Navidad, amarga navidad.

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Este año la navidad viene amarga, nada que ver con el villancico que la anunciaba dulce y nada que ver tampoco con el otro clásico de “vuelve, a casa vuelve, por navidad”. Este año algunas familias celebrarán por todo lo alto que uno de sus miembros emigre por motivos laborales, saliendo de casa y ahorrando un plato en esas entrañables comidas adobadas con cuñados e invitados forzados. Este año, las burbujas del champán se trocarán en muchos hogares por burbujas de gaseosa y lágrimas producidas por los estallidos continuos de esas otras burbujas que han estafado y estafan a España y al mundo: la tecnológica primero, la inmobiliaria después y la financiera siempre.

Las loterías este año también vienen amargas y tristes. Con resignada melancolía se acepta como premio la esperanza de poder pagar la salud, la educación, la dependencia, los pleitos, el robo eléctrico, la estafa hipotecaria, los productos básicos del hogar, la sisa de las telefónicas y el largo etcétera que asedia a la ciudadanía. Hoy las pedreas son pedradas y alcanzan, por primera vez, a la inmensa mayoría de los españoles y las bolas numeradas han cambiado el tradicional bombo giratorio por el BOE de los decretazos. Los niños de San Ildefonso han sido apartados del escenario, cediendo sus voces el protagonismo al embustero coro de Génova y a los filibusteros graznidos eructados con agradecida satisfacción desde los medios afines al régimen pepero.

Las cenas de empresa, también amargas, casi han desaparecido del costumbrismo y, en las escasas que tengan lugar, las ausencias por despido tendrán más protagonismo que las presencias atenazadas por su incertidumbre laboral. Parte de esas asusencias celebrarán que los comedores sociales no hayan sido cerrados aún por Mariano o degustando manjares procedentes de los bancos de alimentos. En el mejor de los casos, cenarán en familia, devorando lo que puedan proveer las diezmadas pensiones de los abuelos, con el gélido escalofrío que produce pensar que están cenando por encima de sus posibilidades. El viejo deseo solidario de sentar a un pobre en la mesa navideña se cambia este año por la necesidad de sentar en ella a un rico que la costee.

Las peregrinaciones consumistas de estas fechas son amargas. El afilado borde de las tarjetas de crédito ha quedado romo después de que el afilador de Moncloa haya suprimido las pagas extras a unos trabajadores públicos rebautizados por su partido como vagos, haya elevado el IRPF a todos los trabajadores públicos y privados, haya subido el IVA que no iba a subir, haya abierto la puerta a masivos y baratos despidos, haya obligado a las familias a repagar su salud y haya permitido que el dinero cubra las necesidades de la banca a costa de los derechos ciudadanos reconvertidos por su partido en caprichos prescindibles. Este año el público acudirá a los grandes almacenes para acceder al aire acondicionado, por ahora gratis, y rebajar de esta forma la factura energética de los hogares. Los bazares, atestados de tentaciones, serán recorridos con la mirada del deseo por parásitos climáticos, antes conocidos como clientes.

El amargo ritual navideño de este año podría prescindir de alumbrados para poder pasear por la calle sin que se se perciba la tristeza y la preocupación, cuando no la necesidad o el hambre, que decoran los rostros y las vidas de la gente. Los pascueros bien podrían sustituirse por coronas de crisantemos, más acordes con el ambiente creado por los artífices de la estafa que asola el país. Habrá a quien ronde la tentación de ambientar el clima navideño de este año con gasolina y bombas, en lugar de aguardiente y zambombas, a pesar del espíritu pacífico que siempre ha caracterizado a esta zona del calendario.

Este año, y los siguientes, igualados por una perenne amargura, se gritará por las calles: ¡Navidad, amarga navidad!

A pesar de todo, existen otras realidades navideñas aún peores que las nuestras y todas tienen su origen en los mercados y los poderes que trabajan para ellos. Escuchen la canción de Ska-P, a ser posible en la mismísima nochebuena.

También es recomendable esa tradición añeja y recurrente con menos mensaje que la anterior:

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El bostezo del mundo

A continuación reproduzco un artículo de Joana Bonet aparecido en La Vanguardia el 19 de diciembre de 2012.

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El bostezo del mundo.

