La solidaridad perdida en España

El siglo XXI ha nacido con la marca genética prevalente de la insolaridad y el desprecio por lo humano. El engendro en el que vivimos marca distancias con el gen de la humanidad y el de la empatía con los seres más desfavorecidos de la sociedad. Es como si Mª Dolores de Cospedal, recortando la prueba del talón, hubiese impedido prever la tara y Ruiz Gallardón, eliminando el derecho a abortar por malformación, hubiera condenado a la sociedad a convivir con un nuevo siglo de cerebro tarado en su cabeza y corazón gelido en su pecho.

Al tiempo que los predadores esculpen la pobreza y el desamparo a modo de epitafio en la lápida de la realidad europea, los habitantes del viejo continente asisten a su descenso en la pirámide social desde el primer mundo donde acostumbraban a vivir hasta un segundo mundo en el que aprenden a desenvolverse entre latigazos reformistas y contenedores de basura. Un consuelo para los pobres ha sido siempre contemplar a quienes viven peor, los miserables, y los ricos siempre han cuidado que el paisaje de la miseria esté a la vista de los pobres como una amenaza de que la cosa puede ir a peor. Es este motivo, nada filantrópico, el que ha llevado al gobierno a suprimir las ayudas y programas de cooperación al desarrollo, diezmando la labor de las ONGs y las escasas esperanzas del tercer mundo.

Los recortes que conducen a las clases medias europeas a la pobreza se acompañan de oxidados navajazos a la solidaridad. Cada puñalada asestada a la cooperación asesina cientos de miles de posibilidades de salvar o mejorar vidas en países empobrecidos por las mismas manos que manejan la navaja. Los gobiernos lo saben y saben también que las imágenes de niños famélicos, compitiendo con las moscas por una seca ubre materna, son imágenes que alivian la pobreza neófita por siniestra comparación.

No le duelen prendas al acomodado y rico gobierno que nos recorta la vida presente y futura suprimir las partidas destinadas a cooperación amparándose en la crisis y amenazando con la miseria en caso de no hacerlo. De forma simultánea, este mismo gobierno, tarado de cerebro y de corazón helado, aprueba un crédito de 1.782 millones de euros para armamento, demostrando que la inversión para destruir vidas es más prioritaria que la inversión para salvarlas. Es el mismo gobierno que socorre de inmediato a la banca deslizando entre sus condiciones para tal rescate la infame disminución inmediata de las partidas destinadas a obras sociales. Otra puñalada a la solidaridad. Otro gesto insolidario.

Nos dicen que la solidaridad hay que practicarla priorizando el DNI y la pureza de la raza española. Nos dicen que los inmigrantes no son personas dignas como los autóctonos. La vida de un inmigrante se mide con las tarifas que Cospedal, Mato y Rajoy han dispuesto para esos tercermundistas que nos invaden con su turismo sanitario, según opina la derecha católica y española. Estas tarifas hacen que nos sintamos privilegiados por sufrir sólo la pobreza del repago farmacéutico y tener derecho a que nos operen de cáncer sin estirparnos el bolsillo. Así, nuestra pobreza, comparada con la miseria del inmigrante, se transforma en todo un privilegio: “hay que limitar el acceso indiscriminado a la sanidad pública para que sea universal y sostenible”. Palabras y obras insolidarias de un gobierno xenófobo en la teoría y en la práctica.

Tomen nota del menú insolidario que avanza Cospedal, la “cristiana” con mantilla de la procesión del Corpus, para personas que tengan el capricho de enfermar y no pertenezcan al cada vez más selecto club de quienes tienen trabajo medianamente remunerado. Tomen nota los inmigrantes de lo que vale su salud tasada por una experta en poner precio a vidas ajenas. Tomen nota el resto de ciudadanos y comparen precios con las tarifas de los hospitales privados que la familia de la gaviota gestiona directa o indirectamente. Busque, compare y dispare si se siente estafado y amenazado.

Ante este panorama, la insolidaridad del gobierno degusta la indiferencia con que una parte muy numerosa de la población española repite las insolidarias consignas del PP y disfruta con la lenta agonía de ONGs que tratan de agitar sus últimos alientos para concienciar a la sociedad ante el descabello sanitario del PP. También aquí, las pandemias que desatarán los recortes en cooperación internacional serán un bálsamo de indolencia ante la tragedia que se vive en nuestro país.

La iglesia de Rouco Varela, presunta heredera de la solidaridad cristiana, mantiene el más insolidario de los silencios acercándose más a la práctica de la caridad de las monjas de Granada que al posicionamiento del Padre Patera en Algeciras. Es su forma de pagar los favores recibidos.

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