Ideas para no dormir

Forzados republicanos de BDST construyendo carretera cerca de Bilbao.

Forzados republicanos de un Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados (BDSTP).
A medio camino entre la memoria histórica y la realidad laboral que acecha.

Es inquietante contemplar la insultante suficiencia, a la hora de expresar sus ideas, que algunos estamentos de la vida pública emplean, tal vez pensando que las tragaderas ciudadanas no tienen fondo. Quizá no les falte algo de razón si se analiza el comportamiento de la sociedad a la hora de votar y el amplio segmento de la población que repite y asume esas mismas ideas en su hábitat cotidiano. La mentira y la manipulación les funcionan y les dan alas para volar cada día un poco más alto.

Preocupa comprobar que un partido, promotor de una Ley de partidos para ilegalizar a quienes hacían apología del terrorismo, se desnude impunemente haciendo apología de una dictadura y de un general golpista que provocaron más muertes y más terror que diez mil etarras encapuchados. El sector ultraderechista del PP, liderado por Aguirre, se regodea viendo a sus cachorros ondear banderas golpistas, saludando al modo fascista y quién sabe si cantando el Cara al sol. Para el PP no es oportuno cerrar las heridas que representan fosas comunes y cunetas mientras se permite realizar apología del franquismo. Son sus ideas.

El ministro Wert guillotina el derecho a la educación y descuartiza las posibilidades de estudiar al selecto e inmenso grupo de quienes sólo cuentan con una escuálida nómina, un subsido o una pensión para mantener a toda una familia. Las becas han recibido un cínico tajo al excluir a quienes tengan familiares cerca del lugar de estudio, sin importar que sea familia bien o mal avenida, con recursos o sin ellos. Muchos diputados -alojables en domicilios de familiares- cobran, además de sobresueldos, por alojamiento a pesar de poseer propiedades inmobiliarias en la corte. Son sus ideas.

El PP ha dispuesto mecanismos de lucha contra el fraude laboral y fiscal, una cruzada en toda regla contra autónomos, pequeños ahorradores, desempleados y caseteros de feria, de la que se exime de forma lacerante a las grandes empresas que engordan con opacas donaciones la caja B del partido o a las multinacionales que dan sentido a los paraísos fiscales. El delito siempre viaja en las alforjas de los débiles como las amnistías o los indultos lo hacen en los maletines de los poderosos. Son sus ideas.

Erizan de pánico y terror los capilares sensibles de la ciudadanía las exigencias de Juan Rosell para que los trabajadores sean desposeídos de los restos de humanidad que aún conservan. Cautivo y desarmado, por su propia incompetencia, el tinglado sindical, los trabajadores descubren por las bravas las fauces neoliberales que destrozan sus vidas. La CEOE exige galeotes y el gobierno descarga sobre las espaldas de España el látigo de siete colas para la subyugación humana al servicio de la economía neoliberal. El Partido Popular se sirve y sirve a una patronal corrupta y codiciosa con la que comparte y reparte beneficios de privatizaciones y sobrecostes de las adjudicaciones públicas a cambio de convertir la fuerza laboral en una mercancía más. Son sus ideas.

Produce desasosiego, depresión y desesperanza ver cómo todo un país es conducido, a través del tiempo, a unas condiciones de vida preindustriales y feudalizantes con la aquiescencia de la inmensa mayoría de sus súditos. Las voces que apelan desde las calles y las redes sociales a la rebelión colectiva son contempladas por la mayoría como un espectáculo ajeno y peligroso para el confort individual. La riqueza vuelve a ser hereditaria, como simboliza la Corona y practican la Casa de Alba, los Botín, Amancio Ortega, las Koplowitz, Aznar Jr., Aguirre Jr., Gallardón Jr. y todos cuantos luchan para que el status quo permanezca así. La pobreza y la miseria vuelven también a ser hereditarias para quienes renuncian a la lucha por conservar sus derechos y defender su dignidad. Son sus ideas.

La España millonaria

pobreza

En plena crisis económica, institucional y de valores, España se está convirtiendo en un país de millonarios mientras la pobreza se asienta en las calles de la conciencia como un elemento más del paisaje. La economía se basa en un elemental principio fácilmente comprensible: la riqueza de unos se sustenta en la pobreza de otros. No hay más. Si hay diez caramelos a repartir entre diez niños, el empacho de unos será inversamente proporcional a la insatisfacción de otros. Todo lo demás son adornos verbales y economicistas para justificar los empachos y explicar las insatisfacciones. El liberalismo se cimenta en la quimera de que cualquiera puede hacerse rico y con ella teje los sueños de la ciudadanía.

