Los caminos de Santiago Rajoy

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La regenta de España, Ángela Merkel, se ha dado un vacacional paseo con su vasallo, el virrey Mariano, como colofón a sus merecidas vacaciones. El anfitrión la ha llevado a Galicia, cuna de luces poéticas, musicales, pictóricas, monumentales, y cuna también de sombras ultracatólicas y fascistas. Ellos dos, una de las parejas que menos enamoran de Europa, han hecho el camino de Santiago con la peregrina ilusión de enamorar al pueblo.

Los inversores extranjeros, la banca alemana entre ellos, adoran a Rajoy, su lacayo más fiel e incondicional en Europa. En un alto del camino, Rajoy ha celebrado que los inversores casi no cobran por comprar letras españolas porque confían en él y sus políticas. Su publirreportaje electoral no habla de los más de los más de 40.000 millones de recortes, previstos para los próximos tres años, en salarios de funcionarios, prestaciones por desempleo e inversiones públicas que ofrece a los mercados.

Tampoco ha hablado de la subida del IRPF y del IVA maquinada para el mismo periodo por De Guidos, uno de los talentos a quien el mundo debe el estallido de la actual crisis/estafa, quien presume de haber devaluado a los trabajadores españoles un 8,1%. El presidente, a los pies del apóstol, ha mostrado el cielo ocultando el infierno y la Dama de Hielo, agradecida, le ha prometido llevarse al ministro a la presidencia del averno europarlamentario.

Es sintomática la capacidad de los mercados, los inversores, para premiar a los bandidos con puestos de máxima responsabilidad. El FMI, el selecto club de malandrines y rufianes, donde se urden ruinas sociales a escala global, vuelve a tener en su presidencia a una maleante. No son las personas, es el sistema quien extorsiona y roba. La vía neoliberal se impone como único camino en Europa, en el mundo y, desde Galicia, irradia dolor y malestar social a toda España.

Es normal que un gobierno de integristas religiosos siga el Camino de perfección de Santa Teresa: “Donosa cosa es que quiera yo ir por un camino adonde hay tantos ladrones, sin peligros, y a ganar un gran tesoro”. Es normal que este gobierno responda a la oposición como señala Escrivá de Balaguer en Camino: “¿Quién eres tú para juzgar el acierto del superior? ¿No ves que él tiene más elementos de juicio que tú; más experiencia; más rectos, sabios y desapasionados consejeros?”. Para la ciudadanía, como para El Lute, sólo deja Camina o revienta.

El idilio entre Merkel y Rajoy, inevitablemente, evoca el apoyo de un dictador alemán a uno gallego en otro de los episodios más negros de la historia europea. El presidente de España, gallego sin complejos, sigue el camino usado por Franco para elegir alcaldes y diputados, el paso previo, como dice el maestro Forges, para que los elijan los bancos. Un paso más en un camino de regreso al pasado donde dejará de crecer la hierba democrática.

La fragancia del miedo impregna las decisiones del gobierno del Partido Popular, un miedo ancestral al pueblo, a la ciudadanía, a las personas. Ese miedo le ha hecho encauzar al país por el camino de complicado retorno que lleva a la pobreza y el hambre como instrumentos de dominación, un camino de terror. Antonio Machado advirtió del peligro que hoy amenaza: “Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar”.

Rajoy, Obiang y los pucherazos

pucherazo

La derecha española practica orgullosa su tradición de vencer sin convencer. Se evidencia la atrofia del gen del diálogo y la distrofia auditiva en el partido heredero del régimen dictatorial que situó en el pensamiento único la frontera entre lo humano y lo animal, muy por encima de la razón. El Partido Popular, la AP de Fraga, sólo ha sido capaz de pactar con pensamientos únicos regionalistas usando el dinero como herramienta de consenso.

No está cómodo con el traje demócrata, demasiado ancho de libertades, demasiado corto para tapar tantas vergüenzas, demasiado atrevido para marcar tendencia. El PP, gustoso receptor de trajes a medida, experto en el manejo de la tijera, ha decidido ajustar la hechura democrática a sus alcanforados patrones. El fondo de armario de la FAES les queda corto y Rajoy ha acudido a la pasarela de Guinea para que el modelo Obiang le asesore.

España no tiene mucho que envidiar a Guinea. La prensa está al servicio de la presidencial propaganda o sufre la censura, las riquezas del país están en manos privadas a cambio de corruptas mordidas, los derechos cívicos se pisotean, la oposición se apalea y encarcela, se gobierna de espaldas al pueblo y la jefatura del estado huele a golpe militar. Los ciudadanos huyen de Guinea y España maltrata a los huidos de todas las Guineas africanas.

