8M: La resaca

Resaca

Vuelvo de la manifestación feminista, sí feminista: de denuncia y reivindicación del colectivo más oprimido de la tierra, con sobredosis de euforia. Una manifestación que ha llenado mis venas de orgullo, dignidad y esperanza, sobre todo esperanza. Camino de casa, observo a trabajadoras que echan las persianas de las tiendas donde trabajan y a varias clientas con bolsas. Más adelante, una mujer sigue a sus hijos por la acera portando en sus manos dos pequeñas mochilas y un patinete. Comienza a lloviznar como una premonición.

Llego a casa impaciente por exprimir en la tablet las noticias del seguimiento a nivel local, autonómico y nacional. Pongo la tele para completar una información de la que desconfío, pero la pongo. Improviso una tapa para acompañar a una cerveza a modo de celebración íntima y merecida. Ocupo la esquina del sofá y, no sé por qué, las imágenes de las dependientas, las clientas y la madre se aferran a mi mente como un ancla en el fangoso fondo de un pantano. Hago zaping y abro múltiples ventanas en el navegador. Al otro lado de la ventana la lluvia es ya intensa.

Guerra de cifras en la tele y en la tablet. Lo de siempre, 100.000 para las organizadoras, 20.000 para la Delegación del Gobierno. A mis años, no me sorprende: 35.000 para mí. Y una sorpresa que me lleva al frigo a reponer la cerveza: el canal autonómico, silencioso, emite en negro con el logotipo en una esquina inferior y un lazo morado con forma de 8 en una superior. Doy un trago. La cosa promete y la euforia renace. Las mujeres ancladas me interpelan: ¿dónde están las que faltan de una población de 350.000 personas? La lluvia golpea con fuerza la cristalera.

Suena el teléfono. Es una amiga que, al comentar lo bien que ha ido la jornada, vuelve a inyectar optimismo en mis venas. No nos hemos visto en la mani —“imposible”, me asegura—, y hace un recuento de la gente conocida con la que ha caminado y gritado. Lo último que me dice es que ha sido la manifestación más petada a la que ha asistido. No me da tiempo a contestar y cuelga. Entonces hago un recuento de otras manifestaciones sonadas: contra la guerra de Irak, algunas contra ETA, la del 15M o la de los pensionistas. Apuro la cerveza y compruebo que la lluvia penetra por un lateral de la ventana.

Hago otro zaping, la misma bazofia de siempre, y apago la tablet. La programación me baja de la nube. Las protestas contra la Guerra no mermaron de votos a quienes nos metieron en la OTAN ni a quienes nos llevaron a esa maldita guerra. Las protestas contra ETA sirvieron, y sirven, para engordar de votos a quienes manejaron, y siguen manejando, los muertos como propaganda electoral. La del 15M se tradujo en una mayoría absoluta para quienes han hundido a las clases más desfavorecidas y engordado aún más a los pudientes. Me paso al ron, a palo seco. Tapono la vía de agua en la ventana con una toalla vieja.

Al carajo la euforia. Quienes ven los programas de la tele tienen derecho a voto y había muchísimos más delante de los televisores que en la manifestación. Seguro. Y me da miedo la relación entre voto y movilización que acabo de hacer. El ron me rasca la garganta y me levanto para buscar hielo. La visión del congelador me trae a la memoria al PP y a C’s oponiéndose a la huelga. Y la del PsoE, UGT y CC.OO. proponiendo una huelga descafeinada de dos horas. Se me hiela la sangre. Escampa.

Serán quienes reniegan de las huelgas, quienes congelan las pensiones y venden planes privados, quienes precarizan a las mujeres, quienes protegen a las élites empresariales y financieras, quienes saquean las arcas públicas, quienes privatizan la sanidad y la enseñanza… serán ellos los que recojan los votos, los de quienes nunca se manifiestan y buena parte de quienes protestan en las calles. Son mayoría, más que absoluta entre los tres partidos que tan bien se entienden. Agarro la botella y me voy a la cama. Es de noche y no sale el sol. Mañana es día de resaca.