Este país, capaz de convertir en ídolo cualquier amasijo de tierra y agua, ha elevado a su Olimpo a personajes dispares convertidos en millonarios. No importa si la materia prima es arcilla, barro, lodo o fango, lo importante son los millones de sus cuentas corrientes, que sean millonarios. El ídolo actual es Amancio Ortega, nada menos que el tercer hombre más rico del mundo, y levita sobre un altar de tela y ladrillo. El español medio soñará con emular a este hombre, estudiará sus pasos y descubrirá que lo más necesario para lograr ser rico es una pinza que tape la nariz, una venda que ciegue los ojos, dos tapones, uno para cada oído, y arrobas de desinfectante ético.

Los millones de Zara y Cía. son millones de horas mal pagadas, millones de kilómetros de hilo tejidos con millones de vidas anónimas que a muy poca gente importan, millones de euros a cambio de modelos pasados de moda antes de ser usados. Ortega es millonario gracias a millones de indias, chinas, brasileñas o portuguesas que sacian a diario sus necesidades con el arroz justo para aguantar una jornada de catorce horas de trabajo. El empacho de Ortega es proporcional a la insatisfacción de millones de personas del tercer mundo y millones del primer mundo que le quitan de las manos sus ropas y complementos inspirados en el hambre y en un delicado desprecio hacia la humanidad.

Hay abundantes millonarios del deporte en un país en el que la gimnasia está a punto de desaparecer de los colegios. Fernando Alonso, Gasol, Sánchez Vicario, Xabi Alonso, Nadal y todo un desfile de celebridades nos venden seguros, cerveza, juegos, cuentas corrientes, camisetas o apuestas on line mientras practican deportes que siguen millones de personas dejando millones de euros en canales de pago o en las taquillas de los estadios. Son millonarios que, como Ortega, también conocen la geografía de la economía y eluden a Hacienda como contribuyentes de Andorra, Mónaco, Suiza o cualquier otro paraíso.

España es millonaria. Cuenta con cinco millones de parados, varios millones más que viven bajo el umbral de la pobreza y millones que ganan lo justo para malvivir. España es millonaria. Cuenta también con millones de euros evadidos por empresas del IBEX, con millones de euros ilegítimos rapiñados por políticos de todas las tendencias, con millones de euros amnistiados por el gobierno y con millones de euros estafados por empresarios insatisfechos. España es millonaria. Millonaria es una élite, apenas el 3%, a costa de millones de pobres, cada vez más.

Millones de ilusiones cruzan a diario las fronteras de la esperanza o las del país buscando un yugo al que uncir su cuello simplemente para comer y certificar que lo que aparece en el espejo cuando se miran es una persona aún reconocible, un rostro familiar. Millones de promesas atestan el cajón de los incumplimientos políticos ante las lánguidas miradas de una ciudadanía que, mientras tanto, busca consuelo en los televisores contemplando -cuatro millones y medio de cerebros machacados y vidas sin futuro- cómo presuntos famosos se tiran al agua arañando unos pocos millones para sus bolsillos y propinando zarpazos a la inteligencia media del país.

España ante el espejo

espejo-de-espana

España vuelve a mirarse en el espejo arrugado de la historia con ojos deslucidos que no le permiten ver su mustio presente con la crudeza que reflejan los rostros de sus habitantes. A la hora de mirarse al espejo, el pueblo fija la vista en detalles superfluos y ornamentales que le distraen y le ayudan a esquivar sus propias pupilas, esas que hablan desde el interior de cada persona cuando se contempla a sí misma. La gente elige atender el orden estético y posar los cinco sentidos en posibles descuidos indumentarios antes que sobre la pulcritud del alma y el aseo de la conciencia, prefiriendo acicalarse para ser mirada en lugar de hacerlo para ser interpelada.