Hace ya un siglo, el psicoanálisis atribuía las razones del hastío a los deseos inconscientes no cumplidos

El mundo también se divide entre quienes se aburren y quienes no conciben cómo la desgana puede envenenar las horas. Tantos libros por leer, tantos lugares por conocer, tantas realidades por descorchar. Uno de los adjetivos recurrentes en nuestro tiempo, que tanto vale para etiquetar no ya a individuos, sino a un vestido o a un modelo de teléfono, es divertido. La gente se dice: “Vayamos allí, que es un restaurante muy divertido”. Difícilmente se atreverían a decir lo contrario, claudicar frente a la curiosidad y, en su lugar, someterse a una especie de indolencia en la que aparentemente no ocurre nada, ni asomo del filo de novedad que nos engancha a fin de remover sensaciones, pero también conscientes de que sin el aguijón de lo que entretiene y recrea, atrae y arrastra, nos convertiríamos en zombis.

Los habitantes de los años 10 de este siglo hemos sido programados para saltar de un estímulo a otro con el objetivo de exiliar el tedio de nuestras vidas. Por ello, hoy poseemos el mayor caudal de comercio de ocio de la historia. Sofisticadas formas de captar la atención para romper rutinas, tan lejos de aquella idea burguesa de Proust: la costumbre es la única aliada de nuestro espíritu, que, sin ella, no lograría serenarse y buscaría continuamente un nuevo acomodo.

A pesar de que los centros comerciales hayan convertido las compras en un pasatiempo, de los parques temáticos y la pulsera del todo incluido, del florecimiento del ocio digital -que sólo en España movió casi 9.000 millones de euros el año pasado- y de la sobrevaloración de lo audaz, risueño y fresco -otro adjetivo que nos llena la boca-, nuestra sociedad nunca había bostezado tanto. Hace ya un siglo, el psicoanálisis atribuía las razones del hastío a los deseos inconscientes no cumplidos. Y la psicología moderna aseguró que se trataba de un desajuste entre nuestra necesidad de excitación y la falta de respuestas para satisfacerla.

Un exhaustivo estudio realizado por un grupo de psicólogos de la Universidad de York, en Canadá, lanza ahora una nueva hipótesis: el aburrimiento podría estar causado por un déficit de atención, y por tanto derivaría más de nuestra interacción con las circunstancias que de las circunstancias en sí mismas. Según otros investigadores, es precisamente al estar inmersos en el tedio cuando nuestra mente lleva a cabo de forma automática una actividad cerebral extraordinaria. Eso es, divagar. Nunca hubiéramos cuestionado que nuestra capacidad de concentración pudiera ser responsable del hastío vital, pero de algo nos ilustra: a menudo salimos de nosotros mismos esperando que un anzuelo nos atrape, en lugar de convertirnos nosotros en el anzuelo.

Costumbrismo consumista.

Las costumbres han caminado siempre con pasos flemáticos, arrastrando sus lerdos pies sobre la sociedad, hasta hacerse un hueco propio en las diferentes culturas. La persistencia de tal o cual moda, de tal o cual idea, de tal o cual estilo, ha ido cincelando las características que definen la idiosincracia de cualquier reducto social, venciendo las resistencias que pudiesen oponerse a cualquier cambio sustancial en la colectividad. Así ha sido hasta hace poco.

Los cambios de costumbres, como decisiones vitales que son, se han fraguado mediante una disputa enconada o amable entre las tradiciones salientes y los usos entrantes, la mayoría de las veces con periodos de convivencia de mayor o menor extensión según la vitalidad o el cansancio mostrados por ambas partes durante el diálogo. Otras veces simplemente han decidido llevar vidas paralelas sin menoscabarse entre sí. Hay costumbres cuya procedencia se pierde en las esquinas de la historia y otras que aparececen y se instalan en la plaza sin que nadie acierte a señalar su origen.

Desde que existe la publicidad y el ansia consumista, las costumbres acampan en nuestras rutinas cotidianas de forma imprevista e inmediata sin dar lugar a la dialéctica edificante entre lo viejo y lo nuevo, sin escuchar las voces autorizadas por la edad o la experiencia y sin atender a las intenciones verdaderas agazapadas tras la innovación. El lenguaje de la publicidad y el consumo se construye alrededor de los imperativos verbales (disfrute, pruebe, lea, escuche, compare, beba, coma, duerma…) sintetizados en una sola idea (compre). El imperativo es una orden que no admite diálogo.

