¿Vacaciones? ¡Que se jodan!

De ser un periodo de disfrute liberado de la rutina cotidiana, las vacaciones han pasado a convertirse en un auténtico problema para muchas familias cuyas costumbres vitales han sido asaltadas por el paro y el desamparo.

Las vacaciones han sufrido un cambio radical en su fisonomía sin que nos hayamos dado cuenta del momento exacto de una mutación que ha instalado la depresión y la sozobra en el día previo a dejar el trabajo y ha mudado la alegría a la víspera de comenzar a trabajar. Justo al revés de lo vivido hasta hace pocos años. El síndrome postvacacional ha pasado a ser el síndrome prevacacional y viceversa. Los psicólogos tienen trabajo, si es que alguien se puede permitir combatir la depresión.

La nostalgia nos recuerda las primeras vacaciones sepia de los españoles caracterizadas por visitas de familiares y allegados que irrumpían en nuestras casas durante unos días veraniegos con regalos típicos de sus lugares de residencia que tácitamente suponían la apertura de par en par de las puertas de nuestras despensas. Se les llamaba cariñosamente, cuando no estaban presentes, “comeorzas”, “limpiaorzas” o “rebañaorzas”, dependiendo de cada latitud geográfica. La estrechez física y la estrechez económica de los hogares no suponían un obstáculo insalvable y se compensaban con el solidario “hoy por ti y mañana por mí” que propiciaba un intercambio de roles para el verano siguiente.

A continuación vinieron las vacaciones con poderío, de hotel, hostal o camping, según el bolsillo que las auspiciaba, con fotos a color y regalos a la vuelta para quienes se habían quedado en el pueblo recogiendo el correo, cuidando el canario y regando las macetas. Aquellas vacaciones sin testigos directos se disfrutaban de prisa y el recuerdo de sus mágicos instantes servía para alargarlas durante el resto del año y, en muchos casos, durante toda la vida, en un ejercicio que combinaba la narración de los lugares visitados y los hechos vividos con el punto de deformación exagerada que nos hacía disfrutar de cada momento cada vez que lo contábamos a alguien al calor del álbum de fotos correspondiente.

Más tarde la industria vacacional puso delante de nuestros deseos, y de nuestros dispositivos digitales para inmortalizar el disfrute, sus catálogos de lugares paradisiacos, cruceros de película o apartamentos en primera línea de una playa asfixiada por apartamentos, todo ello con ofertones y pagos aplazados al alcance de cualquiera. Las lujosas vacaciones digitalizadas comenzaron a ser ya no sólo un momento de descanso y disfrute, sino todo un indicador de estatus social ante la familia y el vecindario.

La historia de las vacaciones guarda un cierto paralelismo con la historia social y económica vivida desde los años setenta en España, desde las alpargatas de esparto hasta las Nike de diseño, desde el fotógrafo ocasional hasta el iPhone, desde el tren de mercancías hasta Ryanair, desde la maleta de cartón hasta la Samsonite, desde el neumático de camión hinchado hasta el Costa Concorde. Y hasta aquí llegó la cosa. El Costa Concorde es la metáfora que explica el vuelco y el naufragio de nuestras vacaciones y de nuestras vidas. Explica cómo hemos vuelto al puerto de partida agradeciendo, encima, la suerte de haber naufragado sin perecer.

Estas vacaciones tememos un fatídico mensaje de correo electrónico o un wasap de última hora anunciando la llegada de familiares “comeorzas” que nos visitan no por estar de vacaciones, sino para buscar trabajo durante unos días en nuestro lugar de residencia y alrededores. Quizás haya que abrirles, en lugar de las puertas de la despensa, el botiquín de casa por si hubiera alguna medicina que ya no pueden pagar. Quizás, en lugar de longaniza y vino, agradecerán mucho más ropa desechada o libros de texto usados para los más pequeños. Quizás, con suerte, la estrechez física y momentánea de nuestra casa se alargue durante unos meses porque hayan encontrado algún mísero trabajo.

Muy posiblemente, la mayoría de la gente pasaremos este año unas vacaciones tecnológicas visitando a los amigos en las redes sociales y manteniendo contacto con la familia a través de la mensajería electrónica. El fresco de la sierra cederá el paso al abanico que no gasta, la bañera a medio llenar será un sucedáneo de la mar salada, el menú del chiringuito de la playa será sustituido por Hacendado en nuestros paladares, la visita a monumentos será reemplazada por documentales de La 2 y el ambiente del dormitorio nos sabrá a dos o tres estrellas.

A pesar de la desgracia, todavía hay energúmenos abyectos como Salvador Sostres que disfrutan como el gobierno con nuestros retrocesos sociales. Y, lo que es peor, vecinos, amigos y parientes que comulgan con sus ideas.

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Un comentario el “¿Vacaciones? ¡Que se jodan!

  1. aj dice:

    Cuanto más te leo, más te admiro.

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