La sopa boba de los recortes.

Cuenta el folclore popular que antiguamente, en posadas, tabernas o conventos, se restaban alimentos de los platos de los comensales con los que se componían platos destinados a los juglares a cambio de alguna pieza musical, verso o trova. Posteriormente, estos platos -hechos a base de recortes y bautizados como “sopa boba”– se ofrecieron como caridad a los pobres o menesterosos y se consolidó el significado de la circunlocución “vivir de la sopa boba” para referirse a quienes viven sin esfuerzo a expensas de terceros.

Los tiempos actuales, pródigos en recortes, pobres y menesterosos, son propicios para condimentar una sopa a base de cualquier ingrediente que se se encuentre a mano y tenga la virtud de emboscar el agrio sabor del aceite de ricino que sirve de base a la receta neoliberal que los maestros cocineros del gobierno nos sirven a diario. El pueblo, a falta de mejor alternativa, traga paciente y resignadamente esta sopa infestada de recortes aderezados por quienes realmente viven de la sopa boba a costa de sus impuestos.

Cada semana, los viernes con generosidad extrema, el gobierno sirve un condumio que, lejos de alimentar, adelgaza los cuerpos, los derechos y las esperanzas de todo un pueblo. En lo que presenta como sopa boba, echa los restos que la voracidad financiera y empresarial no es capaz de digerir y los presentan como alimentos básicos, de nombres exóticos, que ha conseguido haciendo un esfuerzo titánico para adquirirlos desde una faltriquera vaciada alegre e irresponsablemente (según ellos) por nosotros mismos. Y encima nos exigen la gratitud por no dejarnos morir de inanición.

Los mercaderes lo han encarecido todo en los almacenes de la prima de riesgo haciendo difícil el acceso a productos básicos para cientos de miles de personas que acuden al banco de alimentos y a los comedores sociales en busca de alimento caliente o frío para sus bocas. Los cocineros de Moncloa están atareados en satisfacer la comanda exigida por el BCE, Alemania y el FMI y tienen desatendido el comedor nacional, atestado de ciudadanía que protesta por tener que comer las sobras pagando un precio de menú ejecutivo.

Los minoristas aprovechan la crisis para hacer su agosto y llenar sus cestas raspando de los bolsillos la calderilla que el gobierno deja en nombre de los mercados. Encender la luz o el brasero del comedor se convierte en un lujo y una carencia más que añadir al hambre. Desplazarse para buscar empleo o trabajar es un sacrificio que resta dinero para comer. Utilizar el teléfono para cualquier cosa es un dispendio. Manejar nuestro dinero en el banco es un despilfarro en comisiones y gastos. Y, además, los sueldos menguan mientras crecen los impuestos.

Mientras tanto, sus señorías, con descaro y altanería, mueven en la cocina sus sebosos carrillos a ritmo de entrantes y canapés al estilo gourmet. Se nutren de 100.000 euros para iPads, 7.000 para multas de coches oficiales, 30.000 para parking en el aeropuerto, 19.258 para los viajes de cada cocinero, 1.019.800 para reuniones y conferencias o 892.500 euros para subvencionar a Arturo Fernández (presidente de la patronal madrileña y dueño del Grupo Cantoblanco) que ejerce de camarero mayor en la cafetería del Congreso.

¡Oído cocina! La sopa boba que se sirve al pueblo no ha de ser muy nutritiva para no dañar los famélicos estómagos desacostumbrados a comer más de lo necesario para no morir. La sopa boba que se sirve a clientes políticos y financieros debe ir sobrada de ingredientes pues, de lo contrario, no quedarían restos para componer la primera.

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4 comentarios el “La sopa boba de los recortes.

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    • Verbarte dice:

      Ahora le toca al PP a nivel nacional, a nivel de comunidades autónomas y de empresas participadas por sus militantes y familiares llevan años haciéndolo. Por cierto, el vocabulatio español es lo suficientemente rico y su gramática lo suficientemente flexible como para referisrse a los demás sin necesidad de recurrir al insulto torpe, agresivo e innecesario.

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