A través de los productos se nos venden también las costumbres como una avanzadilla del imperativo cultural que destierra los usos poco comerciales, a veces milenarios, de nuestras sociedades. Sin darnos cuenta, nos hemos acostumbrado a consumir modificando nuestros hábitos de vida en parcelas tan íntimas y naturales como las relaciones familiares, la comida o el descanso. Desde que comemos hamburguesas o pizza, nos hemos acostumbrado a la comida rápida y a sus consecuencias, el móvil o el ordenador han virtualizado la amistad y hurtado el roce físico, y los centros comerciales han prostituido el concepto de ocio.

Las costumbres consumistas llegan para quedarse el tiempo justo que necesitan para vampirizar los bolsillos y lobotomizar el patrimonio social de un pueblo, una ciudad, un país o un continente. A veces, llaman a la puerta y se les recibe con la inocencia propia de quien está amaestrado por los imperativos publicitarios. Y se quedan. Permanecen en casa como si formasen parte del decorado cultural de los hogares desde toda la vida, una vida rodeada por costumbres novedosas que arrinconan a las viejas para, en muchos casos, quedar a su vez arrinconadas por el tiempo. Usar y tirar es un rasgo cultural reciente que ha entrado en nuestra sociedad a través de la alfombra roja tendida por la costumbre del consumo.

Hemos pasado Halloween, desconociendo la mayoría su historia y su significado, y lo volveremos a pasar el año que viene, tributando en la taquilla del comercio de disfraces, en la taquilla del botellón y, lamentablemente este año, en la taquilla de Caronte del Madrid Arena. Dentro de poco asistiremos al duelo legendario entre Papá Noel y los Reyes Magos, entre lo nuevo y lo viejo, entre la cultura española y la anglosajona. Como aquí poca gente repara en gastos, a pesar de la crisis, conviven desde hace años las dos costumbres duplicando el gasto en regalos navideños. Gana el consumo y pierde el costumbrismo.

Como idea para navidad, consuman (en modo imperativo) productos fabricados por nuestros paisanos andaluces, españoles o europeos, envuelvan sus regalos en papel de necesidad cubierta y pónganles una moña de sentido común.

Comprar por encima de las necesidades.

Adquirir hoy cualquier producto se convierte en un ejercicio múltiple de civismo que va más allá del acto de la compraventa y del uso de lo comprado. Con frecuencia, la compra introduce al consumidor en un laberinto imprevisto que le lleva a dar pasos o traspiés más o menos voluntarios hasta completar el ciclo de cada consumo concreto. La decisión de cada compra, determinada por múltiples factores, arranca de una pulsión que activa al individuo para recorrer un camino, las más de las veces, de manera automatizada. Factores como precio, calidad, utilidad, apariencia, funcionalidad, cantidad, publicidad y otros muchos, encaminan los pasos para buscar un modelo concreto, un proveedor determinado y hasta una fecha y una hora adecuadas para realizar la compra.

A veces, el costumbrismo consumista induce inconscientemente a coger el coche, realizar un desplazamiento kilométrico y emplear una cantidad de tiempo desmesurada para comprar una simple bombilla que pasa desapercibida, a los ojos de usuarios fidelizados por los grandes almacenes, en las estanterías del bazar de la esquina más próxima a su domicilio. La diferencia de precio no suele justificar el viaje, pero el subconsciente raramente valora el tiempo y la gasolina en su justa medida. Tampoco valora los beneficios personales y sociales que reportan el ejercicio físico, la inactividad del tubo de escape y la inversión en economías domésticas cercanas.

Cuando las necesidades nos conducen al hipermercado y abarrotan la cesta de la compra, la mayor parte del volumen de la misma se compone de innecesidades que son transportadas a los hogares como polizones no deseados. Paralelamente al llenado de las neveras y las despensas hogareñas tiene lugar el llenado de bolsas amarillas y azules (plástico y papel) con accesorios y envoltorios que nada aportan a las necesidades del conumidor, pero que sí aportan como agentes contaminantes, obligando a su reciclaje y elevando de camino los costes de producción y el precio de venta de lo adquirido. En la mayoría de los casos, los envoltorios tienen una función más publicitaria que de otra índole.