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8 Motivos para echarse al monte

8M

Aún no tengo claro si lo haré en sentido literal o en sentido revolucionario, pero el 8 M me echaré al monte con todas sus consecuencias. Me atrae la idea de evadirme de tanta sandez como circula estos días por las redes sociales, sobre todo por parte de personas presuntamente de izquierdas que juegan a ver quién es la más ortodoxa, la más pura, la poseedora de la sublime verdad única. Tanto matiz ideológico y vacuo es lo que sostiene a la derecha en el poder vía división. Pero para echarse al monte en plan guerrillera hay motivos, más de ocho.

1. Casi 1.000 mujeres asesinadas por violencia machista desde 2003 hasta hoy. De 2009 a 2017, 1.182.255 denuncias por este tipo deviolencia. Hasta 2016, 79 condenas por denuncias falsas (0,0075%). Lo que no se denuncia no consta. Los datos son de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género y de la Fiscalía General del Estado.

2. La brecha salarial es una realidad en España, Europa y el mundo, una brecha que, en el siglo XXI, es un boquete totalmente inaceptable. Según la derecha española, en boca de su máximo representante (M punto Rajoy): “No nos metamos en eso”. A la brecha salarial se suma el abismo del trabajo doméstico no remunerado, ni reconocido. Que cada cual saque las estadísticas de su propia experiencia.

3. A pesar de la brecha y del abismo, PsoE, UGT y CC.OO. proponen una paradita de dos horas (2) en cada turno de trabajo. No hay, según estas organizaciones viradas al centro derecha, que joder mucho a los empresarios. ¡Que se jodan las mujeres!, que ya están acostumbradas. Para distanciarse de la izquierda no hay que devaluar a las mujeres con semejante propuesta.

4. Javier Maroto (¿alguien se explica su militancia en el PP?) atribuye a Pablo Iglesias la capacidad de movilizar a mujeres en casi todo el mundo, igual que su partido atribuye a Zapatero la capacidad de provocar una crisis/estafa global. Teniendo un líder con tal poder, hay que seguirlo a ciegas. Arrimadas, uno de los floreros naranjas, también coincide con Maroto. Tal para cual. Ignoran hasta nuestra autonomía movilizadora.

5. La derecha espiritual, la iglesia católica, como todas las religiones, abunda en su obsesión por reducir a la mujer al capricho de los hombres. Buena parte de los tarados que visten faldas negras no sólo “justifica” el maltrato, sino que anima a casarse y ser sumisa y, hoy mismo, equipara el feminismo con el mismísimo diablo a cuenta de la huelga feminista.

6. Un 25% de mujeres entre los 16 y 19 años había sufrido en 2016 violencia de control por su pareja: horarios, amistades, vestimenta, impedir que trabaje o estudie o decirle qué cosas puede o no hacer. Un 73,3% de adolescentes, independientemente de su sexo, ha escuchado el consejo de que “los celos son una expresión del amor”. Las nuevas y las viejas tecnologías (las pantallas) educan más que la escuela y la familia: el 8 M es una oportunidad para visibilizar lo que pensamos las mujeres, sin filtros, para que la juventud vea que existen otros modelos.

7. Nuestras madres, abuelas y bisabuelas consiguieron arañar pequeñas concesiones a la sociedad machista de sus respectivas épocas. Nuestras hijas, nietas y bisnietas necesitan y merecen nuestro esfuerzo para no caminar hacia atrás, para seguir avanzando. Es nuestra responsabilidad hoy, ahora, éste y todos los 8M hasta que dejen de celebrarse por innecesarios.

8. La violencia racial, de género, sexual y otras formas de discriminación y violencia, no pueden ser eliminados sin cambiar la cultura (Charlotte Bunch). El privilegio es el mayor enemigo del derecho (Marie von Ebner-Eschenbach). La prueba para saber si puedes hacer un trabajo o no, no debería depender de la organización de tus cromosomas (Bella Abzug).

