Un país para robar

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La excepcionalidad deja de llamar la atención al ser aceptada como costumbre social, por repetición sistemática, y provoca rechazo cuando se convierte en rutina. En los albores de la transición, el aceite de colza o Fidecaya se vieron como los últimos coletazos del entramado estafador de las élites del franquismo. Matesa y Sofico eran un recuerdo reciente de las mafiosas costumbres hispanas y la gente confió en la democracia como antídoto.

El caso Flik llamó la atención de la ciudadanía que asistió perpleja al desfile de corrupto dinero en un partido que celebró, un lustro antes, sus “cien años de honradez”. El Congreso lo consideró algo excepcional y absolvió a Felipe González. Luego Filesa, el AVE, Juan Guerra, Ibercop, Luis Roldán y una larga lista advertían de que corrupción y estafa se asentaban de nuevo como cancerígena costumbre en España y el PSOE fue evacuado de la Moncloa.

La llegada del Aznar al gobierno, con Naseiro y Hormaechea en las alforjas, acabó por convertir la costumbre en rutina con el lino de Loyola de Palacio, la Telefónica de Villalonga, Tabacalera o Gescartera. Aznar también fue evacuado de la Moncloa. Y llegó Zapatero, y llegó Rajoy, y la rutina se confundió con la marca España ante el rechazo generalizado de la población y el temor de las élites a perder el chollo.

El siglo XXI se estrenó con la estafa del euro, antídoto peor que la enfermedad, y la capacidad de España para mover dinero negro goza hoy de universal fama. A los partidos se han unido patronal, sindicatos, Casa Real, artistas, deportistas, PYMES, autónomos, fundaciones y hasta gestores de cepillos parroquiales. Por la costumbre, por la rutina, por no ser excepcional, el res honorable caso de la famiglia Pujol apenas llama la atención.

España es un país aclimatado al fraude, partícipe y cómplice del pillaje. El consuelo y la justificación de que todos roban es un silenciador de conciencias que concede presunción de inmunidad a los ladrones. No es extraño que la crisis/estafa global se cebe con un país donde el estraperlo, los ERE y la Gürtel forman parte de un paisaje cotidiano consentido, aplaudido y ampliamente votado, un país cuyo presidente ensalza a los chorizos como paradigma de know how.

Las empresas españolas no invierten en I+D+i, sino en arquitectura contable, picapleitos y agendas políticas en excedencia. Aquí, la inversión publicitaria se desvía a rentables donaciones a partidos políticos y el merchandising más productivo son trajes a la medida, confeti y bolsos de Loewe. Un agente comercial eficaz ha de tener tapado con un parche el ojo de la ética, de palo la pata de la decencia y un garfio con carnet de partido ensartado.

Partido Popular y PSOE han esparcido tanto estiércol que los frutos de la corrupción han dejado de ser excepcionales y se acepta por rutina hasta el sofisticado y constitucional fraude del artículo 135. El gobierno saquea lo público en nombre del interés privado, uso y costumbre en las puertas giratorias, y ha convertido a España en un país para robar donde jamás, nadie, rescata a las personas y donde votar se ha convertido en inconsciente y cómplice rutina.

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