A golpe de impuesto, el consumidor se ha reeducado y ha desemplovado la tradicional cesta de la compra que evita los efectos indeseados de millones de bolsas de plástico marraneando el medio ambiente. No ha ocurrido lo mismo con la cultura publicitaria de las multinacionales, que sacrifica nuestro medio en aras del atractivo gancho publicitario que suponen los envases, la mayoría fabricados con plásticos contaminantes y papel. Los gobiernos, duros con la ciudadanía, actúan con una permisibilidad cómplice de cara a los fabricantes.

Queda en manos de cada consumidor la decisión de reciclar adecuada y engorrosamente los envoltorios o mezclarlos rápida e irresponsablemente con el vidrio y los orgánicos. El civismo es una actividad personal y social, aunque el sector empresarial y la parte política de la sociedad no caminen por el mismo sendero de responsabilidad por el que muchos ciudadanos se mueven. Los intereses debieran responder al bien común y no sólo al beneficio de la parte más pudiente y contaminante de la sociedad.

Lo que sucede con las compras semanales, suele agravarse cuando se trata de compras ocasionales destinadas a satisfacer caprichos personales o compromisos sociales. Los denominados regalos suelen acompañarse de una parafernalia envoltoria mayor que la de los artículos de uso cotidiano, a pesar de lo cual solemos invertir en papeles especiales y ñoñas moñas con las que engordamos aún más la bolsa de reciclaje, mayormente para aquilatar las apariencias.

Imaginen que los productos se comprasen aislados de lo superfluo: tal vez se abarataría la mayoría de los productos que adquirimos y la tarea de reciclaje pasaría como algo anecdótico en nuestras tareas diarias.

Ryanair anuncia muertes impunemente.

El mito de Ícaro nos enseña que los dioses acaban castigando a los hombres que aspiran a medirse con ellos en las alturas celestiales y que todo lo que sube tiende, tarde o temprano, a cumplir su compromiso con la Ley de Newton. La gravedad es un nombre que define tanto a la tracción que la tierra ejerce sobre los objetos que se suspenden en el aire como a los efectos de su caída libre y sin paracaídas.

Michael O’Leary pertenece a esa casta de hombres que han acumulado tanto oro en tan poco tiempo que se sienten más próximos al sol que a la tierra, se siente como un semidiós con potestad para decidir la suerte de las muchas personas que a diario vuelan en los aviones de Ryanair, se siente incluso por encima y al margen de las leyes de los gobiernos, sumisos ante su resplandor dorado, y de la propia ley de gravedad.

A estos nuevos habitantes del Olimpo financiero les está permitido todo y ningún humano se atreve a mirarles a los ojos y cantarles las verdades del barquero. El dios supremo es el dinero y porfiar con quien demuestra altas dotes para atraerlo está mal visto para el pueblo llano y sus gobernantes, que temen su versatilidad para ser utilizado como arma arrojadiza y, en muchos casos, letal. La religión capitalista no admite el pecado, el agnosticismo, ni siquiera la apostasía, como todas las religiones que en el mundo son.

Los métodos para atesorar dinero sólo importan cuando éste se acumula en pequeñas cantidades y los sacerdotes del capital sólo miran con lupa fiscal y normativa las nóminas de los asalariados y los ingresos de los autónomos, siempre y cuando no superen, digamos por ejemplo, los sesenta o setenta mil euros anuales. Pasada esa cifra, la molesta y farragosa fiscalización discurre por terrenos menos agrestes y más compasivos que conducen hasta el concepto de inversor que, una vez alcanzado, convierte a las personas en semidioses y héroes como ha sucedido con Ruiz Mateos, Mario Conde, Amancio Ortega, Juan Roig y tantos otros.

Ícaro cayó cuando la proximidad del sol derritió la cera que unía las plumas con las que construyó las alas que le elevaron al cielo. Mario Conde y Ruiz Mateos cayeron cuando se derritió la cera de sus emporios aplastando con su caída a sus trabajadores, proveedores y clientes y salvando milagrosamente sus vidas del impacto mortal con el suelo. Sólo entonces, los poderes públicos usaron la lupa para observar lo que estaba pasando; muchos veían la realidad sin necesidad de prótesis ópticas, a simple vista.