 

¿Democracia? ¿Qué democracia?

Crisis

A mediados de los setenta, el grupo Supertramp sacó un disco mediocre con una cubierta genial y un título demoledor: ¿Crisis? ¿Qué crisis? El disco apareció dos años después de la crisis del petróleo, que sentó las bases para la entrada a saco del neoliberalismo en la economía mundial. Reagan y Thatcher destruyeron las conquistas sociales para “salir de la crisis” a base de recortes, populismo y represión. ¿Les suena la música?: es la misma partitura que han interpretado en el siglo XXI la Troica, Merkel y alumnos aventajados como Mariano Rajoy apoyado por Pedro Sánchez y Alberto Rivera.

Este país, capaz de remover sus cimientos cuando los gabachos acusaron a sus deportistas de doparse, es un país drogado, no la gente del deporte (algunos también), sino el electorado. ¿Cómo es posible que se siga votando mayoritariamente a mafiosos sin escrúpulos?, ¿a verdugos del bienestar, sean azules o naranjas?, ¿a impostores de puño y rosa? ¿Cómo es posible que una persona entregue su voto a quienes más daño le hacen? El secreto está en la droga. Sí: en un país de yonquis, se vota a quien ofrezca la dosis más adulterada.

El doping está omnipresente en la política española. Que el Partido Popular haya pagado durante décadas sus campañas electorales con dinero negro es una anécdota. Ya lo hizo el PSOE de Felipe González con el dinero del empresario alemán Friedrich Karl Flick: un millón de marcos de la época. En la comisión de investigación en el Congreso de los Diputados compareció Eberhard von Brauchitsch, representante de Flick, y Santiago Carrillo le preguntó:

– “Tengo entendido que el señor Flick fue condenado por el Tribunal de Nuremberg como criminal de guerra nazi. Y creo que usted es hijo del general que fue jefe del estado mayor de Hitler… Entonces, ¿cómo se explica que ustedes financien al PSOE?”.

Von Brauchitsch no vaciló en la respuesta:

– “Tratábamos de cerrar el paso al comunismo y el partido mejor situado para hacerlo era el PSOE”.

El fin justifica los medios y para los anales de la infamia quedó la respuesta de Felipe González, hoy justificador de la corrupción como antaño:

“No he recibido ni un duro, ni una peseta, ni de Flick ni de Flock”.

Anécdotas aparte, el verdadero doping no está en los samaritanos sin escrúpulos que compran leyes a su medida, eso es droga blanda. La droga dura es la que distribuyen y administran en letales dosis los camellos mediáticos, dura y adulterada a más no poder. No recuerdo haber vivido nunca jamás, el NO-DO queda lejos, lo que estamos viviendo desde que estalló la crisis (¿Qué crisis?). Los medios de comunicación se han apostado en las esquinas con la bragueta hinchada de papelinas que el español medio consume con ansiedad y placer.

Jamás he visto una campaña similar a la que disfrutan Ciudadanos y Alberto Rivera, partido y líder populistas donde los haya, ETA, Venezuela y poco más, para dar carpetazo al Partido Popular. No recuerdo una andanada destructiva como la desatada contra Podemos (tal vez equiparable a la padecida por Julio Anguita en su tiempo) como la orquestada desde las elecciones europeas. No ha existido tanta infamia informativa desde tiempos de Queipo de Llano, Millán-Astray, Goebbels o Fraga. Eso es droga dura nasal, bucal o en vena.