Los espejos de cristal desertaron de los hogares cuando los invasores tubos catódicos les derrotaron en la tarea de reproducir la imagen de sus moradores y responder a la pregunta ¿quién es la más guapa?” También venció el usurpador en la misión de mostrar una realidad alternativa, al otro lado del espejo, capaz de ofrecer un país de las maravillas distinto cada día y diferente para cada persona. La televisión ha mostrado sobrada capacidad para que el público acepte la fantasía como única realidad posible, dado el desagradable ejercicio que supone para cualquiera reconocer su propia miseria, la mezquindad de la vida y la orfandad de perspectivas futuras que devuelven hoy los espejos cuando se les mira a los ojos.

El país de las maravillas ofrecido desde el otro lado del plasma permite a la ciudadanía arropar su desconsuelo con la raída manta de las desgracias ajenas y proliferan programas donde personajes lamentables no dudan en desnudar sus cuerpos y, aún más deplorable, sus mentes para demostrar que el espectador no es lo más penoso y desdeñable de la humanidad. Son modelos que copan un porcentaje desolador de la parrila en cualquiera de los canales que un dedo puede seleccionar a distancia. La identificación con el producto televisivo permite al espectador conservar una remota sensación de libertad para elegir hasta ver en el espejo rostros y cerebros mucho más deteriorados que los suyos. Son estos entretenimientos eufemismos visuales de la alienación.

El espejo de plasma también muestra una versión oficial de la realidad, grata y útil para quienes escriben el guión y manejan la cámara en cada época determinada o de quién mueve los hilos de las marionetas que la interpretan. Sin rubor, se muestran como oportunidades negocios que, en otros momentos, eran y serán simple y llanamente alteraciones de la legalidad en favor de intereses privados. Eurovegas, por ejemplo, es un remake gansteril de los años 30, Adelson es un sosias de Al Capone, la corrupción de estado es el decorado para la acción y el pueblo es el repertorio de figurantes damnificados por unos y por otros. Se trata de una deplorable imagen virtual que los gobernantes ofrecen como alternativa a la insoportable realidad de los gobernados.

La versión oficial muestra la corrupción política de este país como el reflejo de quien se contempla en el espejo, del espectador acusado de ser el gusano que pudre el fruto patrio. Son las carcomas del estado, entre bocado y bocado a los cimientos sociales, quienes tildan de gusano al pueblo, quienes le acusan de querer sobrevivir y quienes proponen como modelos a seguir, por ejemplo, a Amancio Ortega, Botín, Bárcenas, Urdangarín, Báltar, Mulas, la familia municipal de Manilva (Málaga) y otros creadores de ilusiones millonarias al alcance de cualquier ciudadano que, desprovisto de imagen ética en su espejo, carezca de escrúpulos para colocar la miseria tercermundista, la corrupción y la codiciosa especulación (distorsión de un espejo) en la lista Forbes o en paraísos fiscales. Son espejos a los que mirar para distraer de la versión original.

Si se apagaran los televisores, las miradas inquietas quizás encontrarían en algún rincón de cualquier hogar, agazapada, una tabla de cristal azogado por su parte posterior que refleja los objetos situados delante de ella, incluidas las personas. Se llama espejo y no engaña.

Peligros de la NO participación ciudadana.

La principal lacra que aqueja a las sociedades modernas es el individualismo, esa exaltación de lo particular que acaba devorando la convivencia hasta tal punto que el propio individuo, ser social por naturaleza, acaba resintiéndose en su propia singularidad. La cultura occidental es proclive a enasalzar lo individual y anteponerlo a lo colectivo, cuando lo aconsejable sería buscar el equilibrio justo que permitiese un desarrollo social adecuado de todos los individuos. Ese equilibrio, normalmente, se busca a través de la representatividad que, se supone, expone y defiende los deseos particulares a la hora de consensuar normas que armonicen la convivencia entre unos individuos y otros.

Cuanto más numerosa es una sociedad, más complejo resulta coordinar los intereses de todas las personas que la componen. El individuo mantiene relaciones de proximidad en las estructuras familiares, vecinales y locales que componen su hábitat cotidiano, pero también forma parte de unas estructuras mayores que suelen articularse en ámbitos geográficos o administrativos más amplios donde el individualismo se diluye gradualmente en relaciones de lejanía. La comarca, la provincia, la región, la nación o el continente son fronteras administrativas que dan fuerza a un colectivo en detrimento del individualismo de sus componentes. Aún así, son necesarias e inevitables.

