La olimpiada de Belén Esteban

Ya pasado de moda, el atentado de los guiñoles franceses contra la estima deportiva nacional se queda en rabieta infantil si se le compara con el suicidio inducido que nuestras autoridades deportivas han perpetrado usando el uniforme de los deportistas como arma letal contra el orgullo de ser español, español, español.

Lejos quedan los tiempos en que los suburbios de las ciudades españolas recibían el apelativo de Villa Olímpica en alusión a los indescriptibles chandals utilizados por sus moradores, aliñados con gruesas medallas de oro con la efigie de Camarón o de la virgen del Rocío colgando de sus pechos sobre barrigas cruzcamperas.

Los españoles, desmesurados y barrocos como pocos pueblos europeos, invistieron con el título de princesa del pueblo a Belén Esteban, personaje cuyo currículum ofrecía como datos más relevantes un braguetazo torero y cañí y el lucimiento de chandals irreverentes que no lograron abrirse hueco en el mundo de la moda, salvo en las pasarelas rosas y amarillas del cotilleo patrio, otra de nuestras señas de identidad.

Desde que Barcelona 92 elevó el deporte nacional a la categoría de religión pagana, muchos españoles se han lanzado a rellenar parte de su ocio practicando algún deporte. Hemos pasado en 20 años de una práctica deportiva casi clandestina, uniformada con equipamientos y artilugios a la vez modestos y útiles, a practicar un deporte en el que el ejercicio físico compite con la apariencia social, otra de nuestras señas de identidad.

La proliferación de artilugios deportivos para ejercitarse en casa decora desde hace años la estampa de los contenedores de basura con cintas andadoras, bicicletas sin ruedas o acolchados bancos de hacer pesas, arrumbados por la obsolescencia programada o por una deficiente necesidad de comprar algo de lo que nos aburrimos enseguida. Esta práctica poco saludable ha cambiado el escenario del parque público por el salón de casa, el aire oxigenado de los árboles por el aire acondicionado, el agua de la fuente por potingues isotónicos y los rayos del sol por la luz de bombillas de bajo consumo. Una variante de este deporte urbano y apresurado son los gimnasios y otra, la más incomprensible de todas, es el deporte electrónico que se practica mirando a una pantalla como sucedáneo de la realidad abandonada fuera de los tabiques hogareños.

Volviendo a la indumentaria deportiva, los españoles hemos decidido que no se puede salir a practicar deporte con menos de 300 euros de adornos y parafernalia. Para el footing, un culotte marcador, zapatillas de última generación, camiseta con tecnología transpirable, gafas protectoras del sol con diseño aerodinámico, gorra de tejido refractario, calcetines anatómicos, abultado reloj multifuncional y el móvil adosado al bícep para medir las pulsaciones y atender las inevitables llamadas. Todo ello, por supuesto, de marca; nada de imitaciones. Si nos metemos en otro tipo de deportes, lo hacemos a costa de propiciar un berrinche a la tarjeta de crédito sumando un préstamo más a nuestra decreciente economía. Pero no importa, lo realmente importante es participar aunque nuestra marca personal no dé para coger a tiempo el autobús.

El consumo deportivo de los no practicantes ha llenado los armarios patrios de camisetas y parafernalia diversa para mostrar nuestras filiaciones públicamente: la camiseta oficial (o camisetas, que para eso sacan varios modelos cada temporada) de nuestro equipo favorito, la camiseta de la selección (una sin la estrella y otra con la estrella), la de Ferrari, la de Messi, la de Ronaldo, la del club del pueblo, la del wisky Dyc, la de Pedrosa, la de Lorenzo, el reloj de Nadal, la gorra de quien sea, la jarra de Iniesta, la bufanda de Xabi, el pañuelo de Xavi y lo que nos metan por los ojos y la cartera.

Es por todo eso que contemplo el estilizado chandal de nuestra troupe olímpica como una oportunidad única para sacudirnos de una vez la hipnosis deportiva que padecemos, poner los pies en la tierra, dotar de sensatez a nuestras vidas y pasar olímpicamente del mercadeo deportivo.

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Un comentario el “La olimpiada de Belén Esteban

  1. aj dice:

    Muy bien. No lo dejes, por favor

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