte de África que ofrecen el mismo truco con menores costes de producción al disponer de mano de obra esclavista y una legislación permisiva con el uso de biocidas y la sobreexplotación de recursos naturales.

Andalucía ha sido durante siglos, y continúa siéndolo, tierra de oligarcas ocupados en mantener su estatus de rentistas provincianos alrededor de las tertulias de casino, preocupados por el arte de Lagartijo o José Tomás y despreocupados de la industria y el comercio como formas de satisfacer las necesidades y demandas de sus convecinos. Andalucía ha mantenido la tradición migratoria de sus gentes en busca de los trucos que ofrecen otros paisajes nacionales o extranjeros con que satisfacer el milagro de su supervivencia. Cataluña, País Vasco, Madrid y países de cualquier latitud están poblados por colonias de andaluces que han encontrado allí oportunidades reales sin más truco que un salario a cambio de su trabajo.

Andalucía vivió uno de sus milagros industriales con el desarrollo de la industria del mueble. El hecho tuvo lugar, entre otros lugares, en diferentes comarcas de Córdoba que comenzaron a destacar en la artesanía de la madera en plena posguerra con la expansión nacional del mueble castellano. Durante la década de los setenta, el mueble de diseño provenzal y algunas incursiones en el diseño chino lacado inundó hoteles, pisos y apartamentos surgidos con el boom turístico de la Costa del Sol, propiciando una economía de pleno empleo en estas comarcas. Decenas de pequeñas y medianas empresas y cientos de empresas familiares obraron el milagro de dar trabajo a miles de personas del sur cordobés.

En lugar de afianzarse en el mercado con criterios que la realidad impone, esta industria, que auyentó el fantasma del desempleo durante décadas, se agarró al misticismo milagroso y tradujo los beneficios en bienes terrenales inmediatos de sus empresarios con forma de ostentosos patrimonios inmuebles y parques móviles en competencia directa con el de Chicago, frutos directos de trucos contables que trajeron pan para hoy y hambre para mañana. A principios del siglo XXI, los devaneos con la importación de muebles chinos por parte de muchos empresarios de la madera y el desmoronamiento del castillo de naipes levantado alrededor del ladrillo, han deshecho el milagro y convertido el sector de la madera en un valle de lágrimas desempleadas.

La falta de perspectiva, la escasa formación empresarial de la mayor parte de estos emprendedores, el benefício rápido, el desapego de la I+D+i, la atomización empresarial, la economía sumergida, el dinero negro y una tradición de casino y pandereta, han puesto al descubierto que el truco y el milagro no han funcionado más que para crear una burbuja de madera donde los habitantes de estas comarcas cordobesas han vivido durante decadas aislados de la realidad. Los efectos del estallido de esta burbuja se pueden ver en las oficinas de empleo y el banco de alimentos.

Son ejemplos de los miles de milagros que hemos padecido en España durante los últimos cuarenta años y forman parte de esa iconografía de pequeños milagros económicos que salpica casi todos los rincones de España.

Los gobernantes insisten en culpabilizar a las víctimas de los milagros de la situación. Las autoridades, la banca y el estamento empresarial de este país son los verdaderos culpables de la intensidad con que esta crisis azota a España, con mayor crueldad que a otros países donde los milagros y los trucos son perseguidos de oficio por la ley y por el sentido común.

Andalucía chuleada (otra vez).

Bofetadas azules a Andalucía. ¿Quién ha sido?.

Señor presidente del Gobierno de España (incluida Andalucía):

Está usted maltratando a una tierra y a un pueblo que han hecho por España y por su partido mucho más de lo que su imaginación puede abarcar sin que la realidad, esa mala consejera que cubre sus espaldas, se atreva a negarlo. Está usted despreciando y castigando a una comunidad y a una ciudadanía tan dignas y nobles como las que más. Andalucía no se merece lo que usted y los suyos le estan haciendo. Andalucía, usted y los suyos lo saben.

Maltrata usted a una tierra donde la corrupción del partido que la gobierna le ha servido a usted y a su partido para tapar y mitigar la corrupción que los suyos han desplegado por toda España, incluida Andalucía, con el llamado caso Gürtel y otros de menor cuantía. Usted no ha tenido la decencia política ni la ética social de montar siquiera un paripé de comisión en Valencia para que su amiguito del alma y su alcaldesa fallera expliquen lo que quieran a sus votantes y al resto de la población. No es que me fíe de una comisión como la de los EREs, compuesta por comisionistas de la política, pero hubiera sido un detalle. Es usted un desagradecido, Don Mariano.

Discrimina usted a un pueblo que le ha devuelto a su querido Javier Arenas con la virginidad presidencial intacta despues de toda una vida entregada al asalto de la Junta de Andalucía sin conseguirlo. Se le ha devuelto para que usted pueda usarlo a conveniencia en las cloacas de la calle Génova como antídoto contra la plaga de cospedales y aguirres que le están royendo lo poco que le quedaba de cultura democrática a su partido. Y a usted no se le ocurre nada más que discriminar a quienes le han hecho semejante favor. No tiene usted perdón, presidente.

Insulta usted la inteligencia y la devoción del pueblo más mariano del país que ha hecho posible que su andaluza ministra de trabajo haya colocado, como asesora y cargo de confianza en el ministerio, a la mismísima virgen del Rocío, encargándole que tome en persona las riendas de las políticas de empleo desde una comunidad que tiene los índices más elevados de desempleo de Europa. Es usted un retorcido diablo, señor Rajoy.