Y a los camellos mediáticos se suman los capos del narcotráfico encarnados en la patronal y la banca. Esa patronal donante/corruptora y esa banca que condona deudas a partidos, como PP, PsoE y Ciudadanos, que trabajan y legislan para ella, o legislarán a nada que tengan ocasión. ¿Que Podemos no se financia con la banca? Ahí están los camellos barriobajeros para intoxicar con Irán o Venezuela… y para callar las condenas a Inda por calumniar. ¿Que el PP es una mafia por activa o por pasiva? Lo grave es la corrupción de Monedero, Errejón o Iglesias, a pesar de que los tribunales (tercermundista justicia también dopada) lo desmientan.

¿Democracia? ¿Qué democracia?

La manada y el rebaño

Manada

Francisco de Goya y Lucientes realizó los más descarnados retratos de España y de los españoles, tal vez sintetizados magistralmente en la leyenda de uno de sus cuadros más célebres: “El sueño de la razón produce monstruos”. La razón, en España, padece un eterno sueño y los monstruos se han convertido en santo y seña del país, en la Marca España. También interpretó Goya a la perfección los momentos de lucidez de la razón española: el cuadro se llama “La riña” o “Duelo a garrotazos”.

España es un país de manadas, un país donde individuos de una misma calaña, abandonada la razón, se reúnen para imponer sus sinergias violentas, espurias y delictivas. A título individual, no son nadie, se diluyen en la nada, se desprecian ante el espejo porque, a falta de uso de la razón, se reconocen como monstruos en potencia. A partir de ahí, buscan la manada para sentirse algo, para decirse ante el espejo que son importantes, que se merecen lo que su sinrazón les dicta.

En España hay manadas de narcotraficantes (cárteles), de proxenetas (redes), de corruptos (partidos políticos), de franquistas (PP), de radicales (ultras), de estafadores (IBEX)… y de agresores sexuales en varios grados (machistas). Cualquier persona, educada por el sistema escolar, la familia, las redes sociales o los medios de comunicación, puede desactivar la razón y mutar en monstruo a la búsqueda de su manada. Las manadas son agresivas, compulsivas y regresivas.

El comportamiento de las manadas se normaliza a través de la eficaz labor de los medios de comunicación y de personajes mediáticos que tienen predicamento y altavoces. Influencers les llaman hoy los catetos digitales. España es un país que da protagonismo, que normaliza, a las manadas, que sacraliza y aflora la España negra y profunda de Goya. Lo de La Manada de San Fermín es un ejemplo. Un ejemplo de que España es también un país de rebaños.

A diferencia de la manada, el rebaño es un conjunto de personas con la razón ausente de sus cerebros que se reúnen para sentirse protegidas. Cualquier individuo integrado en un rebaño sólo aspira a comer regularmente, a dormir a diario y a que las dentelladas de sus predadores se las lleve cualquier otro miembro de la piara de la que forma parte. El gen salvaje es la esencia de la manada, a diferencia del gen gregario que define al rebaño cuyos miembros siguen ciegamente, sin usar la razón, ideas o iniciativas ajenas.

En este negro panorama aparece una Manada que viola presuntamente a una chica y los pastores se apresuran a mover el rebaño hacia un prado u otro. Normalizar es la palabra maldita que define sus comportamientos. La actuación de la justicia es, a estas alturas y no sólo por este caso, como mínimo impopular. No se entiende que rechace pruebas incriminatorias anteriores al 7 de julio y admita la labor de un espía posterior a ese día cuyo único objetivo parece ser criminalizar a la víctima en beneficio de la manada.

La actuación de los medios, concretamente de Nacho Abad, monstruo de la pocilga de Atresmedia, es un ejemplo de lo que vaticinó Goya. Es un síntoma del modelo social que padecemos en España, capaz de revertir los papeles convirtiendo la manada en corderos y el rebaño en lobos. Es simplemente asqueroso, amén de peligrosísimo, el debate propiciado en el que miembros de diferentes manadas hacen piña con los presuntos violadores y miembros de distintos rebaños balan como borregos los discursos, peligrosísimos, que les sirven en bandeja determinados medios.

