José Bretón, el último torero.

Son muchas las culturas y muchos los países que recurren al maltrato animal como forma primitiva de rellenar el ocio de sus gentes. También son muchos, demasiados, los estados que recurren al maltrato humano como forma de convivencia y gobierno. El negocio del maltrato y de la sangre, animal o humana, proviene de las cavernas y se ha mantenido a lo largo del tiempo escribiendo la historia con inhumano líquido rojo proveniente de venas abiertas en canal.

Ignoró el atractivo que una corrida de toros puede ejercer sobre algunos españoles, cada vez menos por ventura, para sentarles en una grada soleada o delante de un televisor a ver, con muestras de agrado y placer, brotar la sangre sobre el cuerpo de un animal, de dos o de tres en el supuesto de que el caballo del picador o el torero sufran una cogida. Alguna explicación debe haber que escapa a mis posibilidades racionales. Ver la sangre y disfrutar del espectáculo pone al ser humano en la órbita del Doctor Jekyll, Jack el Destripador, el Conde Drácula o el Hombre Lobo, todos ellos personajes que encarnan el reflejo que devuelve el espejo cuando se miran en él personas de oscuras intenciones y siniestras apetencias.

Ver de cerca la punta arponada de una banderilla horteramente adornada, la punta lanceada de la vara del picador, la fina hoja afilada del estoque y el sibilino punzón de dar la puntilla, es la contemplación de instrumentos para el martirio que el sadismo colectivo admite como herramientas al servicio del arte. Considerar artística una forma de matar es un intento de sublimación del dolor, del daño, de la ejecución y de la muerte misma. Y ver la indumentaria que lucen los verdugos es todo un canto al gusto por lo estrafalario y lo grotesco. El traje de luces, las ordinarias mallas resaltando los atributos del torero, la ridícula e inoportuna corbata, los tocados del matador y del picador o esa coleta mal aliñada no dejan de ser carnavalescas imitaciones de la capucha que busca ocultar la identidad de todo verdugo acreditado.

En el siglo XXI, el toreo sufre la dura competencia de otras torturas y otras muertes que lo superan en crudeza y saña. El terrorismo en sus múltiples manifestaciones, las hambrunas, las guerras, los efectos letales del machismo y algunos asesinatos, lididan a diario verdaderas manadas de reses humanas en la arena de los medios de comunicación a la vista de un público que ha asimilado la sangre como algo propio de la (in)civilización humana.

Dicen los promotores taurinos que las corridas no son rentables porque la gente no llena las plazas. El PP, con el diestro Wert encabezando el paseíllo, se apresta a resucitar la “fiesta” nacional bajo la bandera cultural devolviéndole el protagonismo en las pantallas de TV, en horario infantil, para que el gusto por la sangre, la tortura y la muerte inexplicable no decaigan. También, si hace falta, se recurre a la subvención pública del lamentable espectáculo, aunque no haya dinero para salvar vidas o educar a nuestra infancia en otros contenidos más útiles y menos dañinos.

José Bretón, esa mente retorcida y antinatura, saltó al ruedo ibérico hace once largos meses y ha estado toreando durante todo este tiempo a la justicia y a los sentimientos horrorizados del respetable público que clamaba para que no redondeara su faena. Hoy, a falta de la preceptiva confirmación por parte de la autoridad competente, parece que se confirma que toreó, banderilleó, picó y apuntilló a su mujer en los cuerpos inocentes e indefensos de sus propios hijos utilizando el capote hitleriano de un horno crematorio.

El público saca los pañuelos en el tendido y pide sangre y venganza, cegado por la misma sangre y la misma venganza que Bretón ha derramado sobre la inocencia de sus víctimas, mientras ABC y La Razón -traficantes de la sangre y el dolor autoproclamados presidentes del festejo- han dictado su sentencia y han emitido su condena al margen de una actuación judicial indispensable y necesaria en un estado de derecho.

ABC ya condenó a un inocente intentando aprovechar otro asesinato cruel para tratar de imponer su propio concepto de la ley por encima de la Constitución y de la propia democracia.

Hay que evitar que la ultraderecha utilice estos casos y acabe dando la vuelta al ruedo.

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