Dado que no importan los métodos de acumulación de capital ni los antecedentes penales para que el dios sol permita que se acerquen los hombres dorados, Conde y Mateos han vuelto a repetir su vuelo. El segundo ha vuelto a caer, el primero utiliza ahora el ala delta de la política. Michael O’Leary, Ícaro de low cost lleva abusando y avisando de su caída, o mejor dicho de uno de sus aviones, día tras día sin que ningún gobernante le recorte las alas.

Ryanair es la compañía de pateras voladoras por excelencia en Europa. Sus aviones son conducidos por kamikazes que gritan “banzai” a la caja negra justo antes de emprender el vuelo. El pasaje arriesga sus baratas vidas en travesías por el océano celestial sin saber con exactitud si tomarán tierra o permanecerán en el cielo para siempre.

Está próxima una caída en picado de uno de los aviones de Ryanair, con humareda negra, trozos de carne humana esparcidos por los suelos y aullar de sirenas de bomberos y ambulancias. Sólo cuando se celebre el funeral multitudinario por las víctimas, los gobernantes clamarán justicia e impondrán una multa reparadora de conciencias. Después, Ícaro O’Leary seguirá ascendiendo hacia el dorado sol como si nada. El negocio debe seguir.

Avisados estamos.

Sugerencias para bañar la mente.

Para sacar de la biblioteca, si lo tienen y no la han cerrado definitivamente.

Está también la posibilidad de compra en esos extraños establecimientos en cuya puerta suele haber un letrero con la palabra “Librería” estampada.

https://apalabrado.files.wordpress.com/2012/08/bartleby.jpg?w=380Bartleby, el escribiente (Herman Melville)

Narra la historia un abogado de nombre desconocido que tiene su oficina en Wall Street, Nueva York, quien, según sus propias palabras, “en la tranquilidad de un cómodo retiro, trabaja cómodamente con los títulos de propiedad de los hombres ricos, con hipotecas y obligaciones”. Tiene tres empleados, con los apodos de Turkey (“Pavo”), Nippers (“Tenazas”) y Ginger Nut (“Nuez de jengibre”), a los cuales describe en la obra. Turkey y Nippers son copistas, o escribientes, en tanto que Ginger Nut, que tiene sólo doce años, es el chico de los recados. Los dos escribientes no son suficientes para hacer el trabajo de la oficina, por lo cual el narrador pone un anuncio para contratar un nuevo empleado, al reclamo del cual acude Bartleby, quien es de inmediato contratado. Su figura es descrita como “pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria”.

El narrador asigna a Bartleby un lugar junto a la ventana. Al principio, Bartleby realiza una gran cantidad de trabajo. Sin embargo, cuando el narrador le solicita que examine con él un documento, Bartleby contesta: “Preferiría no hacerlo” (“I would prefer not to”, en el original). A partir de entonces, a cada requerimiento de su patrón para examinar su trabajo, Bartleby contesta únicamente esta frase, con total serenidad, aunque continúa trabajando como copista con la misma eficiencia que al principio. El narrador descubre que Bartleby no abandona nunca la oficina, y que en realidad se ha quedado a vivir allí. Al día siguiente formula algunas preguntas, a las que Bartleby contesta sólo con su consabida frase. Poco después, Bartleby decide no escribir más, por lo cual es despedido. Pero se niega a irse, y continúa viviendo en la oficina.

Incapaz de expulsarlo por la fuerza, el narrador decide trasladar sus oficinas. Bartleby permanece en el lugar, y los nuevos inquilinos se quejan al narrador de la presencia de Bartleby, que se niega a irse. El narrador intenta convencer a Bartleby, sin conseguirlo. Al fin, Bartleby es detenido por vagabundo y encerrado en la cárcel. Allí, Bartleby, poco después de la última visita que le hace el narrador, se deja morir de hambre.