Teodoro se legitimó en las urnas con una abstención del 80% en 1993 y el 98% de votos favorables en 1996. Mariano ha acudido a implorarle la receta porque ve que su respaldo electoral peligra. Uno de los ingredientes, acusar de corrupción y calumniar a la oposición, ya lo viene practicando el PP desde su fundación y el PSOE facilita la tarea. El otro ingrediente del mágico puchero es una ley electoral hecha a medida.

La aritmética democrática establece la mayoría absoluta en la mitad más uno; el PP aplica su lógica absolutista con la mitad menos cinco. La filosofía democrática equipara el programa electoral a un contrato social; el PP incumple el suyo como fraude venial. La arquitectura democrática construye con diálogo y consenso mayorías sociales; el PP utiliza el BOE como topadora y bola de demolición. Pero quieren más, como Obiang.

Dice la derecha que un pacto de mayoría social no expresa la voluntad del pueblo. Los pactos pueden representar lo que la mitad más uno quieren o bien lo que bajo ningún concepto desean. El consenso y la negociación es el papel de lija que elimina asperezas para que un pacto quede al gusto de la mayoría ciudadana y el PP sólo negocia y consensúa con la patronal, la banca y la jerarquía católica, legislando en contra de la mayoría.

Mariano Rajoy, alejado por su autoritarismo de la sociedad y la democracia, reformará la ley electoral para que los alcaldes sean del PP, sin mayorías, sin diálogo, sin consenso, sin pacto, venciendo sin convencer. La reforma perpetrada por Cospedal y la que amenaza en el horizonte cercano van en la línea de Guinea y pronto España contará con diputados por el tercio familiar, el tercio empresarial, el financiero y el mitrado, quedando en la reserva el tercio de la Legión por si la cosa les fuera mal.

Educación para la violación

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Que cinco despojos sociales acorralen y violen a una persona, impelidos por sus aberradas mentes, habla de deterioro social y de trastornos educativos graves. El presunto abuso sexual de la feria ha llevado hasta Málaga la trama de La hoguera de las vanidades, que Tom Wolfe situó en Nueva York, y convertido el ferial en un Bronx itinerante. El acto criminal ha desatado las vanidades latentes de un entramado social deteriorado, trastornado, deshumanizado.

La detención de los pervertidos ha hecho aflorar la ruindad que permea las estancias del edificio social supuestamente construido para la convivencia, demostrando que la vanidad está por encima de todo con la salvedad, tal vez, del dinero o el poder. Como suele ocurrir con cada desastre, la vanidad condena los hechos, compadece a la víctima y, en definitiva, busca los flashes del momento. La vanidad ha vuelto a improvisar su discurso sobre la marcha.

Que Francisco de la Torre trate de minimizar el negativo impacto económico que la violación pueda acarrear sobre su ciudad es banalizar el machismo, otorgarle el rango social de travesura. Habla la indecencia de más de mil violaciones al año en España como atenuante de una lacra que él y su partido ven natural, como el pedrisco o la niebla. Una violación, una sola, exige un tratamiento preventivo y no terapia de resignación y lamentos paliativos.

Por su parte, Fernández Díaz, para prevenir violaciones, dicta consejos de ortodoxa inspiración religiosa y propone poner un burka a las ventanas del hogar, invisibilizar a la mujer en el buzón de correos y arrastrar su bíblica culpa por paradas de autobús, descampados, parques, aparcamientos, ascensores o calles solitarias. El problema para él no es la cultura machista, sino la imprudente insistencia femenina en portarse como ciudadanía libre e igual.

En el espejo social de la iglesia católica hacen cama redonda machismo, abstinencia, pederastia y otras insanas desviaciones. El arzobispo de Granada Javier Martínez afirmó en pública homilía que “Si la mujer aborta, el varón puede abusar de ella”, apología de la violación en toda regla que quedó impune en esta España de vírgenes y rosarios. De justificar la violación, pasó a justificar el machismo, también impunemente, con el libro Cásate y sé sumisa.

El sistema educativo, principal cimiento de la convivencia social, ha virado hasta posiciones de tolerancia machista apostando por convertir a la ciudadanía en feligresía. El empeño de Wert por que el pecado original de la mujer sea evaluable y compute para conseguir becas está en la misma onda evangelizadora que ha llevado a Gallardón a insinuar que el aborto tras violación podría ser delito.

