La sociedad de la información y la comunicación, la era digital, satura los cerebros, aturde las ideas y licúa el pensamiento a demasiadas revoluciones por minuto. El vendaval de noticias no da tregua, siendo difícil interpretar los titulares con garantías fiables y acceder a los contenidos con un mínimo de independencia crítica que permita separar los granos informativos de la paja manipuladora. El papel de la prensa tradicional ha pasado de servir para envolver viandas, durante la etapa del franquismo, a ser un mero envoltorio de ideas en la etapa democrática.
Las líneas editoriales de la prensa han sucumbido a la primacía de las líneas de cotización bursátil a la vez que los libros de estilo han cedido ante los libros contables. La prensa de la era digital ha pasado de ser un cuarto poder, al estilo del ciudadano Kane, a ser una histriónica comparsa del poder, al estilo del ciudadano Marhuenda, de reflejar la opinión pública a crearla exclusivamente. La prensa se está olvidando de informar al ritmo que los consejos editoriales, hoy sustituidos por consejos de administración, le imponen.
Es difícil encontrar un diario escrupulosamente informativo que ofrezca a la ciudadanía los componentes de la noticia para que sean los propios lectores quienes los aderecen y cocinen según sus propios gustos. De las redacciones salen noticias precocinadas y listas para engullir sin abrir las tapas del bocata informativo para analizar su composición, sus acidulantes o sus conservantes. Es la época de las fast news, de las noticias rápidas, que se asemeja a la noticia basura como la comida rápida a la comida basura.
La era digital proporciona nuevas formas de acceso a la información, ni mejores ni peores que el periodismo tradicional, simplemente diferentes. A golpe de clic, miles de blogs y de portales desgranan la actualidad de forma alternativa con condimentos y aderezos distintos a los empleados en las cabeceras clásicas. Su accesibilidad es cómoda y fácil vía “favoritos”, RSS o suscripción y permite saborear una información cocinada al gusto de un chef o una cocinera sin mayores pretensiones que guisar a su gusto, sin sartenes partidistas ni ollas financieras. No es difícil hallar coincidencias de paladar con alguna de esas cocinas que pueblan internet.
La prensa tradicional hace tiempo que viene lastrada por la influencia de accionistas y anunciantes que saltan del consejo de administración al de redacción con la insolencia que el dinero permite. En los periódicos se puede comprobar que el tratamiento informativo de una noticia cuida la sintaxis económica más allá de lo que la gramática informativa aconseja y también, en muchos de ellos, se aprecian los silencios informativos sobre determinados hechos de la actualidad que no casan bien con los bolsillos de sus propietarios.
Matizar la realidad, descontextualizar los hechos, adobar las noticias y masticar el silencio son prácticas que conducen al periodismo por el sendero del descrédito social. No es infrecuente que diarios autoproclamados plurales e independientes practiquen la censura e impongan el silencio sobre asuntos que supongan una amenaza, real o ficticia, para los intereses particulares de quienes dejan de ser sus dueños para convertirse en sus amos. El servicio público que presta la prensa se ve afectado cada vez que se aprieta el corsé de la libertad de opinión e información para convertirlo en servicio privado.
La información y la comunicación se reinventan hoy en al ámbito digital y cada vez son menos necesarios los diarios y semanarios como fuentes informativas y de opinión. Los ERES y los cierres han reducido las redacciones a mesas camilla donde trabajan mano a mano y ojo a ojo cuatro becarios y el dueño del medio. Un medio tan “serio” como El País ha censurado recientemente a colaboradores como Juan Torres y Maruja Torres por expresar sus opiniones, incómodas para los intereses pecuniarios de los amos. Hay más ejemplos. Da igual, los textos se pueden leer y disfrutar en sus respectivos blogs y ya no hace falta un periódico para que las ideas vuelen en libertad.
Muy buen articulo señor Vervarte, esto no se lo publicarían el Lucenahoy pues de libre y plural nada de nada sino todo lo contrario borran los comentarios contrarios a su ideología con una facilidad pasmosa.
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Hay puntos de vista para todos los gustos e ideologías casi para cada persona. Como apunto en el artículo, siempre hay canales alternativos y libertades sin corsés.
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Y más ‘alante’ hay más. Los famosos clics, los comentarios y toda la navegación por la versión digital de las grandes cabeceras crean en el lector la ilusión de sintonía con los contenidos, estructura, gráficos, y toda esa parafernalia de enlaces como para jugar y divertirse. Yo, el periódico, lo quiero para informarme y para que me ayude a contextualizar y ver qué hay detrás de la noticia; ya sacaré mis conclusiones. Divertirme, lo hago con otras cosas. Y Marhuenda, ¿tendrá tiempo para dirigir su panfletillo? Con tanta tertulia…
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Efectivamente: los diarios se las apañan para crear un espejismo de libertad de expresión que, en la mayoría de los casos, no deja de ser una mera complicidad sujeta a moderaciones que suelen cercenar la libertad incluso a la misma hora de pensar qué palabras seleccionar para no ser borrados.
Marhuenda no necesita dirigir su libelo: ya lo hacen desde Monclo a Génova.
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Como siempre, muy bueno, al menos para mí.
Tienes toda la razón, a mi me gusta mas leer , y me hacen pensar mucho más artículos como los tuyos que leer los titulares de los periódicos. Vale que yo soy rara para la sociedad, para mi, no soy común pero, si me quieren llamar rara…
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La prensa ya raramente hace pensar, más bien hace aullar, vocear o llorar. El concepto «raro» cabe guardarlo para gentes del tipo Marhuenda que no por ser cada vez más numerosos encajan en la normalidad.
Salud y gracias.
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