Sainetes y esperpentos nacionales

teatro

La imagen de la España actual parece reflejada por los espejos deformantes del Callejón del Gato que inmortalizó Valle-Inclan a la vez que consagraba el esperpento como técnica para interpretar la realidad. Un vistazo a la actualidad, un día cualquiera, muestra de forma grotesca que hay dos tipos de personas en este país: las que sufren la realidad cotidiana en sus carnes y quienes tratan a toda costa de deformar dicha realidad eludiendo su propia responsabilidad en tal sufrimiento. La realidad son sueldos menguantes y precios crecientes, el esperpento es que lo presentan como una mejora vital irrenunciable.

El pueblo español tiene la rara habilidad de convertir lo penoso en liviano, lo grotesco en burlesco, el esperpento en sainete. Hay duda sobre si esquivar las penas es signo de salud mental o masoquismo colectivo; psicólogos y sociólogos tienen la última palabra al respecto y están tardando en advertir al paciente sobre la naturaleza de su actitud y sus consecuencias. El recurrente sentido común puede apuntar a que es mejor reír que llorar, una huida hacia adelante que puede tener efectos irreversibles para un país excesivo a la hora de utilizar la charanga y la pandereta.

Hay ocasiones en que los acontecimientos se presentan en la realidad tan unidos a su imagen deformada que es arduo discernir entre lo grave y lo hilarante. España está en manos de un gobierno que ha rebajado el concepto de democracia al nivel de la satrapía con evidentes signos de corrupción partidista, política e ideológica. España está en manos de una alternativa de gobierno que ha degradado el concepto de democracia a la categoría de bufonada también con los mismos signos de corrupción. Para llorar, para reír y para no mirarles en las urnas.

El Gobierno de España legisla en contra del interés general de la ciudadanía y a favor de unos intereses privados cuyo listado se puede consultar en la sección de bolsa de los diarios, en la contabilidad B del PP, en las adjudicaciones públicas de los Boletines Oficiales y en sede judicial. Se está produciendo una adaptación ibérica de Los Intocables, película en la que Al Capone se libra de sus peores fechorías y sólo es cazado por delitos contables. Alegan los populares, como prueba fundamental para su defensa, que han sido elegidos en las urnas, aunando estado de derecho y derecho de pernada en un esperpento escalofriante.

El principal partido de la oposición, también encausado por corrupción y descompuesto por intrigas internas, ha escenificado para la ciudadanía un surrealista sainete de primarias sin candidatos, sin urnas, sin votos, como una impúdica monarquía bananera. La heredera andaluza del puño y la rosa también ha dado validez democrática a la comedia, comparando la negociación, en despachos y pasillos, de unos avales con la transparencia de una urna. Las prisas no son buenas y en el PSOE todos huyen de Alaya con los zapatos cambiados de pie y desabrochados.

Ambos partidos comparten nervios con un poder judicial cuya lupa no está del todo limpia y cuyos ojos han sido vendados con carnets partidistas. Algunas de sus actuaciones parecen reflejos de los espejos deformantes y presentan una realidad complicada de identificar por el pueblo llano. Al margen de la estética que pueda aportar la militancia a una toga, la ética de la ley obliga a su nítida y democrática separación de las cloacas partidistas. La justicia y la ley deben quedar al margen del teatro para no convertirse en un sainete o un esperpento.

España necesita la renovación integral de los representantes públicos, necesita que la propia ciudadanía analice y comprenda el verdadero alcance de su voto, necesita unos políticos que sean ciudadanos y unos ciudadanos que sean políticos. El “todos son iguales” equipara a la ciudadanía con una clase política viciada y viciosa que puede y debe ser cambiada cuanto antes. En manos del pueblo está tomar la iniciativa y mejorar o seguir votando lo mismo (o no votando) para obtener los mismos resultados.

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Bárcenas, Garzón y PP

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El caso Gürtel, como en su momento el caso Filesa o el reciente caso Palau, son unidades didácticas de la historia reciente de España cuyos contenidos y objetivos han sido diseñados por revoltosos estudiantes de esos que suelen enturbiar el correcto desarrollo de las clases en los colegios. La irrupción de estos “maestrillos” en la actualidad hace que se resienta toda la población y que la calidad de sus enseñanzas evidencie las carencias de lo no aprendido junto a los devastadores efectos de lo aprendido. ¿Qué enseñan los corruptos? ¿Qué deja de aprender la ciudadanía? Son preguntas abiertas cuyas respuestas dibujan el triste paisaje de la lamentable realidad actual.

El caso Gürtel se destapó y se desarrolla como un guión de cine negro que desnuda las vergüenzas y los entresijos de una clase política alejada del servicio al pueblo y movida por siniestros personajes a los que sirven con mafiosa fidelidad. Bárcenas enseña que los intereses públicos y sociales son asesinados por intereses privados e individuales con premeditación, nocturnidad, alevosía y bastarda conciencia de impunidad. También enseña que el gatillo de la corrupción es fácil y dispara con pasmosa agilidad desde las armas cortas de cualquier ayuntamiento o la artillería pesada de cualquier ministerio.

Conscientes de su poder, los partidos políticos, en este caso el Partido Popular, recurren a tretas gansteriles para defender “lo suyo”. Bárcenas, como Al Capone, ha facilitado a la justicia la herramienta contable necesaria para restablecer la ley y el orden. El PP, como la banda de Al, hurgó y acosó al juez díscolo que le investigaba aireando sus actividades de caza con el ministro Bermejo y denunciándolo, hasta apartarlo de la justicia, por investigar lo que hoy es evidente. Como en la familia de El Padrino, en la banda pepera se imponen la omertá y la mentira.

