Una economía de trucos y milagros.

En el centro, efectos de los trucos y milagros de la economía.

Los milagros suelen ser efímeros y ampararse en causas ocultas, rodeadas de un misticismo mundano, que los apartan de la racionalidad mundana y los envuelven en un halo de sobrenaturalidad que causa admiración. Como los trucos de magia, ocultar su verdadera naturaleza supone el éxito del truco y del mago que conoce el mecanismo que lo hace posible. Trucos y milagros responden desde el mundo de la fantasía a nuestras necesidades básicas y nos evaden del mundo real en el que vivimos prisioneros.

España es un país de arraigada tradición milagrera. Los magos se reinventan cada dos por tres exhibiendo trucos que les llevan a la cima de la popularidad y del éxito, siendo aplaudidos y admirados por el pueblo que se conforma con la contemplación inmediata de la puesta en escena y que no suele ir más allá de la contemplación visual. Los gobiernos, en muchas ocasiones, son conocedores y partícipes del fundamento del truco, pero utilizan la magia para distraer al público y servirse del mago como ejemplo a imitar. Los milagros económicos son los más repetidos y explotados.

Andalucía, tierra fértil para cristos, vírgenes y milagros, ha vivido y vive de los milagros. De milagro sobrevive una agricultura diezmada secularmente por terratenientes y latifundistas, privada de la necesaria y prometida Reforma Agraria, y apuntillada por la Reforma de la Política Agraria Común del mago Franz Fischler a comienzos de este siglo. Hacia 1980 se produjo un milagro agrícola en la zona de Dalías, en la desértica provincia de Almería, de la mano de la agricultura intensiva en invernaderos que multiplicó por quince la riqueza de la zona y aumentó la población en un 325%. El milagro ha funcionado hasta que han surgido nuevos magos en el norte de África que ofrecen el mismo truco con menores costes de producción al disponer de mano de obra esclavista y una legislación permisiva con el uso de biocidas y la sobreexplotación de recursos naturales.

Andalucía ha sido durante siglos, y continúa siéndolo, tierra de oligarcas ocupados en mantener su estatus de rentistas provincianos alrededor de las tertulias de casino, preocupados por el arte de Lagartijo o José Tomás y despreocupados de la industria y el comercio como formas de satisfacer las necesidades y demandas de sus convecinos. Andalucía ha mantenido la tradición migratoria de sus gentes en busca de los trucos que ofrecen otros paisajes nacionales o extranjeros con que satisfacer el milagro de su supervivencia. Cataluña, País Vasco, Madrid y países de cualquier latitud están poblados por colonias de andaluces que han encontrado allí oportunidades reales sin más truco que un salario a cambio de su trabajo.

Andalucía vivió uno de sus milagros industriales con el desarrollo de la industria del mueble. El hecho tuvo lugar, entre otros lugares, en diferentes comarcas de Córdoba que comenzaron a destacar en la artesanía de la madera en plena posguerra con la expansión nacional del mueble castellano. Durante la década de los setenta, el mueble de diseño provenzal y algunas incursiones en el diseño chino lacado inundó hoteles, pisos y apartamentos surgidos con el boom turístico de la Costa del Sol, propiciando una economía de pleno empleo en estas comarcas. Decenas de pequeñas y medianas empresas y cientos de empresas familiares obraron el milagro de dar trabajo a miles de personas del sur cordobés.

En lugar de afianzarse en el mercado con criterios que la realidad impone, esta industria, que auyentó el fantasma del desempleo durante décadas, se agarró al misticismo milagroso y tradujo los beneficios en bienes terrenales inmediatos de sus empresarios con forma de ostentosos patrimonios inmuebles y parques móviles en competencia directa con el de Chicago, frutos directos de trucos contables que trajeron pan para hoy y hambre para mañana. A principios del siglo XXI, los devaneos con la importación de muebles chinos por parte de muchos empresarios de la madera y el desmoronamiento del castillo de naipes levantado alrededor del ladrillo, han deshecho el milagro y convertido el sector de la madera en un valle de lágrimas desempleadas.

La falta de perspectiva, la escasa formación empresarial de la mayor parte de estos emprendedores, el benefício rápido, el desapego de la I+D+i, la atomización empresarial, la economía sumergida, el dinero negro y una tradición de casino y pandereta, han puesto al descubierto que el truco y el milagro no han funcionado más que para crear una burbuja de madera donde los habitantes de estas comarcas cordobesas han vivido durante decadas aislados de la realidad. Los efectos del estallido de esta burbuja se pueden ver en las oficinas de empleo y el banco de alimentos.

Son ejemplos de los miles de milagros que hemos padecido en España durante los últimos cuarenta años y forman parte de esa iconografía de pequeños milagros económicos que salpica casi todos los rincones de España.