También las asociaciones profesionales, religiosas, de ocio o de cooperación permiten al individuo sumar sus fuerzas a las de quienes se identifican con sus necesidades de cara a conseguir objetivos más ambiciosos que los que conseguiría una persona sola. De esta realidad surgen colectivos que, basándose en la representatividad otorgada por los individuos, hacen suya la tarea de establecer las reglas de convivencia y los objetivos concretos a conseguir para todos y cada uno de los sujetos representados. De ahí provienen desde la comunidad de vecinos hasta la ONU, pasando por todas las escalas intermedias habidas y por haber.

Los españoles somos individuos en la familia y pretendemos ser individuos en el universo. A regañadientes aceptamos que algún paisano se nos parezca en algo y rugimos para expresar lo que nos diferencia en el hogar, en el barrio, en el pueblo, en la provincia o, ya lo he dicho, en el universo. Somos capaces de partirnos la cara por las diferencias y a la vez despreciar las semejanzas, elevamos lo que nos separa muy por encima de lo que nos une, sacralizamos el individualismo y demonizamos la colectividad. Y nos quejamos. Continuamente buscamos cuarenta millones de problemas para cada solución que se nos presenta.

Este individualismo ibérico de pata negra es el que hace que una asamblea de madres y padres de un colegio con mil aulumnos se vea reducida a la presencia de cuarenta o setenta personas, que una asociación vecinal de un barrio con cinco mil habitantes no tenga más de cincuenta socios activos, que la presidencia de la comunidad del bloque sea un marrón del que huimos como de la peste o que de los dos mil cofrades acudan a la misa treinta y cuatro. No soportamos el sacrificio de nuestras ideas personales en el altar comunitario y, sobre todo, no aceptamos que sea el vecino de al lado quien vea prosperar una propuesta suya.

Lo mismo sucede con la política. La ciudadanía cuenta con mil argumentos para justificar su dejadez participativa en asuntos que le interesan, arraigados por una parte en el individualismo íntimo de los españoles y, por otra, en la mala praxis ejercida por individuos que se han interesado por la política a título particular. La mayoría de estos argumentos son estereotipos acuñados con el único fin de la autojustificación, pero realmente el único argumento veraz es el del cultivo del individualismo y la ausencia de voluntad para sacrificar parte de nuestro tiempo, dedicado diariamente a ver la televisión o arreglar el mundo en la cafetería, en beneficio del bien común. Estoy segura de que una participación ciudadana masiva erradicaría la corrupción, la holgazanería y la impunidad de la que todos nos lamentamos continuamente.

Las últimas propuestas populistas, esgrimidas por Cospedal, Aguirre, Feijoo y casi todo el PP, van en la línea de anular del todo la participación ciudadana. Reducir el número de diputados o de concejales no es más que limitar estadísticamente la presencia en las instituciones de elementos ajenos a los intereses del PP y del PSOE, dos formaciones que funcionan como empresas. Suprimir el salario de los políticos supone cerrar la puerta a cualquier ciudadano cuya renta y disponibilidad horaria no le permita dedicarse a ello durante unos años. Estas dos propuestas persiguen el fin de dejar nuestros destinos en manos de opulentos tecnócratas que ya hace años que se vienen forrando con la polítca a través de sus intermediarios del PP y del PSOE.

Las cortes se llenarían de Florentinos Pérez, Amancios Ortega o Juanes Roig totalmente despegados de la realidad de la inmensa mayoría de los españoles y de sus necesidades. El BOE sería el catálogo y la tarifa de precios impuesta por ACS, Inditex o Mercadona y la legislación sería una fórmula química orientada a elevar la gráfica del Ibex 35. Sólo con la participación de millones de individuos se podría enderezar el rumbo de la nave de manera satisfactoria para la inmensa mayoría social.

Los partidos, por su parte, deberían hacer un esfuerzo generoso para eliminar los vicios y las estructuras perniciosas que los mantienen rígidos y alejados de la sociedad, permitiendo que les entre savia joven y florezcan de nuevo como espacios abiertos donde cualquier individuo pueda participar sin temor a ser podado o secado entre viejas ramas cubiertas de espinas.

¿No se debería modificar la Ley electoral? No les interesa.