Lo anterior tiene que ver con el machismo estructural impulsado por el Partido Popular y arraigado en La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta, que cantara Antonio Machado. El machismo y su violencia siguen siendo el eje de la educación sentimental de un país medieval que insiste en arrojar a sus poetas y a sus mujeres a la hoguera de sus vanidades.

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En apenas 24 horas se ha pasado de presunta violación a presunta denuncia falsa, tan deleznable la segunda como la primera. Como en la novela de Wolfe, la vanidad se ha apropiado del protagonismo dejando el crimen en un segundo plano. A veces son más letales las palabras intencionadas que los propios hechos.

Posado veraniego de Rajoy

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Ante todo, felices vacaciones, señor Rajoy. Felices vacaciones para usted y los suyos que son de los pocos españoles que pueden disfrutarlas. No se corte; descansen usted, su conciencia y su tijera, y póngase moreno como Carlos Floriano o Ana Mato para decirnos que todo va viento en popa, mejor de lo que tenían planeado. Por nosotros, el pueblo castigado, no se preocupe porque estamos negros a pesar de no poder, como ustedes, arrimarnos al sol que más calienta.

Nos alegra el verano oírle decir que todo va bien y que nos estamos recuperando. Sus palabras son un bálsamo que disuade de coger una patera y afrontar el océano de la desesperación para mendigar un mendrugo en algún país sobrado de pan y falto de esclavos. Creer en su palabra, presidente, exige la ceguera de la fe o el temor al castigo divino y usted, para cerrar ojos e infundir miedo, está más que capacitado.

Prometió crear puestos de trabajo y ha cumplido, aunque no dijo que lo haría cubriendo los puestos destruidos por su reforma laboral para aumentar la riqueza del empleador diezmando el poder adquisitivo del trabajador. Las ofertas de trabajo nos aturden por su cantidad, su calidad y la frecuencia con que hemos de recurrir a ellas. Hay quien, con suerte, entra y sale varias veces al mes del mercado de trabajo sin apenas ganar 400 €.

El PIB sube y la economía crece, nos dice, pero los bolsillos opinan lo contrario. Usted miente poco, porque poco habla, y hemos llegado a la conclusión de que somos brutos para entender lo del producto interior y que la economía creciente es la de los Botín y Rosell que le ríen la gracia al ver los salarios y derechos menguantes del resto de los españoles. Para usted la cosa va como un tiro… que los suyos disparan y nuestras vidas encajan.

Le aconsejo que, antes del baño, guarde dos horas de secano para que no se le corte la digestión a usted que come. Para nosotros no es problema, no se preocupe, porque nos entra tan poco en la boca que apenas afecta a la función digestiva. La deuda externa de un billón de euros –casi el 100% del PIB– sí que nos corta la respiración y es un lastre que arrastra al fondo del mar, donde los hilillos de plastilina, al más avezado nadador.

Le hemos visto con capucha, apropiada para el chirimiri o el frío, y nos ha preocupado que algún esbirro de Fernández Díaz le pudiera aplicar su Ley de Seguridad Ciudadana. La inquietud desapareció al ver a Feijóo y sus gaviotas ofreciéndole la embajada vitalicia del Camino de Santiago porque es usted el mejor gallego de la historia, una hereje desconsideración hacia sus mentores políticos don Manuel Fraga y Francisco Franco, verdugos, como usted a su manera, de la democracia.

Señor Rajoy, presidente y desgracia de España, disfrute sus vacaciones y hágalas indefinidas. Nosotros, el pueblo por usted sacrificado, lo merecemos. Puede alternar la maravillosa Galicia con su clima inestable y veranear en Canarias, en el hotel ilegal donde lo hace el ministro Soria, antes de que el chapapote de Repsol lo desaconseje. También puede hacerlo en el hotel El Algarrobico de Almería subvencionado por Aznar y Rodrigo Rato con 2,8 millones de euros. En cualquier caso, controle sus gastos: ya no es lo mismo con Bárcenas a la sombra y los sobres no son eternos.

Los ébolas de África

ebola

El continente africano está ahí, muy cerca en la geografía física, demasiado lejos en la geografía ética, y es la zona con más borrones del mapamundi. Las puertas de África, sus carreteras, sus mares, sus cielos, permanecen abiertas para todo el mundo porque la madre tierra no debiera ser privada. El mundo cierra sus fronteras al pueblo africano porque la libertad se ha privatizado con pasaportes, con visados, con papeles trucados.