Garzón, persona discutible y discutida, representaba para el Partido Popular un doble peligro. De una parte, el juez estaba sobre la pista fiable, ahora se comprueba, de la maquinaria corrupta del partido y, por otra parte, amenazaba con investigar también su corrupción ideológica. En Génova no estaban dispuestos a que nadie echara por alto los trajes de Camps, el Jaguar misterioso de Ana Mato o esos sobres de los que se han beneficiado la cúpula del partido, voceros afines como Jiménez Losantos, Rosa Díez y quién sabe qué otras personalidades e instituciones manejadas a billetazo limpio. Tampoco estaban dispuestos a “lo otro”.

El PP tampoco estaba dispuesto, Garzón sí, a que saltara por los aires la hagiografía del franquismo encargada por Aznar, con impúdico dinero público, a los sabios de la Academia de la Historia. El PP no podía permitir que la investigación del franquismo, cosa propia de países con decencia democrática, perjudicara directamente a muchos de sus mentores y militantes en activo. El PP se negaba a condenar el golpe de estado del 18 de julio y a renunciar a su histórico papel de martillo de rojos, herejes y masones. El PP escribe su propia historia de España, la historia sufrida de los españoles.

El caso Gürtel enseña que el Partido Popular participa de la misma moral corrupta que el PSOE, que para ellos el fin justifica los medios, que codearse con los poderosos reporta beneficios materiales o que la pertenencia a un partido es algo más que un carnet con una gaviota o un puño. La ciudadanía ha perdido la ocasión de aprender que la justicia está por encima de los partidos, que la ideología es algo diferente a una transacción económica, que la política puede ser una actividad al servicio del pueblo, que la ética debe ser la guía para la convivencia o que el pueblo es realmente soberano.

El caso Gürtel suspende el informe PISA de la transparencia y pisa con desprecio los principios más elementales de la democracia.

España ante el espejo

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España vuelve a mirarse en el espejo arrugado de la historia con ojos deslucidos que no le permiten ver su mustio presente con la crudeza que reflejan los rostros de sus habitantes. A la hora de mirarse al espejo, el pueblo fija la vista en detalles superfluos y ornamentales que le distraen y le ayudan a esquivar sus propias pupilas, esas que hablan desde el interior de cada persona cuando se contempla a sí misma. La gente elige atender el orden estético y posar los cinco sentidos en posibles descuidos indumentarios antes que sobre la pulcritud del alma y el aseo de la conciencia, prefiriendo acicalarse para ser mirada en lugar de hacerlo para ser interpelada.

Los espejos de cristal desertaron de los hogares cuando los invasores tubos catódicos les derrotaron en la tarea de reproducir la imagen de sus moradores y responder a la pregunta ¿quién es la más guapa?” También venció el usurpador en la misión de mostrar una realidad alternativa, al otro lado del espejo, capaz de ofrecer un país de las maravillas distinto cada día y diferente para cada persona. La televisión ha mostrado sobrada capacidad para que el público acepte la fantasía como única realidad posible, dado el desagradable ejercicio que supone para cualquiera reconocer su propia miseria, la mezquindad de la vida y la orfandad de perspectivas futuras que devuelven hoy los espejos cuando se les mira a los ojos.

El país de las maravillas ofrecido desde el otro lado del plasma permite a la ciudadanía arropar su desconsuelo con la raída manta de las desgracias ajenas y proliferan programas donde personajes lamentables no dudan en desnudar sus cuerpos y, aún más deplorable, sus mentes para demostrar que el espectador no es lo más penoso y desdeñable de la humanidad. Son modelos que copan un porcentaje desolador de la parrila en cualquiera de los canales que un dedo puede seleccionar a distancia. La identificación con el producto televisivo permite al espectador conservar una remota sensación de libertad para elegir hasta ver en el espejo rostros y cerebros mucho más deteriorados que los suyos. Son estos entretenimientos eufemismos visuales de la alienación.

El espejo de plasma también muestra una versión oficial de la realidad, grata y útil para quienes escriben el guión y manejan la cámara en cada época determinada o de quién mueve los hilos de las marionetas que la interpretan. Sin rubor, se muestran como oportunidades negocios que, en otros momentos, eran y serán simple y llanamente alteraciones de la legalidad en favor de intereses privados. Eurovegas, por ejemplo, es un remake gansteril de los años 30, Adelson es un sosias de Al Capone, la corrupción de estado es el decorado para la acción y el pueblo es el repertorio de figurantes damnificados por unos y por otros. Se trata de una deplorable imagen virtual que los gobernantes ofrecen como alternativa a la insoportable realidad de los gobernados.

La versión oficial muestra la corrupción política de este país como el reflejo de quien se contempla en el espejo, del espectador acusado de ser el gusano que pudre el fruto patrio. Son las carcomas del estado, entre bocado y bocado a los cimientos sociales, quienes tildan de gusano al pueblo, quienes le acusan de querer sobrevivir y quienes proponen como modelos a seguir, por ejemplo, a Amancio Ortega, Botín, Bárcenas, Urdangarín, Báltar, Mulas, la familia municipal de Manilva (Málaga) y otros creadores de ilusiones millonarias al alcance de cualquier ciudadano que, desprovisto de imagen ética en su espejo, carezca de escrúpulos para colocar la miseria tercermundista, la corrupción y la codiciosa especulación (distorsión de un espejo) en la lista Forbes o en paraísos fiscales. Son espejos a los que mirar para distraer de la versión original.

Si se apagaran los televisores, las miradas inquietas quizás encontrarían en algún rincón de cualquier hogar, agazapada, una tabla de cristal azogado por su parte posterior que refleja los objetos situados delante de ella, incluidas las personas. Se llama espejo y no engaña.