¿No se deberían regular por Ley las remuneraciones de cargos públicos? No les interesa.

¿No se debería limitar la permanencia en cargos públicos a ocho o doce años? No les interesa.

¿No se debería penar más duramente la corrupción? No les interesa.

¿Se deben eliminar representantes de la ciudadanía o sus sueldos? No nos interesa.

La reforma retro de Wert.

Seis reformas, seis, (cuatro de la prestigiosa ganadería del PSOE, una de UCD y otra del PP) son las que llevan corneando nuestro sistema educativo desde que se instauró la democracia en nuestro país. Ahora, el misnistro Wert, mayoral del PP, vuelve a reunir a sus astados con la firme intención de revolcar de nuevo a la enseñanza sobre la arena del coso de las cortes. Según se puede inferir de sus actos y palabras, desde que tomó posesión del cargo, la nueva reforma que planea será una reforma cimentada en el tamaño de su taleguilla ministerial.

Por tradición, una vez más, la séptima reforma se hará de espaldas a quienes habitan y dan vida a la enseñanza, condenándola antes de nacer a su muerte y arrastre a nada que que otro mayoral de distinta ganadería política (o de la misma, que tampoco extrañaría) se empeñe en marcar con su hierro particular el lomo de la educación. No contarán con el profesorado, ni con un panel de pedagogos independientes, ni con madres y padres, ni con la universidad, asegurando desde hoy mismo el fracaso de su implantación y de sus resultados.

El Ministro Wert ya ha escuchado a quien tenía que escuchar. Sus oídos han sido regalados por la Conferencia Episcopal que le ha pedido la consolidación de la asignatura de religión como doctrinario principal en la enseñanza pública, le ha impuesto la segregación por sexos como símbolo de inmaculada educación y le ha recomendado el aumento de la ratio como óbolo de San Pedro para los colegios religiosos. Wert, buen católico, ha atendido sus peticiones a cambio de rogativas para ir al cielo cuando muera y bula para comer carne durante la cuaresma.

El Ministro Wert ya ha escuchado a quien tenía que escuchar. Sus oídos han sido susurrados por la CEOE que le ha pedido una enseñanza al servicio de las necesidades empresariales y le ha suplicado una educación mínima que distancie a la futura mano de obra del pensamiento crítico y la cultura humanista que tantos quebraderos de cabeza producen en el ámbito laboral. Wert, neoliberal convencido, dejará la filosofía, la historia y la educación artística como especies a extinguir y su propuesta de adelantar la formación profesional creará una legión de obreros especializados con poquísimo margen para interpretar otro papel en sus vidas que no sea trabajar y consumir.

El Ministro Wert ya ha escuchado a quien tenía que escuchar. Sus oídos han sido murmurados por la Banca que le ha pedido unos metros cuadrados dentro del sistema para instalar oficinas comerciales y el control temprano de la economía hipotecada de los futuros profesionales. Wert, capitalista vocacional, ha elevado las becas a la categoría de quimera para una inmensa mayoría y ha dejado el campo expedito a los préstamos financiadores. También ha elevado el precio de la enseñanza superior a cotas imposibles sin un crédito que se amortice con los salarios de los primeros años de vida profesional de quienes tengan la suerte de poder tenerla.

El Ministro Wert ya ha escuchado a quien tenía que escuchar. De nada sirven las protestas de un profesorado humillado y ninguneado, de nada los gritos doloridos de las madres y los padres, de nada los esfuerzos de un alumnado resigando que no acaba de reaccionar como debiera. Sus oídos, sordos como los golpes que propinan los decretos, no escucha a quien debiera y agita el griterío para que los oídos de la ciudadanía no escuchen lo que realmente transmiten sus palabras.

Si de él dependiera, la etapa de preescolar sería la idónea para proponer a los niños la elección de su futuro, así España se convertiría en una potencia industrial basada en el trabajo infantil a imagen y semejanza de las admiradas economías asiáticas o sudamericanas. Amancio Ortega podría dar trabajo a toda la población española sin tener que sacar su producción del país y Juan Roig se sentiría orgulloso de ser español, aunque ambos enviasen sus ganancias al paraíso.

