Los cómics de Moncloa no tienen gracia.

La capacidad del gobierno para crear cortinas de humo y tratar de manipular al personal parece no tener límite ni sentido del ridículo. La Moncloa parece una sucursal de la editorial Bruguera donde el PP se afana en rescatar para el presente los personajes del cómic español que distrajeron la infancia y la juventud de varias generaciones. Por lo pronto, ha conseguido que más de medio país se meta en la piel de Carpanta y tema vivir bajo un puente de Calatrava debido a un desahucio o rebuscar en los contenedores de Mercadona para defenderse de la cada vez más inasequible cesta de la compra.

A pesar de que casi todos los guionistas de la FAES se han centrado en Carpanta, hay varios liberados que trabajan en otros personajes. Así, Jorge Moragas, en el papel de Superintendente Vicente, ha tenido la feliz idea de montar una especie de T.I.A. a la que ha bautizado como Departamento de Seguridad Nacional desde donde se supone que se coordinarán las misiones de lo más selecto del espionaje nacional para librarnos de los enemigos que algún Profesor Bacterio crea en el laboratorio gubernamental.

El ministro de defensa, Pedro Morenés (segundo de los hijos de José María Morenés y Carvajal, IV vizconde de Alesón, hijo a su vez de los condes del Asalto, grandes de España, y Ana Sofía Álvarez de Eulate y Mac-Mahón) llegó a tal puesto desde sus anteriores cargos como director general para España de la empresa paneuropea de misiles MBDA y consejero de la entidad Instalaza, S. A., principal fabricante española de bombas de racimo hasta 2008. El ministro acaba de representar ante el mundo el papel de Anacleto, agente secreto, que algún guionista le ha asignado para salvar a los cooperantes españoles de unos secuestradores norteafricanos que ningún otro servicio de inteligencia (palabra excesiva para este gobierno) extranjero ha visto. La aventura, además de servir para hacer el ridículo internacionalmente, ha puesto de actualidad los inhumanos recortes en cooperación y la tradicional y delictiva vista gorda que España viene haciendo sobre el conflicto del Sahara.

Paralelamente, el PP ha enviado a Cuba a Mortadelo y Filemón en una extraña misión que ha acabado con la muerte de dos agentes de la disidencia cubana. Mortadelo (Ángel Carromero) y Filemón (disfrazado de joven sueco democristiano) han acabado, como en el cómic, encarcelados, y las personas a las que iban a salvar, en la morgue. El conflicto internacional está servido y la munición anticubana y anticomunista espera con tensión a que el dedo inocente del ministro de exteriores apriete descuidadamente el botón rojo del detonador.

Finalmene, una vez que el PP ha abierto las puertas del armario de la posguerra, entre Rita Barberá y Gallardón están reescribiendo las obras completas del genial Carlos Giménez a la luz de las velas del Valle de los Caídos. Los reconocimientos oficiales al general Queipo de Llano y al general Franco son toda una declaración de intenciones acerca del camino emprendido hacia la España más negra de la historia moderna.

Mientras tanto, el personal de a pie parece que contempla la realidad que le rodea con las gafas de Rompetechos, encajando los golpes asestados sobre sus vidas como simples tropezones fruto de su propia torpeza y ceguera.

La canción dedicada por Asfalto al Capitán Trueno carece por ahora de sentido. El Capitán Trueno no está ni se le espera y, por ahora, está muy complicado que gane el bueno.

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