Banderas: trapos sucios

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Que un trapo de colores sea capaz de provocar reacciones en seres dotados de inteligencia dice mucho de esos seres y muy poco de su inteligencia. También un toro reacciona ante un trapo agitado delante de su morro. ¿Qué tendrán los trapos para provocar embestidas de seres humanos y animales? La respuesta no es fácil, pero todo apunta a la maña y la intención de quien los maneja. La maña es opinable, la intención casi siempre violenta.

Banderas y capotes, trapos a fin de cuentas, tienen como misión fundamental distraer la atención de animales y personas para ventaja de quienes los usan. Otra de sus misiones es establecer un código de comportamiento que permita el fácil manejo de astados y seres humanos propiciando situaciones favorables a quien los mueve. La falta de una mínima inteligencia hace que todos, animales y personas, entren una y otra vez al trapo.

El último siglo de España es un siglo marcado por trapos monocromos, bicolores, tricolores, o policromos. El personal ha ido identificándose con dichos trapos hábilmente manejados por abanderados con un denominador común: distraer al pueblo, a los diversos pueblos, mientras ellos ocupan el poder en beneficio propio. De todos los trapos, el rojigualdo es el más curioso, el hegemónico, el controvertido, el de las filias y las fobias.

¿Que cómo ha llegado a eso? Trapo impuesto a sangre y fuego, evoca al general Franco y su cohorte de psicópatas. El trapo rojigualdo es el símbolo de la más duradera dictadura de Europa, el más temido, el más odiado, el más repudiado por no representar al pueblo, sino a sus matadores. A pesar de su presunto refrendo en el referéndum constitucional, celebrado entre ruido de sables en los oídos y miedo en las venas, el escudo del sucesor en lugar del águila del dictador no ha servido para quitarle las manchas de la ignominia.

Hasta que llegó el mundial, el de Sudáfrica, pan y circo, incrustado entre otras dos gestas futboleras que sacudieron el trapo, lo airearon, le devolvieron un ápice lúdico de dignidad. Por fin representó algo decente para los españoles, aunque conservando su capacidad para distraer como sólo un trapo y el fútbol son capaces. Y llegó el PP, experto en hacer caja B con todo lo que toca, y volvió a secuestrar el remozado trapo rojigualdo para imponer sus políticas, tapar sus fechorías y, de nuevo, aplastar a los enemigos de “su” España. En sus manos, el Águila ha vuelto por sus abanderados fueros escoltada por esa derecha ultra a la que los populares no hacen ascos.

Como fuere que para crear un coro de necios hacen falta varios, despertó otro trapo aletargado con los mismos colores aunque más bandas. En esas anda España: entre trapos, entre señuelos, para tapar el latrocinio y las ambiciones de dos mafias, una española, otra catalana, ambas corruptas y antisociales, ambas insolidarias. Mientras el pueblo embiste a las banderas, las dos cuadrillas compiten por ver cuál recorta más, cuál recauda más, cuál evade más, cuál es más inhumana.

Banderas en las pulseras, banderas en los balcones, banderas en calzoncillos y bragas, banderas en los coches, banderas en las solapas. Ninguno de los abanderados representa a la España del paro, a la de la educación maltratada, a la de la sanidad malparada, a la de las míseras pensiones, a la España saqueada. Los trapos bautizados como estelada y rojigualda sólo representan, hoy por hoy, como siempre ha sido, a la patronal, a la banca, a las eléctricas, a los abusones del agua, a todos los que nos roban los bolsillos y el alma.

Olviden los trapos, olviden las banderas y, a la hora de votar, recuerden quiénes roban, quiénes maltratan, quiénes utilizan las banderas sin corazón ni entrañas. Las banderas, en sus manos, vuelven a enfrentar a los españoles, amenazan con quemar España. En sus manos, las banderas se convierten, sencillamente, en vulgares trapos sucios que nadie remienda ni lava.

¡¡A por ellos, oé!!