Si por él fuera, los resultados académicos serían medidos directamente por el BBVA, el Santander, INDITEX o Mercadona, quienes determinarían las capacidades del alumnado para ser útiles o inútiles de cara al mercado. De cara a la vida, el presente y el futuro ya los hacen inútiles. Una vez en el mercado laboral, los vástagos de las clases pudientes serán felices midiendo sus capacidades, obtenidas en la privada a base de talonario, con quienes salen renqueantes y heridos de la pública.

Wert es un ministro del pasado, un ministro de 1950, que por razones desconocidas ha aparecido en el siglo XXI. La escuela, con su reforma, retrodederá cincuenta o setenta años. Y el país también.

Ryanair anuncia muertes impunemente.

El mito de Ícaro nos enseña que los dioses acaban castigando a los hombres que aspiran a medirse con ellos en las alturas celestiales y que todo lo que sube tiende, tarde o temprano, a cumplir su compromiso con la Ley de Newton. La gravedad es un nombre que define tanto a la tracción que la tierra ejerce sobre los objetos que se suspenden en el aire como a los efectos de su caída libre y sin paracaídas.

Michael O’Leary pertenece a esa casta de hombres que han acumulado tanto oro en tan poco tiempo que se sienten más próximos al sol que a la tierra, se siente como un semidiós con potestad para decidir la suerte de las muchas personas que a diario vuelan en los aviones de Ryanair, se siente incluso por encima y al margen de las leyes de los gobiernos, sumisos ante su resplandor dorado, y de la propia ley de gravedad.

A estos nuevos habitantes del Olimpo financiero les está permitido todo y ningún humano se atreve a mirarles a los ojos y cantarles las verdades del barquero. El dios supremo es el dinero y porfiar con quien demuestra altas dotes para atraerlo está mal visto para el pueblo llano y sus gobernantes, que temen su versatilidad para ser utilizado como arma arrojadiza y, en muchos casos, letal. La religión capitalista no admite el pecado, el agnosticismo, ni siquiera la apostasía, como todas las religiones que en el mundo son.

Los métodos para atesorar dinero sólo importan cuando éste se acumula en pequeñas cantidades y los sacerdotes del capital sólo miran con lupa fiscal y normativa las nóminas de los asalariados y los ingresos de los autónomos, siempre y cuando no superen, digamos por ejemplo, los sesenta o setenta mil euros anuales. Pasada esa cifra, la molesta y farragosa fiscalización discurre por terrenos menos agrestes y más compasivos que conducen hasta el concepto de inversor que, una vez alcanzado, convierte a las personas en semidioses y héroes como ha sucedido con Ruiz Mateos, Mario Conde, Amancio Ortega, Juan Roig y tantos otros.

Ícaro cayó cuando la proximidad del sol derritió la cera que unía las plumas con las que construyó las alas que le elevaron al cielo. Mario Conde y Ruiz Mateos cayeron cuando se derritió la cera de sus emporios aplastando con su caída a sus trabajadores, proveedores y clientes y salvando milagrosamente sus vidas del impacto mortal con el suelo. Sólo entonces, los poderes públicos usaron la lupa para observar lo que estaba pasando; muchos veían la realidad sin necesidad de prótesis ópticas, a simple vista.

Dado que no importan los métodos de acumulación de capital ni los antecedentes penales para que el dios sol permita que se acerquen los hombres dorados, Conde y Mateos han vuelto a repetir su vuelo. El segundo ha vuelto a caer, el primero utiliza ahora el ala delta de la política. Michael O’Leary, Ícaro de low cost lleva abusando y avisando de su caída, o mejor dicho de uno de sus aviones, día tras día sin que ningún gobernante le recorte las alas.

Ryanair es la compañía de pateras voladoras por excelencia en Europa. Sus aviones son conducidos por kamikazes que gritan “banzai” a la caja negra justo antes de emprender el vuelo. El pasaje arriesga sus baratas vidas en travesías por el océano celestial sin saber con exactitud si tomarán tierra o permanecerán en el cielo para siempre.

Está próxima una caída en picado de uno de los aviones de Ryanair, con humareda negra, trozos de carne humana esparcidos por los suelos y aullar de sirenas de bomberos y ambulancias. Sólo cuando se celebre el funeral multitudinario por las víctimas, los gobernantes clamarán justicia e impondrán una multa reparadora de conciencias. Después, Ícaro O’Leary seguirá ascendiendo hacia el dorado sol como si nada. El negocio debe seguir.