Las fronteras de África hablan de escuadras y cartabones militarizados danzando en puestos de mando, de sables que cortaron la tarta y repartieron sus pedazos. Las fronteras para África hablan de concertinas y cayucos naufragados, de cadáveres en la costa y cuerpos disparados, de mano de obra barata y seres humanos rechazados. Las fronteras imposibles de cruzar no están en tierra o mar, sino en proclamas y programas deshumanizados.

Sus recursos naturales entienden de explotación extranjera, de beneficios enajenados, de corsarios bursátiles, de pirañas occidentales, de tiburones trajeados, de buitres empresariales, de pueblos masacrados. Petróleo, diamantes, oro, hierro, cobalto, cobre, bauxita, uranio y plata son riquezas negras que benefician al hombre blanco, son la historia mineral de un expolio continuado, las notas de una partitura de sangre y dolor silenciado.

Hubo una época en que la emigración africana se promovía a ritmo de tambores y látigos en lúgubres y siniestras bodegas de negreros barcos. En ellas viajaban cuerpos encadenados junto a danzas y sonidos indómitos que quedaron, en América y Europa, arraigados. Crearon el blues arrastrando cadenas en los algodonales de Alabama y el jazz, el gospel, el soul y el hip hop arrastrando su negra piel como eterno grillete inveterado.

El continente negro es un coto de caza para predadores nobles y plebeyos que combinan el rojo de la sangre en peligro de extinción con el insolente verde monetario. Marfil y exóticas pieles decoran con indecencia despachos de mandatarios, bufetes de Wall Street y paredes de palacios. África, su flora, su fauna y sus tribus, grita sin ser oída que es tierra de safaris, de salacot y rifle disparado, un continente cazado.

Sus tribus manejan los excedentes bélicos del mundo civilizado, un mercado negro para el retiro de Kalashnikov y Heckler & Koch de segunda mano. Le cuesta a la civilización paliar hambrunas, sequías o muerte de ganado, pero no escatima a la hora de asentar la muerte en sus mercados. La ayuda al desarrollo para África la ha convertido en el basurero tóxico y tecnológico del planeta, un venenoso pago, un maltrato desmesurado.

Saltan las alarmas cuando la muerte traspasa fronteras, cuando no admite control desde agencias y despachos, cuando sortea el color de la piel y los dígitos bancarios. Saltan las alarmas por el Ébola, las mismas que ante todos los virus padecidos por África no saltaron. El más dañino de ellos, el virus insolidario, sólo es capaz de transmitirlo el predador hombre blanco. Se impone salvar a los colonizadores y dejar de nuevo a su suerte a los pueblos africanos.

La siesta de la democracia

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En Europa se recurre al tópico de la siesta para desprestigiar a los españoles. En España se invoca la siesta para denigrar a los andaluces. En Andalucía se practica la siesta como en cualquier parte del mundo, de mil maneras, en cualquier lugar, cualquier día. Sólo cabe defenderse cuando se comete un delito y descansar después de comer no es una cuestión de justicia, sino de sentido común hasta para la rígida mentalidad alemana.

La siesta son veinte minutos de descanso, de desconexión con la realidad, para recargar el cuerpo y la mente y continuar las rutinas cotidianas. Hiperbolizar la siesta, como se hace, es convertirla en tópico con aviesas intenciones. Veinte minutos de descanso son saludables, a diferencia del pasivo consumo televisivo o la esteril dialéctica de sobremesa, dos vicios a los que suele dedicar más de cuatro horas al día cualquier español o española.

Los españoles se quejan de que la democracia se reduce a votar cada cuatro años y no es así. Nadie obliga a votar y después pegarse una siesta de cuatro años, es la democracia la que debería quejarse de que los españoles quieran que sea así. Es como si, después de almorzar el primer día laboral del mes, el trabajador echara una siesta de treinta días, motivo justificado para el despido sin indemnización, un exceso.

La participación ciudadana es vital para controlar la realidad y más de cien formas de hacerlo aguardan, al alcance de cualquiera, precintadas por la abulia generalizada. En cualquier hogar se encuentra una tarjeta del Carrefour, un carnet de fútbol o cuotas de alguna cofradía, pero extraña la presencia de cuotas de la asociación de vecinos, carnets de la AMPA del colegio o tarjetas de colectivos sociales. A diferencia de éstas, las primeras no alteran la siesta.