CNN

Partamos de la desgracia para aseverar que, cuando falta alimento a la razón, crece el odio en el corazón. España es un país empecinado históricamente en no pensar, salvo para pensar mal… y no acertar, sino errar de forma sistemática. Es horrible, pero la inmensa mayoría de los españoles, la clase política a la cabeza, hacen eterno el retrato que hizo Machado: “En España / de diez cabezas / nueve embisten / y una piensa”.

La orfandad de pensamiento se expone en el escaparate político capaz de lucir ejemplares de botarates sin parangón ocupando la presidencia del país o de sus territorios. El máximo exponente es Rajoy, no el único, pero sí el más vergonzante. Una porción nada despreciable de su electorado es gente gregaria por interés, insensatez o imprudencia, gente que embiste más que piensa, gente capaz de cantar el Cara al sol y balar “A por ellos, oé” a nada que ven una escopeta, una porra o una bala, a nada que desactivan su conciencia.

No es casual que un país con más seguidores de fútbol que asiduos de bibliotecas relinche “A por ellos” para violentar a quienes piensan diferente. No es fortuito que esos hooligans de neuronas enmohecidas consientan callados que les robe, les recorte, les reprima y se ría de ellos la banda de chorizos y ladrones que los gobierna capitaneada por el presidente. No es azaroso que ondeen trapos o pulseras para sentirse identificados con una marca ganadera grabada con hierro candente o grapada en una pata, en una oreja o en la frente.

Después de lo de Catalunya, nos encontramos con un país perfectamente preparado para inmolarse con bélica irracionalidad embistiendo a dos trapos de colorido semejante y diferenciados en la hechura de dos banderas que, sin pensarlo, han alistado a medio país en cada bando. Uno engañado por la rojigualda, otro por la estelada, Uno por un nacionalismo financiero, empresarial, absurdo, corrupto y manipulador, otro por un nacionalismo de características exactamente iguales. Sólo se distinguen por las franjas de sus banderas, una nueve, otra tres, ambas rojas, ambas gualdas.

Lamento vivir en un país en el que cerca de diez mil personas están dispuestas a desconectar sus neuronas, a no pensar, para cumplir ciegamente con la obediencia debida hacia quien le propone golpear a gente indefensa porque quien ordena no ha sido capaz de pensar y dialogar previamente. Cobran por ello, convertidos en sicarios o mercenarios. Es a ellos a quienes la masa dispersa por España ha coreado “A por ellos, oé” y, claro, la adrenalina se les ha subido a la cabeza y han golpeado y disparado, sin pensar, a un enemigo frágil y desarmado. Han ido “A por ellos, oé”.

Lamento vivir en el país de “¿Dimitir?, nunca jamás”, “¿Manipular?, lo que se pueda y más, lo mismo que robar”. Lamento vivir en un país en el que se suplanta el diálogo por el lenguaje de las armas. Lamento vivir en un país en el que la legalidad se hace cumplir según convenga. Lamento vivir en un país sin división de poderes real y efectiva. Lamento vivir en un país cuyos gobernantes consienten y se ufanan de que la dictadura no tenga fin y empleen sus métodos de terrorismo urbano y de estado, porque lo de ayer en Catalunya encaja en el calificativo.

A por ellos, oé”, a por nuestras familias, nuestras amistades y nuestro vecindario. “A por ellos, oé”, a por el Parlamento Europeo y a por la ONU, que piden explicaciones a un país iletrado, tosco y estrafalario. “A por ellos, oé”, que me cago en los catalanes, en los vascos, en los gallegos o en los canarios. “A por ellos, oé” y cantemos luego todos juntos el himno vencedor, analfabeto, y cavernario: “Lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo. Yo soy español, español, español. Que viva España”, la misma demencia que se grita, sin pensar, cada semana en las cátedras del español medio y mediocre, los estadios.