Acosa usted al pueblo andaluz cuyo gobierno ha mantenido la fiesta de los toros televisada por Canal Sur pensando en la minoría (cada vez menor) que la ve y no en la mayoría (cada vez mayor) que reniega de ella. Ya ve, señor Rajoy, que el gobierno socialista al que usted acosa no es tan diferente al suyo neoliberal en esto de mantener la tradición sin tener en cuenta al pueblo que les vota; y en otras muchas cosas, tampoco. En buena sintonía, como socios alternantes del gobierno de la nación, usan los toros ajenos a la realidad del siglo XXI. Es usted un embaucador populista.

Castiga usted a un pueblo andaluz que este verano ha salido a la calle a pedir tierra y libertad (el himno de Andalucía, a diferencia del español, sí tiene letra, reivindicativa y solidaria ella, apréndala). Los medios de comunicación que le apoyan a usted y a su gobierno se han beneficiado de ello subiendo sus audiencias y castigando de camino a Andalucía, como usted, Don Mariano. Su ministro Fernández Díaz ha aprovechado para mostrar músculos, cascos y porras sirviendo los intereses de bancos y grandes almacenes con 300 guardas jurados gratuitos. Y Cristina Cifuentes ha sido feliz viendo cómo engordan las listas negras de ciudadanos díscolos y desafectos a su régimen. Es usted muy chulo, señor Presidente Mariano Rajoy.

Tiene guasa que sea un exandaluz como Cristóbal Montoro el encargado de negar a Andalucía un anticipo a cuenta de los ingresos del estado por impuestos que paga el pueblo andaluz. Tiene guasa que le niegue a Andalucía lo que ha concedido sin pestañear a valencianos (1.400 millones), catalanes (1.800 millones) o madrileños (más de 700 millones). Tiene guasa que hable usted de igualdad, justicia y equidad. Tiene guasa que sea usted presidente de España. Tiene guasa que haya quien le vote fuera de los círculos de Lacostes, Burberrys, Loewes y Vuittones que le rodean y para quienes gobierna. Es usted un pijo al que le repugna la pobreza.

Andalucía viste de mercadillo porque ustedes se han empeñado históricamente (desde hace siglos, que el PP sigue instalado en la Andalucía latifundista, romera y montera) en que así sea. Pero Andalucía tiene sentimientos y memoria, Don Mariano, para ir anotando uno a uno los desprecios que usted le hace y las estrías que su látigo deja en nuestras vidas. Es usted un sayón pasional.

La realidad es la que es, presidente, y puede que explique la dificultad de su partido y de su ideología para arraigar en esta tierra tan fértil. Si no la ve, por algo será.

Montoro: un andaluz en contra de Andalucía.

Nunca jamás la derecha de este país aceptó el estado de las autonomías como posibilidad de acercamiento democrático de las decisiones políticas a la realidad concreta de cada región, de cada votante. Desde el principio, negaron a Andalucía el derecho a tomar las riendas de su destino porque nunca nos contemplaron como ciudadanos con otra posibilidad que no fuera servir al señorito como mano de obra barata emigrada a Madrid, Cataluña o el País Vasco. Javier Arenas ya hizo campaña en contra del Sí en el Referendum por la Autonomía de Andalucía.

El regreso al pasado nos está devolviendo a los andaluces a un estado de pobreza, incultura, enfermedad y menosprecio del que habíamos salido durante el sueño vivido desde el referendum hasta ayer mismo. Este duro y triste despertar, además de la pérdida de casi todas las conquistas sociales, ha recuperado el fantasma traidor de Lauren Postigo encarnado, 32 años después, en el fantasma de carne y hueso de Cristóbal Montoro. Montoro es un fantasma charnego que reniega de su origen andaluz y presume de ser genovés.

Este propietario de tres pisos en Madrid, que cobra 1.823,86 euros al mes en concepto de alojamiento gracias a su partida de nacimiento y su dura cara, es quien pide cada día sacrificios y cooperación a quienes vivimos envueltos por las telarañas que salen de nuestros bolsillos. Montoro, fiel a su partido y traidor a su comunidad natal, tampoco cree en las autonomías y no soporta que Andalucía haya administrado su miseria y su corrupción de manera menos asfixiante que otras comunidades gobernadas por su partido.

La estrategia de Montoro es conseguir a través de la economía no ya el objetivo de déficit, sino el objetivo de cargarse el estado de las autonomías, la vuelta a esa España, una, grande y libre a la que las urnas no consiguen quitarle el intenso olor a naftalina que desprende. Las palabras de Aguirre, Feijoo y otros miembros del PP que reclaman la disminución representativa de los parlamentos autonómicos, o directamente su eliminación, reman coordinadamente en el mismo sentido que la actuación de Montoro ayer en la reunión con los representantes autonómicos.

La palabra solidaridad recibió ayer un navajazo mortal en el bajo vientre de Andalucía. La proporcionalidad del esfuerzo exigido no tiene en cuenta la gestión mejor o peor de unas u otras comunidades, sólo interesa que la crisis se las lleve por delante a todas por igual. Europa ha suavizado las condiciones a España, pero Montoro endurece las de sus autonomías. Montoro premia a Valencia con 1.200 millones de Euros y castiga a Andalucía con sólo 200. Montoro impone a su Andalucía 3.000 millones de euros más en recortes para finiquitar de una vez la sanidad y la educación pública de sus paisanos. Montoro no se puede permitir que cualquier español no andaluz vea que hay un modelo autonómico tan corrupto como el que más pero con un menor endeudamiento que las comunidades estrella del PP.

Montoro se está haciendo acreedor al título de persona non grata en Andalucía.

No creo que le importe.