En un breve epílogo, el narrador comenta que el extraño comportamiento de Bartleby puede deberse a su antiguo trabajo en la oficina de cartas no reclamadas, en Washington D. C.

https://apalabrado.files.wordpress.com/2012/08/criptaembrujada.jpg?w=329El misterio de la cripta embrujada (Eduardo Mendoza)

El comisario Flores es un inspector de la Brigada de Investigación Criminal. Ante el caso de la desaparición de una niña infomana de un colegio internado de madres lazaristas, el inspector decide buscar ayuda en un antiguo criminal depravado que está interno en un manicomio. Así llegan a un trato entre el interno y el comisario: si ayuda a resolver el caso, se ganará la libertad.

Tras liberar al interno del manicomio, éste volverá a Barcelona tras 5 años de internamiento. Aunque ha recuperado el control de sí mismo, sigue teniendo su viejo instinto que le permite inventarse identidades, suplantar a otros o abrir puertas sin llaves. Volverá a ver a su hermana y se involucrará en una historia en la que un adinerado industrial catalán quiere esconder el cuerpo de un muerto. Intentando tapar esta muerte se producirán delitos varios (muertes, prepucio, drogas…), que el ex-interno conseguirá resolver con la ayuda de una ex-alumna del colegio, Mercedes.

https://i2.wp.com/www.imaginaria.com.ar/02/2/guerra1.jpgHan quemado el mar (Gabriel Janer Manila).

El cuento trata sobre Yasín, poeta y músico que toca el laúd, que narra antiguas leyendas en las fiestas de su barrio. Yasín murió entre las ruinas de un búnker durante el ataque de los aliados, porque donde él vivía, entre Basora y Bagdad, estaban en guerra. Cuando Yasín murió no llegara a conocer a su hijo. Entonces la madre de Yasín, Habida, explicaba a su nieto aún no nacido, en la sombra futura, las historias de una tierra legendaria a la que el destino y el futuro se han dado la espalda.

tapa del libro: Los Hijos de los DíasLos hijos de los días (Eduardo Galeano)

Los hijos de los días reúne 366 historias, una para cada día del año. En ellas, Galeano capta instantáneas que reflejan la vida de hombres y mujeres célebres o anónimos. Hechos sorprendentes o curiosos, situados en diversas épocas y lugares, que muestran las fragilidades de personajes conocidos y la grandeza de los ignorados. La obra se convierte así en un calendario originalísimo, capaz de revelar todo lo que esconde la sucesión previsible de los días.

Una forma de resistencia (Luis García Montero)

Repasa y revisa algunas de sus pertenencias, guiado por la necesidad de «tocarlas una a una, como un deseo de rebeldía, como una forma de resistencia».

«Los banqueros cuentan sus beneficios, los políticos sus votos y los poetas sus cosas. Cuentan y recuentan las cosas en las que se quedó enredada su vida. En los días de meditación y soledad, de vagabundeo doméstico, tomo conciencia de que tengo la casa llena de cosas. No se trata exactamente de que me importe tirar cosas, sino de que tengo inclinación a conservar las cosas que son mi casa. Para no confundir una fiesta con un acto de barbarie, conviene pensar lo que se desecha cuando se tira la casa por la ventana. Las cosas con capacidad de convertirse en un recuerdo suponen el deseo personal de atender a la vida, de vivir con atención, con amor.»

Pequeñas piezas sobre objetos de uso tan cotidiano que a menudo nos pasan inadvertidos… Una copa, un reloj, una butaca… enseres rutinarios y aparentemente anodinos, todos ellos cobran vida y carácter propio en este hermoso libro que puede abrirse en cualquier página.

La casa de Bernarda Alba (Federico García Lorca)

La obra cuenta la historia de Bernarda Alba que, tras haber enviudado por segunda vez a los 60 años, decide vivir los próximos ocho años en el más riguroso luto. En la obra destacan rasgos de la ‘España profunda’ de principios del siglo XX que vivía en una sociedad tradicional muy violenta en el que el papel que la mujer jugaba es secundario, mezclado con un fanatismo religioso y el miedo a descubrir la intimidad. Con ella viven cinco hijas: Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela. Sin personajes masculinos en escena. El apellido de las mujeres de la obra es simbólico y significa castidad.

Gracias a todos y a todas por leer

Cenicienta compra en Mercadona.

