¿Libertad? Sólo para obedecer.

No es libre un estado cuyas voces y conciencias críticas se convierten en huéspedes forzados de juzgados y mazmorras. Cuando la mordaza se convierte en parte de la dialéctica social, ésta se torna una ilusión imposible de justicia, una quimera utópica de libertad y un canto fúnebre a la dignidad de las personas. Cuando el rol moderador del estado es impuesto mediante coacciones, amenazas, sanciones, grilletes, empellones, sangre y miedo, expulsa, por la puerta trasera de la sociedad, el concepto de libertad. La libertad en España, hoy, vuelve a caminar de nuevo peligrosamente por la sombría senda de la clandestinidad, la persecución y el destierro interior.

El miedo produce la inhibición involuntaria de la libertad individual. El miedo social impide el ejercicio de la libertad comunitaria, como suma de las libertades individuales acosadas y coartadas, cuando el estado intimida a los individuos con identificaciones arbitrarias, multas indiscriminadas y acusaciones de atentado contra el estado. El miedo a la amenaza sobre la integridad física de las personas que expresan su opinión entra en el ámbito del terror y tiene por nombre terrorismo, de estado cuando es un gobierno quien lo promociona, encubre y justifica. En España, hoy, se vuelve a golpear el pesamiento y se judicalizan la palabras no afectas al régimen imperante.

Un gobierno que llega al kafkiano extremo de encarcelar la cinta de una cámara de La Sexta, acusándola de ejercer como notario de la realidad, es propio de un estado insano, peligroso y dañino para la convivencia. Un gobierno que fabrica la realidad cotidiana moviendo los hilos informativos, como un ventrílocuo que guarda en el baúl a los profesionales para dar paso a sus voceros amaestrados, es un gobierno manipulador, nada fiable y mentiroso. La libertad de prensa en España, hoy, vuelve pedir auxilio internacional y la información hay que volver a buscarla en las ondas hertzianas y en las redes transpirenaicas.

Asistimos a un discurso que rescata ajados capítulos de la memoria y los presenta como necesarias soluciones a problemas compuestos de albures y adulteraciones. El gobierno pasea desnudo ante la ciudadanía y castiga duramente a quienes señalan los rasgos que marcan su figura. A diferencia del cuento, no se libra de la represión ni la inocente verdad en una boca infantil. El desparpajo y la prepotencia con que se impone este nudismo carpetovetónico infunde en la población el temor a revivir una historia que parecía superada por eso que se ha dado en llamar “modélica transición”. En España, hoy, se vuelve a castigar a inocentes mientras se indulta con arrogancia a torturadores.

La vida de los españoles, de nuevo, vuelve a la orfandad educativa, sanitaria y judicial. Si ya era harto difícil luchar contra los aparatos legales al servicio de quien podía pagarlos para defender los derechos, ahora es simplemente imposible. Sólo quien disponga de dinero podrá ser indemnizado por un despido o un accidente de tráfico, por ejemplo. La balanza de la justicia se ha equilibrado para que el fino papel de quinientos euros desnivele los platos a su favor ante el peso del metal de las monedas de un euro. En España, hoy, se han incautado casi todos los derechos, incluidos los de opinión y expresión, y ahora se confisca el propio Derecho.

A la par que el gobierno cultiva procedimientos de posguerra en su quehacer diario, cierta prensa, ciertos poderes sociales, vuelven a airear simbologías y nostalgias pretéritas que despiertan de un periodo de hibernación proclamando de nuevo que la calle es suya.

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