Gobernar sin oposición.

Depositar un voto en una urna es hoy como escribir una carta a los reyes magos: una parte de la población sabe que no existen pero escribe por tradición, otra parte sabe que, aunque existan, defraudarán las ilusiones, otra parte se conformará con lo que dejen y, por último, unos diez millones de electores han dejado de creer y de escribir. Los políticos, como los reyes magos, a fuerza de incumplimientos, maquillaje de betún y barbas postizas, han consegido suprimir la magia y la ilusión de las esperanzas populares.

¿Para qué escribir una carta con caligrafía esmerada si los reyes se empeñan con obstinación en leer lo que no está escrito y en no descifrar sencillos mensajes que hasta un niño lee sin dificultad? ¿Para qué votar si los partidos se empecinan en hacer lo que no han escrito y en no escuchar lo que desde abajo se les pide? La abstención responde en cada cita electoral a estas preguntas desde un silencio irresponsable, desde el convencimiento erróneo de que votar no sirve de nada, desde la realidad que PP y PSOE presentan insistentemente de unos votos destinados a la papelera política.

Los partidos mayoritarios saben, como los reyes magos, que la cabalgata se celebrará acuda o no acuda gente al desfile y les importa un pimiento que, bajo los disfraces, el personal identifique nítidamente a corruptos profesionalizados, personajes ajenos a los partidos, prevaricadores o conseguidores sin escrúpulos. Tampoco les importa que en los escaparates electorales figuren sus patrocinadores mediáticos o financieros y sus superiores políticos de Alemania o EE.UU. Todos participan de la cabalgata, todos menos el pueblo, limitado a votar y recoger algún caramelo rancio.

La carencia más característica en una dictadura es la de una oposición honesta y fiable a la que el pueblo se pueda agarrar en caso de incumplimiento por parte de sus gobernantes. Hace tiempo, en los albores de nuestra democracia, los dos partidos mayoritarios en España se aplicaron para eliminar cualquier oposición que les pudiese alejar del disfrute del poder. Institucionalizaron los disfraces de Melchor y de Gaspar, que se han ido intercambiando en las sucesivas cabalgatas para cubrir las apariencias democráticas, y también el de Baltasar, reservado a PNV, CiU o IU para rematar el disfraz democrático y mostrar una fachada sufragista que en nada se corresponde con sus prácticas.

El pasado 20N, el rey Melchor se cayó estrepitosamente del camello y el PSOE perdió respaldo popular de manera tan alarmante que corre un serio riesgo de tener que pugnar por el disfraz de Baltasar en próximas elecciones. El PP se ha embutido el disfraz de rey Melchor y actúa sin disimulo ni vergüenza demócrata para borrar del mapa político al maltrecho Gaspar y a quienes optan por el papel de Baltasar e, incluso, por el de pajes. El PP se ha venido arriba de forma peligrosa y busca obcecado eliminar cualquier tipo de oposición.

Basta un leve ejercicio de memoria para recordar que algunas leyes que el PP elimina o sustituye hoy, en nombre de la mayoría, fueron aprobadas por un parlamento que contaba, tras los diputados electos en su momento, con mayor respaldo electoral del que ha recibido Mariano Rajoy con su mayoría absoluta. Melchor Rajoy gobierna hoy con menos votos obtenidos en las urnas que Gaspar Zapatero en 2008. La tozudez matemática muestra a un Rajoy exultante que no ha sido capaz de obtener mayor respaldo popular que su contrincante. Este Rajoy, presidente por accidente, es el que hoy nos lleva por derroteros peligrosos, dañinos y de formas dictatoriales.

Como se ve, el PP no atiende ni entiende las cartas que la ciudadanía escribió en 2011. El PSOE tampoco y ahora, tras el descalabro, está más preocupado por ver quién se debe poner el disfraz de nuevo rey mago que por leer las cartas electorales que dejó de recibir. Un PSOE sin su ideología natural equivale a un PSOE sin votos y a un PP sin oposición.

Ninguno tiene remedio democrático, por lo que habrá que sopesar detenidamente la posibilidad de cambiar de buzón a la hora de votar en adelante. Los buzones del PP y del PSOE van a parar al mismo cartero y la abstención es el paraíso electoral de ambos.

Sólo cabe, sin revolución, dar más fuerza a más candidatos para vestir los ropajes de rey Melchor. La competencia entre muchos candidatos y la imposibilidad de alcanzar el poder absoluto es la única garantía de que la estafa bipartidista acabe cuanto antes. Esto, la tipificación dura y real, en el código penal, del incumplimiento electoral y ver en la cárcel a corruptos y prevaricadores.

Crisis y desFACHAtez.

Como muchas casas antiguas de rancio abolengo, este país tiene un desván donde se han ido guardando durante los últimos treinta años los muebles viejos (que no antiguos), algunos enseres que por un valor u otro nos resistimos a tirar y las nostalgias. Los desvanes son piezas que acumulan polvo, óxido y telarañas a modo de pátinas protectoras que consiguen envejecer aún más, con el tiempo, los objetos que cubren.