Los gobernantes insisten en culpabilizar a las víctimas de los milagros de la situación. Las autoridades, la banca y el estamento empresarial de este país son los verdaderos culpables de la intensidad con que esta crisis azota a España, con mayor crueldad que a otros países donde los milagros y los trucos son perseguidos de oficio por la ley y por el sentido común.

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Cenicienta compra en Mercadona.

Cenicienta es cliente habitual de Mercadona. Convencida por su madrastra de que no es mujer para otros menesteres, se afana a diario para reducir el déficit entre lo que trabaja y lo que consume acudiendo a uno de los templos de la economía doméstica con su cristalino carro de la compra y sus bolsas multiusos. Aparcada su calabaza en el parking, se pierde entre los lineales que ofrecen más por menos en busca de ofertas y marcas blancas que satisfagan a la señora. Sus hermanastras, mientras tanto, desfilan por Hipercor, Carrefour o Alcampo, buscando otros productos de marca y solera que mitiguen el hambre de las apariencias.

Comprar en Mercadona es barato. Es barato en dinero. Cenicienta, que lee mucho y no se fía de los cantos de sirena que se escuchan por las calles, sufre cuando está llenando el carrito de la compra. La vista de los lineales le trae el recuerdo de las numerosas tiendas, donde no hace mucho compraba los mismos productos, que cerraron al poco tiempo de abrir el Mercadona. Las tenderas y los dependientes de esas tiendas la conocían personalmente y le fiaban si un día no llevaba dinero suficiente. Ahora forman parte de la cola del paro familias enteras que vivían diganmente de sus negocios. Mercadona ha creado muchos puestos de trabajo, aproximadamente un 20% de los que ha destruido, con salarios dignos que permiten vivir de ellos a cada trabajador. Muchos de los negocios que ha cerrado permitían sacar adelante a toda una familia.

Recuerda Cenicienta que en la droguería podía comprar lejía fabricada en un pueblo cercano, el jabón de toda la vida o elegir el detergente preferido por su madrastra, ahora tiene que comprar lejía, jabón y detergente Hacendado y soportar durante todo el tiempo las quejas de quien la obliga a comprar en semejante sitio para ahorrar unos cuartos. La fábrica de lejía también tuvo que cerrar hace unos años porque no resistió la competencia de Hacendado.

Es en la frutería donde más suspiros y más lágrimas internas derrama Cenicienta. Desde pequeña paseaba por los huertos de la ciudad respirando aromas de hortalizas y verduras frescas producidas por algunos paisanos que le daban a probar alguna manzana o algún tomate que olían y sabían a fresco. Las etiquetas de la frutería de Mercadona son como notas necrológicas de unos campos cercanos que han muerto a manos de importaciones agrícolas del norte de África, de Israel o de algunos países sudamericanos donde la esclavitud no admite la competencia de la dignidad. Los pocos productos autóctonos que se venden allí tienen unos precios hasta un 300% más de lo que cobra el agricultor que los produce.

La pescadería de Mercadona ha hecho naufragar la flota pesquera del país de Cenicienta y la ha sustituido por pateras donde vienen productos robados por las multinacionales pesqueras a países en los que explotan los caladeros de forma salvaje y sin que estos países participen del beneficio de una forma honrada y equitativa. Los piratas del primer mundo esquilman los mares y dejan hambre y miseria a cambio del pescado que reluce en los mostradores de Mercadona. Los piratas occidentales tienen una armada de acorazados y portaaviones por si algún nativo se resiste a que le roben los peces.

En la cola de la caja, Cenicienta siempre ve a las mismas cajeras sonrientes y aplicadas que recaudan dinero para su amo Juan Roig. Quienes cobran en Mercadona, y quienes atienden en el interior también, sonríen con satisfacción porque no están en el paro y sus jefes no les dan latigazos, aunque Cenicienta sospecha que sonríen para evitar que el encargado practique el mobbing o las despida después de una baja laboral. El tique de la compra es para ella un rosario de lágrimas, un listado de indignidad y un resguardo de complicidad culpable que nadie más que ella comprende.

Cenicienta ha leído que Juan Roig alaba la cultura del esfuerzo de los chinos y critica que en España no se haga lo mismo. Cenicienta duda entre si se está refiriendo a ella, que trabaja veinticuatro horas a cambio de cama y comida, o se está refiriendo a los trabajadores y trabajadoras de Mercadona que, por ahora, no comen y duermen en su lugar de trabajo.

Cenicienta se entristece y, de vuelta al parking, comprueba una vez más que la calabaza sigue siendo una calabaza y su bolso de cristal se niega a perderse para que un príncipe lo encuentre y la busque a ella.

Cenicienta no comprende que la gente vea Mercadona como el palacio consumista de un cuento de hadas.