Participar en política está peor visto que siestear desde la idea de que todos los políticos son iguales, un estereotipo válido para quedar al margen, que sean otros los que pringuen y adoptar la dialéctica de sobremesa en tabernas o peluquerías. Cortando trajes con la lengua o poniendo peros, los españoles no tienen rival, siempre desde la barrera, con legañas en las neuronas y pereza para el análisis. El resultado son gobiernos del PSOE o el PP, partidos con esclerosis terminal.

Participar en política es, sin embargo, adoptar la siesta como método eficaz para prevenir el letargo social. La limpieza del barrio, las goteras del colegio, la gestión del agua o la atención de personas dependientes no son problemas que se solucionen solos y que afecten en exclusiva al ojo de una alcaldesa, un concejal o una diputada. Son tareas ciudadanas que exigen participación para que el resultado se ajuste al deseo de la mayoría. Delegar en los elegidos y echarse a dormir es una irresponsabilidad de difícil renuncia.

Partidos y sindicatos conocen la necesidad de la siesta y mecen la realidad para evitar que la gente despierte. Un pueblo despierto, descansado, activo y participativo habría evitado que las élites políticas y sindicales se hubiesen despreocupado de él y entregado a la corrupción y el mal gobierno como han hecho. Un pueblo despierto, descansado, activo y participativo puede evitar que se repita. Si se continúa como hasta ahora, la siesta de la democracia seguirá siendo la misma pesadilla.

Recuperación, cómo y por qué

La-verdad

La vivienda es un derecho constitucional de pago mensual y constante al casero, particular o bancario. La diaria necesidad de comer se abona en efectivo, a débito o crédito. La salud es una amenaza con contrato indefinido cuando la economía del paciente está exangüe de liquidez. El trabajo es un derecho constitucional que a la mayoría apenas le da para cubrir otros derechos y necesidades… cuando da.

Hasta la crisis/estafa, trabajo, derechos y necesidades eran la calle y las aceras que conectaban el presente y el futuro de las personas con mayor o menor seguridad y acierto. La estafa ha destruido el pavimento y eliminado acerados a escala global en países con capacidad de recuperación. Se ha socavado el presente de la mayoría para garantizar el futuro de una minoría, se ha precarizado al 99% para afianzar al 1%.

La crisis, la estafa, ha levantado el asfalto en el sur de Europa. Los pies caminan sobre aristas laborales dejando un rastro de angustia ciudadana, de necesidades renunciadas y derechos esfumados. Los pasos buscan piso firme para recuperar el ritmo perdido y sólo hallan desniveles que hacen clavar en el hostil suelo las rodillas por caída o humillación. El páramo, hasta hace poco calle, ofrece un horizonte gris sin aceras, sin futuro.

La España que ha rescatado las autopistas, la que trabaja para el 1%, advierte que acabó la crisis y que la recuperación ha llegado. Desde el suelo, de rodillas, el 99% se levanta, para sostener esa recuperación, para empujar el carro, para trabajar medias jornadas acaso, durante un par de meses, por escaso salario. Se está creando empleo a ritmo extraordinario para aumentar, únicamente, la riqueza de corruptos, banqueros y empresarios, la de unos cuantos.

Feliz se muestra el presidente en su santuario, feliz y complaciente con quienes esquilman el público erario con evasiones, con fraudes y engaños, con oscuros negocios y comisiones a las que su partido no hace ascos. Han salvado a España, pregonan en los telediarios, y es obligación de los españoles ser felices y celebrarlo. Vende Rajoy, el presidente plasmado, la peculiar recuperación como preludio de un voto recuperado que le permita repetir mandato.

La única felicidad y las únicas celebraciones en estos tiempos aciagos son las de Botín, las de Rosell, las de Rouco y las de los mercados. Unos celebran sus ganancias, otros la oficialidad de sus rosarios y juntos confían en los votos gregarios para mantener a un gobierno reaccionario que pactaría con el PSOE de ser necesario. Mientras, la ciudadanía, la parada y la explotada, se hace las mismas preguntas a diario: ¡¿De qué diablos hablan?! ¡¿Qué coño están celebrando?!

La crisis era eso: poner un lazo al cuello ciudadano y apretar para asfixiarlo. La recuperación pregonada consiste en destensarlo, aflojar lo justo y necesario para mantener la fuerza de trabajo de rodillas, con los pies despellejados, con un presente de derrota e hiel y un futuro renunciado. El sondeo del CIS presagia bipartidista pacto ante el empuje de la dignidad en las urnas. Tal vez el pueblo prefiera morir de pie a vivir arrodillado.