Como los viejos muebles de un desván, el partido del gobierno ha ido acumulando capas de acechanza sobre su intemporal ideología hasta que la crisis ha tocado zafarrancho de limpieza y los plumeros y sprays han comenzado a aplicarse con rigor para deshacerse de las molestas capas de democracia y moderación que la transición había acumulado sobre ella. Como una legión (más por la actitud que por el número) de sirvientes, los miembros del gobierno llevan ocho meses rasca que te rasca para hacer relucir su pasado explendor bajo la férrea dirección de la FAES, tal vez a modo de homenaje póstumo al fallecido cuerpo de su presidente de honor.

Llevan desde el 20N pasado entregados a una orgía de limpieza en la que la primera faena ha consistido en quitar de enmedio todos los muebles que trajo consigo la democracia para colocar los derechos de los ciudadanos, muebles cuyo destino es el vertedero inmundo del despotismo y derechos cuyo destino es una fosa común o una cuneta al borde de una carretera poco transitada por la memoria.

Como sucede con los muebles sucios, las tareas de limpieza suelen rescatar para la vista de quien quiera apreciarla la verdadera naturaleza de la madera con la que están fabricados. Así, poco a poco vamos contemplando el verdadero rostro, la verdadera faz, de personajes que estaban ahí, como quien no quiere la cosa, con varias capas de democracia ejerciendo de toscos maquillajes.

La faz de Aguirre, por ejemplo, apenas tenía una liviana capa de polvo que permitía vislumbrar su macizo componente de alcornoque desde mucho antes del 20N. Su último vómito verbal nos ha permitido conocer su dominio del castellano al utilizar la palabra mamandurria, de la que ella en sí misma es un claro exponente (y acreedora a otros vocablos que participan de la misma raíz latina, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua), para referirse al estado de miseria en que nos sumen cada día aquéllos a quienes ella defiende y por quienes se desvela cada día.

Pero hay un mueble cuya limpieza a fondo está dando unos resultados espectaculares y llama poderosamente la atención, pues lo teníamos por formica y, tras quitarle varias capas de polvo, estamos descubriendo que es caoba de la que amueblaba en tiempos el Palacio de El Pardo. Se trata de Gallardón, el “hijoputa” en palabras de la propia Aguirre, quien ha pasado de ser un “verso libre” a ser la recia literatura que escribió los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Su actuación desde que accedió a su ansiado y esperado rango de ministro así lo dejan ver.

Entre unas y otros han conseguido que las capas de suciedad azul gaviota, con que se habían cubierto estos muebles durante veinte o más años, vayan dejando ver que el verdadero azul de su lustre original tira más bien a un azul Primo de Rivera que tratan de actualizar con un barniz mate democrático que poco puede hacer para validar la pintura original en el mercado demócrata.

Un efecto llamativo y sangrante de la “operación limpieza” desatada desde Moncloa permite ver que otros muebles externos al desván también se están limpiando con el mismo fragor y parecidos resultados. Las actuaciones del ministro Wert en educación, de Montoro en hacienda, de Guindos en economía o de Ana Mato en sanidad están poniendo al descubierto que la iglesia, cómplicemente callada ante la crisis que fulmina a su rebaño, está recibiendo el pago a su colaboracionismo en la actual situación.

Sus esfuerzos para dar cobertura a las pocas manifestaciones en las que se han visto militantes y altos cargos del PP en la calle o el voto de silencio impuesto a los pocos curas y monjas opuestos a las reformas de Rajoy se están viendo pagados con treinta monedas entre las que relucen la mamandurria de 10.000.000.000 de euros que la Conferencia Episcopal recibe del estado, la mamandurria del profesorado de sus escuelas adoctrinantes a cargo de los presupuestos del estado (incluidos los adoctrinadores de la “asignatura” de religión), la exención del IBI para sus negocios (aparte de sus templos), la vista gorda sobre la punta del iceberg que es el robo de dinero -no declarado ni denunciado por el santo obispo- perpetrado por el electricista calixtino, la condena para quien libremente decida abortar o la miseria y la enfermedad que le permitirán ejercer la caridad.

Como vemos y sufrimos, los muebles viejos han vuelto con el mismo ardor guerrero de quienes nunca creyeron en los valores democráticos y la iglesia vuelve a demostrar que su reino sí es de este mundo y que no le importa que los mercaderes desalojen de los templos a los cristianos para instalar en ellos sus becerros de oro, aunque ello le suponga aliarse con el diablo, cosa que ya demostró con Mussolini, Hítler, Franco, Pinochet y cuantos “angelitos” se le han puesto a tiro a lo largo de su historia.

El beneficio es mutuo: unos llenan sus arcas y otros limpian sus pecados.

Como dios manda.