Huertos urbanos comunitarios

¿Y si el verde logra comerse al gris?

A mediados de los 90, Franz Fischler, comisionado europeo de Agricultura, nos hizo comprender por ley que en Europa sobraban cosechas, sobraban vacas y sobraba soberanía alimentaria. Los españoles arrancamos sembrados y dejamos de criar ganado para satisfacer las necesidades de Carrefour o de Alcampo y pagar más dinero por productos de menor calidad. En cambio, continuamos regando y amamantando a todos los eminentes comisarios europeos, y a sus marionetas nacionales, que sí sabían lo que había que hacer para velar por nuestra salud y los intereses de los grandes grupos de distribución alimentaria.

Nos alimentamos desde entonces con agua blanqueada y carne mitad animal, mitad polímero, aderezadas con esperanzas diluidas la primera y con salsa de optimismo la segunda. Mientras tanto, nuestros cuerpos engordaban artificialmente al mismo tiempo que proliferaban las grandes superficies como malas hierbas que se comieron en poco tiempo la calidad natural y destrozaron el comercio local y su aportación a la economía nacional. También han destrozado, en parte, la dieta mediterránea.

Pasado un tiempo, tuvimos la gran suerte de que la diosa Ceres nos visitara encarnada en la figura del Presidente Aznar y, como diosa de la agricultura, nos iluminase con su sabiduría: cada español se afanó en sembrar, regar, abonar, cosechar y recolectar los frutos que el ladrillo dejó sobre nuestros campos, otrora verdes y aromáticos. Como en la Biblia, disfrutamos de siete años de vacas gordas y ahora sufrimos el mismo castigo que el faraón egipcio, viendo cómo las vacas flacas se comen a las gordas y, de paso, las gallinas, los conejos, las ovejas, los pavos, las cabras… sólo parecen salvarse los cerdos.

En vista de que nuestros gobernantes financieros, nuestros gobernantes europeos y nuestros gobernantes nacionales, autonómicos y locales nos están haciendo pagar por sus propios pecados, al pueblo no le queda más remedio que sobrevivir buceando en los remedios tradicionales y aplicando arcaicas pero efectivas recetas de eficacia contrastada a lo largo de la historia.

Una de estas recetas, la más milenaria de todas, son los huertos. Simple como plantar y cuidar una semilla hasta recoger el fruto con que satisfacer nuestras necesidades.

Nuestra generación y las siguientes, saturadas de tecnología y deficitarias en saberes populares, tienen una oportunidad de recuperar parte de la soberanía alimentaria enajenada por la Europa de los mercaderes hace dos décadas. Empiezan a funcionar en muchas ciudades huertos urbanos practicados colectivamente en solares hoy abandonados por el ladrillo y la especulación inmobiliaria como juguetes rotos. Grupos de vecinos se organizan y, asesorados por los pocos agricultores que van quedando, crean unos huertos comunitarios a los que dedican parte del tiempo que antes evaporaban dando vueltas en los centros comerciales como forma de ocio consumista.

El escepticismo y la ignorancia hacen que, al principio, sean la comidilla de convecinos y allegados que se mofan de la ocurrencia y aguardan su fracaso como única vía posible para tan extravagante experiencia. No comprenden estos convecinos el disfrute que puede proporcionar un día moviendo tierra o recogiendo patatas con los dedos despellejados, la espalda dolorida y el Sálvame de Luxe abandonado. No comprenden los allegados por qué ese afán de colgar en las redes sociales fotos donde se muestran sucios de tierra y sudor en medio de un ridículo sembrado en el que no se vislumbran flores ni de papel. Tampoco comprenden, unos y otros, que le llamen a eso “echar el rato” en lugar de “trabajar” y que no ganen dinero a cambio; para casi todo el mundo se trata, sencillamente, de “perder el tiempo”.

Tras las primeras cosechas, dan a probar los frutos de sus huertos a parte de sus escépticos vecinos y familiares. El bocado a la manzana, el olor a pepino y el sabor a cebolla son brutales y, como una poción mágica, ejercen un efecto vigorizante sobre el vecindario y los propios aprendices de hortelanos. Las cantidades recolectadas y repartidas, insignificantes para Mercadona, son vistas como tesoros por propios y extraños, llevando a los nuevos hortelanos a preguntar por técnicas de conserva para prolongar el disfrute de tales manjares.

Cada vez son más quienes quieren participar de estas experiencias y cada vez crecen un poco más los terrenos dedicados a la práctica agraria urbana.

Cada vez son más quienes comprenden el concepto de soberanía alimentaria y cada vez son más quienes discuten la calidad de los productos y los precios ofertados por las grandes superficies.

Cada vez somos un poco más personas y menos mercancías.