Avisados estamos.

Inditex me aprieta el chocho

En el sumario de las noticias aparecieron, seguidas, tres de las noticias más relevantes del día: La prima de riesgo alcanza los 552 puntos, Amancio Ortega es el hombre más rico de Europa y el cuarto del mundo, y España vence a Irlanda por cuatro goles a cero.

Somnolienta en el sofá, a punto de irme a la cama, reviví en mi mente la última manifestación a la que asistí para protestar por los brutales recortes que me propina mi gobierno y por la indefensión a que la que me someten los bancos. Escuché en duermevela el eslogan coreado junto a mis amigas delante de los escaparates de ZARA, “la talla treinta y ocho me aprieta el chocho”, y recordé las sonrisas dibujadas en los rostros de quienes, ajenos a la mani, pasaban por la puerta del establecimiento, la misma sonrisa que lucía el guarda jurado que custodia la entrada para evitar los hurtos a la primera fortuna de Europa.

Esas sonrisas demostraban el conformismo social que permite a una cadena de moda jugar con los estereotipos hasta el punto de llevar a miles de chavalas al precipicio frustrante de la autocensura estética y al vacío mortal de la anorexia en muchos casos. La sociedad, pensé, no es consciente de que uno de los pilares de Inditex es el fracaso proyectado por unas tallas y un modelo de belleza que lindan peligrosamente con la inducción al suicidio mental en muchísimos casos y al suicidio corporal en algunos. Mis amigas y yo, que hemos hablado largo y tendido del asunto, gritábamos el eslogan con la rabia y la autoridad que otorga el hecho de ser mujeres y de comprender lo que supone la tiranía de la moda para nosotras.

Pasados los escaparates de ZARA, la manifestación coreaba el eslogan “somos humanos, no somos esclavos” y se me vino a la cabeza otro de los pilares que sustentan el Imperio Inditex. Recordé con rabia que, recientemente, el grupo empresarial del cuarto hombre más rico del mundo ha recibido denuncias por utilizar niños portugueses para coser sus zapatos o que el gobierno brasileño les ha denunciado por utilizar trabajadores peruanos y bolivianos en condiciones de esclavitud. No contentos con explotar a la población de países empobrecidos, también se han animado a hacerlo en Galicia, en su propia tierra, donde la policía desmanteló un taller clandestino de trabajadores asiáticos en condiciones infrahumanas.

La rabia creció alarmantemente al recordar que su vicepresidente José María Castellano defendió su imperio alegando que “En algunos países si quitas a los chicos de trabajar, es peor, es un problema para las familias y que les puede llevar a acabar en la prostitución, lo que intentamos es cambiar su entorno poco a poco y que trabajen y que, poco a poco, vayan el colegio”. Encima pretende hacernos creer que les hacen un favor para que nosotras podamos comprar sus productos a un precio razonable.

Siguiendo calle arriba, la manifestación coreaba “No a los desahucios” y “Tenemos derecho a vivir bajo techo” mientras pasábamos indignadas ante los escaparates de Massimo Dutti, Stradivarius, Pull&Bear, Bershka y Kiddy´s, todos comercios pertenecientes a la primera fortuna del mundo y situados en la principal calle de la ciudad, conocida como “la milla de oro”. Ahora, mi cerebro me repetía que el verdadero negocio de Inditex es la especulación inmobiliaria, pues adquiere locales comerciales en las zonas más caras del mundo a precios que no cuadran con los precios a que oferta sus productos. Una amiga me comentó que el verdadero negocio de Amancio Ortega es el ladrillo de oro.

Sobresaltada por el volumen de los anuncios que pasaban en la tele, me incorporé y me dispuse a irme a la cama. Camino del dormitorio, se me ocurrió pensar que la fortuna de este señor era superior al agujero dejado por Bankia al estado y que el sentimiento patriota que nos intenta vender el gobierno se reduce a identificarnos con Fernando Torres, Xavi o Iniesta para no pensar en lo otro. Mientras cepillaba mis dientes, consideré, por último, que, perfectamente, Amancio Ortega encaja en el perfil de eso que se conoce como inversores y que nos tienen la prima de riesgo por las nubes. Apañadas estamos entonces, me dije.

Fue mi último pensamiento.

No he pegado ojo en toda la noche.