Adicción bélica

TrumpLa siniestra patología que afecta al mundo es una pandemia terminal cuya etiología, a pesar de su diagnóstico, no es combatida, sino que, muy al contrario, es alimentada con feroz feracidad. El negocio de la muerte es, sin duda, el que más millones de euros, dólares, libras, rublos, yenes, riales, yuanes y francos mueve en el mundo. Mucho más que la droga, las nuevas tecnologías y la prostitución juntas, el negocio de las armas es el dios/diablo que domina los destinos, regionales y globales, de la humanidad.

Armas, dinero, dogma y poder son los cuatro Jinetes del Apocalipsis que constantemente amenazan a la humanidad y cotidianamente sacian su sed de sangre en cualquier rincón del mundo. El negocio es el negocio y la utilidad y eficiencia de las armas, su rentabilidad, se mide en vidas humanas. Sirva de ejemplo la vida y obra de Prescott Sheldon Bush (padre de George H. W. y abuelo de George W., bélicos presidentes donde los haya), que amasó fortuna comerciando a la par con Hitler y los aliados antes y durante la segunda guerra mundial.

Sirva de ejemplo la historia de los Estados Unidos, el país con más guerras en su mochila, el país con más armas, más dinero, más dogmatismo y más poder del mundo. Las guerras serían evitables si los intereses económicos desparecieran de las mesas de negociación, si el peso de la razón fuera superior al de los insaciables bolsillos de muñidores y negociadores. La guerra es un negocio y el dogma neoliberal determina que nadie tiene derecho a cercenar las ganancias de los inversores.

El belicismo se reproduce con escrupulosa regularidad: Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, etc., etc., etc. A ellas se suman las llamadas “guerras olvidadas” que afectan al continente africano, donde el negocio de la muerte coloca sus excedentes y productos obsoletos, y los golpes de estado que salpican de sangre la historia latinoamericana, sin olvidar eso que hace Israel en Palestina para lo que no hay nombre ni perdón posibles. Todo ello belicismo de etiología económica, cruenta incubación y resolución traumática.

Los dogmas, a través de los púlpitos hollywoodienses y los sanedrines mediáticos, controlados por los poderes financieros, han destrozado las venas de la ciudadanía inoculando la droga que hace creer en guerras buenas y guerras malas. La cultura de la muerte está arraigada, tanto que las armas pasean por nuestras calles investidas de autoridad otorgada a uniformes con licencia para matar, tanto que las máquinas de asesinar se han convertido en producto de consumo social.

El mayor arsenal mundial está en manos de un trilero sin escrúpulos: armas, dinero, dogma y poder, cuatro afeites que acicalan a Donald Trump. En la línea de los Bush, es su cultura, no ha dudado en bombardear Siria entre aplausos de psicópatas como Netanyahu, Abdulaziz o Erdogan, entre apoyos de sus lacayos y encendidos vítores del Estado Islámico. Esta vez no ha caído en el error de la falaz existencia de armas químicas, esta vez “alguien” las ha usado de verdad y, con inaudita celeridad, ése “alguien” ha sido identificado, tal vez antes de que el sarín impregnase el pútrido aire sirio, condenado, ¿para qué un juicio?, y unilateralmente castigado.

España, la triste España maniquea de deleznables etarras y fascistas afables, figura en los primeros puestos del ranking de países exportadores de armas. Esa España adicta al belicismo es capaz de sancionar a un bombero por negarse a custodiar armas para Arabia Saudí, capaz de enviar a dicho país al Rey en misión comercial para vender esas armas y capaz de colocar al exministro de defensa, hombre del negocio de las armas, de embajador en EEUU.

Los efectos secundarios de la adicción bélica son letales y destructivos como la misma droga que la produce. Disuelta y desarmada ETA, ¿qué dirán los camellos y traficantes patrios, a quién culparán, en el bajo ningún concepto admisible supuesto de un nuevo atentado como el de Atocha? La base de Rota es un nido de víboras que con su bélico veneno esculpen una diana sobre la piel de toro. Se quema quien juega con fuego.