Cenicienta es cliente habitual de Mercadona. Convencida por su madrastra de que no es mujer para otros menesteres, se afana a diario para reducir el déficit entre lo que trabaja y lo que consume acudiendo a uno de los templos de la economía doméstica con su cristalino carro de la compra y sus bolsas multiusos. Aparcada su calabaza en el parking, se pierde entre los lineales que ofrecen más por menos en busca de ofertas y marcas blancas que satisfagan a la señora. Sus hermanastras, mientras tanto, desfilan por Hipercor, Carrefour o Alcampo, buscando otros productos de marca y solera que mitiguen el hambre de las apariencias.

Comprar en Mercadona es barato. Es barato en dinero. Cenicienta, que lee mucho y no se fía de los cantos de sirena que se escuchan por las calles, sufre cuando está llenando el carrito de la compra. La vista de los lineales le trae el recuerdo de las numerosas tiendas, donde no hace mucho compraba los mismos productos, que cerraron al poco tiempo de abrir el Mercadona. Las tenderas y los dependientes de esas tiendas la conocían personalmente y le fiaban si un día no llevaba dinero suficiente. Ahora forman parte de la cola del paro familias enteras que vivían diganmente de sus negocios. Mercadona ha creado muchos puestos de trabajo, aproximadamente un 20% de los que ha destruido, con salarios dignos que permiten vivir de ellos a cada trabajador. Muchos de los negocios que ha cerrado permitían sacar adelante a toda una familia.

Recuerda Cenicienta que en la droguería podía comprar lejía fabricada en un pueblo cercano, el jabón de toda la vida o elegir el detergente preferido por su madrastra, ahora tiene que comprar lejía, jabón y detergente Hacendado y soportar durante todo el tiempo las quejas de quien la obliga a comprar en semejante sitio para ahorrar unos cuartos. La fábrica de lejía también tuvo que cerrar hace unos años porque no resistió la competencia de Hacendado.

Es en la frutería donde más suspiros y más lágrimas internas derrama Cenicienta. Desde pequeña paseaba por los huertos de la ciudad respirando aromas de hortalizas y verduras frescas producidas por algunos paisanos que le daban a probar alguna manzana o algún tomate que olían y sabían a fresco. Las etiquetas de la frutería de Mercadona son como notas necrológicas de unos campos cercanos que han muerto a manos de importaciones agrícolas del norte de África, de Israel o de algunos países sudamericanos donde la esclavitud no admite la competencia de la dignidad. Los pocos productos autóctonos que se venden allí tienen unos precios hasta un 300% más de lo que cobra el agricultor que los produce.

La pescadería de Mercadona ha hecho naufragar la flota pesquera del país de Cenicienta y la ha sustituido por pateras donde vienen productos robados por las multinacionales pesqueras a países en los que explotan los caladeros de forma salvaje y sin que estos países participen del beneficio de una forma honrada y equitativa. Los piratas del primer mundo esquilman los mares y dejan hambre y miseria a cambio del pescado que reluce en los mostradores de Mercadona. Los piratas occidentales tienen una armada de acorazados y portaaviones por si algún nativo se resiste a que le roben los peces.

En la cola de la caja, Cenicienta siempre ve a las mismas cajeras sonrientes y aplicadas que recaudan dinero para su amo Juan Roig. Quienes cobran en Mercadona, y quienes atienden en el interior también, sonríen con satisfacción porque no están en el paro y sus jefes no les dan latigazos, aunque Cenicienta sospecha que sonríen para evitar que el encargado practique el mobbing o las despida después de una baja laboral. El tique de la compra es para ella un rosario de lágrimas, un listado de indignidad y un resguardo de complicidad culpable que nadie más que ella comprende.

Cenicienta ha leído que Juan Roig alaba la cultura del esfuerzo de los chinos y critica que en España no se haga lo mismo. Cenicienta duda entre si se está refiriendo a ella, que trabaja veinticuatro horas a cambio de cama y comida, o se está refiriendo a los trabajadores y trabajadoras de Mercadona que, por ahora, no comen y duermen en su lugar de trabajo.

Cenicienta se entristece y, de vuelta al parking, comprueba una vez más que la calabaza sigue siendo una calabaza y su bolso de cristal se niega a perderse para que un príncipe lo encuentre y la busque a ella.

Cenicienta no comprende que la gente vea Mercadona como el palacio consumista de un cuento de hadas.